El Nuevo Diario, Jueves 7 de Febrero de 2002 | Managua, Nicaragua

La Escritora de cara al Milenio

Gioconda Belli


 

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  Gioconda Belli  

Se me pregunta sobre mi función de escritora de cara al nuevo milenio.

El tema demanda que me sitúe a la sombra del Dios Cronos, enorme, dormido bajo antiguas murallas.

Será que es el tiempo quien resiste el paso de las piedras, pero sonrío al imaginarme pastora involuntaria frente a los mil años que se me pide contemplar. A mí. Una mujer con la cabeza llena de palabras.

Mil años se alejan arrastrando largas túnicas añejadas con el polvo de las cosas pasadas, y mil años más –un rebaño blanco de ovejas impredecibles- me provocan con sus interrogantes. Preguntan si intuyo los signos que alumbrarán su existencia; si puedo adivinar la huella leve que dejará mi voz en la colina donde se arremolinan los augurios, los ecos que permanecerán en el ancho granero donde se guarda el viento cuando calla. Quieren saber si sé medir la trascendencia de este oficio de pastora acariciadora de lomos blancos; mi labor artesana de enredar dedos en la suave textura de lana del planeta.

¿Qué puede una voz tejer en el alborotado pelo del tiempo? A menudo me embosca la tristeza de imaginar un mundo árido. ¿Y si la viva voz cediera ante la alborotada cacofonía de digitales impulsos eléctricos? No puedo evadir la pregunta de si la mirada conservará su oficio de ver la lluvia destiñendo la tarde sobre las paredes, deslavándola en rosa y amarillo. Me aterra la idea del ojo sin más paisaje que el cuadro de luz de una pantalla omnipresente. -La tecnología es la promesa y la maldición que adivino cuando calzo mis sandalias de maga, agorera- Temo que las ovejas de este rebaño de años que viene balando hacia nosotros, traigan en sus pequeños cuerpos rollizos, no sólo vida por estrenar; sino también la escabrosa posibilidad de transmutarse en aluminio, acero inoxidable. Me imagino entonces mi horror de pastora apacible cuando al alzar amorosamente el año-oveja, descubra la llave de metal, la cuerda, el sonido de engranajes sustituyendo el aleteo rítmico del corazón. Me aterra la idea de años sin alma; años en que el tiempo, sea más importante que el hombre y la mujer dentro del tiempo. Sufro ante la posibilidad de que caiga el olvido sobre la calidez terrenal y sencilla de las pequeñas felicidades cotidianas. Que se pierda en la inmensidad deslumbrante de la máquina la insuperable dulzura de la piel, el perfecto nanocosmos de una epidermis que se roza con otra y transmite sin más programa que el de la sangre en las venas, el universo del amor, de la furia, de la soledad buscando el beso que la libere del silencio. ¿Pero cómo no dejar que me seduzca la electricidad, la superconductividad, las infinitas circunvalaciones de un microprocesador? Me tienta el zumbido erótico del espacio cibernético. La promesa de expansión, la irrupción pausible del don de la ubicuidad, la naciente orgía del conocimiento, el laberinto de infinitas ramificaciones donde otras mentes se interconecten con la mía. Combinarme, compartirme, ser pura energía, calentar con mi pasión de animal de pelos largos el frío metal de circuitos intrincados. Ponerle música de cumbia o merengue, movimientos de caderas a los bytes -mordiscos minúsculos en los que viaja la palabra- Abrir dentro del espacio virtual puertas insospechadas por donde se cuele la esperanza. Por donde penetre el ruido del hombre rudo que corta la grama a machetazos. El canto de la mujer que desgrana el café con las mismas manos con que posee de noche el amor de su hombre. Me imagino una cruzada para inventar impulsos eléctricos por donde viaje la alegre promesa de un cielo en la tierra. ¿Será entonces mi rol de paridora de palabras la invasión de ese cuadrilátero celeste que brilla sobre mi mesa de trabajo? ¿Gritar frases inspiradas que subleven rebeliones al batir alas en habitaciones distantes? ¿Hacer que la computadora huela a canela y transmita lirios, y que batan a rebato los cursores como pequeños ecos del corazón?

¿Seré cibernauta en una era de exploraciones donde se develen los territorios amplios de la conciencia, las infinitas combinaciones de lóbulos y parietales interactuando? ¿Asistiré a la danza impredecible de millones de mentes reflejándose entre sí, expandiéndose y volviéndose a reflejar. Una infinita cantidad de neuronas estimulándose, acariciándose, haciéndose el amor? Comunidades convocadas con el leve pulsar de una tecla cohabitando en el espacio común de una misma inteligencia. Los barcos en la niebla del ciberespacio sonando sirenas de navegantes. La sigilosa desaparición de cercos y alambradas.

¿Será acaso éste el sentido más profundo de la frase oscura del Génesis: en el principio era el Verbo? ¿La palabra como principio vital? ¿Los números su alimento primigenio?

Afirmo que deberemos aprestarnos para implantar la armonía en esas regiones trasparentes abandonadas aun a la casualidad o a la sagacidad de adelantados mercaderes. Ganarle terreno al cinismo y la ironía que niega al Verbo su carnalidad, su olor a magnolias. Que intenta separar el heliotropo de su sobrecogedora fragancia nocturna. Afirmar la redondez del cuerpo o la manzana en un mundo de fisonomías esquivas, de rostros intercambiables de culturas que amenazan con perder sus bordes, derretirse, terminar al fondo del perol oxidadas o convertidas en hollín.

No se puede abdicar la responsabilidad del futuro, ni dejar al azar las melodías que apacentarán los rebaños del calendario en este milenio balbuceante.

Aunque no tengo más certeza que saber que en mi tumba habrá una fecha con el número dos, la saeta de mi imaginación vislumbra la cálida irradiación de mis neuronas ardiendo en la hierba encendida de vibraciones cibernéticas. Prados donde corrientes eléctricas evoquen en mi piel los placeres insospechados de una inteligencia multitudinaria estimulando todas las terminales y puertos de mi cuerpo.

Es así que otra vez no vacilo. Eva irredenta, alzo sin miedo la mano para arrancarle al oscuro árbol del conocimiento esta nueva manzana lustrosa e impredecible. No puedo dejar de morderla, dejar que me corra su jugo entre los dientes. Me abandono a la “kibernitis” al movimiento del remero que navega corrigiendo rumbos para encontrar el norte exacto. Dejaré que me bambolee, que me arrulle en su palpitación temblorosa. Aspiraré el zumo híbrido de la fruta prohibida que se ofrece a la ávida ciudad de mi intelecto. Me deleitaré en el placer digital, en el tacto que palpa y descifra la rítmica sucesión de unos y ceros hasta lograr el orgasmo matemático.

Navegando por los vastos espacios interconectados Afirmaré sobre el teclado la nostalgia por las quimeras y la irrenunciable permanencia de los gozos esenciales: El rosa oscuro de los cuerpos. Su fusión nuclear gestando el Universo. El anverso de la mano intuyendo en la mejilla la cercanía del sol. El vientre ejecutando su programa perfecto: la eternidad de los columpios en los parques. La negativa a que jamás se olvide el tajo sangrante del grito ajeno.

Así daré testimonio de la raíz. Me alzaré hacia nuevos Universos llevando en los labios el sabor áspero de la Tierra madre de todos los electrones, única placenta insustituíble.

Gioconda Belli


Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/2000/marzo/03-marzo-2000/cultural/cultural1.html