El Nuevo Diario, Sábado 24 de Julio de 1999 | Managua, Nicaragua
Poema de Gioconda Belli
Retrato de ciudad
Sal en la herida.
Garras.
En carretas de bueyes
bajan despedazados árboles
hacia anónimas piras funerarias.
Transeúntes
oscuros
ambulan orillas
bordeando muertes involuntarias.
En la esquina
el hombre agita billetes bajo el sol.
De lentos buses
se desgaja la gente como racimos
piernas se mezclan con picos de aves
que cuelgan defenestradas, yertas.
Trabajosamente se abre paso
la arena el cemento
el obrero amarra pañuelos sobre la frente
del mediodía.
El taxi de las mil reparaciones
rueda sobre el caucho desigual.
Distraído el chófer se detiene
donde mejor le parece.
Sal en la herida.
Una ciudad con cientos de peatones
Sin pases indicados para ellos.
Los carros a toda velocidad.
La mujer con el niño cruza la calle.
Cierra los ojos.
Llegar al otro lado es tan incierto.
Pero se hace hábito la incertidumbre.
Hay que correr. El niño se lanza sobre el parabrisas.
Con el trapo sucio, mojado.
Fingiendo ignorar el desprecio.
La anciana con el cartelón sobre el pecho
muestra sus pies sus piernas su rostro
carcomido por el hambre y la mendicidad.
Sal en la herida.
Garras.
Laberintos para no mirar.
Desde mullidos asientos, el radio,
el aire acondicionado, el celular.
La vida es otra para otros.
Las fuentes. Las luces de neón.
Flor de Caña.Coca-Cola.Cerveza Victoria.
Los cigarrillos. La rotonda de los vicios.
La catedral atrás espera esconderse un día
tras un bosque de palmeras.
En el centro del esplendor, ir de compras.
Mas tarde ir a rezar por los que no alcanzaron
el umbral iluminado del centro comercial.
Rezar es cómodo. La catedral es fresca y silenciosa.
No se oye llorar. Ni los frenazos. Ni el niño atropellado.
Crecen abismos sobre la ciudad.
La falla del alma hendida por la indiferencia
Se acrecienta.
No pasa nada aquí. Ya no hay guerra.
Sólo pandillas y drogas en los barrios.
Y las muchachas en las esquinas. Casi adolescentes.
Faldas apretadas. Cuerpos redondos y hermosos.
La noche les da de comer sin inocencia.
Se pintan la cara.
Igual que la ciudad enciende nuevos monumentos.
Sal en la herida.
Calles se enrollan alrededor de mi cuello.
Boa constrictor. Serpiente emplumada.
Dejé las plumas de colores en esta esquina. Al borde de esta acera.
Pero mis ojos tienen una manera terca
de escudriñar el ruido. Un empecinamiento.
Una obsesión de buscar el atajo
por donde pueda filtrarse un asomo de claridad.
Quizás se despabilen las miradas jóvenes.
Quizás alguien logre esquivar el lodo.
Garras descienden sobre mi ciudad.
A la orilla del lago se alzará una cruz.
Una cruz enorme.
Y yo quisiera no saber como sé
quienes serán los crucificados.
Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/1999/julio/24-julio-1999/cultural/cultural7.html