El Nuevo Diario, Sábado 25 de Noviembre de 2000 | Managua, Nicaragua
El ojo en la pluma

Tres autores nicaragüenses: María Gallo, Franz Galich y Blanca Castellón

Por Gioconda Belli


 

Cualquier escritor nicaragüense sabe que, en nuestro país, la crítica es el pilar más débil en el edificio de nuestra literatura. Quizás porque somos un país pequeño y familiar, casi un espacio de cuatro corredores, cuando se trata del quehacer ajeno preferimos ofrecer el halago o la velada insinuación, a la sinceridad de nuestro verdadero criterio. Es curioso observar, cuando uno se aleja de aquí, la consistencia con que los nicaragüenses profesamos la cultura de la cortesía social y la amabilidad. Entre nosotros, no nos negamos nada, aún cuando no podamos darlo. No importa si el carpintero, el contratista o el ministro sabe, de antemano, que jamás podrá cumplir lo prometido. Prefiere prometer a decir que no. “¿Quiere su mueble en tres días? Claro que se lo tengo, doñita. No se preocupe” “No se preocupe. No te preocupés” es el mantra nacional. En lo que a la crítica se refiere, no es que no exista. Todo lo contrario. Somos ácidos y elocuentes cuando se trata de juzgar la obra de los demás, pero no le hacemos al criticado la “grosería” de decírselo en su cara. Dios guarde. Y en cierta manera porque somos tan cercanos unos a otros, cierta razón nos asiste al temer la reacción del aludido si tenemos la osadía de criticarlo. A mí ya me ha sucedido. Es difícil perseverar en el oficio crítico si el costo es quedarse solo y detestado por los demás. Mejor seguir la tradición, piensa uno. Dígamonos cosas bonitas, “estimulemonos” y no nos metamos en camisa de once varas. Es inevitable, sin embargo, lamentar esto en algún momento. No podemos crecer, como escritores, como artistas, si no somos capaces de desarrollar, como dijo Henry Miller, antenas implacables para detectar nuestra propia m…. Y es bien difícil desarrollar estas antenas, si no hay quien se atreva a prestarnos otra visión de lo que hacemos, si no hay quien nos rete a indagar, a no ser auto-complacientes, a exigirnos más a nosotros mismos. Hago este preámbulo al iniciar lo que espero sea un esfuerzo por abrir un espacio, más que de crítica, podríamos decir de valoraciones entre trabajadores del mismo oficio. Creo que podemos aportarnos mucho los unos a los otros y empezar a romper la tendencia que tenemos al halago público y al menosprecio privado. Creo que podemos ser respetuosos de los esfuerzos de los demás y no tratar de destruír, sino de construír. Sobre todo en el caso de novelas y obras más largas, suele suceder que los colegas muchas veces emiten opiniones sin siquiera haber leído los trabajos. En mi caso particular, me he propuesto hacer el esfuerzo de leer con detenimiento las nuevas obras que se están produciendo en Nicaragua especialmente novelas- y tratar de hacer un aporte crítico en esta columna. Esta será pues la primera de una serie. Por eso hago esta larga introducción.

Entre Altares y Espejos

María Gallo

Centro Nicaragüense de Escritores

175 páginas

Esta es la primera novela de María Gallo a quién, hasta ahora, conocíamos por su pintura. La clave de la novela está dada en la dedicatoria a Mama Amalia, quien suponemos es la abuela de la autora, y a quien ésta le agradece las “confidencias” que le hacía de “hechos fantásticos, mezclados con relatos de tu propia vida”.

La novela es, en efecto, la historia de Benigna y su abuela Fidelina, dos mujeres que practican una espiritualidad a la vez apasionada e inocente, un sincretismo entre magia, espiritismo y catolicismo. La autora utiliza el último viaje en tren de Benigna a León para asistir al ordenamiento de uno de sus hijos como sacerdote, para contar el cuento de las dos mujeres a través de asociaciones y ensoñaciones de la viajera. El viaje hacia León es un viaje hacia el pasado que empieza desde que Benigna se levanta por la mañana en Managua y escucha las campanas. La novela es, casi sin proponérselo, un retrato de costumbres de la relación paternalista que se desarrollaba entre patrones y empleadas en poblaciones urbanas como León, donde las mujeres pobres confiaban la educación de sus hijas a monjas caritativas que luego las colocaban en casas particulares como “hijas de casa” o empleadas de toda la vida, que se relacionarían con las familias que las empleaban a través de varias generaciones. A menudo, sus hijas o hijos serían hijos de los patrones. Fidelina, por ejemplo, la abuela de Benigna, se casa con el patrón luego de sostener relaciones con él, pero siempre sentimos el problema de clase entre ella, su familia política y la sociedad que no aprueba del todo la unión y no la acepta como señora. El desarrollo que hace María Gallo de este entorno pueblerino, con sus cuentos, supersticiones, anécdotas no logra adquirir textura y profundidad porque, desde el inicio de la novela, la autora conduce la narración hacia el terreno que a ella le interesa que es el de las creencias mágicas de Fidelina y luego de Benigna, su nieta.

Es muy común, y en este sentido María Gallo no se escapa de esta tendencia- que en las primeras novelas, los escritores no sepamos ceder la narración a la historia misma y a los personajes dentro de ésta. La intervención del narrador como Deus ex máchina, es decir como quien decide porque sí que suceda algo para resolver una situación, sin que haya un desarrollo lógico, ni de la trama, ni de la vida interior de los personajes, es un problema que María aún no resuelve en esta novela. Hay un consejo muy importante que leí en un libro de narrativa hace algún tiempo y que me ayudó a darme cuenta de la diferencia entre contar un cuento verbalmente y novelar; este consejo es: muestra lo que sucede, no lo cuentes (show, don´t tell) En la novela, el narrador debe desaparecer para dejar que la historia se cuente a través ya sea de acciones, o del desarrollo sicológico o interior de los personajes. La acción narrativa de contar puede servir para hacer avanzar al lector en el tiempo o el espacio o relatar incidentes secundarios, pero la esencia de la novela no es llevar a los personajes a través de una serie de hechos, como marionetas que uno va jalando, sino hacer que el lector se sitúe en esa realidad del universo ficticio que el escritor ha creado, y viva con los personajes el drama o las causas que los motivan a hacer esto o lo otro. “Entre Altares y Espejos”, es todavía una novela donde quien narra, y no los personajes, ni la historia, domina la estructura narrativa de manera absoluta.

Quiero decir con esto, porque lógicamente el narrador o sea el autor obviamente domina su obra- que la novela es casi verbal, más fiel al cuento de Mama Amalia y su filosofía del bien y del mal, que a la ficción novelística que la autora quiere crear. Es por esto también que la introspección en los personajes, la intuición de por qué actúan de esta u otra manera, no está muy desarrollada. Tanto Fidelina como Benigna se mantienen a través de toda la narrativa como dos mujeres de una inocencia extrema, casi niñas, a pesar de lo que hacen y creen. A juzgar por la complejidad de lo que se plantea al final, no era esa la intención de la autora.. El problema, como venimos diciendo, es que este planteamiento no aparece como resultado de un proceso espiritual de las protagonistas, sino a través de un artificio narrativo, otra intervención a los Deus ex máchina de la autora quien de pronto nos presenta con una resolución inesperada, súbita, que no acaba de sostenerse, ni validarse en lo que hasta ese momento se ha venido narrando. Si bien, como señalamos, la novela adolece de estos “empujones” que le pega la autora, consideramos que María ha logrado construír una obra que, a partir de un universo muy nicaragüense en su textura descriptiva, indaga en otros niveles de la conciencia; sobre todo de la conciencia femenina y muestra, de manera clara, cómo coexisten en la espiritualidad popular, los mitos, el insconciente y las creencias religiosas. Esta es una novela que logra un lenguaje depurado, ameno, fluído y que nos revela en María Gallo un sorsprendente potencial narrativo y de trabajo, que es un muy buen augurio para el futuro de su carrera como narradora.

 

Franz Galich

Managua, Salsa City

Editora Geminis

92 páginas

Hace rato que adoptamos a Franz Galich como nicaragüense, aunque haya nacido en Guatemala. Con esta novela, Franz ganó el Premio Centroamericano de Literatura, Rogelio Sinán 1999-2000 en Panamá.

“A las seis en punto de la tarde, Dios le quita el fuego a Managua y le deja la mano libre al Diablo” Con esta frase impecablemente seductora empieza esta novela que, desde sus primeras páginas, nos deslumbra por la seguridad de un lenguaje que es, de principio a fin, a mi juicio, el verdadero protagonista de esta historia. La trama es sencilla: Pancho Rana se encuentra con una prostituta, la Guajira en una cantina-salón. Empieza entre ellos el cálculo de la seducción al que asistimos desde la intimidad de él y de ella, que nos lo narran en primera persona. Escuchar lo que piensan es recorrer el paisaje lumpen de Managua con su semántica y símbolos propios. Es también penetrar en la visión utilitaria, absolutamente genital y despersonalizada de un hombre y una prostituta. Aquí no hay presa, ni cazador, sin embargo.

Cada uno piensa que controla el juego, hasta que el juego se les va enredando. La Guajira no trabaja sola, sino con una pequeña banda que cae sobre las víctimas que ella atrae hacia la trampa. Pancho Rana, por su parte, se anda haciendo pasar por rico, aprovechando que sus patrones han viajado al extranjero.

Quiere cerrar con broche de oro su despojo, antes de que éstos vuelvan al día siguiente. De engaño a engaño, de ilusión en ilusión, crece la atracción entre Pancho Rana y la Guajira y cada uno empieza a imaginar la posibilidad de una vida diferente. Es aquí donde el lenguaje de la narrativa, que nos ha venido sumergiendo sin tregua en el submundo despiadado y violento de los protagonistas, no consigue hacer la transición que nos permita humanizarlos.

Aunque el autor logra pasajes donde el erotismo adquiere una calidad casi lírica, Pancho Rana y la Guajira se quedan atrapados en los trazos originales, magistrales, con que el autor nos los dibujó en primera instancia y la novela no logra hacer creíble la transformación emocional de ambos hacia una situación en que el amor empieza a vislumbrarse como una salvación posible. No confiamos, como lectores, en que sepan siquiera lo que sienten, porque hasta ese momento el autor no nos ha permitido avistar, más que de manera muy superficial en la Guajira y apenas un poco más en -Pancho Rana una interioridad que dé asidero a esta evolución afectiva. Hay intentos de insinuar traumas emocionales nacidos de la guerra Pancho Rana ha sido combatiente- pero éstos retazos de información aparecen un poco forzados dentro de la trama y si bien explican, en cierta medida, el desenlace, no están lo suficientemente desarrollados como para sostener el peso del drama final. A pesar de estos titubeos en la trama y en la construcción de los personajes, la novela no cesa de bombardearnos con los fuegos artificiales de su consistencia lingüistica que compone o propone otra manera de ver el mundo. Incluso, al terminar, nos vemos obligados a preguntarnos si estas carencias que percibimos no son simplemente imposibilidad nuestra de comunicarnos con esa realidad de la novela donde la noche y el lenguaje borran el paisaje conocido de la ciudad, para hacer surgir esos hombres y mujeres forzados por las circunstancias y la pobreza a devorarse entre sí. Esta es una novela atrevida, novedosa, que subvierte las usuales maneras de narrar. Leerla es mirar y sobre todo, oír, ese mundo subterráneo de Managua de noche en toda su densidad.

Orilla Opuesta

Blanca Castellón

Editorial Instituto de Estudios Modernistas, Valencia, España/

Managua, Nicaragua, 2000

92 páginas

Con este poemario, Blanca Castellón ganó el I Premio Internacional “Instituto de Estudios Modernistas” de Poesía, 2000. El poemario consta de siete secciones que responden, nos parece, en el caso de “Recortes” y “Creciente Virtual”, a un criterio de estilo más que de temática. Las otras secciones parecen ordenadas de acuerdo a las pulsaciones poéticas de la autora.

Este poemario me confirma, a mí en lo particular, el crecimiento y la afirmación estilística de Blanca. Si en sus primeros libros, nos asomábamos a un acontecer misterioso de la palabra, interrumpido por relámpagos certeros como las flechas de Zeus tonante; en este libro no tenemos que adivinar la claridad del lenguaje poético, porque aquí ya la poeta ha pasado de la intuición a la certeza. Esa seguridad en la armazón y la razón de ser del poema se hace patente. El misterio poético tiene ahora que ver con la revelación que se hace, en el verso, de la palabra en sí como portadora de códigos que van más allá de lo aparente, de lo que se acepta como real o como posible. Estos poemas de Blanca, me hicieron pensar en las pinturas de Remedios Varo, la surrealista mexicana, de origen español. Igual que Varo nos deslumbra con visiones fantásticas de la feminidad profunda e ignota, Blanca también nos obliga a asomarnos a lo que la palabra puede hacer que suceda. Su palabra, por ejemplo, hace surgir “palabras entrenadas para caminar descalzas”, rosas que se ahorcan en rosales, epidemias de luces, bocio de las galaxias, vegetarianos que consumen carne de mujer con deleite, racimos de huellas…Uno no sabe por dónde va a salir el conejo del poema, o si será el poema el que saldrá del conejo. La sorpresa nos espera a la vuelta de cualquier verso, como cuando dice “había nubes con la marca de tus dientes en el borde”, o habla de la “manía de recoger la pelusa que suelta la desolación” Esta es una poesía que no trata de explicar el mundo, si no que más bien parte de aceptar lo inexplicable como un hecho inevitable de la existencia; un hecho poético además. La poeta es entonces observadora que sólo confía en aprehender la irrealidad y hacer con ella un lenguaje que le permita respirar. No es casual que una de las secciones se llame “Respiración del enigma”; o que diga al cierre de un poema: no canto lo que debo/debo lo que canto.

Tengo que confesar que viniendo de una poesía preocupada por explicar y discutir la realidad, no me he sentido muy atraída hacia los mundos herméticos que otros poetas proponen. Me doy cuenta, sin embargo, que no es el hermetismo el problema, sino el hecho de que, a menudo, la obsesión por la forma termina por asfixiar el aliento poético. En el caso de Blanca, esto no sucede. La experiencia de leerla es la de asomarse a un espacio donde la belleza flota como un espíritu sobre las aguas y hay dentro del poema una vitalidad que se percibe, si no con la razón, con la piel y los poros.

Me pareció que en el poemario “Orilla Opuesta”, las primeras secciones son las más logradas. En “Recortes” y “Creciente Virtual” no sentí el mismo trabajo o experiencia estética de los poemas previos.

El ritmo, la cadencia interior en estas secciones tiende a tornarse repetitiva, y se percibe un sabor a fórmula en la manera de invocar la poesía. Si bien la fórmula es la suya propia, nos parece que hay suficiente originalidad en la voz poética de Blanca como para que no se conforme, ni nos dé menos que las epifanías que logra de forma tan certera y bella. Managua, 11 de Noviembre, 2000

Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/2000/noviembre/25-noviembre-2000/cultural/cultural3.html