El Nuevo Diario, Sábado 1 de Septiembre de 2001 | Managua, Nicaragua

Brújula para leer

El país bajo mi piel ¿novela de caballería?

Franz Galich


En este interesante libro, editado por Plaza y Janés y ANAMA, en 2001, de la escritora nicaraguense Gioconda Belli ella no lo dice explícitamente, pero al ver la forma cómo está estructurado y lo que allí se cuenta, podría pensarse que se trata de los avatares de una caballera andante. Ya sólo esto nos plantea un primer problema de lectura, es decir, de recepción: ¿cómo debe leerse el libro, como autobiografía, memorias, testimonio o novela?

Además: ¿es una literatura escrita desde la perspectiva de la teoría del feminismo o por el contrario, es una literatura que debe ser situada como andrógina? O más aún, inconscientemente escrito desde una visión falocéntrica del mundo.

Si nos atenemos a la ilustración de la portada, El Sueño de Henri Rosseau, parece decirnos que se hablará de una bella y exótica mujer. Ya en la «Introducción» la autora asume una actitud eminentemente crítica y femenina: «Dos cosas que yo no decidí decidieron (sic.) mi vida: el país donde nací y el sexo con que vine al mundo»(pag. II)

Pero al ver los epígrafes que acompañan cada una de las partes, desde la «Introducción» hasta la cuarta parte, encontramos que todos, a excepción del de la cuarta parte (que es de Virginia Woolf) y el poema anónimo vietnamita (que bien podemos presumir escrito por un combatiente, sin obviar que también las mujeres empuñaron las armas en la guerra de Viet Nam), todos son poemas escritos por hombres (Miguel Hernández, Julio Antonio Mella, dos versos del Poeta (¿Francisco de Asis Fernández?) y un poema que cita casi al final de T.S Elliot.

Es decir, su visión poética (en este libro, se entiende) está conformada, fundamentalmente por una visión masculina de la poesía. Aparte son los vuelos líricos que en algunos momentos alcanza la obra. Esta visión híbrida, aunque con cierta inclinación masculinista, nos hace pensar en una intención androginista, equilibradora de la realidad. Mientras que al final, en el capítulo 58, titulado «Donde esta Quijota termina de contar sus memorias», la autora rebela, no sólo su «mujeridad», convirtiéndolo en un texto feminista, sino la trascendencia que ella le otorga a su texto, similar al del hombre de la Mancha, en cuanto que el suyo también trata de los idealismos y las crudas realidades que hubo de enfrentar durante los años de la lucha contra Somoza y luego durante la revolución.

De manera que al reflexionar detenidamente sobre estas formas estructurales nos induce a pensar que El país bajo mi piel, es la obra más madura de la escritora nicaraguense, porque en ella alcanza un mayor y mejor dominio del lenguaje y del estilo, salvo algunas cositas que se pasan, sobre todo cuando se manejan textos tan voluminosos como éste: (428 páginas con un formato de 1/16 sin recortar). Sin obviar que sus tres novelas anteriores son un tanto voluminosas, sin que esto deba tomarse como que cantidad es igual a calidad. En literatura la ley de la cantidad y la calidad no tiene validez, necesariamente. Salvadas estas elucubraciones sobre algunos aspectos formales de la obra, habrá que decir que su lectura es fácil, por amena. Despierta el interés del lector porque el telón de fondo de las vicisitudes íntimas de la autora están tejidas de manera inexstricable con la historia contemporánea de Nicaragua. Pero no se crea que se trata de la historia como se entiende en los círculos académicos; por eso quizás sea mejor decir, la intrahistoria. Es decir, varios de los capítulos donde se narran cosas personales de la autora, los cuales no forman parte de la historia oficial de la revolución, pero sin embargo decidieron, muy posiblemente, algunos sucesos de la misma. Dicho de otro modo, la historia por dentro, con sus intimidades, como secretos de alcoba.

Aunque lógicamente, la autora no puede ni pudo saber todo. Ella cuenta solamente aquello que vivió y lo que vio y oyó, no más. Todo lo demás sería especulación, suposición, novela.

Sin embargo, llama poderosamente la atención los recursos de que se vale para contar lo que cuenta. Ella narra sucesos que sabemos fueron ciertos, pero que por el simple hecho de explicar en pequeños títulos de qué se tratará el capítulo, nos remite a una forma de novelar muy en boga durante el Renacimiento. Así lo hizo Cervantes en El Quijote y Rabellais en Gargantúa y Pantagruel, es decir, pura novela. Entonces volvemos de nuevo a la misma interrogante: ¿hechos verídicos o fantasía? ¿Mentiras verdaderas o verdaderas mentiras? Ella trata de hacernos creer que los azañosos hechos narrados, por increíbles, pueden ser considerados como novela de caballería, pero a la vez nos va diciendo que es la pura verdad, la historia verdadera.

Ello nos obliga a ir a la historia y vemos que lo que ella cuenta sí sucedió, aunque contado a través de su óptica. Y esto es, precisamente, lo que le da sabor a la narración: el tema: la revolución sandinista, el sabor: como ella lo cuenta. El arte de narrar la historia. La sal y pimienta de contar. Resulta interesante, además, descubrir que muchos de los materiales narrativos de sus anteriores novelas, aparezcan en este texto extraído de la realidad de la autora: tal el caso de La mujer habitada, que es autobiográfica, a todas luces, y Sofía de los presagios, donde encontramos el tema de los gitanos, tema que aparece tangencialmente (la gitana que le tira las cartas) en El país bajo mi piel.

Todo esto nos recuerda y demuestra que muchas de las obras que los autores escriben, son extraídas de la propia vida, sobre todo si es prosa y ésta es temprana. Todo lo dicho hasta acá refuerza la idea de la veracidad de lo narrado, pero recordando que debe ser interpretado, únicamente, como lo vivido por Gioconda Bellí, no como el todo de la revolución. La única forma de que esta verdad total se podría tener sería que todos los involucrados contaran qué fue lo que pasó. Esto no le niega al texto, en ningún momento, categoría de veracidad global. Explico: no por tratarse de la forma cómo alguien vio o vivió determinados acontecimientos, quiere decir que no hayan hechos generales que fueron para todos. Por ejemplo: el derrocamiento de Somoza, fue real, pero no todos la vivieron del mismo modo ni significó lo mismo. La caída de Camilo Ortega sucedió, pero no de la misma manera para unos y otros.

Ante esta verdad de la realidad que nos dice que ésta es múltiple, la novela moderna tuvo que recurrir al perspectivismo como única forma de dotar de veracidad total al texto. Es el equivalente al Cubismo en pintura, es decir, la intención de plasmar la realidad desde todos sus ángulos en una superficie bidimensional.

En este sentido el texto de la Belli no acusa esta preocupación porque a ella no le interesa que el lector tenga todas las perspectivas, le interesa contar su verdad, cómo participó ella en la insurrección, que pasó por su traumática negación de clase, haciendo más válida su participación en la lucha, según se lee entre líneas, motivo por el cual ella también tiene derecho y obligación (como continuación de la lucha revolucionaria) de criticar el rumbo que ésta tomó.

Pero para ello se hace necesario, según parece decirnos, que se diga la verdad, toda su verdad, de allí las confesiones personales, íntimas, que por otro lado pertenece al derecho que tienen todas las mujeres (por lo menos en teoría, que para ella asume relieve de verdad) de contar su vida sexual. Es un grito contra la usurpación, pareciera decirnos, que han llevado a cabo los machos de, incluso, vanagloriarse de sus conquistas. Pero ojo, esto sucede en determinados estamentos sociales, más o menos de las clases medias para arriba, sobre todo si son católicas o cristianas, donde por lo general se le niega a la mujer el derecho de hablar de esas cosas, porque las capas bajas urbanas no tiene secretos de intimidades entre ellas. Su opresión es más económica, contrario a las mujeres de otras clases. Es decir, no son un dechado de virtudes, como tampoco lo son las clases altas, pero al menos no tiene doble moral. Ese es otro de los derechos que Belli reivindica con su literatura, pero sobre todo con El país bajo mi piel, causando el natural escozor entre cierta beatería nacional que ven como totalmente indecente que haya contado con cuántos hombres tuvo relaciones sexuales, en las que se involucró el travieso niño que es amor, como dice Quevedo. Cuántas beatas burguesas no han hecho eso y más y no dicen nada. Precisamente por eso, porque no lo dicen. El pecado está en el escándalo, reza la sabiduría popular.

De manera, pues, que nos encontramos ante un muy buen libro, que debe ser leído, sobre todo por la juventud para que, por un lado sepan cómo sucedieron los hechos que dieron al traste con la tiranía de los Somoza, por otro, cómo la mayoría de los jóvenes hombres y mujeres, se integraron a la lucha y por otro, cómo actúan las pasiones en los momentos trascendentales en la vida, sobre todo cuando ésta puede dejar de existir: Eros y Tanatos, se apoderan de nuestros actos, pero en forma dialéctica: del amor deviene la muerte y de ésta aquel.

El país bajo mi piel no es un texto de ficción, no es una novela, pero por lo allí contado, bien pudiera haberlo sido, lo que lo hubiera convertido en una excelente novela de caballería.


Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/2001/septiembre/01-septiembre-2001/cultural/cultural4.html