El Nuevo Diario, Viernes 23 de Febrero de 2001 | Managua, Nicaragua

La pasión de una vida

Mónica Zalaquett. Managua.


 

Mirar hacia adentro no es nada fácil y mucho menos descubrir lo que nos duele y contarlo con la honestidad que lo hace Gioconda Belli en «El País Bajo mi piel».

De esa relación tan íntima que Gioconda logra consigo misma, de la franqueza para referirse a sus humanas contradicciones surge en mi opinión la grandeza de esta notable autobiografía.

En su mirada introspectiva y sincera, ella acierta también en lo que duele al país, y en especial a la generación que compartió su época, la época de una revolución que nos hizo creer en la posibilidad de una sociedad más humana, en la cual desarrollo y justicia se combinarían. «El País bajo mi Piel», habla también de ese momento único en la historia de Nicaragua, momento que marcó para siempre su relación con la patria: «Nada más contemplar los volcanes y el lago vuelve mi alma a mi cuerpo», nos declara finalmente, conmovida.

Gioconda acierta al hacernos comprender que los sueños no se alcanzan, sino que más bien constituyen una especie de guía para la vida. Nos convoca a regresar al pasado sin resentimientos, para revivir con respeto y nostalgia el espíritu de aquella experiencia trascendental, y rescatar incluso del desengaño los motivos para la pasión y la alegría.

Si es posible hablar de obras cumbres, me atrevería a considerar El País bajo mi Piel como una convergencia excepcional de aliento literario e inspiración poética.

Y argumento mi voto también en la riqueza literaria y testimonial de este libro, en la calidad de sus imágenes, en el poder seductor de sus párrafos breves y su estructura coherente, en la profundidad psicológica con que la autora se analiza a sí misma. Porque esta novela llega y cala hondo, permite establecer una relación tan íntima, que pareciéramos estar cerrando no la página final, sino la puerta de un corazón que nos permitió entrar como si fuéramos amigos de toda una vida.

Después de una breve y bien lograda introducción, la novela se va estructurando en breves capítulos que completan 411 páginas divididas en cuatro partes:

Habitante de un Pequeño País, En el Exilio, El Regreso a Nicaragua y Otra Vida, títulos que abarcan la sucesión de relatos en los que Gioconda consigue también algo fundamental: Testimoniar a través de la historia personal la universal diferencia entre nacer mujer y aprender a serlo. En este esmero ella escoge episodios claves, que convierten su existencia en un emblema de los desafíos que enfrentan todas las almas libres atrapadas en los límites de la condición femenina.

Habiendo leído tanto recurso panfletario sobre el tema, me ha encantado que esta novela sea poderosamente feminista por hacer precisamente lo contrario que otras, por no recurrir a lugares comunes o situaciones forzadas, a nada que huela a propósito enmascarado en el discurso narrativo. Ella logra contar su vida a pecho descubierto, sin victimizarse por su condición, adueñándose de sus aciertos y errores, revelando con sencilla autenticidad que sólo rompiendo límites y arriesgarnos a crecer, podremos mejorar nuestras vidas.

Quizás haya quien considere escandaloso este rotundo mentís al deber ser de la mujer tradicional, sobre todo porque el homenaje de Gioconda a la intensidad de vivir es sin lugar a dudas un ejemplo perturbador para quienes anhelan encontrar su propio camino hacia la libertad. Por ello me parece un libro movilizador, una obra motivadora, capaz no sólo de suscitar la reflexión sino también de impulsar hacia la acción.

En otro sentido, y tal vez sin proponérselo, El País bajo mi Piel constituye también un espejo de la forma tan distinta en que hombres y mujeres entienden el ejercicio del poder: Ellos como fuerza centrípeta, nosotras como fuerza centrífuga, presentados por la autora en su batalla por sustraerse al efecto seductor del eje masculino: «A mí que odiaba la idea de ser secretaria de un hombre, que nunca acepté estudiar para secretaria bilingüe —carrera muy de moda cuando me gradué de secundaria— de pronto la perspectiva me tentaba. La experiencia de moldear un país desde las cenizas se me hacía más fascinante que cualquier otra tarea que pudiera realizar independientemente de él. —Era el poder —me dice mi amiga Malena cuando recapitulamos recuerdos—. Era el poder lo que te atraía». Y luego concluye con tremenda honestidad: «La admiración sumisa por el héroe anegaba el ojo con que contemplaba al hombre. Ya no como Dulcinea sino como Sancho Panza contemplaba yo a mi Quijote».

Gioconda no tiene contemplaciones para referirse a sí misma. Se trata tanto con la ternura como con la crudeza con que estructuraría a cualquier personaje. Y tal vez por ello, logra convertir su autobiografía en una verdadera novela de sí misma, con uno de los personajes femeninos más vivos y cautivantes que he conocido. Entre el desgarro y el humor, la nostalgia y la alegría, se pinta fuerte o vulnerable, desafiante o abatida, pero sobre todo, verdadera: «En los últimos años de su vida la relación entre mi madre y yo fue una lucha sorda para ambas. De ser cómplices pasamos a medir nuestras fuerzas como contendientes en perenne conflicto. En mi deseo de no conformarme, aun cuando significara caminar sobre el fuego, me salí demasiado de sus normas. Ella jamás entendió los riesgos que me tomé. Intuiría quizás que yo luchaba por cercenar definitivamente el cordón umbilical y que el resultado final sería que perdería todo el poder que tenía sobre mí. No entendió que al perderme, me recuperaría. No entendió que en la vulnerabilidad que ella se negó a sí misma, yo encontraría mi fuerza».

Este tipo de confesiones hermosas y dolidas se reiteran a lo largo del testimonio, exponiendo los dilemas que nos impone la identidad femenina. Su vida es un continuo debatirse entre el respeto a las normas y el atractivo de las transgresiones, el anhelo de maternidad y el imperativo de la independencia, la necesidad de amor y el rechazo a la sumisión, el anhelo de aire puro y el cansancio que producen los ambientes opresivos. Y en esta lucha surge un capítulo particularmente hermoso y desgarrador: «Recuerdo lo vacía que me sentí en el vuelo de regreso a Nicaragua; como las casas demolidas por dentro de las que sólo queda la fachada aparentemente imperturbable. Muchos años lloré por lo que pudo haber sido. Compadecí tanto a mis congéneres, todas las mujeres que nos vemos desgarradas por este tipo de decisiones de vida o muerte, decisiones que tomamos en pleno ejercicio de nuestra libertad, pero que por siempre nos dejan una zona bombardeada en el corazón, una zona de desastres donde un fantasma pequeño se pasea riendo la risa que jamás rió, mirándonos para siempre con la nostalgia de la vida que le negamos». Quizás por ello, por mostrarnos la vida como es, esta obra me parece tremendamente luminosa. Aún de las situaciones más difíciles, emerge optimista como la niña graciosa cuya fotografía aparece en las primeras páginas. Seguramente esta niña nunca murió, y sólo se encuentra agazapada en el libro que ahora nos presenta una Gioconda grande, capaz de luchar, amar y escribir con valentía.



Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/2001/febrero/23-febrero-2001/opinion/opinion2.html