El Nuevo diario. Sábado 18 de Marzo de 2000 | Managua, Nicaragua

La construcción indicial del ser cultural y el ontos-utópico en la novela Waslala, de Gioconda Belli

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*Dra. Addis E. Díaz Cárcamo

**Lic. Omán David Díaz Cárcamo

Desarrollada entre los conflictos de un mundo postmoderno, Waslala, de Gioconda Belli, es un texto susceptible de un análisis que dé cuenta del ser cultural preocupado por alcanzar su identidad frente a los opuestos de la crisis axiológica de nuestro tiempo. Asimismo conviene priorizar la validez o nulidad del ontos utópico proyectado por el discurso narrativo de Waslala.

Así, hemos considerado pertinente privilegiar las funciones indiciales bartheanas, en tanto que éstas permiten caracterizar-como instrumento y proceso operativo hermenéutico- el tiempo, las situaciones y el logos filosófico realizadores de la utopía y del Ser cultural.

Desde un inicio asistimos a la búsqueda del ser cultural, en el marco de una lucha tenaz entre los contrarios, vida vs. Tiempo. La vida significará alcanzar el ideal de identificación con el mundo. El tiempo, por su parte, constituirá el inestable devenir de la angustia, aparejado con la constante visión de la aniquilación de lo humano.

En cuanto al ontos utópico, fundamentador de la utopía, descubrimos la inquietante presencia del lenguaje y del pensamiento en el juego de la máscara y del autoengaño. La verdad ha sido sustituida por la mentira. Utopía y topía se confunden en una estructura de duplicidad.

Toda producción textual debe verse como algo “sospechoso” debido a sus límites y propósitos futuristas. Es por eso que plantear una construcción indicial es tan inevitable como suscitar una reflexión acerca de la naturaleza y del individuo como ser cultural. Así que, la narrativa postmoderna debe ser considerada como una fuente de significación o en palabras de White (1992: 19) un metacódigo, un universal humano sobre cuya base puedan transmitirse mensajes transculturales acerca de la naturaleza de una realidad común.

La perspectiva de este análisis tiene como objetivo lo integrativo, es decir, el carácter funcional de ciertos segmentos de la historia, ya que para Barthes (1990: 174) los indicios nos remiten a lo caracteriológico (personajes), a informaciones relativas a su identidad, notaciones de atmósfera, etc. Pero nuestra indagación, también nos conducirá a una notación indicial que es el Ser cultural, que no es otra cosa, sino la funcionalidad del mismo a través de la denominada filosofía vital:

Algunas funciones en el relato: el tiempo

Características de la postmodernidad es su crisis axiológica que conlleva una nueva concepción del valor que fundamentalmente viene a ser una crisis antropológica (Colom y Mélich, 1997: 57).

Desde el ángulo narrativo el sujeto de la enunciación comienza con un símbolo vital “el río”:

Le era difícil imaginar la vida sin aquel caudal

cuya tumultosidad o mansedumbre, marcaba

las estaciones, el decurso del tiempo.

(Belli, Waslala, Pág.1)

La presencia del Ser aparece rodeado de algo que es inherente a hombres y mujeres: la vida. El problema central e indicial es que el lenguaje narrativo, asimismo, concentra su atención en el tiempo. Pucciarelli admite que el tiempo lo separa también de las metas de su querer: se interpone entre sus deseos y los objetivos que persigue... (Pucciarelli, 1983: 21). Pero la crisis del Ser-mujer es precisamente lo virtual: ver al río como “su criatura mítica”, imaginar su vida sin él, es para el personaje femenino algo que no desea que pase, por lo tanto la actividad de desciframiento nos sitúa en un tiempo (marcaba la estación) y el espacio (caudal del río). La angustia de la actante mujer se deja sentir más adelante, porque está consciente que dejará a su abuelo:

(...) La miró. Ella bajó los ojos sería terrible despedirse. Su abuelo era viejo. Quizás ya no estuviera a su regreso.

(Belli, Waslala, Pág.50)

En la cita anterior hay dos elementos que queremos subrayar:

1) La actante femenina debe alejarse

2) La preocupación por la vida o la muerte

Esta filosofía es el resultado de dos componentes: presente y futuro. Sartre sostiene que nuestra presencia en el mundo es lo primero y no una esencia cualquiera... (Sartre, Citado por García Bacca, J.D. 1978: 75) Para Melisandra el presencialismo del abuelo lo considera fundamental, el temor a la muerte vendrá a ser una constante en la novela. Es oportuno, por lo tanto, hablar de Dasein que no es sino la presencia del otro o “ser que está”, en concreto, la existencia humana.

La actante, como bien expone Bollnow, tendrá que salir al encuentro con la hostilidad de la vida para cumplir su misión en el mundo exterior (Bollnow, 1983; pág.9), que no es otra cosa que el principio de identidad o el Ser en sí.

En el recorrido narrativo, la realidad humana se presenta a través de una preeminencia de la conciencia que se concentra nuevamente en el agua, ese realismo mágico solamente posible a través de la angustia de ver en segundos la vida pasarle frente a los ojos. Es precisamente lo que hace Melisandra al observar su ipseidad (Ser en estado, en sí):

...el truco consistía en resistir la tentación de ver su propios rostros en el agua. Mientras no se vieran a sí mismos, mientras no las invadiera la nostalgia del tiempo pasado o el tiempo perdido, podían seguir remando y navegando sin perder el curso.

(Belli, Waslala: Pág.99)

Lo insondeable y la preocupación del Ser reside en la mirada y el descubrimiento de los otros. Claramente aparece expuesto que el truco consistía en la no-observación. El tiempo es remarcado a través del adverbio mientras, provisto también de otros elementos indiciales tales como pasado y futuro. La construcción del Ser aparece como un acontecimiento trascendente: nuestra presencia, que somos reales, que somos generadores y que “la vida no es insondable meramente, porque sea imposible llegar a su fondo, sino porque la vida misma carece de un fondo al que llegar, (...)”

(Bollnow, 1983, Ib. 14).

Bajo tales interpretaciones debemos entender que la esencia del Ser cultural, su esencia humana debe vincularse con el tiempo, el espacio, el lenguaje e incluso el contexto histórico.

¿El Ser Cultural como Sujeto Creador?

Se ha señalado que la esencia del hombre nace de una crisis existencial. Un caso típico es que la actante principal vive ese dilema ¿dónde están sus orígenes? ¿Cómo serán mis padres? ¿Por qué me dejaron abandonada? ¿Existe Waslala? Son algunas de las preguntas que se dejan sentir durante la trama. Pero la pregunta y la reflexión principal radica en los “demonios de la Civilización”, en el sacrificio de dos personajes, cuya presencia registra un paradigma: Engracia y Morris. Ambos están condenados a muerte. Hicieron lo humanamente posible por construir algo bueno: transformar la basura echada en contenedores.

“Era difícil imaginar que algo tan bello pudiese ser mortal, que la muerte pudiera agazaparse en los tonos iridiscentes jamás imaginados, en los rostros sobrenaturales, angélicos que les nacieron bajo la luz alumbrándoles los huesos, los cartílagos, las órbitas, desde el ángulo imposible de un faro encendido en la misma sangre, en la atmósfera interior de cada cuerpo (...)”.

(Belli, Waslala, Pág. 217)

El enfoque de Bollnow es permisible al decirnos que llamamos en general creador a un hacer en el que se produce algo realmente nuevo. (Bollnow, 1983: Pág. 13) Pero estas mejoras a las que hace alusión la narradora, no son sino otro rasgo de la postmodernidad, porque la cultura se conforma como acción del sistema, replicando o reproduciendo, en consecuencia se cae en la lógica del capitalismo: cultura como objeto de consumo” (Jameson, Citado por Colom y Mélich, 1997: 56). Los grandes cambios son el indicio de la construcción de un nuevo Ser cultural que transforma al hombre (Morris) o mujer (Engracia) que la produce.

Esta conformación del Ser va más allá, hasta convertirse en la utopía (la cual será estudiada en los acápites subsiguientes), en la construcción de una naturaleza, de un espacio y de un tiempo virtual, que no es sino “Waslala” o las islas de la utopía de Thomas Moro. Los elementos indiciales comienzan por tanto con la sospecha, la atmósfera que rodea a Melisandra:

“El corredor de los vientos terminaba en un ceibo monumental, el tronco cenizo alzándose erguido, rematado por una profusión de ramas retorcidas en gestos vigorosos”

(Belli, Waslala, Pág.354)

El indicio, explica Barthes (1997: 177) sirve para identificar, para situar en el tiempo y el espacio remiten a un carácter, un sentimiento, una atmósfera. Por tanto, en el nivel de la historia, la actante se imagina las caras (de los otros) donde se puede leer el porvenir:

Lo que la humanidad llegaría a ser cuando se disipara el odio, la mezquindad. Por esas caras vivió ella hasta ese día con la obsesión de Waslala a cuestas (...).

(Belli, Waslala, Pag. 357).

Es aquí donde Melisandra experimenta un profundo cambio, en donde encuentra las respuestas de su existencia y donde se compenetra con su Ser:

Nos propusimos crear la ilusión de un lugar cuya belleza, armonía, perfección, quedaran grabadas de forma indeleble en aquellos que, en los caprichos del tiempo y sus ranuras, lograron encontrar el paso por el corredor de los vientos. (Belli, Waslala, pág. 359)

Plesner (Citado por Bollnow, 1983, Pág. 12) indica de que “el hombre es el “lugar” productivo del surgimiento de una cultura” y precisamente la madre de Melisandra es la que explica ese remozamiento, el proyecto de terminar espacios, de instalar talleres literarios, conversar sobre filosofía, la crisis, la esterilidad femenina y el abandono del lugar. Pero ese ideal no se llega a completar. Es en sus propias palabras “lo que pudo ser”. En definitiva es el mito y la sed insaciable del ser u ontos en encontrar un lugar como Waslala. Y es aquí, donde esa preservación cultural de una nueva visión del trabajo comunal, indicialmente nos remite a lo cíclico: poblado, despoblado y vuelto a poblar. En ese contexto, la siguiente frase es oportuna “Lo que es y lo que quiere, eso sólo lo llega a saber el hombre en el desarrollo del ser, a través de los siglos”. (Dilthey, citado por Bollnow, 1983: 13). Lo que se evidencia es el contrasentido: “Waslala es y seguirá siendo una utopía”, el “Lugar que no es”.

El Ontos Utópico de Waslala

La crisis en el pensamiento de fin de siglo ha permitido definir, como bien dice Joan Carles Mélich, el fin de la tradición apolínea occidental (imagen metafísica de la modernidad) y la muerte del hombre moderno (1997: 48). Dios o el mundo trascendente ha sido aniquilado para dar paso al fluir de la pura apariencia, del simulacro y del nihil, Ontológicamente se produce la destrucción de la doctrina del eterno retorno: se rompe con el pasado y no se cree en el futuro, lo único de valor vital es el presente único, irrepetible; no obstante, la verdad del hombre no es considerado ya un proyecto (Ibid: 49-50).

Esta total ruptura done el Ser no trasciende los entes -pues sólo existe la realidad inestable y los pensamientos sin “fundamentos” (Ibid: 50), tiene su base en la llamada ideología de la posmodernidad que en su lucha contra la Filosofía y sus discursos ha puesto en entredicho el arte, la moral y la religión de nuestro tiempo.

Las líneas anteriores son de suma importancia, pues es en el contexto postmoderno donde el Universo diegético de Waslala se realiza. Así, asistimos a la era de los desechos tóxicos, manipulación genética y a los procesos de cosificación extrema, hasta devenir un mundo artificial de enseres, asumido y consumido por las ricas naciones postindustrializadas. La otra cara de la moneda son los países tercermundistas, como Faguas, cuyos dictadores y gobernantes permiten la remisión de basura tóxica y no tóxica, la participación en la estructura de poder de narcotraficantes y otras mafias. Es una época apocalíptica. Y en consecuencia, la experiencia cotidiana deviene vivencia de la muerte y desgaste de inocencia óntica.

Es natural que en tales situaciones críticas la sociedad y su conciencia establezcan los mecanismos de defensa y protección. Hay entonces una carencia que debe ser restituida a través de la “imago” o imaginario del Yo y del otro (inconsciente). Esta protoimagen es definida por García Bacca como principio, único, Yo y origen, cuya pureza u originalidad constituyen causa suficiente de comunidad o colectividad (1989: 552 y 55). Por consiguiente, el mito de Waslala permite singularizar y universalizar el arquetipo utópico.

Sin embargo, Waslala es más que un mito, en tanto asistimos a una lucha de contrarios entre el imaginario y la opresión postmoderna de la cultura industrial; comprende también un “adventuro” o sea la “original manera como lo futuro es futuro de la actual” (García Bacca: 316), futuro impredecible con expectativas de éxito, fracaso o nulidad (Idem). Waslala en su desarrollo narrativo pudiera ser:

i) Fin de la maldición de Faguas.

ii) “Perspectiva de una manera alternativa de vivir”.

iii) “Recurso colectivo final, agotadas todas las otras ilusiones”.

iv) O “juego de espejismo”

(Cfr. Waslala: 205)

Como vemos las proyecciones son posibilidades, pero nunca presencia apodíctica, tanto para la actante sujeto como para el inconsciente colectivo. En un mito que hay que vivirlo y crearlo a través del ritual de comportamiento, del gesto y la emoción para superar las indecibles miserias de la vida existencial.

“Emergería de las aguas, de la espuma, a recrear el

mundo, un mundo sólo de ella”.

(Waslala: 81).

Y si bien la utopía no se contradice con la topía (el lugar que es), la primera es punto de origen, presencia inmediata, espejismo y máscara de verdad, de presencia plena. Tal estructura de duplicidad llega a convertirse en una mentira o, mejor en un autoengaño:

“Por estos seres ideales, producto de su imaginación, estaba dispuesto a la abnegación; los seres humanos imperfectos que lo rodeaban debían estar dispuestos a someterse a cualquier limitación, cualquier sacrificio, en aras de esa abstracción”.

(Waslala: 322).

Son palabras de Engracia, personaje fundamentador de Waslala; no obstante, el imaginario primitivo del deseo jamás es conseguido.

“Quizás Waslala nunca llegó a ser el ideal que nos propusimos, es lo más probable, pero la vida me ha convencido que la razón de ser de los ideales no está necesariamente en su realización, si no en darle al Ser humano el desafío, la meta (...)”.

(Waslala: 324).

Destaca en el hombre postmoderno una crisis de cultura, ese estado de simulación e inestabilidad continua de la experiencia, porque lo dicho o enunciado es lo “verosímil”, el sueño ha sustituido al mundo y sus acontecimientos diarios. Esto es transgresión en busca de satisfacer los deseos, en palabras de J. Derrida hablamos de archihuella o huella instituida caracterizada por “la ausencia irreducible” (Citado por Gaché, 1990: 288), en la estructura dual de la metáfora y del discurso narrativo. Aquí el Yo y el otro constituyen una díada metafísica en cuanto existe, por un lado la negatividad del no- Ser (ausencia); y por otro la presencia de la huella originaria en lugar de una ausencia. Al respeto, Derrida de manera clara explica que “el origen no desaparece nunca, que nunca se constituye, de no hacerlo recíprocamente mediante un no -origen, la huella, que así se convierte en el origen del origen”. (Idem: 293).

En consecuencia, una asimetría y la no-especularidad de las dos instancias es una hecho. Cuando nos acercamos a la topía conocemos un pueblo fantasma, un lugar consumido por su descuartizado ideal:

“Se asomó a las casas. Los interiores tenían un velado aire de abandono y decrepitud. Grito saludos. Nada”.

(Waslala: 357).

Pero también la plenitud mítica no es lo que se creía, aquel espacio eterno, único casi inextenso para hacer palpable un ideal trascendente:

“No sé quién sugirió, en una de nuestras asambleas, que alimentáramos la fantasía de Waslala. Quizás esa era nuestra misión, se dijo, hacer existir la quimera. La idea nos cautivó”.

(Waslala: 367)

Surge así la regresión al “lugar que no es” a través de un tiempo primordial, desarticulado en tanto que nunca existió. Asimismo se asiste a una introyección de lo utópico, reveladora de deseo, esperanza y fracaso, y al discurso cualificado del Ser cultural. Estaríamos, en el marco del pensamiento foucaulteano, ante una lógica del silencio colectivo, como diría este autor, un discurso hecho callar por el discurso oficial institucionalizado (Foucault, interpretado por Muñoz, 1989: 295). Es aquí donde aparece el enmascaramiento, esa intrincada proyección de relaciones en la que se sostiene el inconsciente significante de Faguas y sus exclusiones establecidas por las estructuras de poder.

De esta manera inferimos que la metáfora, envoltura de los fundamentos metafísicos y ontológicos de la “Verdad mítica” son puras apariencias, una doxa “antimetafísica”. Al final, el mundo narrativo parece desembocar en un final nihilista, una historia que habrá de empezar de nuevo para luego desmitificarse en el no-Ser del simulacro.

“los poetas, uno a uno y de forma misteriosa, empezaron a morir. Nunca supimos a ciencia cierta qué les pasó. Se sumieron en un estado de profunda melancolía, se marchitaron”.

(Waslala: 365)

Se confirma así, lo que Barthes escribe acerca del relato y sus niveles discursivos que abiertos al mundo, se deshacen; no obstante, a un tiempo se cierran para definirse como universo diegético (Introducción al A. Est.29). De hecho la solución entelequiana y metafísica de Waslala deviene desde el ya mencionado simulacro, manipulado y organizado a partir, incluso desde el lenguaje usado por el Yo narrativo, esa instancia llamada por Barthes “conciencia total, aparentemente impersonal, que emite la historia desde un punto de vista superior, el de Dios” (Ibid: 26). Nuevamente la posmodernidad declara que Dios ha muerto y que el lenguaje es sospechoso: el memorial del futuro es lo que no es, obsesión del pasado en un futuro inexistente. En resumen, el nihil, la nada, es isomorfo del ontos mítico.

Referencias Bibliográficas

Colom, A.J. y Joan-Carles Mélich (1997): Después de la modernidad. Nuevas filosofías de Educación. 2ª. Ed. Ed. Paidos ibérica, Barcelona.

White, Hayden (1992): El Contenido de la forma. 1ª. Ed. Paidos Ibérica, S.A. Barcelona.

Barthes, Roland (1997): La Aventura Semiológica. 2ª.Ed. Edic. Paidos, Barcelona. Bollnow, Otto F. (1983): Antropología Filosófica. Escritos de filosofía. Academia Nac. de Ciencias. Año VI, julio-dic. PP. 1-19.

Pucciarelli, E. (1983): El hombre y el tiempo. Escritos de filosofía. Número 12. Buenos Aires. Págs. 21-29.

Bacca García, J.D. (1978): Existencialismo alemán y existencialismo francés (Heidegger y Sartre). Cuadernos Americanos. Año XXVII, enero-febrero. Ed. Libros de México, México, D.F.

Gasché, Rodolphe, et. al (1990): Teoría literaria y deconstrucción. Arco/Libros, Madrid.

García-Bacca, J.D. (1988): Pasado, presente y porvenir de grandes nombres (T.II). F.C.E., México D.F.

Muñoz, Blanca, (1989): Cultura y Comunicación. Barcanova, S.A., Barcelona. Barthes, Roland, et. al. (1996): Introducción al análisis estructural del relato. Ediciones Coyoacán S.A., México, D.F.

Obra de Consulta:

Belli, Gioconda (1996): Waslala, Memorial del Futuro. Anamá Ediciones Centroamericanas, Managua, Nicaragua.


Encontrado en: http://www.elnuevodiario.com.ni/archivo/2000/marzo/18-marzo-2000/cultural/cultural7.html