Anclado en tierra de nadie, Pedro Juan Gutierrez (Cuba), Compactos Anagrama, 1998

Por José Miguel de la Cruz


“Uno percibe la felicidad cuando se acaba”, Pedro Juan

Esa frase es una síntesis de lo que Anclado en tierra de nadie representa, ya que el protagonista, al parecer el autor mismo, transita constantemente entre el tener y el no tener, como reflejo de la Cuba de los noventa, un país donde no se percibe posibilidad de surgir individualmente, pero que de todos modos tiene una población dispuesta a gozar, a darse a cada momento para pasarlo bien, tal cual es la imagen de los cubanos como un pueblo colorido y vivo. Sin embargo, esa busqueda del placer puede ser una manera de soslayar la frustración que provoca un sistema hipervigilado, donde la iniciativa personal está siendo siempre sometida al juicio de un aparato represor omnipresente, lo que resulta en una población que no tiene grandes posibilidades de surgir, sumado a la desastrosa pobreza que se deja entrever como un motivo de grandes frustraciones para su protagonista.

Se trata de un libro que nos permite conocer la Cuba actual desde sus protagonistas, los de la calle, quienes hablan un castellano lleno de son y que parecen tener siempre tiempo para juntarse en casa a beber ron con los amigos. Donde el calor, la expansión y la bebida son motivo para sacarse la ropa y amarse fácilmente.

Como se ve, Pedro Juan se las arregla para hacer su vida y pasarlo bien, el problema es su pasado, aquella situación puntual que es una constante que no lo deja libre, porque al final de cada pareja y cada aventura, es el amor lo que más importa y lo que menos queda. Y esa falta de amor y expresión minan su voluntad, sus fuerzas, lo afectan y no lo dejan impertérrito.

Y es así como la lucha diaria que todos debemos sortear para hacer nuestra vida, en esa Cuba es una que comienza cada día desde cero, como si el conocimiento acumulado, profesional y de vida, la experiencia y el criterio, no fueran elementos suficientes como para encontrar estabilidad y una forma de protegerse de las propias tragedias personales, que van más allá la preparación y el trabajo.

La reflexión, entonces, es constante, cada capítulo refleja situaciones puntuales que pueden no tener relación directa con la anterior, pero que conforman un todo –en esa reflexión– que no es menor y que construyen una identidad nacional fuerte, porque no le afectan solo a Pedro Juan, sino que a un sinnúmero de cubanos que deben vivir al día, y que deben luchar y traficar doblemente para hacer de su día uno que valga la pena, porque estar anclado en tierra de nadie equivale a vivir con el arraigo alterado, lo que condiciona a todos, gústenos o no.