Del amor por doña Inés [1]
Extracto del libro
El espejo del
olvido
De Hernán Neira
Dolmen Ediciones,
Santiago de Chile, 1997
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hneira@uach.cl
Dice el cronista que tras diez años de marcha y sufrimiento, de los
diez mil indios que partieron río abajo por el Amazonas con Gonzalo Pizarro y
Francisco de Orellana, solo se salvaron trescientos [2].
No cuenta cuántos españoles fueron tragados por el río o por la selva, pero
sin duda también fueron centenares, ni tampoco cuenta que el mismo Orellana
moriría en un segundo intento, en 1545, cuando se propuso la misma conquista,
sólo que yendo río arriba, desde el Atlántico hacia la Cordillera de los
Andes. La idea de Ursúa de descubrir, conquistar y someter las tierras de El
Dorado, aquellas cuyo rey se bañaba todos los días en oro, río abajo y no río
arriba, parecía mucho más lógica que el segundo intento de Orellana, en la
medida que pueda llamarse lógica la pretensión de buscar El Dorado. La
expedición Ursúa cumple con todas las condiciones de ciertas expediciones
organizadas por los españoles en América, mezcla de un orden burocrático,
jerárquico y centralizado, que viene desde España, y del afán de algunos
grupos de hombres por enriquecerse con urgencia y a cualquier precio. La
expedición de Ursúa es buen ejemplo de lo que puede y produce el poder
metropolitano cuando sus representantes se dispersan por las infinitas tierras
de América, degradándose tanto el espíritu como la organización estatal
misma. De esta sólo se mantiene la forma, tanto más rinbombante y exagerada
cuanto desprovista de todo contenido. A mayor dispersión, más sitio para la
iniciativa individual, pero siempre, o casi siempre, como veremos, en nombre
del rey. Y aun más, porque ya no es la iniciativa de un hombre en sus cabales
y ligado a sus semejantes por lazos afectivos, culturales y políticos, sino
de un tipo de hombre que algunos ni siquiera consideran humano: el
desesperado.
A fines de 1558, el Marqués de Cañete, virrey del Perú, encomendó a
Pedro de Ursúa una empresa tan desmesurada, tan goyesca, tan surgida, no del
sueño, sino de la pesadilla de la razón, como fuera la conquista de El
Dorado. Ni el marqués ni Ursúa estaban exentos de sospechas, que en cierta
medida se confirmarán durante la expedición. Se había dicho que el Marqués
de Cañete, al saberse relevado del puesto, se preparaba para levantar el
virreynato del Perú y que Ursúa era su hombre de confianza. La muerte del
nuevo virrey, ocurrida en Sevilla poco antes de embarcarse, aplacó la rebelión
sin necesidad de guerras. El marqués conservó su puesto, pero quienes soñaban
con un Perú bajo sus propias manos no olvidaron sus sueños. La escasez de
oro en la metrópoli y la imposibilidad en que se hallaba la corona de
sufragar los gastos de la conquista, hizo que fuese financiada por los dineros
que localmente podía recaudarse. Los reyes españoles se encontraban en la
paradoja de aumentar sus tierras mediante la delegación de poderes. Además,
muchos conquistadores se habían enrolado para no morir de hambre en España.
Por eso, era imposible pensar en una empresa de conquista que no hubiese
solucionado, previamente, su financiamiento autónomo, lo cual acentuaba el
sentimiento de independencia y aumentaba la intensidad con que se vivía el
hecho de hallarse expatriado. De ahí la ambigüedad de la empresa de El
Dorado: el marqués quiere conquistar, no el oro, sino la fuente del oro,
porque era eso lo que El Dorado representaba. ¿Pero, con qué finalidad?
Quienquiera poseyera un poco de oro poseía el requisito que la corona exigía
para concederle el derecho a emprender nuevas conquista y administrar más
tierras. Pero poseer la fuente del oro es poseer la fuente de toda conquista y
de todo derecho, es estar en condiciones de pagar un ejército capaz de
afrontar las escuálidas tropas reales en América; quienquiera conquistara El
Dorado se volvería tan poderoso que prácticamente se sustraería al dominio
de la corona.
La idea de partir en busca de reinos quiméricos no era nueva en América;
el destino de Ursúa no carece de paralelismos con el de Ponce de León. Ambos
se sitúan en lo más alto de la jerarquía y poseen riquezas y gloria, sobre
todo Ponce quien, tras haber oído una leyenda indígena, abandonó sus
tierras en la fértil isla de Puerto Rico
en búsqueda de un sueño, que era el de la fuente de la juventud.
El desafortunado no encontró más que escollos y corrientes que, cuando por
fin le permitieron desembarcar, en lugar de hacerlo en tierra firme, lo hizo
en pantanos. Había descubierto La Florida, pero apenas gozó de su
descubrimiento: pocos días más tarde una flecha de los seminoles acabó con
sus sueños al dormirlo para siempre. En 1558, ya nadie cree que América sea
un paraíso o que se encuentre en ella la fuente de la juventud, y es quizás
por eso mismo que se aviva la leyenda y la esperanza de El Dorado. Pobre
substituto es la riqueza frente a la juventud, pero Ursúa, con poco más de
treinta años se interesa, en esa época de su vida, más por el dinero que
por la vejez que en su brillante y rápida carrera todavía no teme venir.
Acepta, pues, Ursúa, la empresa que le propone el Marqués de Cañete y,
provisto con los fondos de este, recorre el Perú buscando y a veces robando
los capitales para la empresa. Con el mismo propósito, se ve obligado a
reclutar, más por necesidad que por descuido, a aventureros, a delincuentes
que huían de la justicia y a un buen número de indios que lleva como bestias
de carga o como guías. Porque no todos creían en la empresa, ni en Lima ni
en la sierra, ni tampoco en la selva: entre los nativos nadie puede indicar,
con certeza, dónde se haya el rey que se baña todos los días en oro.
En Julio de 1559 parte Ursúa con 250 blancos, 350 indios y unos
trescientos caballos, pero muy pronto ha de detenerse. De los once navíos y
numerosas balsas sólo pocos resisten las aguas del Amazonas. Unos mal hechos,
otros podridos, encallados o atrapados en remolinos de los que no podrán
salir durante horas, durante días, son abandonados en el río, que entonces
llamaban Marañón y, con ellos, casi todos los caballos y buena parte de las
provisiones. En Septiembre se detienen y, con los restos de las embarcaciones,
construyen tres chatas y dos bergantines. En uno de ellos viaja un personaje
muy particular y no ajeno al desastre final. En la popa, contra el parecer de
todos, Ursúa ha embarcado a Doña Inés de Atienza, “moza y muy hermosa” [3],
una chola al perecer de gran belleza de quien el Gobernador no se alejará. No
es la única mujer, Lope de Aguirre lleva a su hija, apenas adolescente, y van
otras mujeres, ya para hacer tareas domésticas, ya para servir a doña Inés.
En cuanto a los restantes navíos, las maderas, al ir absorbiendo el agua,
navegaban cada día más hundidas y poco a poco los sitios donde los hombres
podían hallarse secos y relativamente seguros se vuelven escasos.
Relativamente, porque si bien hay indios amigos, a otros jamás les ven el
rostro y de ellos sólo perciben, a lo lejos, las canoas, o reciben las
flechas que, desde los bosques, atraviesan el aire silbando hasta detenerse en
el pecho o en el coselete metálico que sólo a algunos de los españoles el
calor permitía soportar. Relativamente, porque tal vez el principal peligro
no provenga de los indios, sino del interior, y no del interior físico, no de
la debilidad militar, sino de la falta de convicción en la viavilidad de la
empresa.
Hay quienes comienzan a desconfiar y no sin razón. Hacia Navidad de
1559, comprueban que los “indios brasiles de los que por este río salieron
a Pirú, según se había dicho, habían dado falsa relación y mentían en
toda la noticia que nos habían dado” [4].
En el campamento el aire se enrarece, se vuelve pesado, más aún cuando Ursúa
nombra cargos, en especial a un vicario al que otorga derecho para excomulgar
a quienes conservasen, sin orden, instrumentos o armas útiles para la guerra
o para hacer balsas. Hay, entre los mercenarios algunos letrados que murmuran
que el gobernador carece de autoridad para otorgar tales prorrogativas y que
por lo tanto son nulas. Hay muchos descontentos, unos por la suerte que les ha
asignado el gobernador en la empresa, otros por simple cansancio o voluntad de
desertar volviendo al Perú. Alonso de Montoya es descubierto tratando de huir
en una canoa y el gobernador le echa grillos. Débil castigo de una
desobediencia que, multiplicada, podía poner en peligro el éxito de la
expedición. La debilidad del jefe embravece los ánimos de los más osados y
exalta a los pusilámines. Lentamente, lo que en principio era simple
descontento, malhumor por la dureza de la jornada y lo invisible del premio,
se transforma en odio. Pero no son sólo las dificultades de la navegación lo
que ofusca los ánimos. Allí, en medio de río, hay quienes desean, más que
una fuga, tomar el poder. ¿De qué? De la expedición, es decir de El Dorado,
es decir del Perú, porque del Perú se extrae más riquezas de las que
produce España entera. Ursúa comienza a ser detestado, quizás por la mayoría.
Sin embargo, el gobernador no tiene ojos ni para sus hombres ni para la selva,
y descuida e ignora lo que se está tramando:
“Y decían
[de Pedro de Ursúa] que [..] Doña Inés, su amiga [..] le había hecho en
alguna manera que mudase la condición, y que le había hechizado, porque de
muy afable y conversable que solía ser con todos, se había vuelto algo grave
y desabrido, y enemigo de toda conversación, y comía solo, cosa que nunca
había hecho, y no convidaba a nadie; habíase hecho amigo de la soledad, y aún
alojábase siempre solo y apartado lo más que podía de la conversación del
campo, y junto a sí la dicha Doña Inés, solo, y a fin, según parescía, de
que nadie le estorbase sus amores; y embebecido por ellos, parescía que las
cosas de guerra y descubrimiento las tenía olvidadas” [5].
A tres meses de la partida, Ursúa, capitán de experiencia, habituado
a tratar con aventureros como lo fueron casi todos los conquistadores,
descuida o comienza a descuidar, más que las artes militares, el gobierno de
sus hombres, con los que se muestra inhábil, tardío y débil. Por segunda
vez se descubre que algunos soldados planean fugarse al Perú. Si ya se había
mostrado débil, ante el mismo crimen, con Alonso de Montoya, esta vez lo es
todavía más, pero agrega, a su debilidad, una humillación que los
criminales no podrán soportar. En lugar de castigarles con la horca
‑como todos pensaban que lo merecían‑, Ursúa los pone a remar el
bergantín de…doña Inés. La afrenta no podía ser mayor. Soñaban con
apoderarse de tierras y fundar reinos. Partieron para transformarse en príncipes
y poseer esclavos: helos aquí convertidos en galerianos, peor aún, en pajes.
Insoportable; hubiesen preferido la muerte, decían, y no tardan en hablar con
Fernando de Guzmán. En efecto, el criado de éste había sido castigado con
grillos por motivos que el cronista calla, lo que ofendía tanto más a su señor
que a la víctima. Al señor, porque en la mentalidad feudal, nadie sino el señor
puede castigar a su súbditos, y además, ¿qué es un señor sin su criado,
qué es un príncipe o alguien que se cree príncipe sin sus huestes, sin sus
súbditos? Castigando al criado de Guzmán sin consultar a este último, Ursúa
pone en cuestión el orden jerárquico en el que se basa la poca autoridad que
le queda.
Para mejor comprender lo que sucede es indispensable situar a esos 250
blancos, servidos por 350 indios y negros, encerrados, la mayoría de ellos,
en estrechísimas balsas en las que navegan junto a caballos, puercos,
gallinas y perros. El gobernador y su amada navegan en un bergantín, apenas
menos precario que las balsas, aislados en la popa donde han construido una cámara,
aislada por una estera de cáñamo, y puesto un colchón. La expedición
avanza a la velocidad del río, que cada vez se vuelve más lento. El tiempo
parece haberse detenido, los días son iguales, monótonos y no hay cortes que
permitan escapar, aunque sea momentáneamente, del agobio: allí, en el corazón
de América, el transcurso de las cosas ha adquirido una densidad y una
pesadez particulares [6].
Si no fuera por el fraile y por el escribano, hubieran perdido toda noción
del calendario. A veces se detienen los domingos, para Pascua o para Navidad,
pero sus fiestas carecen de sentido al no encontrar eco alguno en los
alrededores. La religión es apenas una ayuda, todos creen en Dios, pero nadie
confía en él. Constantemente tensos, el más mínimo roce se convierte en en
la más grave de las afrentas: hay que medir gestos y palabras: todo menos
descansar [7].
El aire es pesado, irrespirable, la humedad vuelve todo pegajoso, las
picaduras de insectos se infectan y es imposible bañarse a causa de las pirañas
y lagartos. No hay ninguna distracción que no sea la crítica o burla de los
amores del gobernador o la de soñar, no de noche, porque casi nadie puede
dormir, sino despiertos. Sueñan, despiertos, con oro, pero encuentran pirañas,
sueñan con Tenochtitlán y sólo ven, no más de una vez por semana, algunas
chozas casi siempre abandonadas. Poco o nadan tenían antes de dejar el Perú,
pero existía una esperanza. Ahora, en cambio, habiéndola perdido, se sienten
en el infierno y saben que la única forma de salir, si es que algún día lo
hacen, es continuar en él. El gobernador, por mientras, está ocupado, y a
veces nadie se atreve a interrumpir sus amoríos, ni siquiera para avisarle
que se está tramando una traición. Un esclavo, un negro llamado Juan,
“entendió
el día que le mataron [a Ursúa] el trato que su amo y los demás con él traían
para lo matar [al gobernador], y aquella tarde, casi noche, un poco antes que
vinieran a efectuar su traición, fue a avisar al Gobernador de ello, y halló
a Pedro de Ursúa que estaba con Doña Inés, y no le pudo hablar” [8].
Ursúa no veía, ni oía, Ursúa estaba en otro mundo, en el Nuevo
Mundo, y había olvidado quiénes eran y de dónde venían sus compañeros. No
son las flechas indígenas, con sus ponzoñas, las que alteran el corazón y
el cerebro de Ursúa, sino otras, invisibles, que le envía doña Inés. Sí,
algo raro le sucede, se dice que doña Inés le ha hechizado. Los hombres lo
saben, todo el mundo lo sabe. Y los que no lo saben, quieren creerlo o tendrán
necesidad de creerlo para justificar el crímen cuando los pocos que queden
vivos se encuentren, dos años más tarde, ante la justicia española.
Más que Las Casas, es Pedro de Ursúa el primer hispanoamericano, al
menos mientras duran los amores y el hechizo de Doña Inés. El capitán,
partido a conquistar El Dorado, olvida, es cierto que sólo a ratos, pero
demasiado a menudo y cada vez más largos, cuál es su rol. Sus hombres se ven
abandonados, como si el capitán no necesitase más conquistas, como si
hubiese encontrado la tierra que buscaba en doña Inés y ya no necesitase ni
el oro de El Dorado ni la gloria de los conquistadores. Ursúa descubre, con
su amiga, a ratos, los dulces placeres de la felicidad y del entregarse, del
“embeberce” y envolverse en el cuerpo de su amada como la expedición
entera se embebece en la selva americana. Sin embargo hay una diferencia.
Cuando Ursúa ama, y no es que esté amando todo el día, pero cualquier
minuto es demasiado largo para sus hombres angustiados e impacientes en ese río
casi inmóvil, ‑cuando Ursúa ama, decía‑, es de los que no
quieren, como Cortés, volver, y durante ese rato olvida hasta el Perú, sin
necesidad de destruir ni de quemar naves. Porque poco importa a Ursúa
hallarse en Lima, o en el Amazonas, al mando de un ejército o solo en su bohío
mientras cuente con Inés. Tal vez en la expedición no había nadie que fuera
inocente, nadie que no tuviera cuentas con la justicia, nadie que no haya sido
traidor, pero ninguno cuya traición no fuera tan múltiple ni tan violenta
como la del gobernador. No sin cierta razón se rebelan sus soldados. Traidor,
Ursúa lo es a la confianza que el Marqués de Cañete, Virrey del Perú, ha
depositado en él, y en ese sentido, es traidor a España y a su rey. Sin jefe
o con un capitán enclenque y sin autoridad, no sólo la monarquía pierde la
esperanza de encontrar El Dorado, sino también la banda que si ha decidido
acompañar al Gobernador, lo ha hecho tan sólo para enriquecerse con la
conquista del más rico territorio: en cada suspiro de Ursúa por su amada,
ven disolverse sus sueños. Traidor, también lo es Ursúa a los traidores
que, convencidos desde muy pronto de que El Dorado es una quimera, quieren
volver al Perú y apoderarse de él utilizando las mismas armas y dineros con
que el Virrey ha provisto la expedición. Traidor a los leales y traidor a los
infieles, a partir de ese momento el destino de Ursúa está escrito: lo que
ha cambiado en él no es la nacionalidad, sino el espíritu, la forma de vivir
en América [9].
No es ni más bueno ni más malo que los otros españoles, sigue esclavizando
a los indios y sigue buscando El Dorado. Pero aquello pasa, mientras está con
Inés, a segundo plano: el paisaje
desaparece y su propósito no es siempre, como debiera, servir a la
corona conquistando y “evangelizando”. Cuando está con Inés no quiere
regresar a España ni quiere quedarse en América, todo ha perdido
importancia, menos su amada. Es justamente por ese vivir de forma inmediata,
por esa desaparición de todo exotismo, de toda referencia a España o a América,
que Ursúa se “naturaliza” americano, como si siempre hubiese estado allí.
Ursúa no vive bien en su balsa, pero vive en América, mucho más que sus
compañeros, al dejar de pensar en América y en España. No se es americano
sin olvidar previamente paisajes, selvas y “descubrimientos”. Ser
americano, en Ursúa es olvidar, olvidar el olvido, y olvidar la guerra:
simplemente vivir y dejarse llevar por los amores aun al precio de ignorar la
encomienda que el virrey le había encargado. Quienes no han querido cortar el
cordón que les une a la península y al proyecto de conquista o de
enriquecerse rápidamente, no pueden perdonárselo y no se lo perdonarán.
Mientras duran sus amores, Ursúa es hispanoamericano justamente por el
desinterés y por la desaparición de la presencia geográfica, de su
exhuberancia y de su exotismo. Esa desaparición del exotismo es una de las
características del americano auténtico y de las condiciones para que América
pueda ser vivida "naturalmente”. Ursúa vive el continente como un
trasfondo lejano donde no hay otro proyecto que el dejarse vivir, que
abandonar las grandes empresas ‑conquista y “evengelización”‑
por la más difícil y la más placentera de todas: los amores de Doña Inés.
Era el año de 1560. Ursúa, sin ruidos, silenciosamente, sin darse cuenta él
mismo y sin derramar sangre, comete una traición aun más grave que la que
cometerá Lope de Aguirre al organizar el crímen. Lope, asesino de Ursúa [10],
se levanta contra España, a la que tiene siempre presente; Ursúa en cambio
se duerme y olvida lo que le ha sido encargado.
Pero cuidémonos de idealizar los amores de don Ursúa con doña Inés.
En Ursúa se muestra el hechizo del amor o más bien del malamor. Si el
gobernador “iba malquisto con la mayor parte del campo”[11]
y si
buscaba la soledad, y no únicamente para retozar con su amada, sino para
comer o en cualquier momento del día, es porque Inés le daba el agua, pero
no le daba el pozo. Si Ursúa está más pendiente de ella que de las cosas de
guerra, es porque se siente menos seguro en el plano amoroso que en el
militar. Fruto del desamor o del mal querer de Inés, uno de los hombres de
mayor experiencia en “entradas de indios”, se transforma en un ser sin
voluntad, absorbido, incluso ante la omnipresencia del paisaje y la
importancia de la empresa, por la imagen siempre escurridiza de Inés. Aparece
en él una incertidumbre y una ansiedad debidas, más que a los peligros, al
hecho de que en cualquier momento Inés no le diese más de beber. A tal punto
está absorto en una Inés ambigua, que necesita cerciorarse constantemente de
su presencia física, incluso al precio de descuidar su propia vida. Porque
Ursúa ni está a salvo ni es feliz, pero su voluntad se halla transformada y
paralizada: no se pone guardias cuando un anónimo le previene que quieren
matarle y tampoco tiene fuerzas para tomar una actitud clara con Inés. Dentro
de poco, el primero de Enero de 1560, lo atravesarán a traición las espadas
y, su amiga, que en cierto modo carece de elección pues quedarse sola
significaba ser violada por varios, se convertirá en amante de Zalduendo, uno
de los criminales.
Conocemos el destino de la rebelión; Fernando de Guzmán, gran amigo
de Ursúa y traidor él mismo, es declarado príncipe por la asamblea de
traidores. Este, sin embargo no es más que un títere de Lope de Aguirre que,
de principio a fin, ha logrado dirigir la asamblea e imponer sus convicciones.
Genio y sicópota al mismo tiempo, visioniaro y ciego, condenado, como todo
aquél que ve más lejos, al insominio y a la locura, Lope propone coronar,
con gran bombo, a Guzmán [12].
Después le convence a él y a los hombres de abandonar la inútil búsqueda
de El Dorado, continuar descendiendo por el amazonas, llegar al océano Atlántico,
obtener en Panamá el apoyo de los negros en antipatía contra la corona (cuya
rebelión había sido aplastada años antes por Ursúa), dirigirse hacia el
sur y apoderarse del Perú, donde Guzmán; en substitución del Marqués de Cañete,
sería nombrado rey. Pero tras algunas semanas, Guzmán, más consciente que
Lope, constata la imposibilidad de tomar el Perú y decide continuar la
conquista de El Dorado. Conociendo las ambiciones de Lope, le convoca desde un
bergantín a otro a un consejo de guerra, con la finalidad de llamarle al
orden y quizás ajusticiarlo allí mismo. Lope responde que “ya no era
tiempo” y en lugar de asistir, confisca todas las canoas para que nadie vaya
en ellas desde el bergantín a avisar al gobernador de la nueva traición que
se prepara. Por la noche se dirige donde su príncipe, armado, con un grupo de
hombres, y le mata. A partir de ese momento Lope será el jefe indiscutido de
la empresa.
Tal vez Lope no sea ajeno a la tradición española de los comuneros y
de ciertas bandas que asolaron, en la época, el país vasco, donde él mismo
había nacido. Los primeros se declaran rebeldes en nombre de la justicia y
del buen gobierno que el rey no puede garantizar; los segundos, en cambio,
carecen de toda convicción política. Por otra parte, para algunos americanófilos
hispanos la rebelión de Lope es el primer antecedente de la independencia de
América [13].
Es cierto que la genialidad sicopatológica de Lope se propone un objetivo
independentista. Sin embargo, hay dos razones que impiden compararlo con los
patriotas del siglo XIX. La primera, es que el proyecto de Lope es
esencialmente la toma del poder en beneficio de quienes se apoderen de él y
no la construcción de una sociedad. Falta en Lope, a pesar de su lucidez, un
proyecto político, porque en política, el poder es un instrumento del
gobierno público, mientras que en Lope, el poder es un medio para el
beneficio propio: Lope se mantiene en el plano de lo privado y lo político se
sitúa en lo público. Lope de Aguirre no es, pues, un vanguardista, alguien
que se anticipe, Lope es un tirano impregnado de valores feudales en
decadencia y de ambiciones modernas aún no suficientemente decantadas. La
segunda razón que impide compararlo con los patriotas, reside en los medios
para llevar a cabo su propósito. Lope, cincuentón, desesperado, viéndose
envejecer, enloquece e ignora, a pesar de la evidencia, que los medios de los
que dispone no tienen proporción con su empresa. ¿Cómo podría, un centenar
de hombres malnutridos y malarmados ‑la mitad han muerto
“ajusticiados” por él mismo, por los indios o por enfermedades‑,
resistir a las tropas españolas que los nativos mismos, dueños de esas
tierras, no habían podido resistir.
Hay, en la genial locura de Lope, el primer esbozo de una idea de que
América pertenece a quienes han trabajado por conquistarla y se han esforzado
por obtener sus riquezas. Algunas de las afirmaciones de Lope sobre Felipe II
son justas y se repetirán, contra los reyes borbones, con pequeños cambios,
en las proclamas previas a la independencia, pero los patriotas poseen un
proyecto americano y no solamente antiespañol:
“Mira
escribe Lope‑ mira Rey español, que no seas cruel a tus vasallos,
ni ingrato, pues estando tu padre [Carlos V] y tú en los reinos de Castilla,
sin ninguna zozobra, te han dado tus vasallos, a costa de su sangre y
hacienda, tantos reinos y señoríos como en estas partes tienes. Y mira, Rey
y Señor, que no puedes llevar con título de Rey justo ningún interés
destas partes donde no aventuraste nada, sin que primero los que en ello han
trabajado y sudado de su sangre sean gratificados” [14].
Lope piensa en América como un instrumento para retribuirse las
riquezas que el rey no ha querido darle, piensa en América en términos
“económicos” cuando la independencia es, o debiera ser, ante todo política.
Lope ignora lo que es la universalidad del Estado, feudal o moderno, ignora lo
que es el bien público y sólo piensa en términos de interés, de beneficio,
lo cual le llevará a su propia pérdida. Lope no quiere a América, Lope
quiere ser rico, vivir y morir en la gloria que siempre le ha faltado. Su
motivación es esencialmente sicológica y su ambición personal. Lejos de
esconderla, lejos de ocultar su desmesura y su rencor, compartido por muchos
de quienes partieron a América a hacer fortuna al servicio de la corona, y
que se vieron envejecer en aldeas olvidados, en interminables guerras contra
los indios o en selvas de las que jamás pudieron regresar, Lope convierte sus
males en reivindicaciones, exigiendo devoluciones cuando en la concepción de
la corona se trata de mercedes. Mercedes cada día más mezquinas, he ahí la
desgracia de quienes llegaron a América demasiado tarde, porque los
territorios más ricos y principales ya habían sido concedidos. A diferencia
de otros españoles, ya no queda para Lope, el más ambicioso de los
conquistadores, más que tierras inhabitables y quimeras por conquistar. A
ello se suma que Lope, tardío, se empecina, se empeña y esfuerza, con la
desmesura y la crueldad que caracterizan todos sus actos, en transformar en
virtud lo que en principio es una tara. El cojo, el renegado, el malquerido,
el olvidado por la corona en cuyo nombre ha sido herido, el traidor, quiere
volverse Rey en el más rico territorio de Sudamérica [15].
Porque a Lope no le basta el Amazonas. Guerrear contra indios o plebleyos,
poner y deponer príncipes, sean o no españoles: ¡eso sería disminuirse! Sólo
tiene un medio para lavar la afrenta, porque toda su vida ha sido una afrenta,
y ese medio es, no enfrentar, que sabe que es imposible, sino desafiar al más
poderoso rey de la tierra, Felipe II, en la más querida y rica de sus
colonias: el Perú. En su carta al monarca español, redactada cuando se sabía
ya casi perdido, Lope escribe:
“En
veinte cuatro años, te he hecho muchos servicios en el Pirú en conquistas de
indios, y en poblar pueblos en tu servicio, especialmente en batallas y
reencuentros [..] Bien creo, excelentísimo Rey y Señor, aunque para mí y
para mis compañeros no has sido tal, sino cruel e ingrato a tan buenos
servicios como has recibido de nosotros [..] Avísote, Rey español, adonde
cumple haya toda justicia y rectitud, para tan buenos vasallos como en estas
tierras tienes, aunque yo, por no poder sufrir más las crueldades que usan
estos tus oidores, Visorey y gobernadores, he salido de hecho con mis compañeros
[..] de tu obediencia, y desnaturándonos de nuestras tierras, que es España,
y hacerte en estas partes la más cruda guerra que nuestras fuerzas pudieren
sustentar y sufrir” [16].
Lope no puede vivir América como algo natural. Para él es un
instrumento de lucha contra el destino, contra el infortunio y contra su
llegada tardía en América. Porque lo que desea no es independizar al Perú,
sino sustraerlo al dominio peninsular, hacer una afrenta a Felipe II y
someterlo a su poder personal. Lleva demasiado enraizados en sí mismo los
valores feudales y los valores de la conquista, pero degradados, para poder
erigirse a sí mismo y a América como territorio autónomo. Lope se sitúa,
en su afán secesionista, no en relación a América, sino en relación a España.
No le basta con ser independiente, con vivir aislado, con perderse en la
selva. Lo que él quiere es ser y
ser algo, pero algo en relación España, y en particular a Felipe II,
quien continúa siendo la medida de la aristocracia que Lope quiere alcanzar.
Puesto que Felipe II no le da el puesto que él cree merecer, no le queda
más remedio que vencerlo, y demostrar así, no sólo que no tiene deudas con
él, sino que Lope mismo es la fuente de todo valor, de toda aristocracia.
Rebelde, sí, pero rebelde con causa. En la mentalidad de Lope, y en ese
sentido es comunero, quien ha faltado a los valores feudales ha sido el propio
rey por ingrato al no retribuirle con las mercedes que él cree, hasta la
muerte y hasta la última línea de su carta, merecer:
[..] Hijos de fieles vasallos tuyos en tierra vascongada, y yo rebelde hasta
la muerte, por tu ingratitud.
Lope de Aguirre, el Peregrino”
[17].
Lope, desafiando más que luchando contra Felipe II, sigue apegado a
los valores de la lealtad que él y sus hombres traicionan cotidianamente.
Lope exige la fidelidad total, pero ha olvidado que ello implica una cierta
idea del bien común que se supone el señor busca para sus súbditos. En la
expedición, en cambio, él y todos saben que luchan en beneficio propio y que
nadie puede confiar en nadie. A la más mínima sospecha ejecuta a quien
considera traidor, porque todo hombre, por el hecho de existir, es traidor al
interés privado del tirano. Paranoico, Lope elimina, poco a poco, por simples
rumores, por un simple mirarlo o no mirarle a los ojos como él desea, por
divertirse o por contentar al verdugo ávido de cadáveres, tal vez a un
tercio de sus hombres. Ejecuciones criminales y ejecuciones suicidas, porque
nadie ignora que basta una denuncia para obtener la eliminación de un enemigo
y dentro de poco todos desconfían de todos. Criminal, porque no hay sentido
alguno de justicia; suicida, porque sus compañeros son cada vez más escasos
y cada vez, por lo tanto, más imprescindibles. Llegados, tras haber recorrido
todo el Amazonas, a las costas de Venezuela, los hombres se convencen de que
seguir con Lope es ir hacia la muerte, ya por ser ejecutado arbitrariamente,
ya por debilidad militar contra las tropas reales.
Al final, acosados, la mayoría de sus hombres se pasa al campo real
buscando el perdón. Al verse solo o más solo de lo que había estado
siempre, Lope pide a García de Paredes, Maese de Campo del rey, darle tiempo
de entrevistarse con el Gobernador para hablar de “cosas que convenían
mucho al servicio de Su Majestad”. Sin duda Lope, el único traidor que se
asume como traidor, estaba al tanto de muchas traiciones e intentos de
traiciones que se fraguaban en Perú. Pero sus mismos hombres, ansiosos de
obtener perdón y temiendo quizás que delatara los crímenes de todos, “con
los arcabuses que traían le tiraron uno tras otro; y al primer arcabuzazo que
le dio algo alto, encima del pecho, dicen que dijo “este no es nada”; y al
otro que le dio por medio del pecho, dijo: “este sí”” [18].
Ese Lunes, veinte y siete de Noviembre de 1561, con Lope, que había matado a
Guzmán, que a su vez había matado a Ursúa, muere el más ambicioso y más
desafortunado ensayo de desvasallaje, no de América, sino de los españoles
que vivían en ella en relación a su rey. Pobre Lope, pobre Guzmán, pobre
sus víctimas culpables y pobres víctimas inocentes, pobres Ursúa e Inés,
que pudieron, quizás, haber sido felices [19].
[1]
Una versión resumida de este texto apareció en
la Revista Taller de Letras, Nº 20, editada por la Univ. Católica de Chile,
Santiago, 1993.
[2]
Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; Jornada
de Omagua y Dorado; Crónica de
Lope de Aguirre; p. 12. Ed. Los Malos Tiempos, Madrid 1986. Otras
fuentas hablan de doscientos españoles y cuatro mil indios.
[3]
Ibid., p 17.
[4]
Ibid., p. 31.
[5]
Ibid., p. 32.
[6]
Werner Herzog, en su película Aguirre
o la Cólera de Dios, ha logrado, a pesar de alejarse de las fuentes
históricas, detectar magníficamente la densidad del transcurrir que se
acaparó de aquellos hombres.
[7]
Zaldueldo, de quien hablaremos más tarde, morirá, entre otras razones, a
raíz de un riña originada por un colchón.
[8]
Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; Jornada
de Omagua y Dorado; Crónica de
Lope de Aguirre; p. 38. Ed. Los Malos Tiempos, Madrid 1986.
[9]
“No, we are not indians, but we are men of their world. The blood means
nothing, the ghost of the land moves in the blood, moves the blood”.
William Carlos Williams; In The Americain Grain, op. cit. p. 55.
[10]
Lope no cometió con sus propias manos, pero está entre quienes lo
planifican.
[11]
Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; Jornada
de Omagua y Dorado; Crónica de
Lope de Aguirre; p. 32. Ed. Los Malos Tiempos, Madrid 1986.
[12]
“Mis ojos no me servían para ver la luz. Pero veían en la oscuridad y yo
quise que no lo supiera nadie, nadie lo sabe más que tú. En cierto modo es
un castigo, Darman, igual que el insominio”. Antonio Muñoz Benítez, Beltenebros.
Ed. Seix Barral, Barcelona 1989, p. 233.
[13]
Fernández, María Luisa; Lope de Aguirre; texto del programa de Radio 3, Madrid, España.
Emitido a fines de la década de 1980.
[14]
Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; op. cit.,
p. 117-118.
[15]
“Era este tirano Lope de Aguirre hombre casi de cincuenta años, muy pequeño
de cuerpo, y poca persona; mal agestado, la cara pequeña y chupada; los
ojos, que si miraba de hito, le estaban bullendo en el casco, especial
cuando estaba enojado. Era de agudo y vivo ingenio para ser hombre sin
letras”. Vázques, Francisco, y de Almesto, Pedrarias; op. cit. pp.
147-148.
[16]
Ibid., carta de Lope de Aguirre a Felipe II, p. 116.
[17]
Ibid., p. 117 a 123.
[18]
Ibid., p. 144-145.
[19]
Hubo otras tragedias con propósitos similares a los de Lope en América,
pero ninguna con pretensiones tan desmesuradas como clarividentes en relación
al trato que la corona daba a los conquistadores. Sin embargo, en algunos
aspectos Lope nunca ha muerto. Desde entonces algunos tiranos menores han
pretendido, o han logrado, apoderarse de un país o de una región de América
en beneficio propio. Es el fenómeno del caudillismo, extraña mezcla de
formalismo tan burocrático y jerárquico como vacío. Heredado de los
tiempos coloniales, el caudillo confunde a menudo los intereses del Estado y
los intereses personales, todo ello en la mentalidad de hombres que piensan,
todavía hoy, como en los tiempos de las monarquías absolutas. Ni Ursúa ni
Lope modificaron apenas el carácter o la cultura americanas. Sin embargo,
ambos son frutos puros de la América colonial y representan dos formas de
vivir el continente y de ser americano, que en muchos aspectos siguen
reproduciéndose.