Primer capítulo de la novela
El sueño inconcluso
de Hernán Neira
Ed.
Planeta, Santiago de Chile, 1999
Más
información en: www.neira.cl
hneira@uach.cl
Capítulo I
Diego y sus compañeros
estaban cansados; en años de guerra, conquista y trabajo apenas habían ganado
para subsistir. Nunca pensaron que América consistiera en una sucesión de
caminos, de miseria y de hambre. No es que no hubiera riquezas, es que cuando
las encontraban Pedro de Valdivia apenas se detenía para recuperar fuerzas. Al
gobernador le atraían más los honores que el oro. ¿Acaso no había abandonado
su encomienda en el Perú para irse a Chile? En cuatro años de marcha habían
destruído ropa y calzado y ya no tenían más que jirones de tela o de cuero
para ponerse. No era avaro el gobernador, había distribuído los
abastecimientos llegados del Callao, pero se agotaron antes de que muchos
hubieran rehecho su vestimenta. También se desembarcó unos toneles de vino,
pero no venían llenos, como estaba previsto, y hubo otros robos o estafas que
disminuyeron las provisiones.
Por eso, una noche en que navegaban cerca de la punta Bonifacio, poco
antes de llegar al estuario del río Ainilebo, Diego Mejías se llevó a dos de
sus compañeros a un lugar apartado de la cubierta, se aseguró de que el ruido
del mar impidiese que terceros oyeran y les dijo:
- Si Pedro de Valdivia hiciera un repartimiento o mandase hacerlo al
almirante Pastene, a lo más nos tocaría una chacra. Ni a él ni al gobernador
les basta con los valles y las minas del Elqui, del Limarí o del Mapocho, a
pesar de que allí hay oro, tierras cultivables e indios para que las trabajen.
Y si regresamos con el almirante a Valparaíso, es para hacer un nuevo viaje,
pero mucho más al sur que ahora. El sur, su obsesión es llegar al sur y
plantar allí su bandera, todo porque Magallanes, que ni siquiera era español,
encontró un paso. No tenemos nada impermeable, nuestras botas se resbalan en la
cubierta de madera y tenemos que permanecer encerrados en la calas húmedas y
oscuras de la carabela. Dime —preguntó Mejías, bajando el tono, a Quezada,
el más joven de ellos—, ¿no tenías frío en las calas? ¿Piensas caminar
descalzo cuando la cubierta esté helada? ¿Acaso eres matelote para no ponerte
nada en los pies? ¿Te tocó algo en el repartimiento de Oyantaitambo o de La
Serana? Nunca tendremos nada, porque no somos de a caballo para llevarnos los
laureles de la victoria ni letrados para impedir que se nos despoje en la
Audiencia lo que hemos ganado en la guerra. Pero hay muchos que habiendo llegado
con las manos vacías, poco después tenían esclavos y esclavas. Sólo hay una
solución, hacer como han hecho otros: desertar en un lugar vivible, buscar
indios pacíficos, quedarnos entre ellos y convertirnos en su señor. Esta es
nuestra oportunidad; hacia el sur hace demasiado frío, hacia el norte están
los mapuches, que no cejan en la guerra, y más allá está el gobernador.
Quezada había sonreído cuando oyó la palabra “esclavas”. Mejías
se dio cuenta de que ya le tenía medio convencido, respiró profundamente, se
cerró el pellón y continuó:
- Los indios son lerdos, incultos, simples. Podemos apoderarnos de un
poblado en poco tiempo con tal de no cometer el error de hacerles guerra motivos
de religión. Allá ellos con sus ídolos, si los tienen: ¿a nosotros qué nos
importa? Puede que haya minas, que haya oro y, si en algunos años el gobernador
viene a buscarnos, podremos decir que nos perdimos, volver a España ricos y
comprarle el tesoro al mismísimo Atahualpa. Más vale ser primero en una aldea
con oro y con indios que último en las reparticiones de Pedro de Valdivia o
Pastene. ¿No veis que aquí hay madera con la que se puede hacer casas y
barcos, que los ríos son más caudalosos, no que uno, sino que en diez
guadalquivires, que hay animales y peces y que donde hay ríos hay metales
preciosos?
Al atardecer anclaron en la desembocadura del río Ainilebo, al pie de
los cerros de Niebla. Esa misma noche Jerónimo de Alderete, lugarteniente de
Pastene, organizó la toma de posesión. En el castillo de popa hizo poner una
mesa, un mantel, cirios y una biblia. Cuando todo estuvo listo hizo llamar al
escribano y al almirante. Allí, con tono solemne, declamó como si hablara a
los cerros:
- Escribano que presente estáis: dad testimonio en manera que se haga fe
de cómo en nombre de Su Majestad y en el del Gobernador Pedro de Valdivia, yo
tomo y aprehendo la tenencia, posesión y propiedad de toda esta tierra, de las
demás comarcas y de sus indios; y si hay alguien que lo contradiga, comparezca
delante que yo defenderé esta conquista con la vida, en nombre de Su Majestad y
del dicho gobernador…
No bien había terminado cuando bajó a cubierta y pidió voluntarios
para hacer un reconocimiento. Mejías respondió:
- Yo, Diego Mejías, y estos dos, señor.
Los otros dos, que aún no captaban la oportunidad que se les brindaba,
guardaban silencio.
- ¿Acaso soís mudos que no habláis? ¡Nombre! ‑dijo Alderete
preguntando cómo se llamaba a uno de los voluntarios.
- Perez de Arce, capitán.
- ¿Y vos?
- Quezada, señor.
Les miró de arriba abajo, inspeccionándolos, y les dijo:
- Bien. Iréis a los cerros, a los mismos que veis desde aquí, y caminaréis
hacia el norte, dos o tres leguas. Averiguad si la tierra es fértil, si hay
poblados, fuentes de agua, y si se puede sustentar allí un grupo de cristianos.
No hagáis nada que pueda romper la paz con los indios.
El capitán les dio dos ballestas, un arcabuz, pólvora, quince flechas
para cada uno, provisiones para dos días, cuentas de vidrio, cascabeles y
espejos para regalárselos a los indios. Cuando estuvieron listos ordenó echar
el batel al agua, que cayó más de prisa de lo deseado y haciendo cierto
estruendo:
- ¡Cuidado, que si lo hundís tendréis que bucearlo! ‑grito el
contramaestre desde el puente.
- Cuando se disponían a bajar hasta el bote por la escalerilla de
cuerdas, Alderete volvió a hablarles:
- No os alejéis más de lo que os dije, que no podemos esperar. Si nos
retrasamos, el viento nos llevará hacia el Estrecho.
El botero, un cincuentón que en toda su vida no había pasado más de
diez años en tierra, donde decía que se mareaba, dejó a Diego y a sus compañeros
en la playa. Se pusieron de acuerdo dónde y cuándo les recogería al día
siguiente y se encaminaron hacia los cerros. La playa era una ensenada de no más
de cien metros de largo, bien protegida de todo tipo de vientos y olas, no en la
costa oceánica, sino a la entrada del estuario.
Durante dos horas Diego y sus compañeros caminaron por las colinas.
Hacia el este veían el río Ainilebo en toda su extensión; hacia el oeste un
océano azul y agitado; hacia el sur las naves Santiaguillo
y San
Pedro fondeadas en la bahía de Corral; y, hacia el norte, se hallaban
bosques y cerros hasta más allá del horizonte. En esa misma dirección Quezada
vio una columna de humo a menos de una jornada de marcha,. Temió ser presa de
alucinaciones o de haberse narcotizado con uno de los alucinógenos a los que
los indios eran aficionados, pero sólo habían comido sus provisiones y no había
posibilidad alguna de estar bajo el efecto de drogas. Se restregó los ojos y,
para cerciorarse de que veía bien, se tapó uno y la miró con el otro,
haciendo igual con el ojo inverso poco después. No había duda, lo que estaba
viendo era una columna de humo. Sin dirigirse a ninguno en particular, con voz
baja, dijo:
— Salvajes.
Mejías se dio la vuelta y escudriñó los cerros.
— ¿La ves, la columna de humo? –preguntó a Pérez de Arce al
encontrarla.
— Por Dios, que sí –dijo Quezada.
— Entonces en marcha –concluyó Mejías.
No temían la caminar, sus largos años en expediciones les habían enseñado
a cazar, a distinguir las raíces comestibles y había agua por doquier.
Hallaron un sendero tan estrecho que apenas cabían los pies y en donde con
frecuencia debían cortar enredaderas de murra con la espada. Si surgían
hostilidades tenían regalos vistosos para ganarse a los indios. Caminaron hasta
que la sombra provocada por el bosque adelantó el anochecer y, ya sin luz,
decidieron acampar.
Con dificultad encendieron un fuego frotando un par de varillas que les
había dado el capitán, se sentaron alrededor de la fogata, comieron, se
pusieron uno cerca del otro para conservar la temperatura, se taparon con mantas
e intentaron dormir.
La soledad y la noche en un bosque desconocido hicieron flaquear la
seguridad de Quezada, jamás convencido del todo. Había pasado más de media
hora tratando de dormir, pero en lugar de conciliar el sueño permanecía
sobreexitado. De pronto manifiestó
su temor en voz alta diciendo que debían hacerle caso a Alderete y volver.
- ¿Donde el almirante? ‑le respondió Mejías y, desperezándose,
agregó‑:¿qué nos espera en el real, en Santiago o el Lima si volvemos?
Un nuevo embarque, trabajos, guerras y expediciones. Vamos, señoría, —agregó
Mejías dándole un tono paternal a sus últimas palabras y mirando a Quezada en
una oscuridad que le impedía verle—, dormid tranquilo, descansad, que a
mediodía estaremos donde los indios.
Al día siguiente se lavaron en un arroyo cercano y partieron muy
temprano, sin siquiera hacer fuego para entrar en calor. Caminaron siguiendo las
referencias, con sumo cuidado, por un paisaje similar al que habían visto en la
víspera. Sobre mediodía sacaron las provisiones y comenzaron a comérselas en
silencio. Terminaron de almorzar y avanzaron sin prisas, siguiendo la huella
apenas esbozada entre árboles, enredaderas, arroyos y animales que les
observaban con curiosidad. Sin embargo, tenían la impresión de que la belleza
del paisaje era un cebo, un embrujo destinado a hacerles olvidar los peligros y
hacerles internarse buscando la fuente del humo.
Al atardecer llegaron a donde en la víspera habían visto el humo, pero
no encontraron rastros de una fogata. Recorrieron la colina cuidadosamente,
aunque sin fruto. Les pareció extraño y la recorrieron una vez más, marcando
los lugares por donde habían pasado para no repetirlos.
Decidieron volver, pero justo cuando habían comenzado el regreso vieron,
en dirección sur, que las naves Santiaguillo
y San Pedro se asomaban fuera del
estuario y desplegaban sus velas alejándose de la costa. Impulsadas por un
viento de través, avanzaban de prisa y sin balanceos. Sin decirse nada,
corrieron cerro abajo deteniéndose al borde del precipicio, les hicieron señales,
encendieron un fuego e hicieron flamear las camisas, pero las dos embarcaciones,
porque no les vieran o porque ya se había vencido el plazo de espera, siguieron
su curso.
El almirante Pastene les había esperado más de la cuenta después de
que dos expediciones de búsqueda regresaran sin encontrarles. No podían
quejarse de abandono: la más mínima demora podía significar el cambio de
vientos y que las naves sucumbieran al invierno en el mar. Ninguno dijo nada,
pero el pánico se apoderó de ellos y sus rostros estaban tensos: desde la
comisura de los labios, los músculos les tiraban las mejillas hacia abajo.
Tuvieron más miedo: Pérez de Arce comenzó a correr hacia un
promontorio rocoso y los demás le siguieron. Llegaron jadeando, sin aliento, no
porque la carrera fuera larga o no estuviesen acostumbrados, como lo estaban, a
correr cargados por montes y caminos durante horas, después de todo en los
quince años que llevaban en América era lo único que habían hecho, sino
porque el miedo les había cortado la respiración. Pero no duraron mucho en el
promontorio, allí eran demasiado visibles y podían ser víctimas de las
flechas; mejor era meterse en medio del bosque y tratar de esconderse en el
bosque. Corrieron nuevamente y desaparecieron o creyeron desaparecer entre los
árboles. La humedad de los árboles y la temperatura más baja en la sombra
peremne les hizo sentir que entraban a una cámara de aire frío. Se cubrieron
con las mantas y se acostaron, no tanto por el frío, aunque temblaran, sino por
miedo, por necesidad de envolver el cuerpo con algo que les hiciese sentirse
protegidos. Estaban aterrorizados.
Con los dientes castañateándoles y con los músculos del estómago
apretados, se pusieron de acuerdo para hacer guardias de dos horas. Tan
atemorizados estaban que la guardia no consistía en permanecer en pie, sino en
meterse bajo las mantas y, en lugar de dormir y cubrirse hasta el rostro con
ellas, dejar los ojos afuera intentando ver en la oscuridad. Cuando acababan de
ponerse bajo las mantas y a pegarse uno al otro, comenzó a soplar el viento y a
llover. La lluvia ahogaba los crujidos de los animales y el viento se llevaba
cualquier vibración sonora. Ninguno dormía, el miedo daba una dimensión
desmesurada al mal tiempo y les parecía que nunca habían visto ni tanta lluvia
ni tanto viento.
En medio del silvido del viento, Pérez de Arce, que estaba de guardia,
oyó un ruido que no le pareció ni de lluvia ni de animal ni de brisa. De
inmediato despertó a sus compañeros, que acababan de quedarse dormidos, pero
cuando sacaron la cabeza para mirar fuera de las mantas, había vuelto el
silencio. Pensaron que era una falsa alarma, pero en ese mismo momento un grupo
de loncos de Niebla, armados con picas y mazos, les cayó encima. Inútiles
fueron el arcabuz, la ballesta, la daga y la espada, porque aunque alcanzaran a
blandirlas, no veían de dónde les llegaban los golpes y en pocos segundos
quedaron muertos, menos Mejías. Al primer golpe, sabiendo lo inútil que era
resistir a los indios, ni siquiera intentó defenderse, sino que se escabulló,
adolorido, arrastrándose por el suelo bajo la manta negra que le hacía
invisible en la noche. Corrió y corrió sin saber exactamente por dónde iba,
tropezándose innumerables veces y rasguñándose la cara con las ramas. Tanto
era el miedo que en pocas horas deshizo lo caminado y al amanecer llegó a la
playa donde habían desembarcado. Por temor de ser visto no se dirigió a la
arena, sino que buscó un lugar oscuro donde descansar y se camufló cubriéndose
con hojas.
Se quedó inmóvil o casi inmóvil durante varias horas, doliéndole los
huesos tanto por los golpes como por la humedad que las hojas trasmitían a las
articulaciones. Los loncos pasaron a metros de allí, aunque no le descubrieron,
ni tampoco él les vio, porque sin darse cuenta el sueño le había vencido.
Despertó pasado el mediodía, pero no se atrevió a salir de su
escondrijo, de donde veía la playa y, al otro lado del río, a unas ochocientas
varas, una ribera que parecía segura. Sabía nadar, aunque estaba cansado y
dudaba que tuviera tanta resistencia para llegar al otro lado. Entonces, viendo
unas ramas que flotaban y que la marea ascendiente arrastraba hacia el interior
del estuario, se le ocurrió la idea de atravesar aferrado a un tronco. Al
atardecer, con la luz de la penumbra, seleccionó unas ramas, las quebró, las
anudó con las enredaderas y, ocultándose y apoyándose en ellas, se dejó
llevar por la corriente. Después de casi hora llegó hasta la punta Carboneros
en la Isla del Rey, entonces deshabitada. Fue una suerte que algunos miembros de
la tribu de Ainil, situada tres leguas río adentro y que constituía un grupo
autónomo con respecto a los indios de Niebla, se encontrara en la Isla del Rey
cazando lobos marinos en sus canoas. Cuando le hallaron, Diego Mejías temblaba,
casi desnudo, medio escondido el bosque, sentado, sin fuerzas para buscar comida
ni medios para hacer fuego, sintiendo un frío que le calaba los huesos, le
agarrotaba los músculos de la nuca y le hacía estornudar. Había perdido el
sentido de sí mismo y de las cosas. Los indios nunca habían visto a un hombre
semejante, pero su aspecto era demasiado lamentable para darles miedo. Lo
cubrieron con mantas de lana, lo subieron a una de las canoas y, al anochecer,
llegaron al poblado de Ainil.
Mejías deliró durante casi tres días, pero poco a poco los poderes de
la machi fueron haciendo efecto y se curó de las heridas. Cuando la machi se
dio cuenta de que Diego ya podía hablar, hizo que trajeran al lebo para que
decidiera la suerte del extranjero. El lebo Leochengo tenía unos cuarentaicinco
años, la piel agrietada, los cabellos blanquinegros y escasísimos dientes,
pero su porte era digno y caminaba muy recto. Leochengo se acercó y dio vuelta
en torno al camastro de Diego, escudriñándole cuidadosamente, pero sin decirle
ni una sola palabra mientras Diego, por su parte, le miraba con el mismo
cuidado. Después del examen, Leochengo le compadeció: el extraño era tan feo:
tenía pelos en las mejillas, la piel blanca, la cara rectangular y alargada,
los ojos almendrados, la nariz recta y el mentón cuadrado. Era como un remedo
de ser humano, una mezcla de hombre y duende cuyos cabellos ni siquieran eran
negros como los de los jóvenes o blancos como los de los mayores, sino castaños.
Nunca había visto a un hombre de aspecto tan repugnante ‑porque no le cabía
duda de que fuera un hombre‑ y se preguntó si todos los bárbaros que le
habían dicho venían del norte en fuertes flotantes eran iguales. Comprendió
que ante tanta fealdad hubiera pueblos que se asustaran, les tomaran por
demonios y les hicieran la guerra. Pero él, Leochengo, no se dejaba
impresionar: victorioso de muchas batallas, cacique viejo y de experiencia, en
paz con los dioses a los que les había hecho construír un adoratorio en las
arcillosas tierras de la isla vecina, no podía temerle a los extranjeros por el
simple hecho de que fueran feos.
El cacique le habló a Diego con voz calma y solemne, preguntándole quién
era y qué hacía en tierra huilliche. Aunque no le comprendiera, Diego se dio
cuenta de que no había agresividad en las palabras de su interlocutor y le habló
en castellano. Tampoco Leochengo le comprendió y, tras algunos minutos de
desentenderse pero de darse cuenta de que el ánimo de ambos era pacífico, el
jefe le dijo a la machi:
- Esos hombres con pelos en la cara pueden ser repugnantes, pero no
temibles.
La machi fue de su misma opinión. Le dijo que si el extraño fuese un
diablo, como los mapuches le habían dicho, las hierbas y conjuros con que le
había tratado no hubiesen tenido efecto. Su enfermedad, sus reacciones, su
fiebre era humana, su aliento, sus palabras, aunque no las comprendiera, y su
alma eran humanas. Los extranjeros eran desafortunados por no ser bellos como
los habitantes de la tierra en que ella curaba y Leochengo mandaba, pero aunque
a veces el infortunio llevara a la maldad, fealdad y maldad eran conceptos que
no se podía confundir. Cuando terminó de oir la docta opinión de la machi, el
cacique Leochengo sentenció:
- Que se quede hasta sanar. Cuando esté bien, él mismo decidirá si se
va.
Leochengo dejó la ruca que cobijaba a Diego, una construcción de
varillas y juncos en forma ovalada en la que no había ventanas, y se fue a
reunir al consejo de ancianos, quienes preguntaron al lebo si había averiguado
quién era el extranjero y a qué había venido. Leochengo les respondió que el
extranjero hablaba un idioma bárbaro y que sólo se lo preguntaría cuando
hubiera aprendido la lengua de la tierra. También querían saber si era verdad
que adoraban a un muerto en vez de los espíritus que a ellos les habían
asegurado, desde siempre, buen tiempo, pesca, caza, cosechas, fertilidad y
transición exitosa en todas las etapas de la vida, incluyendo la muerte.
Leochengo dijo que todas las preguntas serían respondidas a su tiempo y que si
el extrajero quería quedarse, también a su tiempo le explicaría la
conveniencia de sus costumbres y de sus rucas de varillas ante los fuertes
flotantes.
Cuando Leochengo llegó a su ruca, sus tres mujeres, sentadas en una
manta de lana, le estaban esperando para comer. Cerró la estera que hacía de
puerta y se dirigió hacia un costado, donde se sentó en una arpillera.
Alrededor estaban tres de sus siete hijos, pues los otros cuatro ya estaban
casados. Leochengo, sin embargo, no comió bien. Seguía pensando en los
extranjeros: ¿por qué habían dejado sus tierras?, ¿acaso habían sido
maldecidos por los dioses?, ¿no era absurdo embarcarse en fuertes flotantes
donde sólo viajaban hombres siendo que lo normal era tener varias esposas? Se
le acercó su hija más pequeña, de seis o siete años, y le dijo: “tata, en
qué piensas”. Leochengo le contestó:
- En el extranjero.
- ¿Puedo ir a verle?
Leochengo le respondió que no, que era tan feo que los pequeños se podían
asustar y confundirlos con los diablos que se les aparecían en sueños.
Terminó de comer y todos se recubrieron con mantas para acostarse,
pegados uno al lado del otro. Llovía, soplaba el viento de otoño. En la ruca,
el fuego permaneció encendido, justo al centro, hasta que se apagó por sí
solo. Antes de que se apagara, Leochengo, con una cicatriz en la cara que
aumentaba su prestigio y su belleza, se acercó a la más joven de sus esposas y
comenzó a acariciarla. Después se quedó dormido y soñó con un cóndor que
volaba sobre Ainil. Cuando despertó, al día siguiente, hizo todo lo posible
para que no se le notara que estaba triste. Se levantó sin mirar a ninguna de
sus mujeres, eludió a su familia y salió de la ruca. Se fue donde el
extranjero, que aún dormía, se sentó a su lado y se quedó mirándole, como
pidiéndole que le descifrara el sueño.
Diego
Mejías aprendió rápidamente el mapudungún, aunque su acento era tan malo que
incluso después de algunos años los niños se reían de su pronunciación, la
que consideraban como el correspondiente espiritual de su fealdad física. Sin
embargo, ya no se veía tan feo como antes. Su vida recia, primero en los campos
de España y después en entradas de indios, le habían dado un cuerpo sólido,
bien formado, con espaldas anchas y brazos fuertes, aptos para el trabajo y para
la guerra. Tampoco tardó en descubrir que Ainil jamás se acostrumbraría a sus
mejillas peludas y comenzó a afeitarse, llenándose la cara de cortes al ho
haber un buen cuchillo.
Vestía,
como los demás habitantes de la aldea, una manta gris sobre la que llevaba una
especie de camiseta, todo ceñido por una faja de lana. Cuando llovía o hacía
demasiado frío, se cubría con una segunda manta que servía de capa. Llevaba
el pelo cortado como un fraile, pero sin tonsura, y a veces ataba los mechones
de cada lado con una corbacha. Su habilidad y su fuerza le permitieron ganarse
bien el sustento, hacía arpones y anzuelos, participaba en la recolección de
mariscos y la caza del lobo marino.
Leochengo quería saber sobre los españoles y sus costumbres. Algunas
tardes le llamaba y le hacía sentarse a su lado, con un mate, mientras le
interrogaba. Mejías temía traicionarse y, sin poder esgrimir los argumentos
que capitanes y frailes le habían dicho que justificaban la conquista, era
incapaz de explicar su presencia, pues no podía hablar de oro ni de deserción.
Se limitó a decir que los españoles eran un pueblo muy bueno, que su rey les
había enviado a explorar el mundo y que él, junto a otros compañeros, habían
sucumbido a la tribu de Niebla tras haberse perdido.
Sin tener cómo ni dónde irse, Diego manifestó su deseo de permanecer
en la tribu y Leochengo le declaró digno de quedarse en ella, pero aún había
quienes no veían bien tener tanta familiaridad con un extranjero.
Diego era el único varón de Ainil que no tenía ni esposa ni hija ni
madre ni mujer alguna que le cocinase, lo que le había puesto en una situación
muy difícil. Se aceptaba que un hombre enfermo o un extranjero careciese de
familia y que una mujer, que no fuese su esposa, su madre o su hija le preparara
el alimento, pero Diego ya no estaba enfermo ni se le consideraba completamente
extranjero desde que aprendió la lengua y participaba en los trabajos de la
tribu. A ningún varón casado le gustaba que otro hombre, ajeno a su familia,
comiese con ellos sin ser invitado, y en muchas ocasiones sólo la compasión de
quienes le rodeaban le permitía a Diego comer. Las más de las veces, para no
cocinar, comía frutos, mariscos o pescado crudos en el medio de los trabajos
del día, en cualquier lugar que se hallara.
Un año después de haber llegado, Leochengo le salvó la vida una
segunda vez. La trampa de las columnas de humo en que habían caído Mejías y
sus compañeros, había sido tendida por el cacique de los altos de Niebla,
quien llegó de visita a la aldea de Ainil acompañado de sus esposas. No tardó
en reconocer a Diego y exigió a Leochengo que se lo devolviera, pues le
consideraba su propio prisionero. Leochengo apaciguó los ánimos del cacique
ofreciéndole dos guanacos y explicándole que el extranjero era feo pero no era
malo, como lo demostraba el hecho de que hubiese aprendido la lengua y que
participase en las actividades de la tribu, y que además, si se lo llevaba,
habría una disputa con el jefe de Teno. Leochengo, cuidadoso de que nadie en su
tribu se quedara sin pareja, pactó el matrimonio del extranjero con una
muchacha de Teno cuyos padres, habiendo caído en desgracia, no tenían con
quien casarla. Era imposible entregarle el extranjero al cacique de Niebla sin
provocar una disputa con la tribu de Teno:
- ¿Quieres, acaso, tú o cualquiera de los de tu pueblo, que yo rompa el
equilibrio que mis ancestros han mantenido durante generaciones con los lebos de
Teno y con todos nuestros hermanos, ligando en matrimonio nuestras hijas con sus
hijos y nuestros hijos con sus hijas, así como los ligamos a los descendientes
de tu propia estirpe? —le preguntó Leochengo al cacique de Niebla‑.
Bien sabes que el extranjero, aunque no sea hermoso como nosotros, necesita una
mujer, porque si no se la damos la va a tomar por la fuerza, con grave afrenta
para mi tribu o una tribu vecina, y que la muchacha que nos va a dar una familia
de Teno, a la que nadie quiere por no haber podido pagar una deuda de honor, no
encontrará más marido que Diego, como dice él que se llama, porque ningún
joven de mi tribu ni ninguna familia de la tuya ni ninguna otra va a querer que
su hijo se case con esa muchacha. No pienses en él, sino en ella, en nuestros
hermanos, ¿por qué no hacer la felicidad de una muchacha de Teno permitiéndole
unirse al extranjero que te quieres llevar? Déjale, olvídale, el extranjero es
inofensivo y lo será aun más si da hijos a mi pueblo, que es hermano del tuyo
y enemigo, como ustedes, de los mapuches.
Se alejó el joven cacique de Niebla convencido tanto por la sabiduría
de Leonchengo como por los dos guanacos que le había dado. El matrimonio de
Diego con Ineipán se oficializó en la regua, como era la costumbre. Se
reunieron las tribus alrededor del árbol sagrado, en medio de una explanada.
Diego pidió la muchacha a sus progenitores, que exigieron cinco cabezas de
ganado y una chaquira, que era todo lo que el extranjero podía dar o
probablemente lo más que alguien hubiese dado por esa muchacha. A pesar del
precio, el más bajo que se recordase por una esposa, la fiesta y los bailes de
celebración fueron tan abundantes como los de un matrimonio entre principales.
Con el matrimonio la vida de Diego se hizo mucho más llevadera. No sólo
satisfacía regularmente una necesidad que más de una vez estuvo a punto de
llevarle al desastre cuando en verano veía a las adolescentes paseándose a
solas en el bosque, sino que además contaba con alguien que le evitara pasar la
verguenza de cocinarse y de adquirir vestidos ya usados o rotos, pues el telar,
como la cocina, era exclusivo de las mujeres. Ineipán, de catorce o quince años,
un poco mayor para permanecer sin compromiso, de poco menos de metro y cuarenta
centímetros de estatura, más morena que muchos otros indígenas, de carne
compacta y senos levantados que se sacudían graciosamente al caminar y hacían
la delicia de Diego, le dio un hijo rápidamente, y después otro, y otro, y
otro, lo que le ayudó mucho a que se le dejase de considerar extranjero, aunque
se le siguiera manteniendo en los escalones más bajos de la tribu.
Pasaron dos años en que fue feliz con Ineipán y con el destino que le
había preparado Leochengo. Durante ese tiempo rara vez se acordaba de cómo y
por qué había llegado hasta allí y tampoco sentía deseos de regresar a España.
Pero el agradecimiento inicial de Diego hacia Leochengo y hacia la tribu fue
entibiándose después del tercer hijo. No se imaginaba la vida entera
conviviendo en medio de esos salvajes ni cuidando unos niños que a él le parecía
que jugaban como animales y que no sentía como totalmente suyos, pues la
educación estaba en manos de la madre y de la tradición. Diego carecía de
toda autoridad para decidir qué y cómo se debía vivir, incluso dentro de su
casa, ya que no podía oponerse, él solo, a las costumbres de toda la tribu. Se
había adaptado a laas tradiciones locales con bastante éxito, pero simplemente
no creía en sus dioses, se reía, para adentro, de algunas ceremonias indígenas
y había costumbres que le repugnaban. Durante los primeros tiempos participó
en las ceremonias que tenían lugar en el adoratorio situado al frente de Ainil,
en la isla de tierras arcillosas. Sin embargo, esos ritos, en los cuales no tenía
el menor asomo de creencia pero que al principio le entusiasmaban por su
colorido, sus bailes y la embriaguez, comenzaron a molestarle tanto como las
costumbres de sus hijos. Detestaba una comida ritual que consistía en colgar un
pudú, todavía vivo, de la cabeza, ahogarle paulatinamente llenándole el
aparato respiratorio con condimentos y comerse después los pulmones, asados y
ligeramente descompuestos. Leochengo le había explicado el sentido de esos
festines, los que Diego había comprendido e incluso aprendido de memoria, pero
no creía en tales ceremonias y seguía pensando que la única religión
verdadera era la cristiana, por mucho que nunca hubiera entendido la misa en latín,
que nunca hubiese leído la biblia, ya que no sabía leer, ni estuviese
dispuesto a verter su sangre por Dios. Con todo, su fe le permitía sentir que
la vida tenía sentido y complacerse con la idea de que, a pesar de las
apariencias, no era él el feo y el ignorante, sino los indígenas.
La felicidad de Diego se fue oscureciendo al verse anclado sin ninguna
importancia social. Había desertado porque soñaba tener esclavos, casarse con
una princesa local, tener riquezas y provocar envidia entre los españoles, pero
hélo aquí remando en una canoa de pieles, yendo a matar lobos marinos con una
macana, casado con una mujer que en su pueblo nadie había querido y agitando su
cuerpo en guillatunes. No era que no le gustara Ineipán, le excitaban sus
formas adolescentes, sus labios gruesos, sus caderas que se habían ensanchado,
sus senos que habían crecido con la lactancia y que, aunque ya no estuvieran
tan levantados, le brindaban el placer de mamar de ellos como si fuera un niño,
compitiendo con los pequeños por el pezón. Pero Ineipán no le convenía, jamás
le permitiría subir en el escalafón de la tribu y además había muchas otras
mujeres que le gustaban y que le estaban prohibidas. El adulterio era frecuente
en Ainil, con mujeres casadas o con vírgenes, y tolerado mientras no fuese público
o escandaloso, pero podía costarle caro si no lograba ponerse de acuerdo con la
escogida para mantener las cosas en silencio. ¿Pero cómo podría él gustarle
a mujeres de mayor rango y pasar desapercibido en una aldea de trecientas
personas de rasgos indígenas?, ¿cómo podía ganar los favores de una
adolescente siendo que su condición de extranjero y sus pelos en la mejilla le
hacían feo y despreciable?
Desesperado por no poder unirse libremente con alguna de las mujeres que
codiciaba, decidió adquirir una segunda esposa pagando hasta el doble de su
precio normal. Había una muchacha, hija de un cabí de Teno, algo menor menor
que Ineipán, cuyas carnes prometían, en uno o dos años, un desarrollo más
que agradable, por la que pedían quince cabezas de ganado, precio que muchos
pensaban sobre‑estimado. Diego, que había estado esperando la ocasión y
que para alcanzar el precio cambió por ganado casi todas sus pertenencias, fue
a la regua a primerísima hora con la intención de evitar que algún otro
pretendiente se le adelantase. Ofreció dieciséis cabezas de ganado.
Los padres hicieron un escándalo en la misma regua, no por el precio,
que sobrepasaba el exigido, sino porque consideraron que se ofendía a la novia,
por ser Diego quien era: extranjero, feo y sin filiación. Delante de todos le
sacaron a empujones y patadas, quejándose de que por el sólo hecho de haberla
pretendido él, su hija bajaría en la estima social. Así como Diego ofendió a
la familia de quien quería que fuera su esposa, también él se sintió
ofendido. Su orgullo de conquistador, tan golpeado porque Pedro de Valdivia no
le hubiese concedido nunca una merced, se vio nuevamente ofendido por el rechazo
indígena. Podía tolerar que el almirante o el gobernador no se fijaran en él
durante las expediciones de conquista, pero que le rechazaran los salvajes era
mucho más de lo que podía soportar.
Volvió a Ainil con el ceño fruncido, sin mirar a nadie, ardiente de cólera,
odiando a todos esos indios, con los que por primera vez se dijo que no tenía
nada que hacer y cuyo rostro de sorna, ya que todo se supo rápidamente,
adivinaba en las caras a las que prefería no mirar. Ese mismo día comenzó a
pensar en fugarse, o más bien a soñar en hacerlo, porque de momento no tenía
manera de llevar a cabo sus intenciones.
A partir de entonces comenzó a hacer todo como autómata, esperando la
oportunidad de poder marcharse. A fines de mil quinientos cincuenta y uno, Pedro
de Valdivia le dio la ocasión. El gobernador de Chile, motivado por los
informes que le había traído siete años antes Pastene tras reconocer la bahía
de Niebla en el mismo viaje en que se produjo la desersión de Mejías, pensó
que aquella sería la escala ideal para llegar hasta Magallanes.
Sucedió una mañana de Febrero: Pedro de Valdivia había llegado por
tierra hasta la explanada de La Mariquina, a unas siete leguas al norte de Ainil,
constatando que el único modo de seguir era por el río. El gobernador acompañó
su arribo con gran aparato, haciendo sonar tambores, disparando cañones y
mostrando caballos en primera línea. No vieron indios, pero sí cisnes, que
huyeron despavoridos. Con todo, hubo testigos humanos y la noticia de que habían
llegado extranjeros que ora tenían cuatro patas y podían galopar, ora dos y
caminar, y que llevaban tubos de trueno, humo y fuego, arribó cuatro días
después a Ainil. En realidad, Diego Mejías había visto un batel del
gobernador navegando en el río, pero no había dicho nada para no poner en
peligro una fuga que, por primera vez, dejaba de ser un sueño. Se hizo el
sorprendido cuando Leochenco, preocupado, le trajo la noticia de la llegada de
los extranjeros, pero sonrío con expresión de alegría en cuanto se dio la
vuelta y entró a su ruca. Entonces tuvo una actitud extraodinariamente amable
con Ineipán y con los niños. Además, a Ineipán le pareció extraño que su
marido hubiese comenzado a mostrarse amable justamente cuando se supo de la
llegada de los extranjeros. Más aun sospechaba de que a partir de entonces
Diego se pasase todo el día fuera y que por la noche la amabilidad no se
trasformase en sexo. Al regreso a casa, Ineipán le preguntaba que dónde había
estado, a lo que respondía “pescando”, cuando en realidad buscaba el modo
como llegar hasta La Mariquina sin ser visto y sin que los españoles le
dispararan por arribar en una canoa indígena, o bien buscaba el modo de hacerse
ver para que el gobernador y descubriese el poblado. Para desgracia de Diego,
Pedro de Valdivia y sus hombres, satisfechos por la seguridad que les ofrecía
la explanada de La Mariquina, de momento sólo pensaban en construir y
fortificar un muelle para protegerlo, no de los indios, que allí eran pacíficos,
sino de los posibles piratas holandeses.
Ineipán no dijo nada de su descontento a Leochengo, pero habló con sus
familiares:
- Padre‑ le dijo Ineipán a su viejo, ya anciano‑, Diego está como vuelto, no ha tomado más esposas, pero ya no me quiere y no le gusta el sexo.
Consideraron que se le debía mantener vigilado y decidieron que nadie lo haría tan bien como el lebo y los loncos de Niebla, con quienes hablaron. Ineipán y su familia no querían que se derramara sangre, sino tan sólo que se observara a Diego. El lebo, en cambio, que le tenía entre cejas desde que años atrás se le había escapado en Niebla, oyó las noticias contento e hizo sus propios planes, para los que eligió un par de mocetones bien experimentados.
Esa misma tarde, a pocas leguas de allí, al haber terminado el muelle, un grupo de soldados salía del real español con ballestas y pertrechos en dirección a Ainil.
- Tened cuidado con los indios. Tres cristianos desaparecieron, hace siete años, muy cerca de aquí –les advirtió el mismo Pastene al despedirles.
Los exploradores no tenían miedo. De tanto enfrentarse a los mapuches en
la zona de Concepción habían aprendido a disparar antes de preguntar.
Diego, ignorante de la inquietud que había despertado en su esposa y
temiendo que los españoles se fuesen sin él una segunda vez, decidió que había
llegado la hora de partir. Su propósito era internarse en el bosque y aparecer
cerca de La Mariquina, hasta donde había un sendero, pues si seguía por el río
durante el día había muchas probabilidades de que le vieran.
Pocas noches después, tras haber satisfecho a Ineipán con la intención
de que se quedase dormida temprano, sin más carga que provisiones para una mañana
y su manta, sacó sigilosamente una canoa y remó hasta donde pudo antes de que
cambiara la marea y con ella la dirección de la corriente, llegando a una pequeña
playa que existía en uno de los afluentes del río, rumbo a La Mariquina. Al
llegar a la costa arrastró la canoa por la arena, la escondió en medio de unos
matorrales, borró las huellas con unas ramas y se metió en el sendero, donde
caminó hasta poco antes del amanecer. Para dormir se desvió una cincuentena de
metros hacia el interior del bosque, se envolvió en su manta, se tapó con
hojas y se durmió contento de haber escapado.
A la mañana siguiente, al despertar, había niebla, hacía frío y el
agua estaba tan quieta que si se hubiese lavado en el río se hubiese visto en
la superficie como en un espejo. El paisaje aún estaba en penumbra, pero poco a
poco el resplandor del amanecer comenzó a atravesar la bruma, aumentando la
visibilidad y dando un matiz anaranjado a la niebla, lo que producía, a pesar
de la baja temperatura, un ambiente cálido que, además, era la señal de que
iba a hacer un buen día. El movimiento de los animales comenzaba a notarse;
lentamente se despertaban los lobos marinos que, en parejas, comenzaban a
pescar, a juguetear o a cortejarse saliendo y sumergiéndose en el agua. Cada
cierto rato se oía un pez que se asomaba formando pequeños anillos concéntricos
para cazar a algún insecto de superficie, si es que uno de los lobos marinos no
se lo comía antes a él. Diego continuó su marcha con sensación de alivio.
Ineipán detestó a Diego nada más descubrir su ausencia. No tardó en
hablar con a su padre y éste con los loncos de Niebla, que de inmediato
salieron tras de Diego, a muy buen paso.
En Ainil se produjo un revuelo: Leochenco se sentía confundido y la
machi no sabía si pedirle a los dioses su protección o su castigo a los
dioses. El lebo y ella cobijaban la esperanza de que los extranjeros le hubiesen
raptado. Mientras el poblado se despertaba con la noticia, los guerreros de
Niebla le siguieron a prudente distancia. Los loncos, con los pies descalzos,
observaban cada movimiento del español. Diego, seguro de sí mismo y confiado
en la bruma, no les vio ni oyó, pero dejaba huellas. Llegados a un claro cuando
la bruma ya se había disipado, uno de los guerreros miró a su compañero,
quien le hizo un gesto de asentimiento para matar a Diego.
Se detuvo, se irguió completamente, sacó una flecha de su espalda,
levantó el arco, tendió la cuerda, apuntó a unos treinta metros y disparó.
La flecha salió con gran estabilidad, en la varilla no había más vibraciones
que las producidas al atravesar el viento ni tampoco esfuerzos de torción que
la desviaran. La fuerza de gravedad la hizo delinear una suave parábola, que
recorrió en menos de un segundo. Un zumbido atravesó el aire hasta detenerse
con un ruido apagado. Cuando la flecha dio en el cuerpo de Diego, el lonco aún
tenía estirado el brazo con el que había empuñado el arco. La varilla le entró
a Diego por la espalda, a la altura del homóplato, se desvió ligeramente con
los huesos y le atravesó el corazón, donde quedó clavada. No dio grito
alguno, apenas se dio cuenta de que le habían matado y cayó en silencio.
Esa misma tarde salí a Pedro de Valdivia a Ainil, a la que poco días
después la bautizó con su nombre. Durante mucho tiempo, sin embargo, los españoles
la siguieron llamando la ciudad de los cisnes salvajes.