El asco, la diabla y el arma
Juan José Dalton
Columnista de LA PRENSA GRÁFICA
jjdalton@laprensa.com.sv
Cualquiera creería que voy a hablar de algo satánico. Pero no, hoy quiero dedicar mi columna a comentar, lo que cabe en un aproximado de 500 palabras, las tres últimas novelas de Horacio Castellanos Moya, uno de nuestros más importantes escritores vivos y de hecho, uno de los más prolíficos y acertados, si no el más.
Polémico, controversial, Castellanos Moya escribe sus obras como si le estuviera echando sal a una herida en “carne viva”. Hay ideas que se sienten como golpes de karate al pecho o como si penetrara desgarradora y filuda, llevándose de encuentro todo lo que existe por delante, una lanza oxidada en nuestras conciencias.
He escuchado en varios confines del país y aún fuera, críticas que indican que “El Asco” no es una novela por su estructura, lo cual me parece un absurdo. Así entendido, “Azteca”, de Gary Jennings, no sería una bella novela histórica, por su estructura de monólogo en la que se narra la vivencia de nuestros antiguos.
Sin embargo, el autor que lleva el “antagonismo” por dentro —desde el punto de vista salvadoreño— por ser honduro-salvadoreño, con “El Asco”, nos demuele a golpes todo aquello que consideramos que pertenece a la idiosincrasia salvadoreña: la violencia, el machismo, el arribismo y esos complejos de superioridad que esconden el verdadero: el de inferioridad.
Desde mi punto de vista, el autor pudiera llamarse autor de ruptura: rompe con todo y sugiere al mismo tiempo (sin decirlo, porque así es la ficción) la fundación de lo nuevo, que no se configura en paraísos ni en purezas, sino que tiene que ver con lo honesto y lo real, lo posible.
Si con “El Asco”, Castellanos Moya nos destroza a golpes el super ego de lo que creemos que somos, con “La Diabla en el Espejo” destaza a la clase privilegiada, que se considera pura y se ufana de ellos, cuando en el camino descubrimos la “bestia” escondida de la doble moral y la hipocresía.
“El Arma en el Hombre” destaza también nuestros instintos criminales, de todos por parejo: del violador y asesino de Katya Miranda, de quien tiró un balazo al aire o del secuestrador, o de quien apretó el gatillo en contra de Óscar Romero, Roque Dalton y los jesuitas.
Las novelas de Castellanos Moya están unidas por el hilo conductor de la violencia, esa mentalidad del “picahielero”. En sus tres últimas obras se menciona el asesinato de una mujer de “buena familia”, que nunca se esclareció, pero es secreto a voces que la mató un sicario al que alguien le pagó. Como la mayoría de los grandes crímenes, éste quedó impune.
Como dice el escritor chileno, Roberto Bolaños, Castellanos Moya “es un melancólico y escribe como si viviera en el fondo de alguno de los muchos volcanes de su país”. Por ello, desde ese “infierno” nos cuenta del fraude del siglo, de los traidores, de los impunes, de los violadores y de los ladrones, muchos de los cuales encorbatados y perfumados, y que en carros deluxe, se desplazan libremente por ahí...
La Prensa, 17 de junio de 2001
Encontrado en: http://archive.laprensa.com.sv/20010617/opinion/opi4.asp