El desencanto

Miguel Huezo Mixco
pretextos@yahoo.com


Dondequiera que se vea, por todos lados, se encontrará desencanto. El Salvador parece estar sumergido en un baño de realidad demasiado intenso. Y aunque existan cosas bien hechas y personas que merezcan nuestra confianza, la tónica general del estado de ánimo de los salvadoreños es de un creciente pesimismo.

El desencanto se percibe en los periódicos, en las calles, en las reuniones familiares. Pero donde ya ha cristalizado de manera indeleble es en la literatura. El mejor ejemplo es “El asco”, la novela de Horacio Castellanos Moya, que ha llegado a su tercera reimpresión desde que fue publicada a mediados de 1997.

Pocos libros han despertado tantos enconos como esta historia de un salvadoreño que vuelve del extranjero con un pasaporte canadiense, y afila su lengua ridiculizando las costumbres de sus compatriotas. Existe toda una escala de personas del tipo de Edgardo Vega, el personaje principal de “El asco”, aficionadas a lamentarse hasta las lágrimas de lo triste que es vivir en un país tan depredado por la estupidez, la corrupción y el crimen. Algunas destilan amargura, otras en cambio intentan buscar soluciones. Hace unos días escuché este tipo de voces a lo largo de la consulta realizada por un organismo internacional a un grupo de expertos, en torno al tema “cultura y violencia”. Una de las conclusiones a las que se llegó esa mañana fue que la percepción que se tiene del país, la que se reproduce por doquier y en la cual los medios de comunicación tienen un papel clave, es muy desestimulante.

Lo peor de todo es que esas voces poseen una base de razón, y a menos que ocurra algo dramático, el país parece volverse invivible. Este sentimiento que en las dos décadas pasadas forzó a la migración a millares de salvadoreños de los sectores económicamente menos favorecidos, ya ha alcanzado con su torbellino de deudas y expectativas no satisfechas al grueso de las capas medias.

La narración de Castellanos Moya no es la única de este tipo. Muchas de las irónicas e imaginativas novelas y narraciones de la literatura salvadoreña de fin de siglo despliegan una mirada desencantada sobre esta sociedad. La mayoría de ellas son de buena calidad, se han publicado después del fin de la guerra y escrito fuera del país. La idea de la atroz rutina cotidiana, así como la repugnancia hacia las formas de identificación propuestas por la cultura oficial y los medios de comunicación, son aspectos presentes en los personajes creados por los escritores salvadoreños nacidos a partir de la década de los años 50.

Aunque probablemente estos sean los escritores que han gozado de mayores libertades públicas en todo el siglo, sus obras no reflejan entusiasmo por los logros políticos obtenidos a costa de lo que fue una de las más cruentas guerras civiles de Latinoamérica. Tal vez lo más sugestivo de la visión de nuestros escritores sea que sus personajes encarnan la dolorosa contradicción del orden político de nuestro fin de siglo.

 

La Prensa, 9 de septiembre de 1999

Encontrado en: http://archive.laprensa.com.sv/19990909/opinion/opi4.asp