El Muecas

Horacio Castellanos Moya


Álvaro levantó el auricular.

- Quiero saber si ahí es donde venden trajes de etiqueta -dijo el tipo, sin preámbulo, del otro lado de la línea.

Álvaro guardó silencio, desconcertado. Ésa era una vieja seña clandestina; él tendría que responder la contraseña. Pero la voz del tipo era distinta; su acento también. Colgó.

A los pocos segundos, el aparato volvió a timbrar. Las rememoraciones pasaron a tal velocidad por su mente que apenas pudo paladear algo como nostalgia. Alzó el auricular luego de media docena de timbrazos.

- Quiero saber si ahí es donde venden trajes de etiqueta -repitió el tipo, necio, con el mismo acento que ahora le pareció británico.

Álvaro tuvo ganas de decir la contraseña, agazapada en un rincón de su memoria, pero el tiempo no pasa en balde. A través de los cristales de ese noveno piso observó los edificios de Polanco, las manchas verdes de Chapultepec y la nata gris del cielo; desde la calle subió el alarido del vendedor de helados.

- Número equivocado -masculló.
- Llamo de parte de Fredy -se apresuró a decir el tipo-. Yo sé que hay una tienda de esos trajes al final de la cuadra...

Y ésa era la contraseña: "No es aquí, pero hay una de esas tiendas al final de la cuadra".

Entonces Álvaro supo la misión del tipo. Habían pasado catorce años, carajo, y ahí estaba en la línea el mismo fantasma con otra vestimenta. Sintió una especie de pereza, como el fastidio ante la repetición no sólo inesperada, sino también descartada. Recordó al Muecas, su desprecio por los usos de la clandestinidad.

- ¿Y entonces?... -dijo Álvaro.
El tipo siguió el juego:
- Usted está en Río Niágara 70. Seguramente la tienda se encuentra en el mismo sitio que es el número 80...
- Quizá -dijo.

Y colgó.
El mismo sitio era el viejo sitio de encuentro de hace más de una década, la banca enfrente del café de los andaluces en la Plaza Washington de la Colonia Juárez; el número 80 significaba las ocho de la noche.

Era el primer día de octubre del año 2001. Dos semanas atrás comandos suicidas del Loco Laden le habían reventado el culito a los gringos y éstos preparaban con ansias su guerra contra ese país donde el Muecas, horas después de aterrizar, con su mirada perdida en las montañas blancas, había sentenciado: "Polvo congelado seremos si no nos vamos a la mierda lo antes posible de este témpano".

El Muecas era así, silencioso pero dado a las frases solemnes. Ahora estaba enterrado en un miserable cementerio en las afueras de la Ciudad de Usulután, al oriente de El Salvador; un cáncer en el páncreas lo había fulminado, allá por 1995, cuando la guerra era puro recuerdo y la paz una cotidianidad pobre, desempleada y sin ilusiones. Murió de tristeza, pensó siempre Álvaro.

Pero cuando en noviembre de 1987 ambos aterrizaron en Kabul, el Muecas rebosaba entusiasmo -pese a sus comentarios taimados-, sabedor de que nada más estaban de paso, porque el Comando Central de su organización consideró pertinente que aprovecharan esa escala para compenetrarse con otro tipo de guerra, con otro tipo de combate. Venían de Hanoi, del calor chorreante y de la selva espesa, de tres meses de entrenamiento intensivo en operaciones tipo comando en arrozales y pantanos, donde el Muecas estuvo a punto de enamorarse de la instructora de inteligencia. Permanecerían un mes tiritando en las montañas afganas.

Y ahora, esa llamada, portadora de las viejas seña y contraseña de su enlace soviético en México, era como un cuchillo hurgando en la carne de la memoria de Álvaro, una perturbación que le impediría concentrarse en su actual oficio de corrector de galeras, porque la imagen del Muecas se le imponía como si le debiese algo más que la vida, porque el Muecas había sido su gran compañero no sólo en ese viaje de instrucción al Asia, sino a lo largo de toda la guerra. Fue en enero de 1981 cuando se conocieron, en la "Ofensiva general" de la guerrilla salvadoreña: ambos formaron parte de aquellos tres escuálidos pelotones que atacaron la guarnición de la Ciudad de Usulután, núbiles e inexpertos, mal armados con unos fusiles FAL sobrantes de la guerra sandinista -nada que ver con los dos experimentados guerreros que seis años después fueron trasladados desde la base de Jalalabad hasta las colinas donde comenzaba el macizo montañoso de Tora Bora, donde los militares soviéticos estaban siendo machacados por los mugrosos musulmanes.

Álvaro le apodó el Muecas, desde el primer combate que compartieron, porque nunca había visto a nadie que hiciera tantas muecas a la hora de disparar -apretaba la trompa como culo de pollo y no paraba de mover su rostro hasta que soltaba el gatillo-, un apodo que instantáneamente pasó a ser su nombre, la única forma como fue conocido en los distintos teatros de operaciones a los que fueron trasladados, tanto dentro de El Salvador como en el extranjero -incluso los dos hocicones nicaragüenses y el trío de cubanos que formaban "la escuadra de los latinos" en las laderas de Tora Bora lo llamaban el Muecas.

Era un campesino de la costa para quien Álvaro siempre fue el burguesito, un prieto con rostro de rasgos finos, de mediana estatura y un sentido de sobrevivencia a prueba de bombas, como lo demostró en la gélida escarpa afgana, cuando habían sido incorporados a los contingentes de asalto que trataban de romper las líneas enemigas luego del fuego de la aviación y la artillería, contingentes que apenas avanzaban porque la aviación soviética estaba paralizada ante los misiles Stinger que los gringos les habían regalado a los musulmanes.

“Alá mis huevos”, decía el Muecas cada vez que les ordenaban avanzar en medio de los francotiradores y los campos minados. Y hubo un día, exactamente el 15 de noviembre, fecha en que Álvaro cumplía sus 33 años, cuando fueron encerrados en una maniobra de pinzas por las tropas de Mahmoud y a Álvaro le zamparon el tiro en el brazo derecho que lo obligó a salir de la guerra y del que pudo sobrevivir sólo gracias al Muecas -un negro cubano y los dos nicas quedaron tendidos en las laderas-, al coraje con que lo defendió mientras bajaban en estampida de esa montaña como si la misión fuese correr medio planeta hasta llegar a El Salvador.

Por eso, esa tarde del primer día de octubre del 2001, en su departamento de Río Niágara, mientras recordaba el gesto de tristeza y decepción del Muecas la última vez que se vieron -Álvaro partía definitivamente hacia la Ciudad de México y aquél, aún desconocedor del cáncer que lo corroía, le dijo que para nada había servido tanto esfuerzo y tanta muerte-, decidió no acudir a la Plaza Washington. Algún listillo había vendido caducos expedientes soviéticos en los que aparecían nombres de centroamericanos que habían guerreado de paso por Tora Bora, y el presunto británico que buscaba contactarlo era un impostor mal informado, no sabía que cuando los fríos comienzan el brazo de Álvaro dolorido se atrofia, y el Muecas apenas hubiera mostrado su rictus sardónico si lo hubieran llamado esos gringos que ahora se aprestaban a pelear contra sus hijos bastardos.


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