El otro Robocop
Ernesto Herrera
La Crónica de Hoy, 11 de febrero de 2001
Una de las enseñanzas de la lectura de los libros de microhistoria es que, contra lo que dicen los maestros de cierta tendencia política, realmente el pueblo no tiene una ideología. En Pueblo en vilo podemos constatar cómo los habitantes del pueblo que historia el maestro Luis González en todo el proceso de lucha revolucionaria no se adscribían a una sola corriente sino a la que les garantizara la paz.
En El arma en el hombre de Horacio Castellanos Moya (El Salvador, 1957) encontramos una idea semejante. Todo el periplo del Robocop, un hombre del pueblo cuya cualidad fundamental, aunque él llega a aclarar que tampoco era un bruto, era la fuerza, es una ilustración de que para el hombre común lo único inmediato es tener lo necesario para sobrevivir. Entrenado en Estados Unidos, fue sargento de un cuerpo antiguerrillero de El Salvador que, tras las negociaciones de paz, fue desmovilizado. Hombre de acción, la inactividad a la que se ve forzado propiamente lo va acabando, y como además no sabe hacer otra cosa más que poner en juego esta fuerza, su vida lo hace ir recorriendo otros derroteros. “No contaré mis aventuras en combate —advierte desde el primer capítulo—, nada más quiero dejar en claro que no soy un movilizado cualquiera.”
Casi a punto de que se le acabe el dinero de la indemnización, Robocop se reencuentra con el Pichojo quien había estado en su unidad y a través de él entra en contacto con un grupo de desmovilizados que luchaban porque se les pagara una indemnización justa ya que, como era de esperarse, los jefes sólo les habían pagado una mínima parte de lo que les correspondía. Aunque con desconfianza, Robocop se involucra en el movimiento y a pesar suyo se convierte en su símbolo porque, como quería pasar inadvertido, usó un disfraz que se estaba poniendo de moda: “Mi pasamontañas negro fue la sensación. Fotógrafos y camarógrafos apuntaban sus cámaras hacia mí. Salí en los noticiarios y en las portadas de los principales diarios del país. Me convertí en el símbolo de los desmovilizados; y nadie supo mi identidad. La idea del pasamontañas la tomé de un terrorista de Chiapas, famoso en ese entonces.”
El movimiento, sin embargo, no tuvo éxito. Se dedica a asaltar con relativo éxito y después, vía otro conocido del ejército, pasa a formar parte de un grupo especial que aún se dedicaba a realizar acciones antiguerrilleras. Robocop termina siendo carne de cañón en todo este maremágnum en el que se va involucrando, él lo sabe, pero no puede renunciar a hacer tales actividades. Ese es el destino que le ha tocado y así continuará. El modo en como fue reclutado no sorprenderá: “Regresaba de mis labores, cuando un retén de soldados detuvo el autobús a la salida de Mejicanos: nos bajaron, exigieron documentos, hubo registro en busca de armas, y a mí y a otros nos ordenaron subir a un camión militar. En el Cuartel San Carlos, después de pruebas y exámenes, cuando el oficial comprobó que yo medía un metro noventa y pesaba ciento noventa libras, ordenó que me destinaran al batallón Acahuapa.” Ante estos antecedentes, condenar a Robocop por cometer asesinatos a sangre fría sin que una pizca de remordimientos aflore en su interior, resulta difícil. Más que un personaje inmoral es amoral; simplemente responde a un condicionamiento.
Su eficacia excesiva y su conspicua presencia poco a poco van haciendo que se vuelva una figura peligrosa para sus jefes. Así las cosas, luego de un fracasado intento de asesinar a un enemigo intentan eliminarlo, pero sus habilidades lo salvan. Robocop se interna en el monte y la selva y allí vuelve a integrarse a otro grupo, que resulta ser enemigo de su anterior patrón. Cuando las cosas parece que se le cierran, nuevamente su fama lo salva y así la novela termina con un final abierto.
En la película Lacomb Lucien Louis Malle presentaba a un joven colaboracionista francés que veía en su alianza con los nazis un modo de adquirir identidad y poder, pero su traición a la patria era como en el caso de Robocop un acto inconsciente porque no medía las repercusiones. Es decir, su reacción era ante algo que estaba ahí y que había que tomar. Con toda seguridad, si estuvo ante el pelotón de fusilamiento, aunque esto no lo filma Malle, nunca se dio cuenta de por qué lo iban a matar. Así vemos a Robocop pasar de un cuerpo antiguerrillero a uno paramilitar y luego a uno de narcotraficantes para terminar, como lo insinúa el final, en uno de lucha contra el narcotráfico. Si bien en algún momento llega a cuestionarse por estos cambios de piel, educado para obedecer y actuar, termina asumiendo las directrices del grupo al que entra. En este sentido no podemos de dejar de pensar un tanto en el Revueltas de Los errores quien igualaba el universo comunista con el de los delincuentes; Castellanos nos dice que los diversos grupos por los que va pasando Robocop están dirigidos por el mismo círculo de personas. El ágil ritmo que Castellanos Moya le impone a su prosa acaso haga que estos pasen desapercibidos, pero en realidad lo que muestra es a un autor dueño de un oficio que sabe adónde quiere llevar al lector. El arma en el hombre es una novela política no por defender una ideología sino por desentrañar los mecanismos que se esconden en el manejo del poder.
Encontrado en: http://www.webcom.com.mx/cronica/2001/feb/11/dom04.html