Con la congoja de la cercana tormenta
(Fragmento del inicio)
Horacio Castellanos Moya
... que no había hecho más mal que levantarle dos chichones algo crecidos, y lo que él pensaba que era sangre no era sino sudor que sudaba, con la congoja de la pasada tormenta. Miguel de Cervantes. El Quijote.
El tipo empezó a frecuentar el bar como cinco meses antes de volarse los sesos. Llegaba a la misma hora luego del atardecer, cuando recién habíamos abierto y el calor ya no era tan soporífero. Se sentaba en el mismo banco, en la barra cerca de la caja. Pedía un gin con tonic, lo tomaba lentamente, pensativo como preocupado. De vez en cuando hacía una pregunta, un comentario. Después del segundo trago invariablemente pedía su cuenta, dejaba la misma propina y se iba. Empezó a venir una o dos veces a la semana, luego con más frecuencia, aunque a veces pasaba días sin aparecer. A esa hora casi siempre era el único cliente, me miraba limpiar copas, ordenar vasos, partir limones, ensartar cerezas. Observaba su reflejo en el largo espejo sobre el que también se reflejaban las ringleras de botellas. Lo milico lo exhalaba en el porte, la musculatura, el corte de cabello. Pero no hacía alharaca como los otros que llegaban al bar ya entrada la noche.
Un día preguntó por mi nombre, otra vez por los lugares en que yo había trabajado anteriormente, pero no le interesaba intimar. Hablaba del calor sofocante de la tarde, de lo agobiante del tráfico, luego se perdía en su silencio, hasta que me pedía el segundo gin. En algún momento supe que se llamaba Luis. El capitán Luis Raudales, piloto de la línea aérea Lasa, nadamás, hasta que la noticia de su suicidio apareció en el periódico, perdida entre la cartelera cinematográfica, su foto tamaño cédula, bajo la cual se informaba que el capitán Luis Raudales, de treinta y dos años de edad, había sido encontrado muerto la mañana anterior, en su apartamento de la colonia Las Mercedes. El periódico aseguraba que la víctima se había suicidado con su propia pistola alrededor de la media noche, en un estado de extrema perturbación emocional, nadamás.
Esa noche lo comenté con los meseros y con el jefe, don Giovanni, el dueño del bar, quien nunca lo conoció, porque cuando éste llegaba, el capitán Raudales ya se había ido. De todos modos el jefe me recomendó que me olvidara del asunto. Y de veras me olvidé hasta que unas dos semanas más tarde, también cuando recién habíamos abierto, un cliente, a quien miraba por primera vez, entre sorbos de cerveza, comenzó a sacarme plática a interrogarme, como quien no quería, primero sobre distintas bebidas, luego sobre las horas de más clientela, pero yo lo intuí desde el principio. Quién sabe, quizá por su inconfundible aspecto militar. Por eso no me sorprendí cuando mencionó al capitán Raudales, sin mayor énfasis, como a otro más de sus amigos parroquianos del bar. Me preguntó si lo recordaba, si sabía si había leido la noticia en el periódico. me hice el menso, mientras pensaba.
Enseguida dije que claro había leído la noticia, y entonces arremetió, la frecuencia con que llegaba, si a la misma hora, si solo o alguna vez acompañado, sobre qué platicaba, mencionaría acaso a alguien en especial a quien yo recordara...
Por suerte una pareja de clientes se acomodó en el otro extremo de la barra. No me gustaba el tono del tipo, intimidatorio, como si yo le estuviese escondiédo algo. Le serví a la pareja, fuí a la cocina por ingredientes y más hielos, preparé un ponche. El tipo pidió otro cerveza, con el mismo tono, hasta crecidito, insitió en que necesitaba hablar conmigo, urgente, seriamente, pregunté para qué. El capitán Raudales, por supuesto, su amigo del alma, su hermano, no carnal pero de corazón, se conocían desde siempre, habían compartido tanto... por eso precisamente quería platicar conmigo. Porque él dudaba sobre la versión del suicidio y el propio capitán Raudales le había contado que todas las tardes venía al bar, por eso, porque indudablemente yo también lo conocía como pocos.
Le repetí que su amigo llegaba solo, nunca hablaba con nadie ni conmigo, que apenas permanecía una hora en el bar, en ese banco, señalé. Nadamás. Me disculpé
Encontrado en: http://www.ucm.es/info/especulo/numero2/mexico.htm