Horacio Castellanos Moya
Tegucigalpa, 1957
Fragmentos de El asco . Editorial Arcoiris, San Salvador, 1997
Castellanos Moya nació en Honduras y a los 4 años se trasladó a El Salvador. Posteriormente vivió en Costa Rica, Canadá y México.
Horrible cómo ha crecido esta ciudad, Moya, ya se comió casi la mitad del volcán, ya se comió casi todas las zonas verdes que la circundaban, una tremenda vocación de termita tiene esta raza, se lo come todo, sólo necesitas salir unos kilómetros de San Salvador para darte cuenta que más pronto que tarde este país será una inmensa y mugrosa ciudad rodeada de zonas desérticas e igualmente inmundas, me dijo Vega, la ciudad en sí ya es una de las ciudades más inmundas y hostiles que podás encontrar, una ciudad diseñada para que vivan animales, no seres humanos, una ciudad que convirtió su centro histórico en una porquería porque como a nadie le interesa la historia pues el centro histórico es absolutamente prescindible y ha sido convertido en una porquería, realmente una ciudad de porquería, un asco de ciudad, dirigida por tipos obtusos y ladrones cuya única preocupación es destruir cualquier arquitectura que mínimamente recuerde el pasado para construir gasolineras Esso y hamburgueserías y pizzerías. Tremendo, Moya, me dijo Vega, San Salvador es una versión grotesca, enana y estúpida de Los Angeles, poblada por gente estúpida que sólo quiere parecerse a los estúpidos que pueblan Los Angeles, una ciudad que te demuestra la hipocresía congénita de esta raza, la hipocresía que los lleva a desear en lo más íntimo de su alma convertirse en gringos, lo que más desean es convertirse en gringos, te lo juro, Moya, pero no aceptan que su más preciado deseo es convertirse en gringos, porque son hipócritas, y son capaces de matarte si criticás su asquerosa cerveza Pílsener, sus asquerosas pupusas, su asqueroso San Salvador, su asqueroso país, Moya, son capaces de matarte sin parpadear, aunque a ellos no les interese en absoluto y por eso destruyen su ciudad y su país con un entusiasmo enfermizo. Me dan un verdadero asco, Moya. No soporto esta ciudad, te lo aseguro, me dijo Vega, tiene todas las miserias y cochinadas de las grandes ciudades y ninguna de sus virtudes, tiene todo lo negativo de las grandes ciudades y ni uno solo de los elementos positivos, una ciudad en la que si no tenés carro estás frito, porque el transporte público es la cosa más increíble que ser alguno pueda imaginar, los autobuses están diseñados para transportar ganado no seres humanos, la gente es tratada como si fuera animal y nadie protesta, la cotidianidad es ser tratado como si uno fuera animal, la única manera de viajar en autobús es acostumbrándose a ser tratado cotidianamente como si uno fuera animal. Increíble, Moya, los conductores de esos autobuses seguramente han sido criminales patológicos desde su primera edad, se trata de criminales a sueldo convertidos en conductores de autobuses, me dijo Vega, se trata de tipos que sin ninguna duda fueron torturadores o masacradores durante la guerra civil y que ahora han sido reciclados como conductores de autobuses, desde el mismo momento en que uno logra entrar al autobús se da cuenta que ha puesto su vida en manos de un criminal que conduce a la mayor velocidad posible, que no respeta altos, ni semáforos en rojo, ni ninguna clase de señal regulador de tránsito, de un energúmeno cuyo único propósito es acabar con el mayor número de vidas en el menor tiempo posible, me dijo Vega. Es una experiencia aterradora, Moya, una experiencia no apta para cardíacos, nadie en su sano juicio podría viajar diariamente en autobús en esta ciudad, se necesita una permanente y sádica degradación del espíritu para poder viajar diariamente en autobús, se necesita una abyecta domesticación del alma para tolerar diariamente a esos criminales reciclados en conductores de autobús, te lo juro, Moya, por experiencia propia, yo realicé dos viajes en autobús, recién llegado a esta ciudad, y me bastó para comprender que semejante experiencia destrozaría mis nervios en un santiamén, me bastó para comprender el nivel de degradación a que es sometida cotidianamente la mayoría de la población de esta ciudad a manos de los criminales reciclados en conductores de autobuses, me dijo Vega. Vos, Moya, como tenés carro no sabés de lo que estoy hablando, seguramente nunca has tenido necesidad de viajar en un autobús, seguramente ni se te ocurriría subirte a un autobús, aun cuando tu carro esté averiado nunca se te ocurriría subirte a un autobús, preferirías pagar un taxi o le pedirías a algún amigo que te conduzca al lugar que querés ir. La gente en esta ciudad se divide entre los que tienen carro y los que viajan en autobús, ésta es la división más tajante, más radical, me dijo Vega, no importa tanto tu nivel de ingresos o la zona donde vivís, lo que importa es si tenés carro o viajás en autobús, Moya, una verdadera infamia.
(...)
Una estupidez, Moya, una tremenda estupidez, me dijo Vega, pero ellos no me creyeron cuando les dije que nada de aquello me interesaba, ellos pensaron que yo bromeaba cuando les repetía que no había tenido nostalgia de nada, y se las ingeniaron para llevarme a comer pupusas al Parque Balboa, ni más ni menos que a comer esas horribles tortillas grasosas rellenas de chicharrón que la gente llama pupusas, como si esas pupusas me produjeran a mí algo más que diarrea, como si yo pudiera disfrutar semejante comida grasosa y diarreica, como si a mí me gustara tener en la boca ese sabor verdaderamente asqueroso que tienen las pupusas, Moya, nada más grasoso y dañino que las pupusas, nada más sucio y perjudicial para el estómago que las pupusas, me dijo Vega. Sólo el hambre y la estupidez congénitas pueden explicar que a estos seres humanos les guste comer con semejante fruición algo tan repugnante como las pupusas, sólo el hambre y la ignorancia pueden explicar que estos sujetos consideren a las pupusas como su plato nacional, Moya, escuchame bien, nunca se te vaya a ocurrir criticar las pupusas, nunca se te vaya a ocurrir decir que se trata de una comida repugnante y dañina, te pueden matar, Moya, debés tomar en cuenta que decenas de miles de salvadoreños viven en Estados Unidos soñando con sus repugnantes pupusas, deseando tan ardientemente comer sus diarreicas pupusas que hasta cadenas de pupuserías existen en Los Angeles, me dijo Vega, y jamás olvidés que los cinco millones de salvadoreños que permanecen en El Salvador cenan religiosamente los domingos por la tarde su plato de repugnantes pupusas, esas tortilllas grasosas rellenas de chicharrón, esa cochina fritanga que les sirve como hostia para su comunión vespertina. El hecho de que las pupusas sean el plato nacional de El Salvador demuestra que esta gente hasta el paladar tiene obtuso, Moya, sólo quien tenga el paladar atrofiado puede considerar que esas repugnantes tortillas grasosas rellenas de chicharrón sean algo comestible, me dijo Vega, y como yo tengo mi paladar sano me negué terminantemente a comer esas cochinadas, me negué de una manera tal que mi hermano de pronto comprendió que yo no estaba bromeando y que no iba a comer esas repugnantes pupusas, y quizás ése fue el primer altercado que tuvimos, porque en el mismo Parque Balboa comenzó a reprocharme mi ingratitud y lo que él llamó mi falta de patriotismo. Te podés imaginar, Moya, como si yo considerara el patriotismo un valor, como si no estuviera completamente seguro que el patriotismo es otra de esas estupideces inventadas por los políticos, en fin, como si el patriotismo tuviera que ver con esas repugnates tortillas grasosas rellenas de chicharrón que de haberlas comido hubieran destrozado mi intestino, hubieran agudizado aún más mi colitis nerviosa, me dijo Vega.
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