Horacio Castellanos
Indolencia
El tipo del apartamento vecino volvió a golpear la pared, con impaciencia, enfado -que dejáramos dormir, era su reclamo-, como si hubieran sido horas avanzadas de la madrugada y no apenas las once de la noche. Di dos puñetazos sólidos, retadores, en la pared. Luego me eché en la hamaca, con la colilla en la comisura. Era un cobarde, un cretino al que su mujer y sus hijas obligaban a dormir en el sofá de la salita.
Estela lavaba las últimas cacerolas, tarareando la tonadilla de ese negro jamaiquino que tanto le gustaba. Hacía un rato me había contado sus pleitos de oficina, sus ilusiones para la próxima quincena, y en seguida había preguntado sobre lo que yo había hecho a lo largo del día. Pero yo no tenía nada que decir: una vez más me la había pasado tirado en la hamaca, sin ganas de hacer planes.
Me hubiera gustado anunciar que iría a la tienda por unas cervezas, pero a esa hora todo estaría cerrado, hasta mi deseo de buscar pequeños subterfugios, un poco de embriaguez para intentar explicarme de otra manera la noche.
Estela vino a sentarse a la hamaca, con ganas de que la sobara, de que rascara las ronchas de su pantorrilla inmunes a los medicamentos.
Habría que pintar las paredes dije.
Un día yo tendría dinero para contratar a ese pintor de brocha gorda que haría de esta mugre una fantasía de colores, una cueva alegre en la que ella sería feliz pese a su salario raquítico, a la estupidez de estar enamorada de un tipo al que nada importaba.
Y urge arreglar el sanitario agregué. Esa fuga de agua acabará con tu salario.
Pero en realidad no me importaba. Ya me había acostumbrado al ruido del agua que escapaba, lo había incorporado a mi transcurrir sedentario, y cuando ella comenzara a quejarse porque su salario no alcanzaba simplemente yo desaparecería.
Quiso besarme, ir un poquito más allá, apelar a la ternura, implorar por el poco jadeo que hacía de la vida algo soportable. Pero no se me antojaba. Le dije que en ese momento no, tal vez más tarde, cuando el calor bajara.
Se puso de pie, empurrada. Fue a la habitación, a preparar la cama, lo que para ella era el nidito de amor, la acolchonada esquina de la ternura, y para mí apenas el sitio más caluroso de ese minúsculo apartamento donde entonces me encontraba refugiado quién sabe de qué; por eso prefería la sala, aunque la hamaca se combara en demasía a causa de la estrechez, aunque el cretino de al lado pegara golpes en la pared.
Entonces ella preguntó si yo había decidido ya a lo que me dedicaría en el futuro o si al fin de cuentas terminaría regresando a la cochina publicidad, a mi escritorio de copywriter donde me había podrido durante los últimos seis años, a la asquerosa empresa en la que ella era además la secretaria más guapa, la más codiciada por los cachorros ejecutivos. Pero sólo preguntaba para fastidiar, para obligarme a dejar la hamaca.
-Apenas he pasado cinco días aquí y ya querés que me vaya- mascullé.
-Yo no he dicho eso -dijo. Estaba desnuda, bajo el umbral, apartando el trapo que servía de cortina entre la salita y el nidito de amor-. Yo quisiera que te quedaras para siempre.
Hubiera debido conmoverme hasta las lágrimas, saltar de la hamaca para comérmela a besos, pero sólo me gustaba a ciertas horas. No ese preciso instante.
Sí, llevaba cinco días encerrado en ese apartamento, después de haber abandonado abruptamente mi empleo, mi hogar, mis ganas de hacer algo. Había buscado explicaciones, desde esa hamaca, cuando ella estaba en el trabajo y las horas pasaban indolentes: era como si de pronto se me hubiera acabado la gasolina o como si me hubiera desenchufado de lo que le da sentido a la vida algo así.
Pero ella no se daría por vencida tan fácilmente, aunque yo ya le había repetido que el enamoramiento me era extraño, que le tenía cariño, sí, y me encantaba reptar entre sus piernas, pero que las ilusiones eran peligrosas, capaces de corromper lo poco, de arruinar lo apenitas.
Volvió a sentarse en la hamaca, apelando a la carne, a lo incuestionable, sabiduría de siglos, certeza de que la erección estaría ahí, inevitable, y que bastaría con el inicio de la frotación para que el zamaqueo fuera creciendo hasta que el vecino golpeara de nuevo la pared con impaciencia, hasta que las hebras de la hamaca amenazaran con desollar mi trasero.
Volví al sosiego, sin salir de la hamaca, mientras ella se ponía de pie y se dirigía al baño. Pensé en la que hasta hacía menos de una semana había sido mi mujer, la gorda, la madre de mi hija, de esa niña en cuya inocencia se filtraban los genes más nefastos de su abuela materna, de esa masa de carne que más de una vez llamé suegra. La pobre gorda, no lo creyó, supuso que era otra de mis bravuconadas, que regresaría a la medianoche, intoxicado de alcohol y que a la mañana siguiente estaría con una agobiante resaca moral, pidiendo disculpas, luchando contra la temblorina para no llegar tarde al trabajo. Por eso ni me puso atención cuando le dije que estaba hasta el culo de ella, de la niña, de esa estupidez llamada hogar; cuando le dije que por nada en el mundo volvería a ese trabajo que me había calcinado el alma, que me iría para siempre, no volverían a verme, me convertiría en otro.
Y ahora estaba ahí, con otro cigarrillo en la comisura, quizás apenas a un kilómetro de la que había sido mi casa, de la amargura que ninguna falta me hacía, escuchando la fuga de agua, los pasos de Estela hacia la cama, los autos que aún a esa hora de la noche tronaban en el eje vial de abajo. Porque el apartamentito estaba en un cuarto piso, como si hasta el encumbramiento me hubiera hecho falta para escapar de lo que yo era, de lo que había sido, de lo que seguramente nunca dejaría de ser.
Estela me llamó, que ya me fuera a la cama. Le dije que en un momento llegaría, aunque a esta altura tampoco a ella le importaba: había tenido su dosis de semen y en un par de minutos estaría dormida, plácida, feliz de lo que ella llamaba mi locura. Lo que me gustaba era que ella nunca había dudado: ni cuando le pedí posada, ni cuando le aclaré que eso no significaba que yo quisiera ser su pareja soñada, ni cuando le informé que no sólo abandonaría mi hogar sino también mi empleo, ni cuando le exigí que guardara absoluto silencio en especial en la oficina sobre mi paradero, ni cuando le insistí en que mi único plan era permanecer unos quince días en su apartamentito mientras decidía qué hacer con mi vida. No hubo objeciones, sólo la aprobación tácita, la obediencia, hasta visos de entusiasmo. Y los primeros dos días la interrogué con rigor, busqué contradicciones, el menor resquicio, porque me parecía imposible que ella me fuera leal, que se mantuviera callada en medio de aquel chismerío oficinesco que tan bien yo conocía. Pero a esta altura, cuando sentía como si hubiera pasado mi vida fumando en esa hamaca, ya ni eso me interesaba.
Finalmente me puse de pie. Fui a la habitación a ver a Estela despatarrada sobre la cama, a constatar la hora en el despertador, a apagar la luz. Luego salí al pasillo que unía a los cuatro apartamentitos de ese piso. Me apoyé en el balcón.
Corrientes de aire de medianoche refrescaron mi rostro. Estaba en calzoncillos, descalzo, con la mirada fija en la sombra de los árboles, en la penumbra de la calle. Se agradecía el silencio en ese lugar que durante el día era una agresiva promiscuidad de ruidos, donde la privacidad era una ilusión y el griterío la regla. Entré por un cigarrillo, por una camiseta que me evitara un enfriamiento; también me puse los pantalones y los tenis. Luego apagué las luces. El apartamentito, y todo el edificio quizá, quedó a oscuras. Salí de nuevo al balcón y cerré la puerta tras de mí.
De pronto la noche se me abrió de otra manera, como si estuviera a punto de aparecer una señal, algo que enderezaría el rumbo de mi vida. Volvía a apoyarme en el balcón, con el cigarrillo en la comisura. Una vez, muchísimos años atrás, cuando salía de la adolescencia, repleto de fe e ilusiones esotéricas, con un grupo de amigos acampamos en la montaña más alta del país, buscábamos entrar en contacto con inteligencias extraterrestres
Lancé la colilla al vacío. Esperaba que alguna luz se encendiera, que alguien abriera una puerta, una aparición, una señal, lo que fuera; pero sólo el viento nocturno coleteaba entre los árboles. Pensé en lo que pasaría si me tiraba al vacío: mi cuerpo caería despanzurrado, más de algún vecino armaría el alboroto, vendría la Cruz Roja, seguramente no moriría sino que terminaría inválido en manos de la gorda, de la niña, de la suegra, y algunos colegas de trabajo irían a visitarme con su mejor mueca de conmiseración.
Aspiré profundamente. Abrí la puerta; luego cerré con doble llave. Fui a la habitación, me desnudé y con sigilo me deslicé bajo las sábanas.
Revista Lateral, septiembre de 2001, número 81
Encontrado en: http://www.lateral-ed.es/revista/articulos/81cast.html