La diabla en el espejo: país de delirio

Róger S. Lindo


Laura Rivera es una correveidile cuya mejor amiga, Olga María, salvadoreña pudiente como ella, ha sido asesinada de un balazo en la sien sin motivo aparente, en su casa y frente a sus hijas. Laura es la narradora y personaje fundamental de La diabla en el espejo (Ediciones Linteo, Madrid, 183 páginas), el libro más reciente de Horacio Castellanos Moya (1957), escritor hondureño-salvadoreño afincado en México, que anteriormente ha publicado siete libros de relatos y novelas.

Laura es un espécimen de una locuacidad insufrible, elucubradora hasta el delirio, dotada de una vibrante energía reaccionaria. Su espíritu rebosa los prejuicios y maledicencias de una burguesía que no aprendió su lección; cómo iba a hacerlo, si en El Salvador, país en que se desenvuelve esta historia, la derecha --aunque obligada a cederle a la izquierda una peña política-- puede vanagloriarse de haber derrotado a todos sus enemigos.

Pero aunque sigue siendo el país de "las 14 familias", donde los coroneles que se enriquecieron con la guerra hacen negocios fabulosos y Laura puede oír a Miguel Bosé en el mullido confort de su BMW, las cosas no son como antes, se lamenta ella.

Los latifundistas ven acotado su poder y sus posesiones, "tener café ya no es como antes", la justicia es ineficaz y los "comunistas" y otros enemigos de "las buenas familias" están al acecho. En Guatemala, en cambio, dice envidiosa al saber de un fusilamiento ocurrido ahí, el poder sí sabe lidiar con los pobres: manda a los indígenas al paredón sin contemplaciones.

La muerte de Olga María trastorna el mundo frívolo de la chismosa Laura. Su lengua se desata en ese instante, llevándonos a velocidades de vértigo por un país de equívocos y máscaras donde las cosas y las personas no son lo que parecen.

Empezando por su amiga asesinada. Aparentaba ser una burguesa "tranquila", honorable, dedicada a su boutique, a su marido, a sus hijas, pero en la práctica su líbido insaciable la llevaba a sostener frecuentes aventurillas sexuales con muchos hombres (todos de su selecto círculo, el de los ex alumnos de la Escuela Americana, alma mater también, valga el dato, del actual presidente salvadoreño y sus colaboradores más cercanos). Por supuesto, igual que ocurre con Olga María, en este carrusel de amantes ilustres ninguno es lo que aparenta.

El sexo es conocimiento y éste resulta peligroso en el mundillo en el que Olga María practicaba su juego, el del dinero, las intrigas políticas y la corrupción de altos vuelos. No es casual que la lista de sus amantes y relaciones íntimas sea también la de los sospechosos de mandarla a asesinar, como eventualmente terminará aceptando la propia Laura, para quien la experiencia de la muerte de su amiga resultará tan reveladora como transformadora.

Castellanos Moya aplica a la plutocracia salvadoreña el tratamiento que Shakespeare daba a los reyes y nobles medievales: exhibirlos en sus pasiones, crímenes, ambigüedades y vicios. En una palabra, los humaniza.

El individuo politizado diría que los burgueses salvadoreños son rapaces, vengativos y fascistas. Castellanos Moya los recrea fornicando con la camiseta y los calcetines puestos, volando a Houston para desintoxicarse de una adicción o estafándose entre sí.

Con igual saña, Castellanos Moya demuele a la izquierda. A la guerrilla salvadoreña la pintó en La Diáspora, su primer novela, como caníbal e inmoral. En todo caso, el viaje de Castellanos Moya no es la política o la ideología, sino la literatura, pozo para asomarse al misterio de la condición humana. En su narrativa no son las leyes de la historia o las teorías económico-políticas las que mueven el mundo, sino las motivaciones personales, las pasiones, el interés privado. Un mundo, en suma, de individuos, la mayoría de los cuales rechaza toda simpatía: no hay con quien identificarse.

Pero sobre todo se trata de un mundo que nunca termina de inventarse: siempre existe un testimonio, una hipótesis ulterior. Es inabarcable.

En un relato anterior de Castellanos Moya, contenido en su libro El gran masturbador, el personaje principal, tras un largo extrañamiento, regresa desde el extranjero a El Salvador recién pasada la ofensiva guerrillera de 1989, y se pone a investigar las circunstancias de la muerte violenta de un condiscípulo de la secundaria. Cada averiguación apunta en direcciones inauditas y complementarias. Cada tapa levantada descubre una olla de grillos.

Detrás del crimen del amigo se ocultan las sordideces de su círculo, detrás de éstas la podredumbre de un país al que la distancia afinó los contornos. La verdad, como la de Rashomon, la película de Kurosawa en que se trata de dilucidar el asesinato de un hombre rico cometido en la profundidad del bosque, se dispara en todas direcciones. Cada protagonista ofrece una versión distinta, y cada una revela algo nuevo sobre los hechos y sobre el que los cuenta.

Lo más fascinante en la obra de Castellanos Moya es su atrevimiento de imaginar verdades desconcertantes. Algunos de los hechos de la historia salvadoreña reciente --como la escandalosa estafa de las financieras Finsepro e Insepro-- encuentran en La diabla..., una interpretación tan fantástica como plausible.

Si los periódicos y los políticos, en El Salvador y en otras partes, no tienen --por cobardía, estupidez o conveniencia-- la entereza suficiente para medirse con las verdades de la existencia, el escritor responderá con las de la imaginación. La ficción, decía un autor cuyo nombre se escapa, sirve para decir la verdad. Tanto mejor si esta además divierte

Otro atrevimiento es el de colar, en una trama detectivesca, personajes fantásticos. Pepe Pindonga, ex periodista, ex policía, ex místico, detective privado asignado al caso por la hermana de Olga María, es tan inverosímil como su nombre o su "nariz en forma de huevo estrellado". Podría ser el personaje de una tira cómica a lo Dick Tracy, un duende que aparece en los momentos más inesperados o nada más que una alucinación. Sin embargo, se le termina aceptando. Igual que a Robocop, el ex militar reciclado como sicario, certero y escurridizo, que ejecuta a Olga María.

Decía el escritor italiano Italo Calvino que dejaba a sus críticos la tarea de ubicar sus narraciones dentro o fuera de una clasificación dada de fantasía. "Para mí", explicaba, "la principal cuestión de una narrativa no es la explicación de un evento extraordinario, sino la secuencia de cosas que este evento extraordinario produce en sí mismo y a su alrededor". En La diabla en el espejo, al igual que en Baile con serpientes, la segunda novela de C. Moya, el lector, que al principio se cree cómodamente instalado en el género policial, puede terminar llevándose una sorpresa. Qué bueno además que Castellanos Moya abandona la escatología y los personajes lentos y oscuros de sus obras penúltimas. En La Diabla... hay más divertimento que sombras.

Para terminar, digamos que el final de esta novela es delirante y verboso, como Laura Rivera. Pepe Pindonga y el resto de personajes terminan eclipsados, ella se ha puesto aceleradísima, su cabeza da vueltas a mil por hora, las piezas comienzan a encajar.... y "huele feo". Ligero ritmo, es un libro que se lee rápido. Ojalá se leyese en El Salvador fuera de la burbuja cultural. Le resultaría sano a ese país examinarse a través de la diáfana lengua de una chismosa que seguramente se merece.

Róger S. Lindo es asistente editor de las páginas editoriales de La Opinión, de Los Ángeles, California.

 

Encontrado en: http://www.laprensahn.com/opinarc/0005/lec05025.htm#escritor