Horacio Castellanos Moya o la estética del cinismo
Por Mauricio Aguilar Ciciliano
¿Cómo? ¿Habéis elegido la verdad y el llevar el pecho erguido, y seguís mirando de reojo las ventajas de los hombres sin escrúpulos? ¡Pero si con la virtud se renuncia “a las ventajas”. (F. Nietzsche).
1. Espejos rotos
Los cínicos nacen en la antigua Grecia y uno de sus principios rectores fue la búsqueda de la felicidad en el desprecio a todo lo que tuviera que ver con normas sociomorales; en la ruptura de cualquier código de conducta que exigieran las clases dirigentes como parte de su estrategia para encubrir el verdadero rostro de la sociedad sumida en la corrupción y en la intriga. Desde entonces crece la tendencia a hacer pedazos los universales lógicos afirmando la preeminencia de lo individual. Encontramos, pues, desde Antístenes, Diógenes (412.323¿? a.n.e) hasta Nietzsche(1844-1900) y continuadores una tendencia al desenmascaramiento de la superficialidad de la conciencia occidental y una protesta contra las ideologías sometedoras del sujeto. En efecto, nuestras sociedades occidentalizadas padecen una bifurcación: Por una parte se predica el recato moral, la sujeción a las normas del “buen vivir” que irrumpe los espacios públicos y se imponen como un universal para todos y todas; por la otra, se practica en los espacios privados la vida liberada de toda sujeción, la ruptura de las reglas; es decir, la afirmación del sujeto a través de la pasión. En este sentido, si bien el cinismo clásico predica una moral ( “El bien del hombre es vivir en comunidad consigo mismo, regresar a su condición de animal primitivo y vivir en consecuencia con ese principio” ) que difiere de la filosofía nietzscheana en tanto que éste propone la disolución total del sujeto, ambas líneas de pensamiento pueden ayudarnos para comprender mejor la ficción narrativa de nuestra posguerra y su correspondencia con el imaginario social.
El propósito de este artículo es provocar un debate sobre cómo puede clasificarse mejor una de las tendencias predominantes de nuestra narrativa actual cuyo máximo exponente es Horacio Castellanos Moya (1957), tendencia que llamaremos, siguiendo a Beatriz Cortez: Estética del Cinismo, apartándonos, no obstante, de su enfoque teórico. Veamos brevemente el contexto actual.
En cuanto a la sociedad salvadoreña actual concierne, la crisis de identidad cultural que se vive ha sido reforzada por el fracaso de los dos proyectos: El revolucionario de izquierda en su visión original que prometía la construcción de un nuevo sujeto (el sujeto revolucionario) y el modelo mercantilista y globalizante que exige, no una sociedad de valores sino una sociedad de consumo. Ambos redundan en una tendencia a olvidar el pasado que no conviene; enseñan a la generación actual a olvidar con demasiada facilidad el pasado que no conviene; tal como los gritos de los muertos y desaparecidos con todo signo de impunidad; el drama del campesino y la campesina reducidos al silencio o asardinándose masivamente en el espacio urbano. Esta especie de urbanocentrismo genera mayor marginalización y una soledad tan intempestiva como la del desierto. A pesar de todo esto, los partidos políticos toman como bandera el desarrollo, el rescate de los valores morales, revolucionarios, nacionalistas y cristianos y otra serie de discursos premodernos premodernos como un intento de resurrección de las utopías. Recuren al patriotismo y el espíritu de trabajo del Ser salvadoreño como coartada para seguir sosteniendo los hilos del poder. Pero lo que tenemos es la violencia como el rasgo caracterológico principal del Ser salvadoreño, el horror hecho costumbre, la pobreza y la paralización de la voluntad de lucha contra “la trampa de la globalización” que ni mata ni libera pero permite a unos ricos cada vez más ricos usufructuar la desesperanza.
Este escenario de posguerra tiene espacio propio en la ficción narrativa de la actualidad. Encontramos en buena parte de la narrativa salvadoreña actual una correspondencia interesante con el imaginario social de violencia de nuestro país. Hay, pues, una nueva tendencia estética predominante que ya no es la “extrema” de Miguel Huezo Mixco ni la testimonial tan apetecida en los Estados Unidos, ni mucho menos la estética esencialista del canon oficial, sino LA ESTÉTICA DEL CINISMO como recurso de desvelamiento de la falsa conciencia nacional fundada en valores que sólo han llevado a la degradación mayor del sujeto.
Desde el punto de vista literario se produce en la nueva narrativa una actitud crítica con una propuesta de abolición de la ley y la costumbre que reafirman la sujeción. Sin embargo dicha actitud deriva en una expectativa de fuga hacia el futuro como intento de evitar la contaminación en una sociedad “vomitiva”. Tal es el caso de la narrativa de Horacio Castellanos Moya quien tipifica las diferentes facetas del Ser salvadoreño dándonos una visión telúrica del ambiente urbano masificado y solitario a la vez, donde la única salvación posible es la huida. Sus personajes imponen su intimidad, su desencanto ante un discurso autoritario y normativo; se rebelan contra toda la hipocresía discursiva mostrando una actitud iconoclasta ante la axiología canonizada tanto por la predica oficial como por el discurso aparentemente alternativo.
2. La Estética del Cinismo
Entendemos por Estética del Cinismo una propuesta de ficción narrativa donde los personajes, vacíos de todo contenido ideológico y social, desprecian el sistema de normas y creencias limitándose a desbordar sus pasiones donde encuentran alguna manera de sobrevivir; Se reafirman en la intimidad, el erotismo, la violencia y la fuga topográfica para salvarse de la nada.
Sostenemos, provisionalmente, que estos postulados se cumplen en la narrativa de Horacio Castellanos Moya . Proponemos para fundamentar esta tesis la relectura de dos de sus obras más polémicas: La Diáspora (1989) y el asco (1997). En la primera se desarrolla la historia de Juan Carlos quien desencantado por la situación de represión y sectarismo del partido (FPL) que ha costado la vida de dos míticos dirigentes, decide desligarse y salir para México. Cuando llega a México procedente de Nicaragua lo recibe Carmen y su marido quienes también han “tronado” con el partido y están a punto de “tronar” como matrimonio. Son parte de un foco de disidencia de la izquierda que se ha refugiado en México y usufructúa su pasado militante por medio de la becas de la ACNUR. Los pocos no disidentes son vistos por los demás como tontos y dispuestos a matar sin previo aviso . Quique López es el único con experiencia militar, el que está dispuesto a sacrificarse por la revolución y celebra su regreso a la montaña. El Turco es otro personaje bohemio que se gana la vida como artista de tercera en el sórdido ambiente mejicano. Todos son personajes cuya moral está lejos de ser lo que el partido predica en su discurso público. La beca de la ACNUR y la visa canadiense se convierten en objetos de deseo.
En esta novela se explora con fuerza el mundo interior de la militancia de izquierda convertida en disidencia. Los personajes se rebelan contra el discurso autoritario y buscan reafirmarse a través de la pasión que se contrapone a la moral revolucionaria: Quique anhela jalar el gatillo de un fusil pero no entiende por qué ni para qué (es una máquina de matar); la gringa es representante de un comité de solidaridad pero lo que se destaca de ella son sus buenas nalgas y su relación sentimental con El Negro. Carmen, se le insinúa a Juan Carlos y cae en las garras del Turco durante una noche orgiástica donde hay música, copas, sexo y drogas. Es un ambiente de desestructuración social , violencia y traición que tiene su clímax en el baño donde El turco y Carmen hacen el amor. El baño es un cronotopo de libertad, de recuperación de la intimidad, en otras palabras, de reafirmación del sujeto por medio de la desfachatez.
¿Cómo es posible que dentro de un partido que busca la construcción del hombre nuevo haya gente de este tipo?. Lo que sucede es que los mismos creadores de las reglas y los valores revolucionarios los han roto. En 1975 es asesinado Roque Dalton (Quique ignora este hecho) por el ERP lo cual provoca la primera gran desbandada de la izquierda ( se forma la RN) “revolucionaria”. En 1983 las diferencias entre Cayetano Carpio y Mélida Anaya Montes tienen un fin tragipatético: La primera recibe 82 picahielazos; el segundo se suicida ¿o lo suicidan? Poco después de descubierta su autoría intelectual del crimen. Ante todo esto se impone una política de silencio y el discurso idealizante del sujeto revolucionario sigue inundando los espacios públicos: Capaz de morir por las causas populares, solidario, “humano, demasiado humano”, crítico de la realidad, incapaz de matar sin causa justificada, etc. Los protagonistas de La Diáspora niegan ese discurso con sus prácticas, se reafirman destruyendo el mito en su propia subjetividad, en su propia intimidad.
Por otra parte en El Asco (Ed. Arcoiris, 7ª. Edición) tenemos un retrato colectivo de los tipos genéricos que componen la sociedad salvadoreña. Edgardo Vega es un salvadoreño migrante que tiene 18 años de vivir en Canadá, ciudadano canadiense, intelectual humanista que decide romper todo tipo de vínculos con la tierra de origen. La muerte de su madre lo obliga a viajar a El Salvador para reclamar una parte de la herencia que podría acrecer su capital en unos cuarenta y cinco mil dólares.
En el velorio se encuentra con Moya, antiguo compañero de colegio a quien invita a una plática en el único lugar decente que ha encontrado: El bar.
En esta obra se despedaza el discurso oficial sobre el Ser salvadoreño. En una perorata de dos horas que en la ficción narrativa transcurre entre las cinco y las siete de la noche, Edgardo Vega cuenta a Moya (narratorio) los aterradores momentos que ha tenido que aguantar y los tipos siniestros que lo han torturado desde su llegada a El Salvador, un país que es un verdadero asco. Todos sus habitantes son tipos vomitivos. Vega comienza a describirle uno a uno los tipos asquerosos que componen la sociedad salvadoreña con sus costumbres igualmente asquerosas. El susto más grande lo tiene Edgardo Vega cuando se da cuenta que ha extraviado su pasaporte canadiense. Esto lo hace remover hasta los papeles del baño, revolverse entre los orines y el excremento porque, no encontrarlo significa la tortura de quedarse más tiempo en el país. Soportar a una raza estúpida con sus gustos, sus costumbres, sus formas de divertirse y de percepción pseudonacionalista del país en el que viven; actos verdaderamente detestables. Entre los tipos de la ficción narrativa merecen atención especial los militares, los políticos y los excombatientes precisamente porque su conducta es objeto de deseo e imitación:
...Todos caminan como si fueran militares, piensan como si fueran militares...todos serían felices si fueran militares...todos traen las ganas de matar en la mirada”(22)
En cuanto a los políticos “apestan particularmente...quizás sea por los cien mil cadáveres que carga cada uno de ellos...lo peor que les puede suceder a los políticos es que alguien los obligue a leer en voz alta ante un público...y como se desviven por aparecer en la televisión (son) tipos tenebrosos que tienen en sus manos el futuro de este país, Moya, no importa si son de derecha o de izquierda, son igualmente vomitivos (28).
La obra resume nuestra identidad en una oración corta : “El salvadoreño es ese cuilio que todos levamos dentro”(94)
Los personajes de estas dos novelas se desarrollan en un ambiente de cinismo y caos en donde la única salvación es la fuga hacia un ambiente distinto o hacia el microcosmos de la intimidad.
Desde su fugaz militancia en las FPL y su larga disidencia, Horacio Castellanos Moya marca un capítulo interesante en la narrativa salvadoreña. Es un escritor polémico no sólo por poner en tela de juicio las virtudes del “sujeto revolucionario” idealizadas por Claribel Alegría, Manlio Argueta y otros, sino por convertirse en el artista de lo sórdido, cuyos personajes se revelan contra la sociedad normada mostrando su verdadera cara, la cara de una intimidad libidinosa, traumática y orgiástica.
Estas dos novelas fueron escritas en contextos diferentes; la primera, nos ofrece la destrucción de la visión romántica del proceso revolucionario y la denuncia de los conflictos internos de una guerrilla cuyo proyecto se había degenerado hasta el extremo. En efecto, en la Diáspora encontramos una mordaz crítica a la izquierda revolucionaria por su vocación asesina, por su autoritarismo y por su reclamo de obediencia ciega. El partido está lleno de gente que sin entender (quique) se dispone a arriesgar su vida por la revolución. Carmen es una mujer disidente capaz de cualquier cosa, incluso de hacer el amor en el baño con un artista borracho y drogadicto. Juan Carlos desea irse hacia Canadá; el Negro y la gringa se entregan mutuamente al sexo.
Ningún otro autor se ha atrevido a presentar lo impresentable tal como lo ha hecho Castellanos Moya por lo que la propuesta narrativa de este autor bien puede ser señera en las búsquedas estéticas actuales y nos da elementos de juicio suficientes para ubicarlo como el precursor de la Estética del Cinismo en El Salvador. Por razones de espacio dejemos aquí el tema y esperemos que otros y otras tomen la palabra.
3. Lo que se ha escrito de Horacio Castellanos Moya
Ya se han escrito varias notas críticas y reseñas publicitarias sobre estas dos novelas. En La diáspora, el destacado crítico literario Rafael Lara Martínez ha visto un modelo estético que se rebela contra el “sistema de anulación del individuo y de imposibilidad de juicio” con “una visión más realista en torno a la autodesintegración de la izquierda salvadoreña”. Miguel Huezo Mixco ha dicho de El asco que “mide” los “signos” de “identidad” con la vara del escepticismo. La define como “la más extrema de las obras de Moya” llegando a la siguiente conclusión: “La identidad vive en algo diferente a los lugares comunes de la salvadoreñidad; en el asco por ejemplo”. Juan José Dalton dice que la narrativa de Moya es como echar sal a una herida; un autor chileno celebra su humor ácido.
Sin embargo, no se analizan detenidamente los rasgos distintivos de la propuesta estética del autor ni se hace notar el trasfondo autobiográfico que estas obras nos ofrecen, quizá porque para ello, sea necesario entrar y examinar con lupa el mundo psicológico de su autor implícito y también el contexto de la nueva narrativa sujeta, paradójicamente, a las leyes del mercado, aunque esto suponga “la degradación del gusto”.
Horacio Castellanos Moya ha sido celebrado por una parte de la crítica latinoamericana como el escritor contemporáneo más importante. Quizás por haberse convertido en el escritor de la disidencia, en profeta de la desintegración de la guerrilla y en el perseguido por escribir los textos más atrevidos de la posguerra. Todo esto merece ser puesto en tela de juicio porque,como sostenemos, parece ser que el cinismo en la ficción narrativa de Moya no predica una moral. Por el contrario, muestra signos de la crisis que vive la crítica posmoderna que se viene convirtiendo desde hace ratos en una ideología de la desesperanza. Al margen de su mérito como escritor, la ficción narrativa del autor en cuestión nos ofrece un caos, una mirada posmoderna a una sociedad de posguerra que intenta superar la pre-modernidad. Pero en su estética del cinismo encontramos mucho de su desencanto con la sociedad salvadoreña actual que va más allá de la crítica a la izquierda o a la derecha. Sus personajes muestran una actitud marcadamente nihilista, anárquica y escapista donde el caos se organiza alrededor de la cama, el baño, la cantina y el vómito. Donde la subjetividad se afirma a través del desprecio.
4. ¿Qué dice el autor?
El asco fue escrita por Moya en un momento de fracaso personal y de crisis creativa. Acababa de quebrar con Primera Plana y estaba escribiendo otras dos obras. Había leído profusamente a Bernhard y decidió parodiarlo “Sabía – nos dice- que quería imitar a Bernhard... y me dije este me va a servir para sacar la mierda que tengo que sacar”. La diáspora fue escrita recordando su fugaz militancia en las FPL y su larga disidencia por razones ideológicas. Esto explica de alguna manera la posición política que encontramos en el autor implícito de estas obras. Nos plantea sobre ellas lo siguiente: “La novela más crítica sobre la izquierda quizás no sea El asco sino La Diáspora...aborda precisamente los crímenes dentro de la izquierda...mucha gente entró a la militancia pensando realmente que la izquierda tenía una superioridad ética y moral con relación a la derecha (pero) todos somos criminales, nadie tiene la bondad ética de su lado.
Hay por otra parte, en esta Estética del Cinismo tres ejes transversales: La violencia, el erotismo y el caos. Sobre este andamiaje se monta una ficción narrativa provocadora y laberíntica. La vida pública es detestable por la saturación de códigos que nadie respeta en la vida privada. De ahí que los seres humanos sean seres, a la manera de León Tolstoi, con dos historias.
Queda entonces abierto el debate para analizar críticamente la propuesta narrativa de Horacio Castellanos Moya a la que, a manera de nota introductoria, hemos denominado Estética del Cinismo.
Santa Ana, 26 de mayo de 2003.
Encontrado en: http://www.libros.com.sv/edicion20/horacio.html