Entrevista con su autor, Horacio Castellanos Moya
La visión de un soldado salvadoreño sin guerra es el centro de El arma en el hombre
Sandra LiconaLa Crónica de Hoy, 7 de febrero de 2001
Los del pelotón lo llamaban Robocop. Mide un metro noventa, pesa cerca de cien kilogramos y es uno de los combatientes más feroces. Pertenecía al batallón Acahuapa, a la tropa de asalto, pero cuando concluyó la guerra y se firmaron los acuerdos de paz, fue desmovilazado. Sus únicas pertenencias al reintegrarse a una supuesta vida civil eran dos fusiles AK-47, un M-16, una docena de cargadores, ocho granadas fragmentarias, una pistola nueve milímetros y un cheque equivalente a su salario de tres meses con los que continuó dedicándose a la única labor para la que estaba preparado: matar.
De esta anécdota parte Horacio Castellanos Moya (El Salvador, 1957), para desarrollar la historia de su más reciente novela, El arma en el hombre (Tusquets, 2001), en la que plantea la vida de un personaje “atípico”, de un antihéroe de la guerra salvadoreña: “Es la visión de un soldado —dice en entrevista el también periodista— a quien se le acabó la guerra y en su intento por convertirse en civil no pudo dejar de ejercer su oficio”.
Ensayista salvadoreño, Castellanos Moya ha residido en Canadá, Costa Rica, España y México, y en su más reciente estancia en El Salvador, de 1991 a 1997, fue subdirector de la revista Tendencias y director del semanario Primera Plana, aunque tuvo que abandonar de nuevo el país debido a las amenazas de muerte que recibió por la publicación de su libro El asco. Thomas Bernhard en El Salvador, “la historia de un salvadoreño que retorna a su país luego de vivir 20 años en Canadá. Ve la situación de posguerra y todo le da asco. Hace una crítica muy fuerte a algunos aspectos culturales y políticos, sin embargo, es un personaje de ficción”.
—¿El arma en el hombre también es una novela de la posguerra?
— En realidad no me la propuse así. Van surgiendo los personajes, se van encadenando. Ahora, el protagonista de esta historia es lo que llamaría un personaje muy raro, atípico.
—¿Hay una literatura de la posguerra en países como El Salvador o Guatemala?
—El Salvador es un país que no produce mucha literatura, pero me parece que a nivel centroamericano se comenzará a dar esa obra de la posguerra, en Guatemala, en Nicaragua, quizá en El Salvador, pero no hablaría de un movimiento de literatura de posguerra.
—Estamos acostumbrados a una idealización de los personajes guerrilleros, incluso usted estuvo muy cerca de ellos en El Salvador, sin embargo, se inclinó por el antihéroe, ¿por qué?
—Quizá ahí está el quid de la novela: uno busca explicarse esas contradicciones, esa forma de entender el mundo, porque en la novela no es importante sólo lo que Robocop hace, sino su visión del mundo. En este caso, esa definición que haces del antihéroe me llama la atención porque el personaje de la novela es una especie de antizaratustra: la voluntad, la fuerza, pero sin otra idea que la necesaria para ejercer esa voluntad, esa fuerza. Está en un nivel anticlimático para los arquetipos a los que estamos acostumbrados cuando se aborda este tema. No sé, desde nuestra moral probablemente sea una personaje malo, pero si hubiera pensado que es un hombre malo no lo hubiera tomado. Es un hombre que hace lo que sabe hacer: matar, y nada más.
—No deja de abordar historias de corrupción, de traiciones, que están detrás de todas las guerras.
—Es el mundo donde un personaje así se puede mover. El mundo de la novela es el contemporáneo. No necesité investigar nada, usé sólo la simple memoria, quizá conocer a ciertas personas que se han dedicado a eso. A diferencia de la delincuencia pura, este personaje tiene un status distinto, es decir, no es un asaltacoches común, no como todos los asaltacoches que hay en Latinoamérica. Es un tipo que peleó durante muchos años, mientras que el delincuente común está muy cerca de la cobardía. Robocop no es un hombre cobarde, es un hombre que ha conocido la guerra, que sabe de combates, ese es su rasgo peculiar, fue lo que me atrajo de él y lo que le dio cierta densidad.
Es un fenómeno muy complejo y depende del país en el que se ha dado la guerra, es decir, las situaciones de posguerra no se pueden generalizar, en Centroamérica son muy específicas, porque son países muy pobres que resolvieron sus guerras por la vía política, por la inclusión, es decir, “vía la democratización de las sociedades”. Resolver el problema social implicaba la resolución del problema económico, de la desigualdad tremenda en toda Latinoamérica. No es lo mismo la posguerra para las tropas norteamericanas que pelearon cinco años en Europa y que regresaron a Estados Unidos, muchos con buenas pensiones o con un lugar seguro para vivir, no puede ser lo mismo en El Salvador sin viabilidad antes y después de la guerra en términos de economía y de presencia social.
—Justamente este personaje atípico, como usted lo definió, todo el tiempo está cuestionando la vía política, no cree en “la palabrería, ni en politiquerías”, ¿usted tampoco?
—La vía política es la negación de su oficio. Mi visión es que en El Salvador sí hubo una profunda reconversión política, es decir, se crearon instituciones nuevas, partidos, alternancia en el poder, digamos que todos los factores que conforman un sistema democrático, pero al mismo tiempo la cultura de la violencia no se modificó sino que se recicló. Este es un libro que de alguna manera refleja ese reciclamiento de la violencia, de una sociedad que vivió una guerra y la convirtió después en delincuencia. Hace poco el arzobispado de San Salvador decía que hay tantos muertos por la delincuencia en este momento, como los hubo durante la guerra. El problema es que las guerras generan una cultura de la violencia muy arraigada y que requieren de una inversión en recursos, sobre todo de educación y empleo, para poder revertirse, de lo contrario sólo se recicla. La novela no tiene una visión o voluntad totalizadora, es una obra breve, sobre aspectos muy precisos, porque las vicisitudes de un ex guerrillero de clase media no tienen nada que ver con las de un ex soldado que viene de la clase baja, es un fenómeno muy complejo.
—Hay en esta novela claras alusiones al conflicto armado en Chiapas y al impacto que provocó el pasamontañas del subcomandante Marcos en los medios, ¿hubo en El Salvador una guerra mediática?
—Primero, es el tiempo en que sucede la novela, 1994 y 1995. Cuando Robocop decide ponerse un pasamontañas no podía tener otra referencia, dentro de su coherencia interna estaba Chiapas, porque no era un personaje que pudiera pensar en la ETA. Hay una simple referencia a un fenómeno que fue real. Por otra parte, en El Salvador no podemos hablar de una guerra mediática, porque allá no se dio una guerrilla sino una lucha civil, una guerra civil. No hubo medios, sino dos emisoras radiofónicas, guerrilleras, que estaban en los distintos frentes, que azuzaban a las tropas para matar, igual como los dueños de los diarios tenían sus escuadrones de la muerte para asesinar a los periodistas que simpatizaban con la guerrilla, es decir, las guerras civiles no dejan espacio para los medios, polarizan, por eso es muy irresponsable entusiasmarse con ellas, porque uno nunca sabe cómo te van a llevar, son un alud.
—¿Fue difícil trabajar a un personaje que es prácticamente analfabeto, para una novela que está contada en primera persona?
—Sí, fue un reto, porque requirió mucho trabajo de peluquería, probablemente tenía el doble de extensión. Digamos que fue como ponerse en los pies del enemigo en el sentido del ejercicio de la violencia, del hombre de acción, no tanto por su bando. Hay algo de visión de mundo, totalmente incorrecta. Lo único que demuestra este personaje es que había otro bando, que los guerrilleros no estaban peleando solos. Sin duda el retrato de un guerrillero tendría que haber sido distinto, porque el concepto de ideal funciona de otra manera, no se habla de incentivos, penas o margen de error
Encontrado en: http://www.webcom.com.mx/cronica/2001/feb/07/cul06.html