'Baile con serpientes'
Noche y día
Por SERGIO GONZÁLEZ RODRÍGUEZ / Grupo Reforma
Ciudad de México (13 abril 2002).- El tema del encantador de serpientes lo abordó Ernst Jünger en su hermosa novela Los acantilados de mármol (Destino): mientras aprende a caminar, un niño aprende también a jugar con un par de ofidios en un tiempo feliz, ajeno a la barbarie y la violencia que se desatará sobre el territorio —Marina— donde acontece la ficción.
Ahora, el mismo tema reaparece en la cautivadora novela del escritor mexicano-salvadoreño Horacio Castellanos Moya, titulada Baile con serpientes (Tusquets).
El signo de la catástrofe y los ofidios se convierten en Baile con serpientes en un extraño relato que une las líneas de una novela policiaca y de aventuras urbana, cuyo fundamento anecdótico es el siguiente: un día aparece en un barrio de una ciudad salvadoreña, que podría ser también mexicana o de cualquier país de América Latina, un automóvil de modelo antiguo y color amarillo.
Nadie lo vio llegar y dentro vive un pordiosero; un vecino se siente intrigado por el desconocido hasta la obsesión. Entre ambos personajes surge un vínculo siniestro que terminará con el asesinato del pordiosero a manos del vecino, quien se apropiará del automóvil y de la personalidad del muerto.
Al entrar en el automóvil, el asesino descubre el secreto de la víctima: un cuarteto de víboras amaestradas para matar —la serpiente, en términos simbólicos, evoca la energía pura, de allí su plurivalencia.
El asesino hace amistad con los ofidios y se convierte en su nuevo amo; en adelante, también hará suyo el espíritu vengativo del muerto y comenzará a cobrarse diversas afrentas contra la sociedad y algunas personas específicas.
Muy al estilo de Rubem Fonseca en El cobrador (Bruguera), o de Fernando Vallejo en La Virgen de los sicarios (Alfaguara), Horacio Castellanos Moya logra un relato que equilibra la violencia y la ironía de forma tan convincente que nunca desciende el interés de la lectura debido a la habilidad del narrador para enfrentar el reto difícil de rozar lo carnavalesco sin perderse en ello.
"Enfilé sin dilación hacia el Chevrolet amarillo, abrí la portezuela y me metí de golpe a la boca oscura. El tufo rancio casi me noqueó: encendí la cerilla, un cigarrillo y la vela.
Descubrí un quinqué de baterías a mi lado. Y la luz se hizo plena. El lugar, extraordinariamente ordenado, sin asientos, con sólo un pequeño taburete, evocaba la cabina de una nave: ringleras de frascos y botes de lata semejaban tableros y controles; un par de mantas y otros trapos estaban apilados en una esquina".
Si en El arma en el hombre, su anterior y apasionante novela, se aproximaba al estudio de la violencia extrema en la figura de un ex guerrillero que devenía en criminal, suerte de metáfora de un problema común en América Latina —la facilidad con que la ex milicia accede al hampa—, con su nueva novela escruta el furor anarquizante y gratuito que puede alentar en cualquier hijo de vecino. Nadie está a salvo, porque el caos que desata el rencor del criminal se expande a lo largo y a lo ancho de toda la sociedad.
Baile con serpientes está dividida en cuatro partes, la última y la inicial aparecen narradas en primera persona —la voz del protagonista central—; las otras dos, que edifican el relato de la cacería policiaca y la pesquisa periodística del caso del terrorista de los ofidios, aparecen bajo la perspectiva de un policía y de una periodista, siempre mediante el uso de un lenguaje conciso y de fluidez asombrosa, lleno de color y vaivenes impactantes.
"Afuera el relajo era colosal", escribe el narrador. "Las muchachas estaban en una especie de orgía, picando a todo aquel que se les ponía enfrente. Yo había cerrado la portezuela y la ventanilla para evitar el griterío, pero aún así sentía que el terror de aquella masa humana en estampida me vibraba en el tímpano. En cuestión de segundos la calle quedó destrozada, con decenas de cuerpos tendidos, retorciéndose, entre los puestos de venta arrasados, como si hubiese habido un ametrallamiento, un terremoto o algo así".
El terrorista lleva su vínculo con las serpientes hasta el grado de humanizarlas: las bautiza, las cuida como novias, las hace sus amantes en un delirio que lo llevará a transformarlas en la herramienta de mayor amenaza para la paz pública. El rencor social como otra de las bellas artes.
Castellanos Moya no sólo consigue una novela amena e inteligente, sino que expone la endeblez institucional típica de los países latinoamericanos y sus mecanismos básicos, debido a la corrupción, la estupidez, la ineficacia de los políticos y la policía. La impunidad es posible porque la inseguridad de los ciudadanos es el sostén de las instituciones.
Al igual que Rodrigo Rey Rosa en Piedras encantadas (Seix Barral), novela que narra el mundo de las pandillas de niños de la calle en Guatemala, en Baile con serpientes el impulso anecdótico se eleva hasta configurar un gran fresco sobre las defecciones de las clases dirigentes en América Latina.
Con esta novela, Castellanos Moya se ubica entre los nuevos y más destacados narradores de las letras latinoamericanas, al lado de Roberto Bolaño, Pablo de Santís, Alberto Fuguet, Mario Bellatin, Juan Villoro, Guillermo J. Fadanelli y Rodrigo Rey Rosa, entre otros.
Justamente Roberto Bolaño ha hecho la mejor descripción del proyecto literario de Horacio Castellanos Moya: "Su humor ácido, similar a una película de Buster Keaton y a una bomba de relojería, amenaza la estabilidad hormonal de los imbéciles, quienes al leerlo sienten el irrefrenable deseo de colgar en la plaza pública al autor". Baile con serpientes será motivo de envidia para más de un narrador con mayor fama o éxito, pero finalmente menos dotado que el autor de esta novela espléndida.
Encontrado en: http://www.reforma.com/cultura/articulo/185786/default.htm