El asco

Por Miguel Huezo Mixco


Nuestra época tiene su libro, y su título. Se llama El asco. El libro ha sido escrito por uno de los autores más destacados y atrevidos de la literatura salvadoreña contemporánea. Su publicación en San Salvador (Ed. Arcoiris, 1998) coincidió con un escándalo financiero que permitió a los políticos y a los medios de comunicación -los grandes políticos de nuestro momento- degustar un festín de intrigas de enormes proporciones, que unos han seguido con indignación, y otros con asco.

Cinco años después del fin de la guerra civil, la construcción democrática en la que corajudamente se está empeñando esta sociedad, ha producido -para utilizar la frase de un catecismo en desuso- su propio sepulturero: el escepticismo. Y esta es la vara con la que Horacio Castellanos Moya (1957) mide los signos visibles de la "identidad" salvadoreña de fin de siglo.

Esta pequeña obra de 119 páginas linda entre la ficción y el libelo; con ella Castellanos se propone realizar una empresa de demolición cultural, recurriendo a la adopción del estilo y el humor de una de las figuras cimeras del arte de la exageración y el escepticismo: el austríaco Thomas Bernhard. Si en esta propuesta no hubiera referencias a gustos, hábitos, situaciones, hechos históricos y personajes bien conocidos, el libro bien podría pasar como otro "ejercicio de aprendizaje" en la ya prolija trayectoria de Castellanos como narrador. Es por ello precisamente que El asco -la más extrema de sus obras publicadas- se convierte en un documento provocador, pero que en definitiva (como en el caso de los libros autobiográficos del mismo Bernhard), es una ficción, como lo fueron en su momento sus narraciones ¿Qué signo es usted doña Bertha?, Con la congoja de la pasada tormenta y Baile con serpientes, para citar tres de sus trabajos.

El esquema narrativo de Castellanos es simple: Edgardo Vega vuelve de Canadá para asistir a los funerales de su madre en El Salvador. Antes de devolverse a Montreal, en una maratónica sesión, en un bar -escenario inevitable de la narrativa de Castellanos- Vega conversa con Moya, un ex compañero del Liceo.

En un monólogo de borracho depresivo, Vega refiere la manera en que su hermano le está disputando su parte del magro patrimonio dejado por la difunta y transmite sus impresiones sobre el país que ha encontrado después de 18 años de ausencia.

Vega es la quintaesencia de la pequeñez del país que aborrece. Es más, en muchos sentidos resulta ser un salvadoreño bastante típico, ya que su perorata es la condensación de las acusaciones recíprocas entre las manos derecha e izquierda de esta sociedad, entre pobres y pudientes, y hasta entre vecinos. Al cabo sabemos que Vega, aferrado a su pasaporte canadiense como a un salvavidas, tanto detesta su origen que se ha cambiado el nombre. Estas son las últimas líneas del relato: "Mi nombre es Thomas Bernhard", declara, "un nombre que tomé de un escritor austríaco al que admiro y que seguramente ni vos ni los demás simuladores de esta infame provincia conocen".

El libelo como una de las bellas artes

Castellanos Moya seguramente no será llevado a la picota, pero su alusión a las costumbres y la mentalidad nacionales ya ha despertado enconos. En este pequeño país, poseedor de un arraigado sentimiento aldeano, donde han surgido igual que un "Cantinflas salvadoreño" una "Selena salvadoreña", o lo que fuera, es fácil ser insultado simplemente por hablar en contra del equipo nacional de fútbol. Y no hace mucho, artistas afiliados a banderas progresistas hicieron causa contra un artista extranjero que pretendía erigir un monumento que, en palabras de un eximio Premio Nacional de Cultura, proponía un arte que "no entiende nuestro pueblo".

No es extraño entonces que el relato de Castellanos provoque animosidades por la manera en que se refiere a la cerveza salvadoreña -bebida "diarreica"- o a las pupusas -"repugnantes tortillas grasosas"-.

Pero los denuestos de Vega no son solamente contra el paladar salvadoreño, sino también contra prominentes figuras políticas, militares, la ex guerrilla, la Universidad, los clasemedieros de la colonia Escalón Norte, los artistas (Dalton y Salarrué), las empleadas domésticas, los motoristas de buses y hasta contra el autor mismo. Hay rocío para todos.

Naturalmente, las reacciones no se hicieron esperar. Acompañando a la irritación de cierta intelectualidad criolla que se niega a leer el libro como lo que es -literatura-, una voz anónima, a través de dos llamadas telefónicas, profirió amenazas a muerte contra el escritor. Esto es algo que debe decirse frente a quienes han visto en este hecho un burdo ardid publicitario. Castellanos no se encontraba en el país desde hacía casi dos semanas, y las amenazas fueron escuchadas por la madre del escritor. Creo que todos estaríamos de acuerdo en que esas amenazas bien podrían tomarse a la ligera, sino fuera por los antecedentes de intolerancia homicida que ha habido en este país.

Este hecho, a su vez, dio oportunidad para que otro connacional, periodista de buen apellido -Juan José Dalton, corresponsal de El país- fiel a aquel espíritu, hiciera un despacho a Madrid donde por un pelo no anunció el surgimiento del "Salman Rushdie salvadoreño". Este lamentable despacho confirmó en algunos lectores suspicaces la existencia de una maniobra publicitaria. Y alguno hasta ha involucrado en ella a "los mexicanos", quizá porque ellos serán los próximos rivales de la eliminatoria futbolística.

Pero no es allí hacia donde apunta la indudable habilidad narrativa de Horacio Castellanos; su blanco es otro: el austríaco Thomas Bernhard.

¿Quién es, pues, este Bernhard, el gran personaje de este libro que o se lee de un tirón o mejor se arroja por la ventana?

Bernhard en el país de Pulgarcito

Para mí era fácil pensar que casi cualquier mortal podía sentirse a gusto viviendo en Austria (en Viena con sus terrazas y cafés, en Salzburgo con su ambiente de gran ópera, o en Grinzing, el Montmartre vienés, como se suele escuchar o leer..). Pero para Bernhard no fue así.

Conocí mi primer libro de Bernhard bastante tarde, apenas en abril de 1992, en Madrid. Yo había tenido una larga charla con el cineasta Pablo Valiente, hablándole de las desventuras de vivir en un país como el mío. "¿Has leído a Bernhard?", me atajó. "Consuélate, mira lo que dice de Austria este tipo", me dijo. Y agregó: "yo casi podría decir lo mismo de mi España". Fue a su biblioteca y me sacó una torre de libros del señor Thomas Bernhard. Me regaló Un niño, el último de los libros de su ciclo de novelas autobiográficas.

No quiero pasar como un simulador, así que confesaré que he leído únicamente otras dos de sus obras: Hormigón -presa de la asfixia, me salté páginas enteras- y El sobrino de Wittgenstein, que leí de un golpe, y más recientemente Thomas Bernhard. Una biografía (Siruela, Madrid, 1996), escrita por su traductor al castellano, Miguel Sáenz.

Bernhard pasó la mayor parte de su vida enfermo, primero de pleuresía, luego de terribles trastornos renales, y murió atacado por el sarcoidosis; no se desposó y prefería tener sus aventuras sentimentales con mujeres bien casadas; al menos 25 obras suyas, entre poemas, novelas y piezas de teatro, han sido traducidas al español (la inmensa mayoría de todas realizadas por Sáenz); y la lista de libros y artículos escritos sobre él exigirían un volumen completo. Aunque su origen fue más o menos modesto, de acuerdo con su biógrafo a este fetichista de los zapatos italianos y el champán le hubiera gustado nacer en el seno de la familia de los Wittgenstein, a la cual perteneció su admirado Ludwig Wittgenstein, "amantes de los yates y los coches de carrera, y retratados por Gustav Klimt".

Pese a que su carrera estuvo marcada por procesos, polémicas ácidas y prohibiciones legales, Bernhard fue uno de los autores más premiados de la literatura de su país. Alguna vez aquellos escándalos fueron vistos más bien como una cortina de humo. "Lo que el Estado necesita es el escándalo (...) Desvía la atención de todas las cuestiones que, en realidad, habría que plantear en Austria", dijo el dramaturgo Heiner Müller.

No tengo idea de cómo debe sentirse un austríaco luego de leer los libros de Bernhard, pero no me sorprende que por una de esas paradojas de la vida, este "maldito" haya pasado a ser no sólo un objeto de culto sino el escritor nacional austríaco.

Baile de máscaras

Algunos de los tópicos berhnardianos se encuentran recogidos en el relato de Castellanos. La fobia de Bernhard contra el internado fascista al que se le envió a los trece años tiene en El asco su equivalente en el Liceo marista; la temática del suicidio como una suerte de "deporte favorito" de los austríacos podría tener su equivalente en la propensión al homicidio, cuyo arraigo en la cultura salvadoreña es uno de los temas en los que más bombea Castellanos.

Otros temas tales como la repulsión al país natal, a la Iglesia, a los médicos y la familia, así como la lealtad debida a los amigos, bien podrían soportar el examen de un experto como tópicos de estirpe bernhardiana presentes en la parodia de Castellanos.

Probablemente así lo percibió Miguel Sáenz, quien conoció El asco antes de ser publicado, y en su magnífica biografía menciona el libro como prueba, la primera registrada por él, de la influencia del austríaco en Hispanoamérica.

El asco recoge también, como es natural, recurrencias propias de la obra de Castellanos. El exilio, la fuga, es uno de los más reiterados. Esta vez, el protagonista sólo vuelve al país tras la muerte de su madre. Su magro patrimonio, como una caricatura del país mismo, es disputado ferozmente entre sus hijos. Tras el desaparecimiento de ella, nada le ata a esta tierra. Y Vega, antes que morir anegado en su propio vómito, dispone huir de El Salvador y volver a Norteamérica a toda prisa, para nunca más volver.

En El asco aparecen también la capital salvadoreña convertida en "una versión grotesca, enana y estúpida de Los Angeles", y los salvadoreños en unos seres "brutos y abyectos". Una ciudad, dice, que "tiene todas las miserias y cochinadas de las grandes ciudades y ninguna de sus virtudes".

A menos que se piense que al país sólo se le debe amar con el inflamado espíritu de un jefe de barra, en definitiva, el gran gesto trazado por la narración parece ser éste: la identidad vive en algo diferente a los lugares comunes de la salvadoreñidad; en el asco, por ejemplo.

Pero asumir asco ante una época de hipnosis y orfandad espiritual supone asumir un postulado: la literatura no tiene por qué ser solamente una respuesta realista o una sublimación esencialista de la vida; en ella todo puede ser todavía peor.

Castellanos ejecuta un juego de enmascaramientos y suplantaciones. Digamos, a falta de mejor imagen, que es un conjunto de planos revelados de un golpe vista, pero que igual son suceptibles de ser examinados dentro del tiempo de la narración, que es en donde existen las diversas entidades creadas por el juego del escritor.

La primera de ellas es la entidad Vega-Bernhard: "Mi nombre es Thomas Bernhard...", dice Vega.

Pero esta entidad, que sólo se descubre hasta los últimos renglones de la obra, es borrada por una afirmación que ha sido revelada en el inicio del libro: Edgardo Vega, dice, existe, sí, pero bajo un nombre "que tampoco es Thomas Bernhard".

Resulta entonces que esa entidad es sólo el enmascaramiento de otra: la del personaje Moya y el personaje Bernhard. Es Moya quien otorga a Vega una personalidad y una verbalización que éste no tiene, la de Bernhard.

Moya, un parroquiano de La lumbre, nacido en Tegucigalpa, pareciera ser el verdadero narrador que reproduce la extensa diatriba de Vega. Bernhard podría ser sólo una coartada para enmascarar el asco de Moya, educado por maristas, que escribe "cuentitos famélicos" y anochece en una barra, ahogándose en la atmósfera de una aldea centroamericana.

Pero Moya apenas tiene voz: adopta la de Bernhard. Moya es sólo un pretexto, igual que Vega y los salvadoreños, y las tonterías y pequeñeces de los salvadoreños. Entonces, ¿quién habla, quién ofende a los que se ofenden y provoca a quienes se sienten provocados? Se dice en el subtítulo del libro: Thomas Bernhard en San Salvador. La ficción es completa: "El asco", esta obra que abofetea tanto como aturde, se refiere a la estancia en San Salvador de un caballero austríaco repulsivo, intrigante y aguafiestas llamado Thomas Bernhard, que murió el 12 de febrero de 1989, y que yace en el cementerio de Grinzing, en Austria, lejos, muy lejos de aquí.

(1998)


Encontrado en: http://www.literateworld.com/spanish/2002/escritormes/oct/w01/box11.html