La diabla en el espejo
Por Miguel Huezo Mixco
Se ha publicado hace unas semanas en España "La diabla en el espejo" (Ediciones Linteo), la más reciente novela del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya. En el ambiente madrileño, donde semanalmente se ofrecen decenas de novedades literarias, la novela se ha abierto paso en un pulso difícil. Primero, porque la colección de narrativa de Linteo es de muy reciente creación y no tiene nada que ver con las mega empresas editoriales que acaparan la atención de las revistas culturales. Con todo, el libro ha sido cuidadosamente editado: buen papel y tipografía, pasta dura y un agradable diseño de cubierta, que no tienen nada que envidiar a las mejores editoriales
Segundo, porque siendo esta la primera novela que Castellanos Moya presenta en España, su lanzamiento no gozó de los beneficios de tener "un nombre". No tuvo "padrinos". La obra se bastó a sí misma para abrirse un lugar y ha sido bien comentada en algunos de los principales suplementos culturales españoles, en Madrid y Barcelona. No todos los días se publica una novela centroamericana al otro lado del mar que consiga, como esta, desplegar calidad y sorpresas.
"La diabla en el espejo", la tercera novela y el noveno libro en la trayectoria de Castellanos, comenzó a escribirse en San Salvador después de la publicación de "El asco" (1997), una breve y demoledora confesión de las frustraciones de un emigrado que retorna a su patria. "El asco" despertó enconadas controversias en El Salvador. Pero cuando las diatribas comenzaron, el novelista se encontraba bastante lejos.
Nuevamente, con su novela bajo el brazo, Castellanos optó por expatriarse de manera voluntaria del país del que ya se había largado por vez primera poco antes de que iniciara la guerra civil. "La diabla..." se fue escribiendo en Guatemala, Ginebra, Barcelona y Madrid, en medio de un periplo vital que lo llevó a arriesgar el todo por el todo. En ese lapso, Castellanos escribió al menos tres libros (dos novelas y un libro de narraciones). "La diabla" es el primero de ellos que mira la luz. Tras dos años de trashumancia europea, Castellanos Moya reside ahora en la ciudad de México ejerciendo el periodismo.
En "La diabla" vuelve sobre uno de sus temas predilectos: el poder de esas pasiones capaces de trastornar una existencia y llevarla a los abismos donde lo trivial se engrasa con lo atroz. La trama de la obra parece simple: un buen día un matón a sueldo entra a la casa de Olga María Trabanino y le asesta uno, dos disparos en la cabeza. El crimen de esa mujer, madre de dos niñas y casada con un próspero empresario, tiene todas las características de una ejecución sumaria. La novela comienza con el espanto. Sus amistades están en el velorio y el cadáver tarda en aparecer. Entonces comienzan los chismes.
La historia está contada desde un único punto de vista: el de su íntima amiga, Laura Rivera. En una serie de episodios Laura nos va revelando y a su vez descubriendo, con sorpresas no siempre gratas, la otra vida de aquella ama de casa infeliz, que primero se enredó sentimentalmente con un socio de su marido, luego con un fotógrafo, después con un prominente empresario y político y, finalmente, con el propio esposo de Laura.
A medida que Laura comienza a desmadejar la historia, las hipótesis en torno al crimen apuntan en las más variadas direcciones. No es una novela de corte policíaco, como alguno ha sugerido. Tratándose de un asesinato y de una pesquisa, existe, desde luego, una intriga con presencia de detectives. Pero la trama no tiene solución, no hay un desenlace policial donde el enigma se resuelva; los personajes parecen más bien lanzados al caos de sus vidas y a ese mundo en el que bracean con desesperación, el mundo de Olga María y Laura, dominado por el cinismo y el cálculo.
El libro no tiene una pizca de solemnidad. Está escrito con sentido del humor. Los prejuicios sociales de la personaje-narradora resultan tan reales y tan cercanos que provocan risa. Su voz contiene tal variedad de registros, inflexiones, quiebres, comentarios, exclamaciones, gritos, insultos y reproches, que bien podría decirse que se trata de una personaje delineada y construida a partir de su lengua. Y es que en esta novela, como en toda buena novela, el lenguaje adquiere estatura protagónica. Para hacer con el lenguaje lo que Castellanos ha hecho, llevando lo coloquial de lo melódico a lo estridente, se requiere de mucho oído. Naturalmente, los cultores del buen gusto pensarán que se trata de una exageración y hasta podrán sentirse agraviados por la manera dura y a veces insolente con que se ventilan la moral y las costumbres de la sociedad salvadoreña.
La técnica narrativa es impecable. Y el recurso parece frívolo. La historia es un "chisme", una gigantesca hipérbole en la que Laura cuenta lo que sabe, lo que le dicen y lo que se imagina. Pero, insisto, los registros de ese monólogo ante a una interlocutora invisible, que jamás pronuncia palabra, ya sea en una iglesia, en la mesa de un café o en el teléfono, dotan a la narración de una intensidad y un vértigo que empuja al lector hasta el final.
La sociedad salvadoreña de finales de siglo ya tiene uno de sus grandes retratistas. Horacio Castellanos Moya, a lo largo de su obra ha construído un cosmos de personajes pegados a las costuras más gruesas del tejido de una sociedad que es como cualquiera otra sociedad latinoamericana.
Periodistas, empleadas de cafetería, maridos y esposas engañadas, borrachos, prostitutas y meseros, detectives, emigrados, políticos y militantes revolucionarios, todos ellos son tocados en sus perfiles cómicos y trágicos, hurgados en sus vicios secretos, en sus fantasías sexuales, pero sobre todo en la irremplazable necesidad que a todos agobia: tener a la mano algo, un pedazo de papel, una frasco de somníferos, un vaso lleno o un cuerpo que nos salven de la desesperanza.
A diferencia de los narradores que dominaron la escena literaria en El Salvador y Centroamérica desde los años 60, Castellanos no se permite el sentimentalismo, ni siquiera con los más humildes. Sus personajes exhiben, tarde o temprano, un rictus que delata hipocresía. Su imaginación es extremista porque los personajes casi sólo pueden librarse de su mundo a través de la tragedia, y el fracaso suele ser el desenlace esperado. La ciudad es el infierno de los pequeño burgueses y los buscavidas, pero también de los niños-bien y las señoras encopetadas. La familia y el matrimonio son una trampa, el afecto una impostura y el amor siempre proyecta su sombra, la del engaño. En su mundo no hay consuelo. Quizá el único sea la huída.
Encontrado en: http://www.literateworld.com/spanish/2002/escritormes/oct/w01/box10.html