Perfil de un prófugo
Por Miguel Huezo Mixco
Hoy por hoy, los
narradores más interesantes de El Salvador se encuentran en el
extranjero. Y entre todos ellos, el que ha probado tener no sólo un
estilo y una herramienta lingüística afilada como una podadora, sino
también un mundo propio poblado de terribles seres parecidos a él y
a la vida misma, es Horacio Castellanos Moya.
¿Dónde se halla este escritor? Es difícil ubicarlo. Este 16 de
febrero ha viajado por tren de Madrid a Ginebra, la misma ciudad por
donde Dostoievsky pasó hace poco más de ciento treinta años con el
alma hecha una ruleta. En el último año, Castellanos Moya ha estado
viviendo entre Barcelona y Madrid intentando abrirse un hueco donde
ponerse a escribir. Y antes estuvo en Guatemala, trabajando; y también,
de paso, en San Salvador, la ciudad a la que no quiere volver a menos
que sea irremediable.
Este itinerario ayuda a delinear el perfil que Castellanos bocetó con
la publicación en 1987 de su segundo libro de narraciones escrito en
la ciudad de México titulado Perfil de prófugo. En ese
momento Castellanos estaba descreído de la política y de las ideologías,
como de casi todo, cultivaba un perfil mordaz y afilaba sus cuchillos
en el difícil arte de la literatura.
Salió de El Salvador a Canadá en 1979. En los siguientes tres años,
de Canadá pasó a Tegucigalpa, luego a San José, la capital
costarricense, y finalmente a la ciudad de México. Su primera novela,
La diáspora, relata algo de lo que él mismo vivió en el
esquizofrénico mundo de los revolucionarios centroamericanos en la
ciudad de México. Su novela ganó un premio y fue publicada, pero la
afrenta hizo ruido y Castellanos ganó afectos y desafectos. A la
larga, lo más importante fue el hecho de que con esta novela
Castellanos Moya se constituyó en uno de las afluentes indiscutibles
de la estética extrema de aquellos años, no tanto por su temática
como por su lenguaje y estilo.
Horacio Castellanos ha escrito algunos de sus libros a la manera de
algunos autores. Dos son fácilmente distinguibles: el checo Milán
Kundera, en La diáspora, y el austríaco Thomas Bernhard, en El
asco, que se ha convertido desde hace un año en uno de los más
leídos de El Salvador y creo que en uno de los peor tratados en la
prensa salvadoreña en los últimos tiempos. La demoledora imagen que
presenta de la cultura salvadoreña vista desde los ojos de un
emigrado, ha lacerado transversalmente la estereotipada imagen de la
identidad nacional, al punto que tras la publicación del libro
Castellanos recibió amenazas a muerte, un hecho grave pero no
infrecuente en la matonería que impera en la sociedad salvadoreña,
donde hasta las contrariedades del tráfico se allanan pistola en
mano.
A sus 42 años Castellanos Moya ha construido un mundillo de
personajes extraídos de la polucionada jalea de las ciudades
latinoamericanas, una picaresca urbana salpicada de violencia, con raíces
en el género negro. Hasta 1997 ha publicado siete libros, ente
novelas y relatos, que en conjunto transmiten un clima, un lenguaje, y
revelan el surgimiento de una personalidad con voz y carácter
propios. La mayor de sus deudas, menos evidente por ser más profunda,
es sin duda con el uruguayo Juan Carlos Onetti. Pero como todo
escritor que se respeta, sabe que el problema no es tener influencias
sino saber escoger las de mayor calidad.
Lector voraz, usualmente bien informado, sus intereses van desde la
narrativa contemporánea -con predilección por algunos autores
norteamericanos (Carver, Pynchon, Brodkey, Auster) y centroeuropeos (Canetti,
Roth, Broch y Walser)-, a la literatura clásica, biografías,
historia y filosofía. Su biblioteca, fragmentada en las ciudades de
San Salvador, México y Madrid, es la de un hombre cultivado y
curioso.
Visto desde la mesa de al lado, Castellanos Moya luce como un fanfarrón.
Primero porque esta suele ser virtud de bebedores, y Horacio lo es.
Pero su fanfarronería proviene más bien de su elocuencia y su
prodigiosa memoria para los nombres y los detalles, más que de la
jactancia. Su personaje favorito sigue siendo un prófugo sin asidero
a suelo o bandera alguna, capaz de pontificar desde una barra.
En esta su pelea personal donde se mezclan el deseo de reconocimiento
con la bien fundada convicción de que su trabajo necesita acceder a más
lectores y a una crítica más exigente, Castellanos Moya paga sus huidas
y los costos de una vida errante, con el trabajo de su pluma, viviendo
al centavo. Desde 1994, cuando comenzó un nuevo ciclo de
trashumancia, sus posesiones se reducen a una maleta siempre a medio
hacer, a la pila de libros que está leyendo, papeles, disquetes, y la
terca certeza de que es mejor andarse buscando la vida lejos antes que
volver al provincianismo de insípidas vanidades donde, sin embargo,
nació como escritor y donde por ahora, en ninguna parte del mundo
como aquí, se le reconoce, se le respeta y se le odia, como debe ser.
Cuando el próximo mes de abril algunos de los escritores
centroamericanos más importantes concurran a un encuentro con círculos
académicos de los Estados Unidos, Castellanos Moya será uno de los
grandes ausentes. Aunque fue invitado a las mesas y conferencias que
tendrán lugar en las ciudades de Los Angeles y Tempe, sus propias
prioridades lo obligan a mantener el ancla echada en la remota
Basilea, en la casa de su hermano, talvez hasta la Primavera, de donde
volverá a España, nunca sabe por cuánto tiempo, empecinado como un
jugador. Sólo deseo que este escritor de pura sangre que ya tiene un
nombre y un prestigio de fugitivo irredimible, se entere de lo
importante de su testimonio antes de sucumbir a los esplendores del éxito,
que a lo mejor han de llegarle, y de una manera que quizás él mismo
no se espera.
(San Salvador, 2000)
Encontrado en: http://www.literateworld.com/spanish/2002/escritormes/oct/w01/box9.html
El narrador, ensayista y periodista salvadoreño
Horacio Castellanos Moya estudió Letras en la Universidad de El Salvador e
Historia en la York University, en Toronto, Canadá. Ha ocupado los cargos de
subdirector de la revista Tendencias y de director del semanario Primera
Plana.
Castellanos es autor de otras tres novelas, La
diáspora, que mereció el Premio Nacional convocado por la Universidad
Centroamericana en 1988, Baile con serpientes y La diabla en el
espejo y es coautor de los libros El Salvador: Testigos de la guerra y
El Salvador: Balance de la guerra.
En México, Castellanos ha sido editor de la
revista Voices of México y editor político de la Agencia
Latinoamericana de Servicios Especiales de Información. Ha sido articulista
de la sección internacional de la revista Proceso, de la sección
editorial de La Opinión de Los Ángeles, California; de la sección
internacional de El Día y de la sección cultural de Excélsior.
(Encontrado en CNN
en español)