Si la literatura fuese redactar, otro gallo nos cantaría

Francisco Arvizu Hugues


Tránsito de un sujeto al quien solamente conocemos como "Robocop", exsargento, militar con tres meses de indemnización en la bolsa y sus un metro con noventa centímetros de alzada; su oficio, matar. Su mandato, sobrevivir por la muerte de los demás; consigna e ideario (para el narrador en primera persona, el propio "Robocop", los débiles no deben seguir en pie).

Conflicto en las escasas páginas de esta reciente novela del salvadoreño Horacio Castellanos Moya (1957), por ahora dedicado al perioodismo en un semanario nacional; ensayista, autor de El asco. Thomas Bernhard en El Salvador, y de ediciones de relatos como El gran masturbador (1993), Perfil de prófugo (1987), ¿Qué signo es usted, niña Bertha? (1981), Con la congoja de la pasada tormenta (1995), y de la novela La diabla en el espejo (2000), en donde ya tiene un papel el "Robocop", desplegado ahora en una reconcentración de protagonismo, el que va de la mano del poder y el exterminio, sin rostro definido; ahí da igual, los idearios constituyen meros pseudoproblemas o trabas, casi, para ser fiel a la violencia, gratuita e insolente. Rastros en la hoja impresa de la "confesión" sin fin que es El arma en el hombre.

Novela no de picaresca, pese los delineamientos de pícaro del "Robocop", bien escrita, inclusive demasiado bien redactada, sufre por un detalle "olvidado": la inconsistencia del "Robocop" como personaje-narrador. Increíble no por sus acciones -a final de cuentas, entidad asible dentro y fuera de las luchas centroamericanas, del lado de "la ley" y en el bando contrario, con su viceversa-, sino por la carencia de un habla sólida, verosímil y recreativa de esos substratos de la demolición violenta (el militar, el policía, el cómplice de narcotraficantes, el mercenario) que son esos hombre entrenados para matar, suptipos de héroes de la acción ficcionada del cine y de la mitologización de una sociedad armada contra el enemigo, cualquier enemigo. No, ese testimonio del "Robocop" se nos aparece bajo la vestidura de un monótono informe burocrático, bastante pensado (absurdo que un escolarizado medio, como el personaje de marras, se exprese con "sendas armas", en su acepción correcta, o hable de treguas como "ceses de fuego": captamos un informante culto, antes que a un sicario sin oficio ni beneficio) y pobre en sorpresas, todo se da desenvuelto con antelación. El final "abierto" evidencia la marca de la narrativa del cine de misterio "clase B": el engendro sigue vivo, aunque por ahora no vale la pena contarlo.

A la distancia de ese retrato vital, rico e intempestivo del protagonista de Un asesino solitario (México, Tusquets, 1999), de Elmer Mendoza, las alocuciones planas, sin relieves, del "Robocop" suenan a inermidad en el terreno infértil de la confesión novelada y la recomposición de un univereso que nada más por briznas debiera asemejarse a la realidad de las notas periodísticas, de artículos de fondo sobre la problemática política internacional, del reportaje televisivo y de la información "en línea".

Horacio Castellanos Moya. El arma en el hombre. México: Tusquets, 2001, 132 páginas.

El Informador, 11 de febrero de 2001

 

Encontrado en: http://www.informador.com.mx/lastest/2001/Febrero/11feb2001/11ar02b.htm