Tonto y feo

Por Horacio Castellanos Moya


-El último trago -se lamentó Salomón. Abrió la ventanilla, hizo crujir la lata vacía y se aprestaba a lanzarla al borde de la carretera.

-No seás animal -le advirtió Fernanda, al tiempo que lo tomaba del brazo.

La tarde caía gris, lluviosa. Ella conducía el pequeño Fiat a una velocidad temeraria; él iba a su lado, impasible.

-Necesito que te detengás en la primera tienda que encontremos -dijo Salomón e hizo crujir nuevamente la lata entre sus manos.

-No hagás ese ruido, por favor -le pidió Fernanda.

-¿Qué ruido? -preguntó él, haciendo crujir por tercera vez la lata.

Fernanda volteó a verlo, furiosa.

-¡Detené el auto! -exclamó Salomón-. Ahí hay una tienda.

Ella mantuvo la misma velocidad.

-¿Para qué querés que me detenga?

-Necesito comprar cerveza -dijo Salomón. Y señaló la tienda que pronto quedó a su espalda.

-No me pienso detener hasta que lleguemos la ciudad -sentenció Fernanda, terminante.

Él volvió a hacer crujir la lata; esa cerveza la había comprado en la frontera, y cuando menos faltaba una larga hora para que llegaran a la ciudad.

-¿Y qué te creés: que me vas a llevar en seco el trayecto que queda?

-Ya te lo dije: no me pienso detener...

-¿Por qué? ¿Con qué derecho?

Fernanda no le contestó; concentrada en la carretera, sus manos sobre el volante, tensionó su mandíbula ante un nuevo crujido de la lata.

-¡Vas a dejar de hacer ese ruido de una vez por todas!...

-Necesito una cerveza...

-No te parece que ya tomaste suficiente... -le reprochó ella.

-No.

El auto voló al culminar una pendiente. Ella no disminuyó la velocidad.

-No tuviste ni la decencia de telefonear para decir que no asistirías a la reunión -dijo ella-. Si lo saben en la junta directiva, estás frito.

Salomón se arrellanó en su asiento, apretó con fruición por última vez la lata y la puso en el piso del auto. Sintió una tremenda pereza de seguir insistiendo para que Fernanda detuviera la marcha; la sabía necia, mandona, y el auto era de ella: se resignó ante la idea de que no bebería otra cerveza hasta llegar a la ciudad.

-Vos te inventaste este viaje, no yo -dijo él.

Ella volteó a verlo, incrédula. Iba a estallar, colérica, pero un autobús a paso lento desvió su atención.

-Venimos representando a la junta directiva para establecer relaciones con una empresa hermana...

-No seás mentirosa -la interrumpió Salomón-. Esa es la excusa que te inventaste. Venimos a pasar nuestra primera noche juntos, pero yo me encontré con mis amigos en ese bar, me emborraché y me cagué en la lunita de miel que habías preparado...

Eso había sucedido la noche anterior: él se había ido a la casa de un amigo a seguir la parranda, no regresó a dormir al hotel, se quedó en un sofá extraño y resucitó hasta el mediodía, crudísimo, cuando ya la reunión de trabajo había terminado con la sola presencia de Fernanda y los dos representantes de la empresa hermana.

-Sos tonto, Salomón -dijo ella, con amargura-. Tonto y feo.

Volteó a verla.

-Más tonto es tu marido -masculló.

Ella hizo una peligrosa maniobra para rebasar a un tráiler. Comenzaba a oscurecer. Por la peristente lluvia, la visibilidad era a veces escasa, pese a que los limpiaparabrisas trabajaban a toda marcha.

-En esta carretera se mató un médico al que yo conocía -comentó Salomón-. Quedó untado: hubo que remolcar su auto hasta la ciudad para que lograran desprender su cadáver. Era un loco; manejaba igual que vos. Ella no se dio por aludida. Abrió la cajuela del tablero, sacó un kleennex y empezó a lampiar el parabrisas.

-¿Querés que te ayude? -preguntó él.

Fernanda siguió limpiando, sin responderle.

-Es grasa. Y está por fuera. De nada sirve lo que estás haciendo -agregó Salomón.

Ella persistió en su empeño, pero el parabrisas quedó igual, con una mancha tenue que resaltaba ante las luces de los autos que venían en sentido contrario.

-¿Y siempre sos así? -preguntó ella, como si se refiriera a una vergonzosa tara.

Salomón ahora iba atento a la carretera, lúcido; la resaca la había dormido durante el trayecto hasta llegar a la frontera.

-Tenemos tres meses de trabajar juntos -dijo él-. Ya deberías conocerme.

-Es que nunca imaginé que fueras tan tonto y tan feo... -lo masculló con otro énfasis, cruel, con regocijo.

Ahora ella era menos distinguible en la penumbra, pero Salomón recordó las cerdas en el lunar de la barbilla, los pechos caídos, las piernas flacas, de una palidez sepulcral y el rasurado horrible. ¿Cómo se le había ocurrido que alguna vez podría acostarse con semejante cosa? -Hoy a mediodía, una vez que me había levantado, contemplando el lindo patio de la casa de mi amigo, tuve una sensación extrañísima -dijo él-. Nunca me había sucedido. Era una percepción clarísima de que la vida se me estaba yendo, que mi energía vital escapaba por un agujero en mi pecho, como cuando uno deja un grifo abierto o más bien como si un fluido etéreo me abandonara lenta pero persistentemente. ¿Has tenido una sensación parecida?

Fernada lo miró con desprecio, y dijo:

-Yo no soy borracha. No sufro esas resacas.

Otro auto los deslumbró con las luces altas.

Salomón perdió su vista en la profunda oscuridad más allá de la carretera. Deseó estar solo. Era inútil, sin sentido, el intercambio de palabras con esa mujer; decidió guardar silencio hasta llegar a la ciudad, hasta que consiguiera la próxima cerveza.

Pero Fernanda insistió:

-¿Qué vas a hacer cuando el director sepa que no fuiste a la reunión?

Salomón apenas alzó los hombros, sin decir nada, ausente.

De pronto ella frenó; había un atascamiento. Los autos avanzaban a vuelta de rueda.

-Debe ser algún accidente, a causa de este aguacero -comentó Fernanda. Y en efecto dos autos había chocado estrepitosamente. Ya estaban a un lado de la carretera, pero aún había grúas, policías y curiosos.

-Qué horrible -dijo ella-. Ojalá no se haya matado nadie.

Salomón iba con las manos entrelazadas en su regazo, contemplativo; vio los autos colisionados, sin curiosidad, con la misma ausencia.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué vas tan callado? -preguntó Fernanda, mientras aceleraba para retomar su velocidad de crucero.

Él se concentró en ese largo muro repellado de cal, resguardado con garitones y alambradas, que cercaba al cuartel de artillería.

-Vas preocupado, ¿verdad? Los dos ejecutivos con los que me reuní hablarán con el director y le comentarán sobre tu inasistencia. Y cuando él me pregunte yo le diré que no fuiste porque en la noche te pusiste una tremenda borrachera...

Salomón vio que, al otro lado de la carretera, bajo potente reflectores, contingentes de obreros trabajaban en la construcción de lo que se anunciaba como un nuevo parque industrial.

Fernanda volteaba a verlo, con insistencia, inquisidora.

-No te preocupés -dijo ella finalmente, en tono conciliador, como si nada más hubiera estado bromeando-. Es mentira. Alguna justificación me inventaré para contarle al director: que te enfermaste, que la cena te cayó mal...

Y en seguida posó su mano sobre la de Salomón, con ganas de acariciar, de demostrar que ya lo había perdonado, que habría otra oportunidad para que pasaran una noche juntos.

La lluvia había menguado.

Salomón liberó su mano para señalar los limpiaparabrisas que rechinaban sobre el vidrio. Fernanda se aferró de nuevo al volante, volteó a verlo con los ojos entrecerrados y apretó la mandíbula. Luego apagó los limpiaparabrisas.

En ese trecho, la carretera se convertía en una autopista de cuatro carriles, bordeada de viejos e imponentes conacastes, recta, propicia para el delirio y la contundencia.

-Tenés que estar muy mal del espíritu para ponerte semejantes borracheras -dijo ella, con sorna.

Él observaba las sombras de formas inusitadas que arrojaban los conacastes sobre la carretera.

-¿Qué te pasa? ¿Por qué no queres hablar? -preguntó ella ahora un tanto desconcertada.

Fue en ese instante cuando el cielo se iluminó de súbito, con una luz blanca, cegadora, y en seguida se escuchó un tremendo bramido, como de un contingente de turbinas que pasara a una velocidad increíble rozando la capota del Fiat. Fernanda perdió el control: el auto patinó, dio tres trompos y quedó en el acotamiento de la carretera, en el mismo sentido en que venía, con el motor apagado.

-¿Qué fue eso?... -alcanzó a balbucear ella: sufría un temblor incontrolable.

Salomón permanecía atónito, asido con las dos manos a la agarradera que pendía del techo del auto.

-¡Salomón!, ¡¿qué fue eso?! -gritó ella, histérica, aferrada al volante. Él abrió desmesuradamente los ojos, sin soltarse de la agarradera. Le dijo que encendiera el motor y continuaran la marcha.

Dos autos pasaron, a gran velocidad.

Fernanda trató de encender el motor, pero éste no respondía.

-Lo que nos faltaba -balbuceó ella. Aún le temblaba la mano; presionó el acelerador con desesperación.

-No lo vayás a ahogar -dijo él.

Pero al fin el motor respondió. Volvieron a la carretera. -Sonó como un avión -musitó ella.

Conducía a baja velocidad, en el carril derecho, como si temiera una nueva aparición.

-Los aviones no despiden esa luz -comentó Salomón.

Ambos miraban recelosamente hacia el cielo, una y otra vez, pero nada más encontraban oscuridad entre las ramas de los conacastes.

-¿Habrá sido un platillo volador? -se preguntó ella.

-Lástima que no se detuvo para llevarte -dijo Salomón, acremente, porque se dio cuenta que había roto su propósito de no hablar más con esa mujer.

-No te la llevés de chistoso -reclamó Fernanda-. Lo que nos acaba de suceder es algo serio; debe tener alguna explicación.

Llegaron al entronque donde la carretera empezaba a subir hacia la ciudad, donde el tráfico se hacía un poco denso.

Salomón fue el primero que percibió el resplandor, al fondo, sobre el filo de la montaña, como si al otro lado la ciudad estuviera en llamas.

-Mirá -dijo, señalando.

Pero el resplandor no era de fuego, sino la misma luz que los había sorprendido a media carretera.

-No puede ser -masculló Fernanda, bajando aún más la velocidad. El resplandor iba creciendo, rápidamente, convirtiéndose en una luz que ya iluminaba la mitad del cielo, y se acercaba a ellos, indetenible, cegador como bombillo en el rostro.

Todos los autos disminuyeron la velocidad, avanzaban a vuelta de rueda, hasta que se detuvieron del todo. Fue cuando el torrente de luz los alcanzó y el cielo quedó blanco, deslumbrante.

Fernanda permaneció apoyada en el volante, con la boca abierta. Salomón volteó a ver a la pareja que se conducía en el auto de al lado: estaban igual de aterrorizados, estupefactos.

Entonces, aquel rugido de turbinas que ellos ya conocían, fue invadiendo como tromba al cielo luminoso. Y pasó, arrasador, dejando tras de sí un silencio intimidante.

Pero ahora esa luz persistía.

Salomón abrió la puerta del auto; salió, cuidadosamente: intentó mirar hacia el cielo, descubrir algo, pero la luz era hiriente, insoportable. El conductor del auto de adelante también salió, boquiabierto. Y en seguida la gente, con sorpresa y aflicción, fue saliendo cautelosamente de los demás autos, la mayoría usando la mano como visera para protegerse del reflejo.

-¿Qué está pasando? -preguntó el conductor de junto.

Salomón sólo movió la cabeza, de un lado a otro, con un gesto de ignorancia. Luego entró de nuevo al auto. Fernanda permanecía en la misma posición, paralizada.

-¡Decime que estoy soñando, por favor!... -suplicó, sin moverse. Salomón encendió el radio, giró la perilla, en busca de alguna emisora, pero en todo el dial sonaba la misma señal de interferencia. -No estamos soñando -dijo él-. Ojalá así fuera. Mi reloj dice que en este momento son las siete y treinta y dos minutos de la noche del miércoles 9 de agosto de 1995.

Afuera, el pavor había cundido entre la gente, pero en vez de proferir exclamaciones y gritos, cada quien fue entrando a su auto, humildemente, apabullado por la densidad del silencio, por la luz inexplicable.

-Es el fin del mundo -murmuró Fernanda.

Los autos comenzaron a avanzar, despacio, de manera ordenada, en caravana. Los conductores se echaban una que otra ojeada, como fieles en un rito desconocido.

Salomón intentaba escudriñar más allá de la maleza que bordeaba la carretera.

-Quizás en este instante está teniendo lugar la guerra nuclear y por eso el cielo se ha iluminado -balbuceó Fernanda, como si de pronto hubiera descubierto la verdadera causa de esa luz.

La caravana avanzaba a velocidad creciente. Los conductores se estaban acostumbrando al resplandor e iban urgidos por llegar a sus hogares. -Pronto estaremos en la ciudad -dijo ella-. Mi pobre chiquillo ha de estar asustadísimo.

Salomón recapacitó en que, pese a la potente luz, no hacía más calor, sino que, por el contrario, había enfriado notablemente.

-A lo mejor estamos en el ojo de algo así como un huracán -dijo Salomón-, por el silencio y por lo helado.

Ella lo volteó a ver con gesto de desaprobación, de desencanto: -Sos tonto -masculló-. Esto no tiene nada que ver con un huracán. Por segunda vez Salomón se prometió que no hablaría más con ella, pasara lo que pasara. Y deseó como nunca beber una cerveza.

Un letrero indicaba que estaban a veinte kilómetros de la ciudad. A medida que avanzaban, la gente estaba fuera de sus casas, al borde de la carretera, asustada, intentando ver hacia el cielo; uno que otro grupo, de hinojos, rezaba.

-Me tenés que acompañar a casa -dijo Fernanda-. Tengo miedo de llegar sola.

Al entrar a la ciudad constataron que los semáfros no funcionaban. Pero no había caos vial, sino que los conductores se cedían el paso respetuosamente, como si temieran que cualquier agresividad pudiera ser castigada de forma desconocida en el acto. El apartamento de Salomón estaba ubicado a pocas cuadras de la vía principal por la que transitaban. No la acompañaría a su casa, sino que en el próximo cruce se bajaría del auto, caminaría hacia el apartamento, se detendría en la tienda de don Pancho a comprar un six de cervezas y luego se encerraría a beber, sin que nadie lo molestara, porque por suerte él vivía solo. Y así lo hizo.

-¿Qué pasa? -exclamó Fernanda cuando él abría la puerta; quiso asirlo del brazo, pero Salomón ya estaba fuera, caminando a toda prisa. A ella le resultó imposible maniobrar: la calle por la que él se perdía corría en sentido contrario.

Encontró a los muchachos de la cuadra aglomerados dentro de la tienda de don Pancho: agitados, bebiendo cerveza, temerosos de exponerse a esa luz artificial, debatían las ideas más insólitas en busca de una explicación a ese fenómeno.

-No hay energía eléctrica ni comunicaciones. Estamos aislados del mundo -le dijo don Pancho mientras abría el refrigerador de las cervezas. Uno de los muchachos aseguraba que probablemente el planeta había modificado su eje, y lo que antes era el trópico estaba ahora en el polo norte; otro se refería -al igual que Fernanda- al inicio de la guerra atómica, pero las bombas estaban explotando tan lejos que a ellos sólo les llegaba el destello.

-¿Y ese rugido que vino con el alumbramiento? -preguntó don Pancho. Salomón se sentía agotado, harto de escuchar necedades; pagó, tomó el paquete de cervezas, destapó una, se la empinó ahí mismo, dijo adiós a don Pacho y a los muchachos, y se encaminó hacia su apartamento. La luz en el cielo permanecía igual de intensa.

Salomón subió las escaleras a los brincos; algunos vecinos platicaban en los pasillos del edificio. Entró a su apartamento, guardó las cervezas en el refrigerador, cerró las cortinas y se dejó caer en el sofá de la sala. Lo único que quería era descansar, relajarse, olvidar ese último día tan lleno de confusiones. Suerte que Fernanda no conocía su domicilio, que los teléfonos no funcionaban. Miró su reloj: eran las ocho y quince minutos. Terminó de un sorbo lo que quedaba de la cerveza. Mañana sería otro día; y no importaban las sandeces de Fernanda, ni lo que pudiera decir el director de la empresa, ni esa luz inexplicable. Sólo quería el sueño, el sosiego.

Encontrado en: http://www.literateworld.com/spanish/2002/escritormes/oct/w01/box6.html