“EL ARMA EN EL HOMBRE”, DE HORACIO CASTELLANOS MOYA

Una historia de crímenes y pistas falsas

Bajo el sello de la editorial Tusquets, se ha publicado en México hace unas semanas el relato “El arma en el hombre”, del escritor salvadoreño Horacio Castellanos Moya. Una ficción narrativa que revela las correrías de un veterano de guerra, en una sociedad que no le deja otro camino que vivir de lo único que sabe: matar sin escrúpulos.

Miguel Huezo Mixco (*)


LA violencia como tema y la violencia como lenguaje han ocupado una porción importante de los trabajos de poetas y narradores centroamericanos del último medio siglo. Desde la novela “Hombres contra la muerte”, de Miguel Angel Espino, publicada por Costa-Amic, México, a principios de los años 40, el conflicto entre violencia y no violencia –sus fines, medios y miedos– ha ocupado un lugar central en estas sociedades tan martirizadas por el poder como por la naturaleza.

En El Salvador, en los años 70 del siglo pasado, Roque Dalton se empeñó en justificar la violencia política. Y otro poeta, David Escobar Galindo, en conjurarla. En esa polaridad del sacrificio versus el orden, tuvo lugar el desarrollo de una estética extrema que convirtió al conflicto en uno de los principales motivos de los escritores del más pequeño país de Centroamérica, que para entonces se encaminaba a la más cruenta de sus numerosas guerras civiles.

Algunos años más tarde, en plena guerra, Horacio Castellanos Moya escribía la primera ficción del desencanto frente a las abyecciones de los protagonistas de aquel enfrentamiento. Con “La diáspora” (1988), Castellanos emprendió un examen de la frustración y la inmoralidad y comenzó a crear un conjunto de personajes sumergidos en los extremos de una vida sometida a los exabruptos de la violencia. A estas alturas, con ocho libros de relatos en su haber, ha creado un mundillo de personajes amargos, ridículos y tristes, grotescos e inevitables. Y su lenguaje, donde no hay lugar para la épica ni para el lirismo que caracterizaron a sus antecesores, es expresión tanto de una aceleración síquica, propia del mundo de la violencia, como del desarrollo de una idea propia del tiempo en el que se organizan las maldades y las tragedias que tienen lugar en sus libros.

Hace dos años, con “El asco”, Castellanos glosó el lenguaje de Thomas Bernhard para realizar una demoledora crítica a los valores culturales de la sociedad salvadoreña, convirtiéndose en uno los libros más leídos y a la vez más repudiados de aquel momento. Este año 2001 Tusquets ha publicado por primera vez en México una obra de este narrador salvadoreño. La narración se titula “El arma en el hombre” y tiene como protagonista a un veterano de la guerra civil. Su nombre de guerra es “Robocop”, como el cyborg de la película de Paul Verhoeven.

Robocop encarna a un devoto de los rituales de la muerte gratuita, que apoya su existencia en el poder de sus artefactos mortíferos y que mira al común de los mortales como objetivos a vencer. La frase de Arquíloco de Paros que sirve de epígrafe a la narración, es elocuente: “En la lanza tengo mi pan negro, en la lanza mi vino de Ismaro, y bebo apoyado en la lanza”.

El protagonista proviene de uno de los feroces batallones de la guerra. “Pertenecí al batallón Acahuapa, a la tropa de asalto, pero cuando la guerra terminó, me desmovilizaron. Entonces quedé en el aire: mis únicas pertenencias eran dos fusiles... una docena de cargadores, ocho granadas fragmentarias, mi pistola nueve milímetros y un cheque equivalente a mi salario de tres meses”... “Convertirme en civil fue difícil”, confiesa Robocop en las primeras líneas del relato.

Su nombre es Juan Alberto García, pero desde su ingreso en el ejército sus compañeros le llamaron Robocop. El héroe de mil batallas ha llegado a la frustrante comprensión de que la guerra terminó. Reclutado desde la edad de veinte años, su vida ha transcurrido entre las barracas del cuartel y las emboscadas.

Sin trabajo y sin la ilusión de las victorias guerreras, Robocop se pasa la vida entre el cuartucho de su pariente, la cervecería de la esquina y un burdelito.

 

El lobo no puede comprender a las ovejas

“El arma en el hombre” no es una historia sentimental sobre las frustraciones de un soldado. Castellanos Moya no entiende a la literatura como un eco de la sociedad. Por ello, aunque recurre a la memoria de la violencia, se permite las mayores libertades en la creación de un mundo imaginario que inevitablemente se parece al nuestro: odioso y desesperanzador. En este nuevo relato, como ya es característico en su obra, Catellanos pone al personaje en el extremo de sus opciones vitales. La gente querrá vivir en paz pero, como reza la moraleja de Michaux, “el lobo que comprende a las ovejas, morirá de hambre”.

Volver al sendero le tomará poco tiempo. Robocop inicia sus trabajos y en su primera acción deja un reguero de sangre. La narración es trepidante, como la respiración del que corre. Sus fechorías lo califican para trabajar con una banda de robacarros. Luego, con una red de oficiales que, en realidad, es una célula de una poderosa banda criminal. Finalmente, resulta enganchado en una agencia extranjera de la lucha anti drogas.

La violencia del relato y la manera en que desnuda el desprecio de los fuertes hacia los débiles son aplastantes. La potencia de esos guerreros contrasta irónicamente con la pequeñez del mundo que les rodea, el de la gente corriente que va a sus trabajos entre la niebla de la vida rutinaria.

Emparentado con la narrativa de Roberto Arlt y las películas de Tarantino, este relato pareciera repetirnos que la vida transcurre entre pistas falsas. Que quienes matan son los mismos que se encargan de borrar las evidencias de sus hechos. Que las instituciones están infestadas de matones y corruptos. Y que no importa cuán duras sean las leyes contra el crimen, pues siempre habrá suficiente dinero para corromperlas.

En ese mundo que gobierna por medio de implacables leyes no escritas, la primera norma de sobrevivencia es la traición. En el exasperado imaginario que atraviesa la obra de Castellanos, no hay sentimiento que no sea una forma de engaño. La mujer es una trampa. Los camaradas, tarde o temprano, traidores. Por ello, en sus ficciones, los actos de violencia no son producto de un cálculo sino sólo la punta visible de un enfrentamiento total que subyace, sordo y crudo, en las relaciones humanas, en el sexo y en el trabajo. El alma de este hombre es su arma.. “A la hora de dormir, no me acosté en mi catre, sino que me tiré sobre una manta en la otra esquina de la habitación, con la subametralladora empuñada sobre mi estómago... Me había calzado de nuevo las botas”, proclama.

Para Robocop, la delirante violencia es la Gran Política, casi la única política posible en una sociedad desesperada, y como tal constituye un acto que aniquila cualquier negociación. En los episodios finales, cuando se ve forzado a huir a Guatemala, la espiral de sus acciones ha llegado a arañar las manos del poder. Para él ya no hay retroceso. Simplemente, la lucha debe continuar.

 

(*) Escritor y director de Publicaciones e Impresos del Ministerio de Educación.

Encontrado en: http://archive.laprensa.com.sv/20010429/revista_dominical/rdo4.asp