Uno
de los libros más hermosos que ha caído en mis manos últimamente es La
historia de la lectura de Alberto Manguel. Con este libro revivo mi yo
lector desde la circunstancia misma de su sensualidad primaria. Manguel nos
recuerda la multiplicidad de sentidos que tiene el acto de leer en el privilegio
mismo de su razón temprana y esencial.
Leer
a Manguel cuando releo a Jacqueline Goldberg en su obra publicada para niños,
me sitúa en la condición misma de lo que el texto significa, para la
complicidad entre lector y escritor.
“(...)el
lector refleja al escritor (él y yo somos uno), el mundo se hace eco de un
libro (el libro de Dios, el libro de la Naturaleza), el libro está hecho de
carne y sangre (la carne y la sangre del escritor, las cuales mediante una
transubstanciación literaria, se hacen mías) el mundo es un libro que hay que
descifrar (el poema del escritor se convierte en mi propia lectura del
mundo)”(Manguel, 1999, p.225)
Un
libro en el que nos adentramos, un texto que se apropia de nuestra mirada
lectora, de nuestra alma y nuestro pensamiento, pasa a ser nuestro cuerpo. El
texto, metáfora del universo, en el momento mismo en que lo leemos, es la casa
y es el cuerpo, el nuestro, el que nos ocupa, el que ocupamos, como la matriuska
rusa: el cuerpo, el cuerpo dentro de la casa, la casa dentro del universo y a la
inversa..
Para
Manguel:
“(...)el
acto de la lectura sirve como metáfora que nos ayuda a entender la incierta
relación que tenemos con nuestro cuerpo, el encuentro y el contacto y el
descifrar de signos en otra persona. Leemos expresiones en un rostro, seguimos
los gestos del amado como si fuese un libro abierto.”Tu rostro, mi señor”
le dice Lady Macbeth a su marido, “es como un libro en el que los hombres
pueden leer cosas extrañas”, y Henry King, poeta del siglo XVII escribió, de
su joven esposa muerta:
“
Amada a quien perdí¡ desde tu prematura desaparición mi tarea ha sido meditar
Sobre
ti, únicamente sobre ti: tú eres el libro,
La
biblioteca en la que busco
Aunque
me haya quedado casi ciego” (Manguel,99,p.227)
En
los tres libros de Jacqueline Goldberg a los que queremos hacer referencia:
“La casa sin sombrero”(2001), “Una señora con sombrero”(1993) y “Mi
bella novia voladora”(1994), a través de diversos procedimientos literarios
se construye el espacio de identificación que convierte a la palabra escrita en
metáfora de lo existente, del universo y su circunstancia. Leemos el mundo en
el libro, leemos nuestra soledad cósmica en el recinto de la soledad que el
libro nos refleja.
El
juego mismo de la construcción del rótulo que define los títulos establece un
intercambio de significados desde cuya precisión podemos entrar al desciframiento
de su circunstancia global.
La
señora con sombrero, en la historia, es la muerte (“La muerte es una señora
pequeña que columpia su sombra bajo las matas del patio”) la voz infantil en
boca de quien está la narración convive con esa presencia de la muerte como si
se hubiera ido acostumbrando a ella, a su presencia tranquila, la muerte que ha
venido a buscar al abuelo: “La muerte es una palabra con sombrero/que de vez
en cuando viene/y nos obliga a despedirnos”/(...)”cuando pienso que la
muerte/ es una señora con sombrero/mi respiración se hace suave/y mis sueños/comienzan
a viajar/”.
La
casa sin sombrero, es el espacio abierto de la vida, del encuentro con los
otros, nacida de la invención del padre que acompaña al niño (“Mi papá es
un inventor de casas a las que entra sin prisa el solazo del verano”) a ese
padre que inventa se le acompaña en un plural, y el ellos sigue el ensueño,
son sus cómplices: “Nuestro papá tardó años imaginando nuestra casa
abierta al cielo”.
Y
finalmente, la “novia voladora” viaja, se ha ido, está en otro territorio
lejano, y desde la lejanía se acrecienta el anhelo de tenerla, quien habla,
construye el “tejido”, es el que está “en tierra”, sueña y vuela a
través de la visión de aquella.”En seis semanas/estará otra vez aquí/y me
hablará/ y hablará/ de museos/colinas(...)hablará/de su cabello trepando/el
aire del río/”(p.13).
El
juego de la construcción imaginaria hace, a través del acto de creación del
texto, un gesto de reconstrucción del universo. Somos en el libro, en el poema,
cuando leemos. El acto lúdico de escritor y lector se convierte en el único
acto posible. Hay un proceso lúdico íntegro que acuna nuestra circunstancia.
Al modo de Jean Duvignaud entendemos que: “El juego es una especie de alarde
de fuerza: en medio del claroscuro de la vida cotidiana, lanza un reto al
sosegado estancamiento del mundo...”(Duvignaud,1982,p.152).
La
voz que hila la historia, que nos conduce a través del libro a establecer la
convención necesaria para su lectura, y nos convence de la certeza de su
sustancia cercana, revela un orden imaginario que pone en cuestión los
mandatos del llamado orden establecido. Del mismo modo en que el niño cuando
juega ríe de la ruptura, celebra el detalle que señala la anticonvención.
Celebra el estar en otra parte. Vive un nuevo lugar, uno extraordinario
inalcanzable para el entorno convencional. Entrar en el libro reviste ese
placer.
Los
espacios de la ausencia (la muerte que convierte la presencia del abuelo es algo
imaginario y lejano, la casa que no está, que es, pero no es, con muebles
transparentes, nacida del sueño de papá, y la novia que está lejos pero a
través de cuya distancia se crea un espacio de ensoñación) son los espacios
por excelencia que esta escritora, Jacqueline Goldberg toma para la construcción
del lugar, ese lugar idealizado, mágico, que define la circunstancia misma de
la ensoñación y el traslado.
El
/lugar/ en los libros de Jacqueline Goldberg
Espacio
creado a partir de la lectura y la escritura, la gratificación de ese placer de
lo imaginario nos convierte en cómplices y actuantes del proceso de creación
del sentido en y a través del texto.
“El
mundo, que es un libro lo devora un lector que es una letra en el texto del
mundo; de esa manera se crea una metáfora circular para lo inagotable de la
lectura. Somos lo que leemos.(...) leemos intelectualmente a un nivel
superficial, captando ciertos significados y conscientes de ciertos hechos,
pero, al mismo tiempo, invisible, inconscientemente texto y lector se
entrelazan, creando nuevos niveles de significado, de manera que cada vez que
ingerimos un texto, simultáneamente nace algo a escondidas que todavía no
hemos captado”(Manguel, 1999, p.231)
Se
escribe desde un lugar, se crea un lugar a través de la escritura. El lector
pasa a ese lugar, asume la voz del texto, tiene un poder, está allí, en el
texto. Se abandona, se entrega. Su encuentro con y dentro del texto lo conectan
con un mundo particular, con un espacio indefinible.
Mangel,
habla de su contacto con el libro, su relación con la lectura: “Lo que sucedía
estaba sucediendo en el libro, y era yo quien contaba la historia. La vida seguía
su curso porque yo pasaba las páginas”(Manguel,1999, p.203)
Esta
noción de la presencia del lector lleva implícita la noción de un “lugar”
ganado, conocido en el milagro mismo de la lectura del y por el texto.
Esa
intimidad que nace nueva a través del acto de comunión entre libro y lector,
define un espacio subjetivo, el lugar.
El
escritor Enrique Pérez Díaz, autor de numerosos libros para niños, define el
lugar desde la perspectiva de quien escribe y quien lee:
“
(...)al franquearse la página en blanco, ese mítico umbral, antes inexistente
para cualquier lector, y penetrar el narrador dentro de él, lo que sus ojos
ven, intuyen, sufren, admiran, describen, cuentan debe hallarse en un lugar
determinado, lugar que produzca en nosotros –los domesticados y serviles
lectores de siempre- aquella emoción tan necesaria y buscada para descifrar los
códigos anímicos y estilísticos (esto es, la lectura) que nos permitan
acceder ilesos a la atmósfera real de este lugar”( Pérez Díaz, 2001, p.2)
Esta
búsqueda en la escritora Jacqueline Goldberg , en relación con la ausencia,
con la soledad cósmica, con el llenar o rehacer un espacio de lo que no está
(estuvo con el abuelo, estuvo con la novia, está en el sueño del papá con la
casa imaginaria) cumple en la lectura y su relación con el interlocutor-lector
infantil y adolescente, con esa profunda sensación de soledad intrínseca a
esas edades, acerca de lo cual Gaston Bachelard ha escrito tantas páginas.”La
soledad del niño es más secreta que la soledad del hombre. A menudo
descubrimos muy tarde en la vida, en toda su profundidad, nuestras soledades
infantiles, la soledad de nuestra adolescencia(...)el niño soñador, es un niño
solo,muy solo. Vive en el mundo de su ensoñación. Su soledad es menos social,
menos dirigida contra la sociedad, que la soledad del hombre”(Bachelard,1982,
p.163/164).
La
definición de ese lugar en las obras de la escritora Jacqueline Goldberg define
un motivo que se nos hace muy importante, ya desde el punto de vista de quien
acerca el libro al lector ideal, porque , independientemente de que pensemos que
el libro no tiene edad, sino que hay lectores para cada libro, su esencia desde
el motivo mismo que genera el “lugar” en su obra, puede considerarse para
ser destinada a jóvenes y niños, dado que cumple en términos literales con lo
que podríamos señalar como la aproximación a los motivos emocionales e
intelectuales de ese joven lector hoy, caracterizado desde la perspectiva de un
nuevo lector infantil o juvenil, “el nuevo lector implícito”.
Teresa
Colomer (1998) establece una serie de características para describir a este
nuevo lector implícito, el que ha experimentado un supuesto impulso innovador
desde la década de los 60 del siglo XX, sus señalamientos se resumen en lo
siguiente:
Un
lector propio de las sociedades actuales.
Un
lector integrado a una sociedad alfabetizada.
Un
lector familiarizado con los sistemas audiovisuales.
Un
lector que se incorpora a las corrientes literarias actuales.
Un
lector que aumenta en edad, al ampliar progresivamente sus posibilidades de
comprensión del mundo y del texto escrito.
Esta
perspectiva produce el nacimiento de textos que: plantean rupturas con los
modelos canónigos, aumentan su complejidad narrativa y por lo tanto: su
complejidad interpretativa. No pensamos que un escritor se sienta a escribir
como quien prepara una receta a un consumidor de lectura X, y si creemos, y con
más fundamento en el caso de Jacqueline Goldberg, que su escritura puede
realizar la comunión con lectores de edad infantil y juvenil desde la mirada de
sus propias necesidades emocionales.
Los
textos de Goldberg mantienen un tono poético en el hermetismo mismo de sus metáforas,
requiriendo una mirada lúcida en su lectura, que pensamos se produce, desde la
mirada de estos lectores definidos, por el encuentro en ellos de la ensoñación
alrededor de la soledad cósmica, como la define Gaston Bachelard, tan propia de
estas edades.
Dos
motivos esenciales circulan entre sus obras: la definición de ese sitio, ese
espacio interior nuevo, en comunión con el lector, por un lado; por el
otro: el encuentro con situaciones límites de un modo no traumático, donde la
circunstancia del acto poético es implícita al entorno narrativo y conduce al
lector a una comprensión de un estado, de una circunstancia de difícil
asimilación. Pensemos en la muerte o en la ausencia del amado.
El
profundo sentido de lo poético, sin concesiones, que prevalece en estos libros
de Jacqueline Goldberg es un alimento de creciente valorización en su ser
espejo con el descubrimiento de esa soledad, que al ser definida como lugar
idealizado, conforma al niño y al adolescente, se con-sustancia con su ser.
“Las
vacaciones son largas/en este patio/(...)miro iguanas/trepando raices/(...)hormigas
azules/mordiendo los mangos/(...)pasa la tarde/pasan muchas tardes(...)juego/y
no me acuerdo(...)pero cuando huele a limón(...)pienso en ella(...)mi bella
novia/mi novia mía(...)volando/ sobre los mapas(...)volando/sobre las olas”(Goldberg,94,p.19).
La
vida del lector está en la vida del libro, el libro convertido en cuerpo,casa y
universo del lector, en este caso del lector niño o adolescente, reafirmando la
riqueza de su soledad interior en la escritura de la poesía narrativa de
Jacqueline Goldberg.
Bachelard
Gaston (1982) La poética de la ensoñación. Fondo de Cultura Económica, México.
Colomer
Teresa (1998) La formación del lector literario, narrativa infantil y juvenil
actual.Fundación Hernán Sánchez Ruipérez, Madrid.
Duvignaud
Jean (1982)El juego del juego. Fondo de Cultura Económica, México.
Goldberg
Jacqueline (1992)Una señora con sombrero. Editorial MonteAvila, Caracas.
————————(1994)Mi
novia voladora, Fuhndación Cultural Barinas.
————————
(2001)La casa sin sombrero. Editorial Alfaguara Infantil, Caracas.
Manguel
Alberto.(1999)Una historia de la lectura. Editorial Norma, Santa Fé de Bogotá.
Pérez
Díaz Enrique (2001) El sentimiento de lugar en los libros para niños. Ponencia
presentada en el Congreso Lectura 2001 para leer el XXI, La Habana..