JOSÉ BALZA Y EL RELATO DEL PRIMER DÍA

Por Julio Ortega

               José Balza (Delta del Orinoco, 1939) ha preferido llamar “ejercicios narrativos” a sus relatos, seguramente para señalar el carácter exploratorio de su escritura, notable por su riqueza sensorial, versatilidad y brillo formal. Pero ese gesto diferencial denota temprano el sentido crítico de un escritor que es, al mismo tiempo, antiformulaico (todos sus libros se proponen planteamientos distintos) y serialista (en lugar de las versiones totalizadoras prefiere la asociación de los motivos).  Leer a Balza es recomenzar cada vez: ha construído una fábula del recomienzo de la escritura, lo que en sus libros presupone el inicio de la vida adulta, la recurrencia de la juventud legendaria, el asombro de la aventura emotiva, y el descubrimiento de un mundo siempre nuevo gracias al espacio del viaje. Cada novela de Balza es un mapa de los sentidos; una libérrima asociación figurativa, por eso, pero también una constelación nueva en el espacio poético.

             El consenso crítico sobre las excelencias de Percusión (1982) parte del hecho de que es una novela más elaborada, articulada y realizada en sí misma. Es, en efecto, una novela de una formalidad impecable, donde cada secuencia remite a otra, como ocurre en la narrativa del autor, en un sentido casi musical, de pautas que se articulan, temas que vuelven y motivos que se desarrollan. Pero estas series no se explican en su suma sino en su contrapunto, porque sus variaciones recurren y concurren, en un movimiento sinfónico que hace que cada instancia de novedad y apertura del texto ocurra sobre el escenario siempre presente del relato mismo. En este trabajo sinfónico los virtuosismos acontecen como la reflección del relato. Y en ese sentido es una novela perfecta en su forma a la vez fluida  ceñida, que tiene un gran sentido económico de la escritura, concentra­ción e intensidad, lo que permite la reverberación vívida de su imaginería. Esta es una novela muy visual, cuyo poder sensorial puede incluso ser hipnótico. Por ello, el lenguaje representacional está siempre a punto de ser metafórico; actúa por sistemas de imágenes, de figuras, de tropos, que va desarrollando el debate sensorial y emocional del relato.

            Nunca la imagen es decorativa o meramente artificial, sino que siempre es necesaria al relato donde propicia familias de imágenes, de series de figuras que crean una textualidad diferencial. Ya el nombre actúa como una imagen (los nombres de las ciudades, de los personajes, que son los pasajes de la memoria) que fuese única y diferente, estableciendo así un sistema de variaciones, que subvierten la noción de vida cotidiana, instroducen lo excepcional, propician la aventura, y, también, agotan su campo de asociaciones para que el relato siga gracias a una nueva imagen nuclear. En ese sentido, además de tener una especie de fluidez formal-musical, la novela tiene un terso brillo artístico. Estos ejercicios poseen también el gozo del recomienzo como un juego sensóreo. Como siempre en la escritura de Balza hay en Percusión un sentido artístico de la palabra primera, de su imagen legendaria, de la serie a la vez recobrada y abierta. Esa economía permite la espiral abierta del relato, el deleite de la imagen, y una suerte de retórica de la brevedad, donde late el enigma. Esta es una novela hecha de frases breves, de un contrapunto dinámico; el movimiento activo de lo escrito expande o precipita a la imagen en el relato. Así, la fijeza de la imagen plena desencandena una gran actividad de la vista y una presencia gozosa de la luz pero; pero, al mismo tiempo, la fluidez de lo narrado remite la imagen al progreso sin retorno del relato, cuyos episodios son transiciones cumplidas y, por ello, casi ejemplos o fábulas del ver y reconocer.

            La visión (lo visual y lo vislumbrado) discurre con felicidad en el relato, y en este sentido artístico de la prosa, la densidad plástica sugiere que la mirada narrativa construye los escenarios no meramente como espacios naturales sino como correlatos, como figuración emblemática del mundo en el lenguaje. Todo ello nos haría pensar que una zona de esta escritura tiene que ver con la descripción. Ezra Pound había recomendado a los poetas no describir, porque los pintores probablemente lo harían mejor;  en ese sentido, la estética modernista proclamaba una cierta operatividad autonómica de las artes, según la cual aquello que hace bien la pintura forma parte de su lenguaje propio; sugiriendo, de paso, que hay una especificidad representacional genérica. Pero en la escritura postmoderna estos escenarios, más o menos retóricos, de los géneros y las formas, empiezan a contaminarse, a invadirse; y por eso podemos tener el caso de este texto que utiliza la descripción como parte interna de la narración. Ocurre que el medio, el ambiente, no es meramente decorativo, o simple escenario de la acción, sino que está internalizado al punto de definir el carácter de la fábula; es por eso que se puede decir que hay una metafórica correlación entre el medio como signo, como lenguaje latente, y la aventura misma de los personajes. Estas correspondencias del paisaje y la fábula, de la ciudad y sus personajes, viene de la novela lírica pero tiene en la novela de aventuras una de sus claves: cambiar de medio es cambiar de vida; y tiene, además, en la tradición barroca la fuente de su inmanentismo deleitoso y pasajero.

             Esta es una novela que se atreve no sólo ya a la mezcla de los géneros y de los discursos sino también al dialogismo de las artes. Su “ejercicio” es esta interpolación de la pintura, la música y la poesía en el relato, pero no por afán experimental sino porque estas interacciones, de la imagen y de la serie, del nombre icónico y la narratividad, permiten al relato diversificar su registro, pasar de la representación de lo cotidiano a la escena de la excepción, fracturar la repetición y abrir un campo combinatorio donde el deseo, el placer y la aventura se revelen como contradicción, apetito perpetuado y aventura del puro comienzo sin continuidad.  Para ello, el relato se desdobla: pasa por la biografía imagina­ria, por la fábula viajera, por el testimonio de parte, para levantar una historia de amores extremos, que ilustran una suerte de fábula de Eros, al modo del cuento compartido de Boccaccio y de los amores puntuales de Calvino.

            Siguiendo una lección, en efecto, clásica, Balza traza la huella del deseo con una gran precisión, lucidez y fluidez. De allí su raigambre en un presente que actualiza a la memoria y que consagra el instante como su sentido final. Cuando al final la acción se precipita, el personaje debe cambiar de lugares y desespera de tener que acabar su propio cuento. Siguiendo la lección cervantina, Balza reconoce que el presente del deseo es una forma del relato: si el personaje deja de narrar, como en Cien años de soledad, el mundo terminará con su lectura; pero si recomienza su propio cuento, el deseo se sostiene otra vez en su día primero.  Pero como aquí no se trata del personaje moderno (ese héroe creíble en un mundo degradado) sino de una figura que es varias voces, el yo que habla se dirige a un tu que es él mismo; y , así, este tu, que es el oyente tácito, es el yo viejo, recuperado en su juventud, como si volviera a comenzar. Por lo mismo, creemos entender que los ciclos en los que gira la novela culminan en un esquema de regeneraciones.  Porque la anécdota gira cíclicamente en torno a las ciudades y a los viajes del personaje, pero a través de lugares que llevan nombres imaginarios; lo cual sugiere que la novela es una suerte de guía de viajeros que permite a cada lector inventar su propio sistema de ciudad, como una constelación de relato personal. Cada ciudad es una secuencia de discursos que se han fundido en esta imagen privilegiada de una ciudad hecha para recomenzar, releer y reescribir.

             Al final, encontramos que la novela que nos abandona, en realidad; está cediendo su voz a este otro yo que es el tu oyente, que corresponde al yo joven de este yo narrador anciano. De manera que al final sabemos que la lectura, como suele ocurrir, es un recomienzo de la escritura. Se nos dice: “Apenas he tenido tiempo -dentro de estos segundos- para recorrer mi historia, mi vida: única cosa que pretendo rescatar para ti -para mi- con dolorosa prisa, temeroso de que puedas olvidarla o repetirla... El horror de circular en el tiempo, siempre, como un hombre idéntico a sí mismo". Nada sería, en efecto, más terrible que haber vivido y descubrir que uno siempre fue el mismo; pero felizmente en este personaje lo que vemos es, más bien, la lección de la metamorfosis como la transformación del yo en otro yo; lo cual hace que se perpetúe no solamente la memoria de lo vivido, sino la juventud de lo vivo, el recomien­zo de la alegría de vivir, del fervor de viajar, de la pasión de conocer. Esa pasión de conocer debe ser el hilo conductor de la novela, que tiene el movimiento inductivo de reconstruir el pasado como una máquina de la memoria. Aun si este recordar remite al rol mítico de la memoria en Joyce y a la noción de los ciclos de Bruno, la reconstrucción de la memoria no perpetúa a un sólo sujeto. En Percusión la memoria no privile­gia la noción de un sujeto central, dominante y homogéneo, como en parte de la tradición literaria modernista, sino más bien una reconstrucción de la memoria discontinua y fragmen­tada. No es la casa de la memoria, puesto que lo que se rehúsa en esta novela es la noción de casa, ya que el personaje se hace lejos de la socialización y en el polo opuesto a la domesticidad, en su descentramiento; y sabemos que en los relatos de Balza la mecánica del viaje es un principio de transformación.  En el relato el yo se transforma en su ciclo de aventura, pero también de conocimiento, puesto que cada ciudad es el recomienzo de su trashumancia y su entendimiento. Esta es una novela afirmativa de lo vital, de la plenitud y vulnerabilidad de la presen­cia;  y sin embargo, es una novela que está llena de preguntas sobre lo que el personaje no sabe de si mismo. Porque si el personaje supiera todo de si mismo, si fuera un Funes memorioso no tendría sentido escribir la historia de su vida, puesto que el privilegio de una memoria completa sería una condena: refrendaría la hegemonía de un sujeto central. En cambio, la noción de que hay muchos yo, procesables, intercambiables, y que la mutación construye a la persona, sugiere que el yo no sabe todo de sí mismo, y por eso narra.

            Una zona importante de la novela tiene que ver con la ilegibilidad de las cosas; aunque el mundo, el medio, los escenarios naturales o culturales, urbanos o sociales, son altamente legibles por la novela, en tanto y en cuanto asume el papel de una máquina de descifrar el mundo, y convierte en escritura todo lo que percibe; esa máquina es un gran espejo central que refracta y asimila y devuelve una imagen, aunque fragmentaria, articulada por la fuerza, por el apetito su propio discurso. A pesar de esa tradición moderna sobre los poderes de la ficción, esta novela encuentra que algunas instancias decisivas son herméticas e ilegibles, y sobre las mismas el personaje siente la angustia de no poder decir nada más. En ese drama, el personaje narra sus propias preguntas. En la página 145, por ejemplo, dice de Domínguez: "el doctor Domínguez cuyo hermetismo me resultaba inaccesible"; es interesante que un personaje que trabaja a favor de la memoria, a favor del discurso figurativo, dentro de la enorme capacidad de la novela de refigurarlo todo, encuentre algo que se le torna inaccesible. En la página 150 leemos: "esa juventud de Narciso Spark, que salta, juega, baila, esa juventud es ciega, certera o resulta simplemente indescifrable".  El mundo está hecho también de áreas indescifrables y dar cuenta de esa ilegibilidad es parte de la poética del libro. Eso pasa también con la conducta de varios personajes, ya que no todos  no son todos transparentes, y no están siempre dichos plenamente por el discurso. En la página 162, por ejemplo, se lee: "pero encuentro auxilio en la propia enseñanza de Isidra, nada suyo me pertenece"; y también: "no tengo razones para comprender esto ni para exigir claridad". En esa área de opacidad el narrador declara los límites de su lectura. Si el narrador puede contar su vida y decir lo esencial de cada ciudad que ha vivido, quiere decir que su capacidad de leer es altamente lúcida, y aprehende gracias a esa capacidad una equivalencia figurativa del mundo, pero hay momentos en que esa elocuencia retrocede. En la página 171, se nos dice: "eso que ya no es mi amor por Isidra, algo que excede mi capacidad de comprensión, oprime". La tensión se hace dramática por contraste: lo emotivo no se rinde al habla. Lo mismo ocurre en la página 190, cuando se habla de Bruno: "nunca comprendí por completo su inclinación por lo hermético y a la búsqueda de revelaciones que unificaran la vida y los poderes divinos. Tan enigmático debió resultar el universo para él, como lo son sus doctrinas para mí", las doctrinas de Bruno se convierten en una figura equivalente al enigma del mundo. Esta polaridad tensa entre lo legible y lo ilegible, sugiere una actividad central del libro: la noción misma de leer el mundo, que se sustenta precisamente en Bruno. Se dice en la pág. 192 que: "al recordar, al ubicar todo desde el futuro, hallaremos la infalible percusión, los hechos hablan un solo lenguaje, lo hechos no se esconden puesto que siempre dicen su unidad, cuando sepamos leerlos seremos lúcidos, pero consume la vida valorar cada latencia y cada significación". Así, la novela postula que comprender es ser, que el ser se manifiesta en la comprensión, y esta actividad de comprender sería la definición de lo humano. Nada promete que esa lectura sea plena y exitosa y, más bien, en la novela vemos varias vidas cuyo proyecto de lectura es frustrado, siendo el más interesante el del intelectual en Arcaya Vargas, cuyo proyecto vital es una hipótesis de lectura y cuya agonía declara los límites del mismo. Buscando “organizar la memoria y recordar acertadamen­te en el futuro”, se nos dice en la pág. 192 que: "vivir no me había servido para crear un cuadro de claves, para asociar ese esquema de una Casa con mi destino personal".  La casa de la memoria postula la noción de raigambre del sujeto a un espacio, mientras que imagen de la ciudad postula una naturaleza trashumante y no doméstica. La novela postula este gesto de cuestionamiento de la vida cotidiana, porque sitúa la noción de lo vital fuera de los parámetros de la socialización. Su personaje heterotópico vive transitoria­mente porque busca hacer de lo cotidiano algo excepcional. Por su vitalismo, por su pasión de conocer, por su búsqueda de una experiencia siempre renovada, que se delata como un afincamiento en la juventud, este personaje rehúsa la vida cotidiana,  reivindica la aventura vital y la transitoriedad de la experiencia. Por lo mismo,  no se puede vivir en una sola ciudad, y el sujeto está hecho para la errancia, según postula la guía de viajeros, que es toda novela que se arriesga a poner en duda los referentes y contextos de la discursividad. El predominio de la dimensión significante, de la materia escrita, subraya en Percusión su carácter musical: batir de un ritmo desplegado como persecusión, la escritura persigue al deseo, que no se fija, y cuyas huellas traza con alegría y desasosiego.

            En lugar de la novela en torno a la ciudad esta es una novela entre ciudades, el relato de ese espacio transitivo que convierte umbrales y puertas en una nueva morada del camino. De allí su comienzo reiterado, que es un recomenzar ligero, un recuento de lo vivido como presente ganado. El relato se organiza a partir de este movimiento insumiso del viaje. Se abandona primero la ciudad original de Caraná, que suponemos equivale a Caracas, y el viaje en círculos concéntricos lo va a llevar a la ciudad de Dawaschuwa, que es una equivalencia de Guatemala y Nicaragua; hay una estancia en México, y luego el relato sarpa va a una isla que pertenece más al discurso que a la geografía, donde se realiza un programa utópico; enseguida, la novela se mueve rápidamente a las tres últimas ciudades, que son los lugares del fin de la experiencia. La ciudad es centro generador de un relato siempre desplazado. La define el descubrimiento y el abandono, la pasión y la renuncia; y da forma, así, a un relato sin centro, móvil y permutativo, que en lugar de acumular una historia, la despoja en sus epifanías paradójicas de una erótica no menos errante.

            No hay que olvidar que la ciudad es una creación del artificio, y que colinda aunque no limita con la naturaleza. En buena parte de la novela latinoamericana, no en vano hija del discurso de la modernidad, la ciudad es la avanzada sobre el campo, el programa nacional de una urbanización irreversible. Reveladoramente, en la novela venezolana, el gozo de la ciudad como espacio de la comedia social moderna sólo aparece en algunos relatos de Oswaldo Trejo (También los hombres son ciudades, se tituló su primera novela); y, como espacio celebratorio, sólo en su espléndido retrato callejero, Piedra de mar, la novela de Francisco Massiani. En la mayoría de sus versiones es una ciudad hostil, frustrante, opresiva. Por eso mismo, José Balza debe ser el narrador venezolano que más ha diversificado la exploración caraqueña, que él sitúa en su área propia, Los Chaguaramos, un recinto vecinal de aire republicano y población joven, capaz de promediar entre la no lejana Caracas pueblerina y la repentina Caracas de vidrio y cemento. En cada novela, Balza ha abierto puertas a la urbe dialogada como su narrador más gozoso, siendo Salvador Garmendia su narrador más crítico. No en vano, en estas correspondencias de fronteras discursivas que se tornan umbrales traspasados, la primera novela de José Balza, Marzo anterior (1965) inaugura al mismo tiempo una manera nueva de recorrer la ciudad y un nuevo planteamiento constructivista y fragmentario del relato. ¿Extrañará, entonces, que la nueva ciudad y la nueva novela sean el espacio transitivo de los más jóvenes, esos héroes de una nueva lectura?

            Pero, por otro lado, Balza no es sólo naturalmente urbano sino también vocacionalmente regional: su cosmopolitismo tiene estas raíces, aunque acuáticas no menos entrañadas en la naturaleza de su comarca, la del Delta del Orinoco. Con todo, las ciudades de Percusión aparecen más bien como construcciones imaginarias y, por eso, no es casual que tengan nombres supuestos y sean metáforas de varias ciudades reales. Se podría, es cierto, desmontar la ciudad imaginaria para buscar los orígenes de la ciudad real, y quizá proponer un mapa urbano generacional, gestado en el repertorio de valores de los años 60; pero ese sería un ejercicio incierto ya que el autor nos propone el camino inverso. En su geografía imaginaria, la ciudad es tanto artificio como naturaleza. No en casual que cada ciudad esté presidi­da por un monte majestuoso. Este es el espacio de la naturaleza primaria y misteriosa que el personaje intenta leer. Digamos que el monte es una incógnita para la lectura; varias veces el personaje trata de leer las montañas que contempla o recorre, muchas de ellas ilus­tres: dice, por ejemplo, que el monte tiene una pasión de altura, que la montaña muestra cómo la tierra buscar elevarse; y se puede adelantar que la montaña es una fuerza tutelar. Sin ir más lejos, en las culturas tradicionales latinoa­mericana las montañas presiden la comunidad; en ellas vive el dios nativo, y cada cerro es un espacio sagrado. La montaña tiene un lenguaje en la gran tradición  aborigen: habla a través de los pájaros, de los arroyos que salen de su entraña. La montaña, en fin, es un modelo de conversión de la naturaleza en cultura; el carácter primitivista de ese culto supranacional es una nostalgia arcaica en la novela. Es interesante que este personaje que rehúsa la noción de casa y que consagra la noción de transito­riedad, del viaje y su desplazamiento, no se resigna a la soledad moral de la intemperie, porque no es el margen del espacio mundano, la periferia de la sociabilidad, lo que está buscando, sino al contrario es un espacio internalizado dentro del artificio que es lo urbano, mediador de las fuerzas del discurso situado y del mito remodelador.

            En la historia cultural de Venezuela moderna, Teresa de la Parra y Rómulo Gallegos construyen imágenes articuladas y poderosas del sujeto como habitante capaz de controlar su entorno natural. Para ambos ese sujeto adquiere su identidad lejos de la ciudad (lugar de la mudanza como pérdida, en Las memorias de Mamá Blanca ), en la hacienda criolla y arcaica, o en la frontera natural vencida por el hombre genuino. En cambio, Juan Sánchez Peláez y Rafael Cadenas introducen, desde la poesía, las evidencias de un espacio de despojamientos: la intemperie del sujeto de los márgenes, desocializado de la modernización y desencantado de la modernidad fariseica. Luego, Balza y otros narradores reinvierten los términos: lo postmoderno no es ya alienación o enajenamiento, es un desencanto lúdico y un encantamiento crítico. La ciudad promedia como espacio de conversiones donde el diálogo sostiene la humanidad cambiante del sujeto. Al final, estas montañas vienen del habla mítica a presidir a ceremonia de las identidades sin origen, cambiantes a favor del azar emotivo. Si tuvieran un solo significado dejarían de tener sentido:  su significado es quizá improbable pero su significación es decisiva; porque esa es la función justamente de lo tutelar: proteger el acto de significar.

            En la gran tradición de la poesía lírica, rapsódica y visionaria, Heidegger había sentenciado que el lenguaje es la casa del ser. Pero algunos poetas de la tradición modernista, como Eliot, Pound, y el mismo César Vallejo, habían rechazado esa noción logocéntrica, y habían propuesto, más bien, que el ser se manifiesta en la intemperie. Dicho de otro modo, el lenguaje del arte no elige como espacio de exploración los espacios de afincamiento sino los de contradicción y abismamiento. En sus instancias más radicales, el ser se manifiesta en su estar; estar aquí es el ahora que le da su identidad trágica en el empeño del diálogo que confronta el optimismo ilustrado de la modernidad. Después, más cerca de nosotros, hemos pasado tanto de la noción del lenguaje como casa del ser y de la noción de la intemperie como espacio desgajado de la voz, a una intuición inquieta del espacio de la trashumancia; esta noción de un espacio migratorio, sin afincamiento, hace creer en un conocer anticanónico, libre de lo archivos didácticos y de los modelos globales. Balza es un adelantado de las novedades de esa exploración.

             Como dice la primera frase de la novela: "el hombre más bello es quien llega desde el lugar más lejano"; esto es: el hombre más sabio es el que ha vivido entre más ciuda­des, pero no como un mero viajero sino como alguien cuya vida cambió en el amparo y desamparo de cada ciudad. En ese sentido, sus saberes son un proyecto de rehacerse en su breve estar ahora y aquí. Es un ser que equivale al estar aquí: un estar aquí que suscita al ser, no por el sentido de pertenencia o por el sentido de identidad, sino más bien por el sentido de trashumancia, que se niega a una sola representación del sujeto, y que más bien postula la alegoría de la identidad, que sería aquella donde el habla construye en el yo una alteridad y alternancia de lo lejano y lo inmediato, de lo hermoso y lo vulnerable.   

              Una de las obsesiones centrales de la novela gira en torno a la juventud. Los ciclos juventud/vejez están panteados dramáticamente y se aproximan y se rechazan. La juventud alimenta en este proceso el discurso sobre la edad, según el cual la juventud no es un estado biológico sino una manera de hablar desde el tiempo. La novela se organiza a partir de varias instancias de la temporalidad que explora en el espacio ilimitado y periódico de la memoria. Hemos hablado de la ciudad como espacio, pero es necesario también hablar de la ciudad como tiempo. Cada ciudad posee un presente que, en el cuento, es ya pasado; pero en el acto mismo de situarse la voz en el relato, ese presente vuelve a enunciarse como actual. Debajo del hoy está, por cierto, el pasado, y esa gran reserva que es la memoria; pero el acto de escribir, que es una forma de leer, hace que el pasado se manifieste entre las elipses del presente. Lo que vemos es el presente, pero la fuerza que lo trae viene de lejos. Así, el presentes una concurrencia, una copresencia en la temporalidad.

            Agudamente, y con un sentido poético definido, esta reflexión de la temporalidad comunica su brillo sensorial a la novela y prolonga su flexibilidad, su rodeo y acopio. La novela circula entre varios presentes porque lo que le importa es manifestar a presencia, la porosidad del cuerpo, el esplendor de la juventud, el ardor de la voz, la pulsión del placer. En cuanto los procesos pueden codificarse en el horizonte de lo cotidiano, el personaje/narrador sabe que el ciclo se ha cumplido y abandona el relato al cambiar de ciudad, para rehacerse en la novela, que lo incluye en movimiento. El motivo de la edad como figura es, finalmente, mítico: la recuperación del presente gracias al lenguaje y, por tanto, la presencia del cuerpo como centro del relato que lo mantiene vivo.

            Se diría que la función de la escritura es sostener, sustentar, un cuerpo. Lo cual convoca al Eros como el hilo de la trama, que figura las varias historias de su “ejercicio narrativo.” El deseo que no se fija y que no define en una identidad sexual prefijada, trabaja los sitios de concurrencia erótica, de la subjetividad abierta por lo femenino. Y es una erótica sin transacciones y extremada. De allí el rechazo a Harry, por ejemplo, cuando es ganado por una novia rica, lo que podría ser suficiente para expulsarlo a una novela de Balzac. El Eros tiene así mismo una actividad lúdica y hasta jocosa en la novela. Y gracias al discurso, ni siquiera la vejez está exenta de su gracia, en virtud al mito de una edad sin otro tiempo que el acogido como reinicio de las fuerzas y apetitos de lo vivo.

            Y aun si la novela termina en la vejez, ya sabemos que la circularidad promete el recomienzo; y que el relato es entregado, al final, al yo más joven, al que viene de más lejos por su turno en el habla.