La Defensa del Placer
ARTURO AZUELA
EL placer, en sus más altos y refinados dominios, es también un fundamento de la historia. Triste es quien goza sólo lo que tiene y, sobre todo, si no es ducho en los placeres que otorga la vida. Desde antiguos tiempos bien se decía que los "placeres son por onzas y los males por arrobas''. Y todo esto viene a cuento porque, hace unos días, el novelista Mario Vargas Llosa, al fin con inteligencia y ecuanimidad, afirmó que no hay razón para reprimir la búsqueda y el disfrute del placer. Al fin se olvidó de sus puritanismos políticos y emprendió una campaña loable en contra de una sociedad que vende la represión como si fuera una virtud. Triste destino el del celibato puro y el del freno continuo del casto eterno. Dicen que entre el bien y el mal se nos va este mundo y que el gozo, comunicándolo crece. Claro que el placer —el intenso, el profundo, quizás el desinteresado— causa muchos dolores y hace daño por algún tiempo. Sólo el sabio es rico de verdad, con su voluntad contenta, y desde luego con la prudencia que muchos perjuicios y males previene. A lo largo de siglos se ha dicho —afirma Vargas Llosa— que el placer es la parte maldita de la condición humana. Así es: en nuestra tradición occidental, la judaico-cristiana, el placer es cosa de libertinos, de disolutos, de crápulas. Una parte sustancial del ser humano —el goce del erotismo más pleno— se ha arrinconado en un mundo de vicios y decadencias. Entre las obligaciones y las devociones, el placer ha quedado como una cosa aparte, de extraños mundos de aquelarre. Afortunadamente, nunca es tarde si la dicha es buena y se aprende, paso a paso, que "no hay placer que no enfade, y más si cuesta en balde''.
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VARGAS Llosa nos dice ahora, con absoluta razón, que el amor físico debe tener un aspecto de fiesta, de celebración de la vida. Además, al fin con espontaneidad, agrega que el placer es una forma de ejercitar la creatividad. El artista verdadero derrotó al político, al provocador, al especialista en declaraciones contradictorias. No hay la menor duda: el placer alcanza la perfección en la creación artística al acompañarse de rituales y de ciertas escenas del gran mundo del teatro. Al gozar amando, al entregarnos, con la participación de la mente —del espíritu, de nuestras ánimas— nos defendemos de la muerte al afirmar la vida. Es indudable que el erotismo se enriquece a través de la cultura y la imaginación. Claro que deseamos reivindicar nuestros derechos civiles, que deseamos el castigo para los corruptos y los déspotas, pero también queremos que el placer no sea reprimido. En la originalidad del erotismo está la raíz de la libertad. En muchos sentidos, la sociedad industrial de nuestros días es enemiga de la vida y por ello lo difícil de la defensa y la práctica del placer. Lo ideal sería, de acuerdo con Jean Rostand —maestro de muchas generaciones—, que la sociedad respetara cada vez más al individuo —sus placeres, su erotismo, su mundo íntimo—, el cual respetaría, cada vez más, a la sociedad. ¡Bien por Vargas Llosa!