Días y noches de angustia

Capítulo 2

Víctor Montoya


El día amaneció apacible, los techos brillaban bajo el cielo límpido y las calles eran incendiadas por un torrente de sol.

Los resplandores, colándose por las hendiduras del techo, despertaron a Pedro, quien, a poco de bostezar, levantó la cabeza con cierto esfuerzo; los cabellos le barrían la frente y el cuerpo se le puso rígido, haciéndole crujir las articulaciones como el espinazo de un pajarito. Cuando abrió los ojos, escuchó que detrás de la puerta tosía un hombre con todo el ímpetu de sus pulmones, y, sin dudar que era el minero llegando de la bocamina, junto a su mujer de cuerpo ondeante y hermosa cabellera recogida en trenzas, se apresuró a correr el cerrojo de la puerta.

Adentro, todos estaban taciturnos y crispados como fieras en una jaula. Víctor entró cansinamente y nadie le indagó lo acaecido en las calles, pero él, sin aguardar preguntas, dijo:

—La gente comenta que varios soldados desertaron dejando los fusiles en sus puestos de centinela. Escaparon disfrazados de mineros. Los que quedaron tienen cara de hambrientos y están con nosotros, porque entre los soldados y el pueblo no existen diferencias. Preferimos ser víctimas de la metralla y no de las cuchillas del hambre que remueve nuestras entrañas.

Mientras todos clavaban la mirada en los dientes verdosos de Víctor, éste seguía narrando con una voz que flotaba como el humo del cigarrillo:

—En las minas del Sur, los interventores abrieron fuego contra nuestros hermanos, sin escuchar los gritos de lamento que eran ahogados en sangre. Más tarde, cuando las radios denunciaron la masacre, el gobierno manifestó a la prensa que las bajas se dieron en un enfrentamiento armando entre efectivos militares y mineros de extrema izquierda; en otras palabras, plomo contra dinamita. ¡Qué carajos! —exclamó y, atusándose los cabellos entrecanos, concluyó—: ¡Estos mierdas no saben inventar ni una mentira!

A causa de este genocidio empapado en lágrimas, Pedro, desde un ángulo del cuarto, recordó la ensangrentada noche de San Juan, esa masacre que ocurrió de un modo insólito, cuando ya varias fogatas dejaron de arder, cuando ya no había té con té ni leche de tigre. Pero quienes quedaron todavía en las calles, entre brasas y humos menguantes, fueron repentinamente acribillados. En la piel se les encendió llamaradas y en las venas les burbujeó la sangre.

Hasta segundos antes del tiroteo, nadie sospechó que el enemigo había cercado el campamento minero. Los generales dieron órdenes de matar, y sus subalternos, prestos a asesinar a sangre fría, hicieron chisporrotear las balas en la oscuridad. Así se mantuvo la población por mucho tiempo: en una explosión de tierra, sangre y fuego.

Cuando la pesadilla hubo pasado, un extraño silencio prosiguió a la masacre, las voces se apagaron y las fogatas también...

Pedro esquivó los recuerdos y exhaló suspiros de indignación. Se despidió de sus compañeros y, disfrazado de campesino, se escabulló del estado de sitio.

En las afueras de la ciudad de Oruro, sus pies se enterraron en la arenilla y sus brazos cortaron el aire que le irritaba la garganta. Anduvo a tientas por un sederillo y entró a paso firme en la ciudad, donde el Lucifer de la mina baila en los carnavales, bebiendo agua ardiente y mordiendo las tetas de su amante. Y, sin divisar más que polvo delante de sus ojos, caminó de sur a norte.

Después halló su cobijo en un confín de la urbe, donde el sol pegaba fuerte en los tejados, y las ropas, tendidas al viento, secaban sobre el pretil. Pedro golpeó la puerta, y una mujer, de cuerpo retrepado y picada de viruela, salió a su encuentro. Le miró a los ojos y, sin despejarse de su asombro, preguntó:

—¿Qué quieres?

Él, esbozando una sonrisa que pronto se desvaneció, dijo su nombre y engulló saliva para descender la respiración atascada en su garganta. La mujer, sorprendida por la voz familiar, retrocedió para dejarlo pasar.

Al día siguiente, las masas hambrientas despertaron flageladas por la violencia desatada en todos los frentes.

La huelga general fue derrotada y en las bocaminas volvieron a agolparse los mineros; guardatojos manchados de copagira, overoles rasgados por las gotas de sílice, sacones raídos y botas de goma, caracterizaban a los trabajadores del subsuelo que, conducidos por las máquinas a trole, desaparecían en la luz mortecina de las galerías.

—Hemos perdido un combate, pero no la batalla definitiva —dijo un obrero, antes de internarse en el socavón, que ya bebió la sangre de muchas generaciones que arrojaron sus pulmones por la boca.