Inquisición y brujería

Víctor Montoya


Hablar de las brujas ha sido siempre un tema apasionante, tanto en la Edad Media como en la actualidad, quizás porque se trata de mujeres que nos atraen por su misterio y sabiduría. De cualquier modo, desde el punto de vista de la antropología social, se sabe que las brujas eran mujeres cuyas conductas contravenían las normas impuestas por la sociedad patriarcal, en la cual el Estado y la Iglesia -instituciones dominadas exclusivamente por los varones- controlaban los dichos y los hechos de la población femenina, así como se controlaba y censuraba al primero que tenía la osadía de demostrar, por medios científicos, que en las Sagradas Escrituras no estaba toda la verdad ni todas las leyes que rigen la naturaleza. Éste es el caso de Galileo, Copérnico y Giordano Bruno (1548-1600), quien, acusado de herejía por la Inquisición, fue condenado a muerte y ardió en una hoguera de Roma. En los hechos, este filósofo del Renacimiento, considerado el primer mártir de la libertad de expresión, fue adversario encarnizado de la Iglesia, de la escolástica y del oscurantismo religioso. Enriqueció el sistema astronómico de Copérnico y desarrolló la tesis de la unidad material del universo compuesto por un número infinito de mundos semejantes al del sistema solar. No pudo emanciparse totalmente de la influencia de la teología, lo que se constata cuando identifica a Dios y la Naturaleza, pese a que sostiene que materias y movimiento son inseparables. Giordano Bruno, tras permanecer varios años en el exilio, ejerciendo la docencia universitaria en Suiza, Francia, Inglaterra y Alemania, retornó en 1591 a Italia, donde el Santo Oficio lo condenó a seis años de prisión antes de conducirlo a la hoguera.  

La bruja representaba a la mujer que había roto las normas que la sociedad impuso en la conducta del sexo femenino. Pero, a la vez, la bruja tenía connotaciones positivas y negativas, las cuales fueron remarcadas de diferentes maneras en diferentes épocas. Se creía que una bruja contaba con la ayuda de los poderes malos y buenos, que practicaba tanto la magia blanca como la negra, y representaba las pasiones y los instintos reprimidos por el mundo masculino. La bruja, más que ser portadora del mal, era la encarnación del caos. De ahí que su capacidad para eludir las leyes del mundo físico y moral, sus aberraciones sexuales y sus diabólicos sacrificios, fueron las causas del terror que provocaba en las poblaciones, pero también las que le concedían un indiscutible prestigio social.

 La bruja encarnaba, asimismo, un cierto espíritu de revuelta, una forma diabólica de subversión general contra el orden establecido por el Estado y la Iglesia. Por eso su figura se asociaba a la idea de una conspiración universal contra la sociedad y sus instituciones, en secreta conexión con las fuerzas del mal; un hecho que motivó la brutal represión desatada contra ellas por la Inquisición, tribunal eclesiástico instituido por el Papa Lucio III en 1183, con la finalidad de inquirir y castigar los delitos contra la “Doctrina de la Fe”.

La primera obra publicada sobre la brujería, “Fortaliciun Fidei”, data de 1464. Ocho años después de haber sido publicada la Biblia en la imprenta de Gutenberg. El libro “Malleus Maleficarum” (El martillo de la bruja), escrito por dos dominicanos fanáticos y publicado en 1486, tuvo un éxito inesperado y alcanzó varias ediciones en alemán, francés, italiano, inglés y español. La obra fue adquirida tanto por los círculos de católicos como por el público interesado en los asuntos del Santo Oficio, una institución que ingresó a la historia universal como sinónimo del oscurantismo de la Edad Media.

De otro lado, se sabe que parte de la literatura inquisitorial retrató a la mujer marginal -la bruja, la santa barbuda, la ermitaña, la monstruo, la monja visionaria, la vampiresa, etc.- como un reflejo de misoginia. Se tratan de figuras que surgen de los cuadros (iconografías), de los refranes orales, de los textos de ficción o de los documentos confidenciales.

Cuando la mujer empezó a romper su papel tradicional y a despertar recelos en el hombre que veía en peligro su dominio, se le acuñó el apelativo de “bruja”, con la intención no sólo de hacerla aparecer como aliada del demonio para desprestigiar su imagen, sino también para marginarla del sistema social establecido por la clase dominante y el clero. Las mujeres consideradas malignas estaban sintetizadas en la expresión: “demonio de mujer”. No pocos exploraron el personaje mítico de la mujer barbuda, como expresión del travestismo, para indicar “un doble no deseado para la mirada masculina”. Es más, algunos señalan que la mujer “masculinizada” ocupó un espacio importante en la hagiografía cristiana, a través de la hembra disfrazada de hombre en conventos y mediante la adquisición de abundante pelo que neutralizaba el apetito sexual masculino.

Según cuenta la tradición occidental, las brujas se reunían en vísperas de San Juan y durante la Semana Santa; ocasiones en las que se celebraban ceremonias dirigidas por el Diablo. Allí se iniciaban las novicias por medio de orgías sexuales, en la que se incluían niños y animales, y donde no faltaban los rituales de canibalismo y magia negra. Unos decían que las comidas y bebidas que consumían las brujas estaban preparadas a base de la grasa de niños recién nacidos, sangre de murciélagos, carne de lagartijas, sapos, serpientes y hierbas alucinógenas; en tanto otros aseveraban que los niños que volaban hacia las reuniones, montados en escobas, en horquillas para estiércol, en lobos, gatos y otros animales domésticos, eran adiestrados por el Lucifer de los infiernos.

Aunque la fantasía popular sigue identificando a las brujas con mujeres de aspecto grotesco, narices largas, verrugas en la cara y cabelleras desgreñadas, se sabe históricamente que esas mujeres, acusadas de brujería y superchería, eran respetadas y admiradas por los pobladores comunes, quienes las tenían por consejeras, parteras y curanderas. Sin embargo, en ninguna otra época como en el feudalismo, los poderes de dominación hicieron tanto esfuerzo por demostrar “la naturaleza pecadora de la mujer”. Se la acusaba públicamente de conjurar contra la Iglesia, de dominar ciencias ocultas y copular con el demonio. Si la mujer bebía de las fuentes del saber o curaba las enfermedades de sus vecinos, la Iglesia la consideraba su rival y se apresuraba a despertar la desconfianza sobre ella. La acusaba de practicar el arte de brujería y se decía que su trabajo era obra del mal. Pero mientras más capacidad tenía para conocer los secretos resortes de la fertilidad, curar las enfermedades y representar para las comunidades campesinas un poder incuestionable sobre la vida y la muerte, mayor era el riesgo de que los obispos la declararan “hechicera”. 

Ahora bien, ¿quién era acusada de bruja? 1. La mujer que practicaba maleficios o causaba daños a través de medios ocultos; 2. la mujer que pactaba con el Diablo en calidad de sierva; 3. la mujer que volaban por las noches y tenía malas intenciones, como la de comerse a los niños pequeños o inducir a los hombres al amor pecaminoso; 4. la mujer que pertenecía a una secta satánica o asistía a reuniones sabáticas en cuevas secretas. 

Para que la Inquisición pudiera dar con los herejes y los opositores de la Iglesia, usó todos los medios posibles, incluso a los niños, quienes podían acusar a sus padres de asistir a reuniones sabáticas y mantener relaciones con el Diablo. Los inquisidores estimularon la delación entre los niños, en ellos encontró a sus mejores testigos a la hora de procesar a los acusados ante los tribunales del Santo Oficio. La Inquisición usó también el silencio y la marginación de las mujeres emancipadas para combatir y contrarrestar su voluntad de hierro, que les permitía romper las cadenas de opresión y acceder a las posiciones controladas sólo por los hombres. Así pues, a las mujeres emancipadas, que fueron acusadas de brujería y blasfemias contra Dios, las sometieron a los suplicios de la tortura y las dejaron arder como antorchas en la hoguera.

15 de Junio de 2003