Tres escritoras bolivianas comentan el libro de Víctor Montoya: Relatos mineros
Gaby Vallejo Canedo
"Cuentos de la Mina" de Víctor Montoya, parece haber surgido desde uno de los aterradores círculos del infierno dantesco. Tal es la fuerza narrativa, que el lector se queda sobrecogido por el espanto. Lo más sui géneris, es que muchos de los cuentos ya los hemos conocido por la memoria oral de los pueblos mineros o los hemos leído en algún otro autor, pero los relatos de Montoya, tienen un manejo sobrecogedor del miedo.
Probablemente, elementos como la muerte violenta, el Tío o demonio ingresando en la vida de las personas, las vísceras humanas abiertas, el sexo y el ano violentados contra-natura, los pulmones podridos, las relaciones sexuales entre demonio y humanos, el interior de las oscuras galerías como escenario, las situaciones monstruosas, el entorno maléfico hacen que los relatos de Montoya cobren una fuerza tremenda que escalofría al lector. Todos estos componentes, en la narrativa de Montoya, se están cruzando constantemente, alimentándose entre sí, transfiriendo una alta tensión de terror a la totalidad del relato.
El último cuento parece registrar un hecho histórico en forma metafórica. En Bolivia, se ha producido en las dos últimas décadas, el cierre paulatino de las minas y el debilitamiento y muerte del poder político de los mineros. Como consecuencia de este hecho histórico, se produce también la dispersión de los mineros por diversos territorios nacionales y por consecuencia, el debilitamiento del Tío, maléfico o benéfico, que sustentaba el mito más poderoso del interior de las minas.
Esta percepción del cierre de todos los símbolos que incluye el cierre final del Tío, está magníficamente tratado en el cuento titulado justamente "El último pijcheo". No obstante que el Tío, regresando para siempre a sus galerías, lanza una carcajada detrás del minero, le dice, enigmáticamente una condena: "¿No te das cuenta que estás poseído, carajo?. Que estoy encarnado en tu cuerpo, que formo parte de tu sangre y de tus huesos?..." (Pag 111).
Ese mismo elemento, que un ser humano es portador del demonio, encontramos en la "Carta al Tío", con la que el libro finaliza. En ella se entrelazan y confunden el personaje del último cuento, con el autor de la carta que no tiene firma y con el escritor del libro. Todos obsesos y poseídos del Tío. Oigamos su voz o sus voces: "...en el misterioso laberinto de los sueños, asumo tu imagen para hablar con la voz de diablo, como si de veras existieras..." (Pag 118).
Esta situación existencial del autor, perseguido por el Tío, ha acabado sin duda, por catarsis, gracias a la escritura de los cuentos en los que el personaje se repite. Ahora, el libro y el Tío siguen su camino en busca de los lectores.
El libro de Montoya es una excelente representación del poder de los mitos, que van reproduciéndose en nuevos ropajes, mostrando su atributo de eternidad.
CUENTOS DE LA MINA
Giancarla de QuirogaVíctor Montoya, escritor paceño residente en Suecia desde 1977, pese al tiempo y a la distancia, mantiene un vínculo literario permanente con Bolivia, en especial con la temática minera con la que se inició y que en 1984 lo hizo acreedor del primer premio en el concurso nacional de la UTO, con su cuento "Días y noches de angustia", que trata de la represión militar en un centro minero.
El autor conoce muy bien el interior y exterior de la mina, por provenir de una familia de tradición minera y porque desde niño vivió en Siglo XX y en Llallagua. La temática de su último libro, "Cuentos de la mina" (Estocolmo: Luciérnaga, 2000, 125 p.), se aleja, sin embargo, de la denuncia de las condiciones de vida de los mineros que inspiró a muchos narradores y poetas bolivianos, desde Fernando Ramírez Velarde, René Poppe y Alcira Cardona, sólo para citar algunos.
El libro tiene un prólogo de Alberto Guerra Gutiérrez y un glosario que permite al lector familiarizarse con los términos utilizados por los trabajadores del subsuelo; en los 18 relatos, Víctor Montoya recoge y recrea mitos, leyendas y material de la tradición oral, cuyo protagonista es el Tío, ser mítico, contradictorio, sagrado y demoníaco; divinidad
siniestra temida y venerada a la vez, con la cual los mineros tienen que congraciarse y pactar, porque puede brindar protección y riquezas, permitiendo el descubrimiento de ricas vetas, o bien ejercer su poder siniestro sobre la vida y la muerte de los incrédulos o de los que no le rinden pleitesía.
El autor consigna un epígrafe que recoge el título de una obra de Adolfo Costa du Rels: "Los Andes no creen en Dios", y en realidad, los mineros tampoco, su dios es el Tío, la encarnación del diablo, el enemigo de la religión del poder y de la conquista. Sin embargo, paradójicamente, el culto a la Virgen del Socavón es profundamente arraigado en los trabajadores del subsuelo, ellos necesitan de ambas divinidades, éstas no se oponen, se complementan.Como en la literatura tradicional, Montoya muestra al Tío entronizado en la mina "acostumbrado a vivir entre galerías húmedas y oscuros pasadizos, con temperaturas frías y temperaturas sofocantes" (p. 101), esperando el homenaje y el tributo de los mineros.
Sin embargo, en algunos relatos, el autor rompe la tradición: el Tío sale de la mina y cobra aspecto humano, la mayoría de las veces, para desplegar sus artes de seducción; así, en un cuento "salta por el ojo de la cerradura y se mete en el cuarto oscuro de las mujeres" (p. 17), donde seduce y embaraza a una hermosa chola. En otro, por una apuesta, deja su trono labrado entre las rocas de las galerías, desde donde ejerce su dominio, para meterse en la cama de la mujer de un minero (p. 45). En otro relato, "ronda por el campamento minero en busca de un amor perdido" (p. 63). En un cuento, sale de la mina "dispuesto a hacer germinar su semilla en el vientre de una de las mujeres" (p. 71). Finalmente, en otro relato, el Tío vengativo cobra el aspecto de un anciano y visita la casa del abuelo del autor para castigar su falta (p. 59). En otras ocasiones, la divinidad de los socavones adquiere formas femeninas para seducir a los mineros y arrastrarlos a los abismos mortales de la mina.
Las diferentes narraciones muestran al lector los múltiples aspectos del interior y exterior de la mina, descubren sus rituales propiciatorios y sus prodigios, como en el cuento "El Timbrero", expresión genuina de lo "real maravilloso" que ha caracterizado a la literatura latinoamericana de las últimas décadas.
"Cuentos de la mina" vendría a ser una especie de biografía del Tío, es un libro que con sus relatos fascinantes, sus minuciosas descripciones en un lenguaje fluido, en ocasiones poético, y sus ilustraciones, constituye un valioso aporte al conocimiento de las creencias, mitos, ritos y leyendas que desde siglos, sustentan el mundo de los trabajadores mineros.
El libro se cierra con una carta del autor al Tío, el cual se muestra de cuerpo entero, "con su traje hecho de luces y de sueños" (p. 117), misiva que podría interpretarse como un homenaje a esta divinidad que al parecer, desafiando los fríos nórdicos, aún acompaña e inspira al escritor.
VÍCTOR MONTOYA Y LOS CUENTOS DE LA MINARosario Quiroga de Urquieta
El escritor Jaime Martínez Salguero en su libro "El relato minero de Bolivia", afirma: "El arte tiende a elaborar estados colectivos de conciencia sólo cuando el escritor vive aquello que lo angustia; cuando abre sus ojos y palpita al unísono del problema colectivo. Cuando es testigo viviente de su tiempo". Al respecto, como una respuesta consecuente con este concepto, en la dedicatoria que hace en "Cuentos de la mina" su autor, el escritor Víctor Montoya, declara que: "en estos cuentos se podrá advertir el realismo mágico y mítico de la mina y los mineros, con quienes compartí y conviví de cerca. Conozco la miseria de sus hogares, el drama de sus luchas y la tragedia de sus vidas".
Nos confiesa, también, que sus relatos (que fueron transmitidos de generación en generación en forma oral) son el recuerdo que guarda su memoria afectiva... Nos dice: "aún recuerdo el día en que mi abuelo me refirió por primera vez la leyenda del Tío".
Al leerlos percibimos, sentimos esa autenticidad, espontaneidad, frescura de la narrativa oral, a la que Víctor Montoya revitaliza y recrea dentro la escritura literaria del cuento, dándolo esa atmósfera original, personal, que transmite su mundo espiritual a los personajes que mueve en la ficción.
En la historia de la narrativa boliviana (novela, cuento, relato) dedicada al minero y al mundo de la mina, hay obras que a partir de la fábula tienen como propósito lograr la reivindicación política, económica y social del minero, con temas como la búsqueda de la riqueza, riesgos en las actividades laborales, la conversión del indio agricultor en el proletariado minero, la organización social y política, sus luchas sindicales, huelgas, masacres, etc.
"Cuentos de la mina", editado en Estocolmo, dirige su mirada al universo fantástico de la mina y el minero, a las leyendas, ritos, signos que encierran los socavones y las relaciones sentimentales que establecen con sus habitantes. Los cuentos de este libro han tomado su alimento de esa mentalidad mágica que crea formas de observar la realidad circundante cuyo centro, al cual convergen los dolores y placeres que experimentan hombres y mujeres, es el "Tío", deidad fálica (miembro grande, erecto y grueso), para unos, demonio, para otros la energía vivificadora que permite el éxito y la realización de los deseos.
La figura del Tío (tema central y generador en el libro), unida a la del cerro, la mina, los socavones, en actitud mágica orienta y condiciona la mentalidad de sus habitantes hacia lo sobrenatural, por eso él puede ser benévolo o sanguinario según sus caprichos o antojos.
Haremos un recorrido por la multifacética expresión de la mente y la espiritualidad de este personaje al que Víctor Montoya ha logrado manejarlo con calidad literaria y conocimiento.
El Tío es vengativo, él espera que se le rindan los honores y ofrecimientos con dedicación, respeto y temor. La imagen del Tío debe ser primero. Sinforoso Choque enloquece y muere porque no le ofreció su alcohol ni su coca, ni le prendió el k'uyuna en la boca.
Oh, el Lamero, movido por fuerzas extrañas vuelve desde lejos a cumplir su condena y morir en la mina. El Timbrero, a quien, movidas por el Tío, lo alcanzan las brujerías de los familiares de los mineros muertos en el ascensor.
"El Tío es el único que se atreve a medir sus fuerzas demoníacas con las fuerzas divinas de Dios", así se produce el sincretismo, cuando lo pagano y religioso mueven la mente y el espíritu de los personajes. El abuelo, personaje del cuento "El castigo del Tío", dice: "Los humanos no estamos solos, vivimos acompañados de Dios y el diablo".
Con el Tío hay que ser correcto y cumplir con los pactos que se hace con él. No sirven las huidas, siempre se vuelve a él: "La palliri que no perdió su belleza ni la costumbre de vestirse con botas, overol y guardatojo, volvió a entrar en el interior mina donde el Tío la esperaba con los brazos abiertos y la alegría en la mirada".
El Tío se transfigura en múltiples personajes, como en el cuento de la K'achachola hace su aparición como mujer envuelta en una aureola rojo-naranja, parecida a la Virgen del Socavón y luciendo un cuerpo seductor invita a apagar el fuego del deseo, pero sólo conduce a la muerte.
El Tío es seductor, libidinoso, de apetitos sexuales incontrolables que le llevan a cometer violaciones con crueldad y desenfreno. Por ejemplo, el relato de la chola uncieña basado en la leyenda sobre el mito del cerro Uncía, con descripciones que hacen gala de magia, ficción y realismo.
Así el Tío engendra con la hija del minero un hijo que no llega a nacer y que es enterrado con su madre, se convierte en monstruo y duende que se les aparece a los que perdieron la razón de tanto pijchar coca y beber.
Dejamos abierta la curiosidad para que otros lectores disfruten de: El último pijcheo, El Makipura y la Condenada, El Juku y la Viuda, El diablo de la envidia, El timbrero, La apuesta, El monstruo de la mina, La furia del Tío, La K'achachola. El Lamero, entre otros.
Víctor Montoya además de estar en una práctica constante del aprendizaje de la escritura, es un estudioso e investigador. En una entrevista que se publicó en el periódico "Opinión", nos comenta sobre sus concepciones y criterios sobre la materia y el andamiaje en el arte de escribir cuentos. Qué mejor ejemplo que la lograda estructura de los cuentos que compone su último libro, los cuales trascurren en narraciones y descripciones puntillosas que comprometen la emoción del lector, el interés, expresadas en un lenguaje tan correcto en su formalidad gramatical como literario, ágil y espontáneo en su contextualización, y enriquecido con términos quechuas y aymaras,
Leer los "Cuentos de la mina" es desandar el camino de ese mundo de mitos y leyendas que forman parte de nuestra tradición e identidad. Una vez más Víctor Montoya es consecuente con la razón y los estímulos que le dictan su compromiso con la historia y la cultura de su país.
Este libro de cuentos debería llegar a nuestra juventud para que no sólo conozcan, sino también disfrute de todo ese complejo conjunto de pensamientos, sentimientos, costumbres que forman la base de nuestra cultura
Encontrado en: http://www.expansion.nu/tinku/victor/cuentosm.htm