Alan Pauls. El pudor del pornógrafo. Editorial Sudamericana, Buenos Aires, 1984

Capítulo 1

Ursula solía esperarme en el amplio parque que se extiende frente a mi casa. Convencida de que en soledad mi trabajo ganaba en eficiencia y rapidez, había elegido el parque porque desde allí -por una razón posicional- le era posible divisar el pequeño balcón de mi casa, una blanca saliente con rejas a la que yo me asomaba a fin de apaciguar con gestos su expectativa. Entre carta y carta, yo salía al aire y permanecía allí unos minutos, fijado en la contemplación de su pequeña silueta, que ella acomodaba con decoro en uno de los descoloridos bancos del parque. Cuando ella alzaba los ojos hacia el balcón (su cabeza parda, en la que los reflejos del sol se entrelazaban, ascendía levemente como si yo la hubiese llamado con silenciosa consigna), yo intentaba hacerme entender por medio de contorsiones corporales. Ursula se incorporaba de pronto, creyendo sin duda que lo que yo le anunciaba con mi aparición en el balcón era el término de una nueva jornada de trabajo. ¡Cuánto me costaba entonces disuadirla: explicarle con ademanes que me mostraba ante ella con el solo objeto de preservar nuestro contacto!

Más tarde el trabajo aumentó; las cartas comenzaron a llegar por paquetes que un fatigado cartero abandonaba descuidadamente frente a mi puerta. Entonces Ursula modificó sensiblemente su forma de esperar. En una ocasión, aprovechando la pausa cada vez más estrecha entre una carta y otra, salí al balcón con la intención de ofrecerme a ella, a la que imaginaba ya exasperada por la espera, mirando insistentemente hacia el balcón como quien aguarda la salida de un líder religioso. Pero, para mi sorpresa, ella no estaba allí. Quedé unos instantes como enclavado en el banco en el que solía sentarse, detenido en la morosa verificación de su ausencia, hasta que mis ojos, desplazándose lentos por toda la extensión del parque, fueron a dar a una zona lateral, sombría; allí distinguieron la masa compacta de unos árboles agitados por el viento y, recortada contra ellos, una mancha viva, una silueta en la que reconocieron el cuerpo de Ursula.

   Súbitos interrogantes me asaltaron: ¿por qué allí, a qué obedecía ese inesperado cambio de posición, qué efectos desencadenaría? La respuesta de este último me sería dada de inmediato, apenas intentara descifrar aquella mancha rojiza que se debatía en la zona penumbrosa: conforme a esta arbitraria redisposición del espacio, resultaba que yo poseía de ella una visión cuya relativa claridad me facilitaba el acceso a sus detalles; pero he aquí que ella, al dirigirle yo mis enfáticos gestos con sus correspondientes significados, no parecía capaz de recogerlos, alejada mi figura -al parecer- de los límites de su campo visual. Quedábamos, por así decir, desconectados uno del otro: ¡roto el lazo óptico que nos encadenaba! Observándola desde el balcón, me parecía estar frente a uno de esos vidrios que permiten la visión de quien está detrás, impidiendo sin embargo que éste reconozca a quien lo contempla, dado que eso que el que contempla toma por vidrio (por transparencia), sólo es para el contemplado una superficie opaca.

Desde entonces, Ursula nunca volvió a interrumpir mi trabajo. Sin duda debido al creciente número de cartas que yo recibía, y también a cierto hastío derivado de la espera, prefirió aparecer, enigmática, en aquellas ráfagas de visión, como una suerte de pieza principal camuflada en elemento accesorio. Fragmentos de contemplación: pequeños cuadros de los que el cuerpo de Ursula, enfundado en vestidos de colores extravagantes, hacía su propio escenario, el lugar de su exposición.

No describiré aquí lo que de ella pude constatar en aquellas visiones; diré, sí, que si bien ella quedaba marginada del sentido de mis "envíos" (los gestos que yo improvisaba a falta de un sistema de comunicación más conveniente), no por ello parecía molesta por la contemplación unilateral a la que ella misma, cambiando su postura en relación al balcón, se había entregado, sino todo lo contrario: de esta visión sólo mía, que le era del todo imposible corresponder, Ursula supo sin duda explotar las peculiaridades.