Noche y niebla

Por Alan Pauls

Página/12, Libros, 23 de diciembre de 2001

No es casual que W. G. Sebald, el último centinela de la Alta Literatura, haya sido traductor. Vértigo, Los emigrantes (1993), Los anillos de Saturno y Austerlitz –cuatro libros de una fulminante lentitud que, en apenas diez años, revelaron y consagraron a un escritor sorprendentemente tardío– están animados por la misma fuerza que corre por las venas de la traducción: la pulsión de mesianismo y melancolía que otro escritor-traductor alemán, Walter Benjamin, tenía en la cabeza mientras redactaba su famoso ensayo La tarea del traductor. “Tarea”, en ese contexto, se entiende como misión; es decir: algo que el traductorescritor recibe de un más allá situado en algún punto del pasado y que debe encargarse de llevar, de hacer pasar hacia otro lado, un más allá virtual, utópico, donde se supone que habrá de realizarse plenamente. Ese “algo” es, a la vez, una deuda y una demanda; al texto original (escrito en su lengua original) le falta exactamente lo mismo que reclama: trasmitirse –y un texto sólo se trasmite cuando es otro: cuando cambia de lengua. Como el traductor, que se hace cargo de la deuda, responde a la demanda y –más un portador que un autor– hace viajar el sentido a través de las lenguas, vigilando de cerca sus mutaciones, el escritor según Sebald es el que se hace cargo de las deudas impagas (las demandas desoídas) de la Historia. Las detecta husmeando entre escombros, ruinas, archivos quemados, como un arqueólogo o un especialista en catástrofes; las articula, las hace hablar, las libera, abriéndolas al juego siempre incierto de su reconstrucción; y a medida que esas heridas históricas -muertes, pérdidas, exilios– van reapareciendo, desfiguradas por la voz frágil con que las evocan los lugares, los libros, las imágenes, los sobrevivientes, Sebald las “documenta” con fotos, ilustraciones de época, dibujos, textos autógrafos, todo un archivo de evidencias caseras, referencialmente improbables, que los libros van desgranando como páginas de un álbum doméstico, donde los iconos de la Historia se codean con los fetiches más íntimos de la tragedia privada. Memory art. Escribir no es probar lo que sucedió; de ahí que los “documentos” con que Sebald apoya sus minuciosas excavaciones históricas no puedan ser más ambiguos. Más que la verdad de un suceso, lo que la literatura de Sebald afirma es la verdad de la memoria, esa máquina de desenterrar, repatriar, manufacturar y trasmitir sucesos. Es una verdad a la vez artística y política, documental y ficticia, histórica y personal, y la literatura –la Alta Literatura, la que tiene una misión que cumplir– sólo puede desplegarla a su manera: fraseándola. Como Thomas Bernhard (pero sin su odio), como Proust (pero sin sus distracciones ni su microscopismo), Sebald, artista del lamento y la memoria, inventó una extraña forma de ficción hecha de autobiografía, relato de viaje e investigación histórica, pero sobre todo inventó algo más modesto y más soberano: una frase. Hay una frase Sebald –como hay una frase Proust y una frase Bernhard–; es única, inconfundible, y sin duda está llamada a “quedar”. Pero ese prodigio sintáctico es mucho más que una cuestión de estilo; es un elemento (suerte de medioambiente en el que todo flota, nada, se reproduce), un movimiento (que enlaza pasado y presente en un gesto casi cinematográfico, como de plano-secuencia) y una música (que lo penetra todo, que arrastra consigo ideas, emociones, afectos): los tres componentes que hacen que un mundo se ponga a existir.

Encontrado en: http://www.pagina12.com.ar/2001/suple/libros/01-12/01-12-23/nota1.htm