Alan Pauls. Como se escribe. El diario íntimo. El Ateneo, Buenos Aires, 1996.

VIII

Cesare Pavese

El pasado

 

El diario de Pavese llega siempre demasiado tarde. Ya los hechos sucedieron, la tragedia irrumpió, el instante de éxtasis se ha disipado en el aire. Afectado por ese sistemático sentido de la inoportunidad, el escritor, pues, sólo tiene una tarea: recoger las sobras de los acontecimientos, administrar y ordenar sus secuelas, examinar con atención las estelas que dejaron para tratar de contestar una pregunta que no deja de acosarlo: ¿cómo he llegado hasta aquí? En ese sentido, El oficio de vivir es todo menos un diario de narrador Es la crónica de una vida menos los episodios que la fundan, una trama trágica despojada de sus hechos principales, la descripción de un destino atroz del que el mismo Pavese ha extirpado los nudos dramáticos que van cumpliéndolo, inexorables. Diario de efectos, nunca de causas, ese rasgo distintivo parece señalar también la distribución a la que Pavese somete las dos regiones básicas del género, vida y escritura. Las causas siempre son del orden vital, son vida pura, incorrompible e intraducible, y por lo tanto están condenadas a quedar fuera del diario: toda causa es una causa perdida (en el doble sentido de ausente y de fracasada). Los efectos, en cambio, son del orden de la visibilidad, de la presencia, y forman esa textura un poco escurridiza que es la verdadera materia prima del diario, el terreno que el diario trabaja hasta la extenuación, sometiéndolo a toda clase de análisis, exámenes y diagnósticos. Obra maestra de la retrospección, máquina de transformar todo tiempo vital en un pasado instantáneo, El oficio de vivir es también un ejercicio sistemático de semiología; su misión consiste en hacer de los efectos síntomas y en interpretarlos retrospectivamente como signos de un mal extraviado en la noche de los tiempos. "Todos los hombres tienen un cáncer que les roe, un excremento cotidiano, un mal a plazos: su insatisfacción; el punto de choque entre su ser real, esquelético, y la infinita complejidad de la vida. Y todos, antes o después, se dan cuenta". El diario íntimo como "vivero de descubrimientos retrospectivos, de espantos".

Convertir la vida en pasado, ese afán incesante del diario de Pavese, es en realidad la única defensa que el escritor tiene contra las ofensas de la vida. Es el arma secreta y la suprema vanidad de la literatura, que todavía sueña con ganar esa guerra insensata. "Tú no me engañas, sé cómo te comportas, te sigo y te preveo, me gusta verte actuar y te robo tu secreto componiéndote en avisadas construcciones que detienen tu flujo". El diario, pues, pasa a ser construcción de vida, y la vida, capturada por las fuerzas del diario, se convierte a su vez en un inmenso archivo al que el escritor vuelve una y otra vez, del mismo modo en que el erudito vuelve a la misma fuente para descubrir, esta vez sí, el signo o la interpretación del signo que dispararán su porvenir en una dirección nueva. El sujeto del diario -ese sujeto viviente- es en Pavese una figura recalcitrantemente enciclopédica, suerte de filólogo incansable siempre a la pesca de pistas, pasajes críticos o erratas decisivas. La vida ha pasado a ser puro pasado: lo que, en los términos del pacto específico que establece este diario, significa que no es otra cosa que un libro inmenso al que el filólogo siempre acudirá para saciar su sed de sentido. No se trata, pues, de recordar un pasado sino de citarlo como se cita un texto ajeno; no es cuestión de evocar mediante la memoria cualquiera de sus momentos, sino de remitir un punto determinado a otro, una entrada a otra, una fecha escrita a otra, en  esa red sin precedencia ni sucesión que es el diagrama de un diario íntimo. Nadie ha puesto tanta energía como Pavese en releer, ordenar, clasificar ese archivo en el que transforma su pasado. "Mi misoginia (1930-1934)", escribe, con la certidumbre del que tabula su propia vida como si fuera un período de la historia de la literatura. O reorganiza el pasado en series temáticas, por ejemplo la serie del sufrir: "28 de octubre. De cualquier desventura nuestra no debemos culpar a nadie más que a nosotros (28 de enero del 37). Sufrir no sirve para nada (26 de noviembre del 37). Sufrir limita la eficiencia espiritual (17 de junio del 38). Sufrir es siempre culpa nuestra (29 de septiembre del 38). Sufrir es una debilidad (13 de octubre del 38)".

Todo está escrito. El oficio de vivir sigue al pie de la letra esta arcaica divisa trágica. La pone en acción, la actúa, casi la alucina, al punto tal que rápidamente el diario de Pavese se vuelve a la vez claustrofóbico como una cárcel y fatal como un destino. Insistencia de una pulsión helénica en Pavese. Si todo está escrito, entonces el escritor de diario íntimo sólo puede dedicarse a releer, al consuelo trágico de trabajar brutalmente el pasado, corregirlo, contradecirlo, añadirle o quitarle partes, afectarlo. Nada asegura, por supuesto, que ese encarnizamiento vaya a modificarlo. Fracaso sin precio, la quimera que atraviesa todo el diario de Pavese no está, sin embargo, exenta de compensaciones. Una de ellas, tal vez la más persistente, es la dimensión técnica, también inconfundiblemente griega, a la que se abren muchas de estas páginas desalentadas: arte de vivir, de amar, de escribir, arte de "recibir en la cara los latigazos del dolor"... Es la extraña modernidad con la que tropieza este diario meticuloso, a veces insoportablemente magistral, siempre implacable: haber compilado todas esas tecnologías de vida con el auspicio de una autopedagogía imposible.