Reyes en el exilio

Por Alan Pauls

Página/12, Radar, 16 de abril de 2000

Dos películas proyectadas en el Festival de Cine Independiente resucitaron, cada una a su manera, una vieja debilidad argentina: esa condescendencia amarga, aristocrática, siempre un poco intelectual, que suelen inspirarnos los monarcas arruinados por el destierro.

El primer avatar de esta noble tradición de losers es Witold Gombrowicz, el escritor polaco cuya larga temporada argentina (casi 24 años) aparece reconstruida en Gombrowicz, la Argentina y yo. El que dice “yo” en este título, a la vez con modestia y jactancia, es el director del film, Alberto Yaccelini, un notable montajista argentino que vive en París hace un cuarto de siglo y cuya mano puede verse, entre otros ejemplos, en el corte final de La película del rey de Carlos Sorín.

La historia de Gombrowicz y la Argentina no es desconocida. El mismo Gombrowicz la contó en las páginas inescrupulosas del Diario argentino y las desopilantes de Transatlántico; Alberto Fischerman la filmó en Gombrowicz o la seducción, ejercicio de cine espiritista en el que un grupo de “discípulos” locales de Gombrowicz conjuraba el espectro del Maestro en un maratón psicodramático; y el discípulo Juan Carlos Gómez la pormenorizó al publicar las Cartas a un amigo argentino, compilación parcial de la correspondencia que mantuvo con Gombrowicz luego de su regreso a Europa.

La película de Yaccelini también convoca a esos albaceas del mito. Allí está Alejandro Rússovich, señalando con el dedo las fotos blanco y negro que lo muestran joven junto a Gombrowicz, y allí están también Miguel Grinberg, que trata de hacerse oír en el estrépito del puerto (donde 37 años antes despidió a Gombrowicz para siempre), y Antonio Dal Masetto, que evoca al autor de Ferdydurke con la justeza de un aplomo imperturbable. Pero a ese elenco de “yos”, portadores de una experiencia autobiográfica decisiva, Yaccelini suma un par de testimonios algo excéntricos, no del todo incondicionales, al menos, del fervor gombrowicziano: el de Jorge Goldenberg, dramaturgo y guionista, encargado de desmenuzar, más que la presencia de Gombrowicz en el país, el bizarro, errático, desconcertante imaginario argentino que la acogió; y el del escritor Juan José Saer, que recorre “literariamente” a Gombrowicz con el mismo tono doble –un pie en la severidad, otro en el sarcasmo– que campea en sus ficciones. Es precisamente la franja encarnada por Saer y Goldenberg la que, despegándose suavemente de la hagiografía –incluso de ese género gombrowicziano que es la hagiografía cínico-farsesca–, empuja el film de Yaccelini hacia una dimensión más personal. Hay aquí dos voces que hablan en primera persona: la de Gombrowicz, por supuesto, cuyos textos sobre la Argentina aparecen a menudo leídos en off, y la del mismo Yaccelini, que, en un francés signado por el acento extranjero, despliega su doble posición de narrador exterior y de personaje completamente implicado en la historia que narra. Así, Gombrowicz, la Argentina y yo deja de ser un simple documental biográfico y se convierte en un ensayo sutil acerca de un pequeño puñado de perversiones argentinas: el exilio, la pérdida, la doble identidad, la traducción, y esa extraña pasión –culpable de muchos de los mejores hallazgos de nuestra cultura– que se llama desapego.

El otro monarca en ruinas también es europeo, pero el film en el que aparece, a diferencia del de Yaccelini, no lo proclama desde el título; más bien le baja los decibeles y lo contrabandea. El film es Julien Donkey Boy, de Harmony Korine, y el rey destronado que deambula por él no es otro que el cineasta alemán Werner Herzog. Julien Donkey Boy podría ser muchas cosas a la vez: un estudio sobre una gran familia disfuncional norteamericana, mezcla de El desencanto con Freaks; un encendido alegato en favor del grano como mito de la imagen cinematográfica independiente; un melodrama incestuoso disfrazado de película experimental; una puesta al día del lado oscuro del sueño americano; una ratificación de lo mucho quetendremos que ocuparnos de esa exquisita mezcla de perfume y de marquesa que es Chlöé Sévigny. Pero el film de Korine es sobre todo una pequeña fábula de exilio que cuenta cómo Werner Herzog –El Hombre Que Daría La Vida Por Una Imagen Imposible– fue eyectado del romanticismo alemán y cayó en medio de un brunch protagonizado por una familia psicótica de suburbio norteamericano. A fines de la década del 70, Wim Wenders, en El amigo americano, convertía a Nicholas Ray, cineasta maldito, en un artista póstumo que enviaba cuadros desde un fraudulento más allá. A principios del 2000, Korine invierte el proceso y convierte a Herzog, el artista del desenfreno, en un padre de familia que el difunto Klaus Kinski hubiera sacrificado todo (su vida, la de su hija Nastassja y la de Herzog) por interpretar. Entre otras delicias, Herzog padre azota a su hijo autista .el Julien del título-. con una manguera de agua fría en pleno invierno, y obliga a su otro hijo –un gimnasta maniático que entrena subiendo las escaleras de su casa sin usar las piernas– a ponerse la ropa interior de su esposa muerta para bailar con él. Es un hombre bestial, despiadado, que habla un inglés preciso y casi poético, tallado por su acento alemán, y que pasea por el film algo mucho más inquietante que su cuerpo: su dimensión mítica. Herzog no es un buen actor pero tampoco es malo: es simplemente irresistible. Cuando está en cuadro es imposible apartar los ojos de él, y cuando desaparece no hacemos más que extrañarlo. Es más grande que el film o parece tridimensional, como si tuviera relieve. Es el mismo viejo Herzog de siempre: maníaco, desaforado, lleno de ideas fijas, fisicoculturista del desafío y lo imposible. Sólo que está lejos, muy lejos de su patria. En el film de Harmony Korine es un monstruo, sin duda; pero cuando martiriza física y psíquicamente a Julien, llama “puta” al personaje de Sévigny o predica su fundamentalismo paterno con consignas militares, su monstruosidad no puede no tener el carácter triste y compulsivo de los vicios adquiridos en la tierra del exilio, que “traduce” –degradándolas al máximo– las virtudes con las que brillaba en su tierra natal y que ya no tienen lugar en este mundo.

Encontrado en: http://www.pagina12.com.ar/2000/suple/radar/00-04/00-04-16/pagina3.htm