PEDRO RANGEL MORA 

 

Escritor nacido en Mérida, Venezuela, egresado de Abogado en la Universidad de los Andes.  Fue Redactor Literario de la Revista Azul de la Universidad de Los Andes, y ha estado ligado a diferentes proyectos culturales como la revista Solar, y la coordinación de varios Talleres Literarios. A finales del 2.004, apareció la novela “El Enemigo”, en la editorial El otro, el mismo. En enero del 2.000 fue publicada su novela “Autobiografías”, editada por Monte Avila Editores Latinoamericana. En diciembre de 1995 se edita su libro de relatos "La Yegua de la Noche", publicada por la editorial Solar. En 1993 apareció la novela policial "El Orden de los Factores", editada por el Consejo de Publicaciones de la U L A. En 1984, en Caracas, la editorial Contextos, del Pen Club de Venezuela, publicó su libro de relatos "Coro de Gansos".  

Ha sido incluido en distintas antologías: "Muestra  Antológica del Nuevo Relato Venezolano", Revista Imagen, 1986; "El Cuento en Mérida", Universidad de los Andes, 1985; "Nuevos Narradores de Mérida", libros de Azul,1981; "Entre Cuento y Cuento", selección de narradores de la Región del Maule, Chile, 1994.

Sus textos han sido difundidos en las revistas: Imagen, Actual, Criticarte, Solar, La Gaveta Ilustrada, Babel, Letra Continua, y otras. En las secciones literarias de los diarios: El Nacional, El Universal, La Epoca, El Impulso, El Tiempo, Frontera, y muchos otros. P R M vivió en Chile seis años (1.989-1.995), dedicándose a la escritura principalmente, y laborando en Extremo Sur, Escuela de Cine de Santiago, donde también estudio, y en proyectos culturales carcelarios. Hasta el 2.001, P R M residió en el Oriente de Venezuela, donde trabajó como abogado corporativo petrolero. Actualmente reside en Mérida, donde trabaja en una Novela, un libro de relatos, y labora en el ejercicio libre de la profesión.

 E-Mail: rangelpa@hotmail.com

 


 

 

EL SALTIMBANQUI LECTOR

Tenía diez años y una agilidad sorprendente. Un sábado como a las tres de la tarde, subí a la azotea de la casa y, luego de un largo pulso con el miedo, lo vencí lanzándome al jardín de una altura de tres metros. Entonces mi padre, entre otros empleos, era arreglista de la banda del estado, y estaba en el escritorio dibujando a mano cada una de las partituras de los músicos para la retreta en la plaza Bolívar. Feliz por mi intrepidez, entre de nuevo a la casa, subí y me volví a lanzar, siendo sorprendido por mi padre en pleno vuelo quien, luego de revisarme buscando huesos rotos, me regañó ordenándome dejar de saltar. Yo, feliz con mi recién descubierta valentía, subí la escalera en puntillas, y desde la pestaña de cemento de la azotea me lancé, ahora con una blanca sábana-paracaídas –imitando a mi hermano mayor-, evitando el ruido al caer. El regaño fue mayor, me confinaron al cuarto. Al rato, no pude evitarlo, una fuerza desconocida me impulsó a repetir la hazaña: subí escondido, y de nuevo volé hasta la grama del jardín. Mi padre, alejado de sus corcheas y negritas, colérico, me tomó del brazo, arrastró una silla y me sentó en un rincón, entre la ventana donde me vio volar y la escalera, a la vista desde su escritorio, y con un “de aquí no se me mueve” me colocó un libro rojo en las piernas. Lagrimeando no tardé en aburrirme, y descartadas las posibilidades de ser rescatado por una visita, o por mis hermanos, en una casa insólitamente solitaria, comencé a hojear el libro. Una cosa llevó a la otra y sin saberlo fui tragado, deglutido sin misericordia por una novela, cuando ni siquiera sabía que existía el genero; horas después, que no sentí pasar, oscureciendo ya, mi padre se sorprende al verme aún sentado con el libro en las manos y me convida a cenar. Yo, regreso a este mundo desde una lejanísima isla del Pacifico, para ser tentado por el aroma de las arepas de harina en el budare, por el queso frito y el café con leche, pero no logró despegar mis pestañas de la hoja, de la incertidumbre, de la historia extraordinaria entretejida por Daniel Defoe en su Robinson Crusoe. Conminado por los gritos lejanos de Mamá desde la cocina,  no tuve otra opción que cenar de último, mirando el libro, apurado para seguir leyendo. Y mande al carajo la esperada lucha libre a las ocho de la televisión  recién llegada a Mérida, los chistes de Los Chaparrines en radio Caracol a las nueve que religiosamente oía con papá; a las once cerré el libro, obligado por mi hermano dormilón a apagar la luz del cuarto. Al otro día me paré temprano a leer, y en la tarde, extasiado de gozo, había terminado mi primera novela, sintiendo que había descubierto El Dorado, que mi vida era maravillosa y había cambiado para siempre.

En un mes devoré el regalo de mi padre a sus hijos, la hasta entonces inmaculada Biblioteca Juvenil: Las Aventuras de Tom Sawyer de Mark Twaim, Los Tres Mosqueteros de Alejandro Dumás, Ivanhoe de Walter Scott,  Moby Dick de Herman Melville, los Cuentos de Andersen,  y maravillas de Verne, Salgari y otros. Soy afortunado, aquél sábado en que vencí al miedo, inicié un viaje infinito de posibilidades y emociones: dando una mirada azarosa, puedo decir que he visitado, en un solo libro –Creación de G. Vidal-, a Sócrates en Atenas, a Dario y Soroastro en Persia, a Lao Tse en Katay, a Buda en la India; que conozco los Mares del Sur y el lejano Oriente gracias a Conrad y London; que caminé junto a Kavafy sintiendo los olores de sus calles, palpando la gente, amando su Alejadría por obra de L. Durrel en el Cuarteto de Alejandría; que recorrí el alma de un criminal y sus penas, en todos sus recovecos, gracias a Dostoyeski y su Raskolnikov;  que entendí lo que eran principios morales gracias a Séneca; que pude elegir, como los lectores de Dante, al infierno antes que el cielo, gracias a la Divina Comedia; y, partido en dos por la mitad, recorrí el mundo medieval como el Vizconde Demediado de I. Calvino;  pude sentir el terror de Auschwitz, y supe que “...el problema no está en los problemas, sino en algún sitio fuera de ellos”, gracias a Inre Kertész. He estado en el futuro, en el viento, en el Aleph y muchos lugares imposibles, que sólo existen en la mente humana: “el verdadero universo”; he vivido sensaciones indescriptibles gracias a Ariosto, Juana Ines de La Cruz, Palomares, Rimbaud, Drumond de Andrade y tantos otros. Puedo decir hoy, satisfecho, alegre, que en mis viajes le he dado la vuelta al mundo, al espíritu humano, mil veces cuando menos.

Desde luego, ante tantas maravillas descubiertas, el saltimbanqui que había en mí no sobrevivió al último salto de la azotea, y se frustró el anhelo del niño de ser jugador del Estudiantes. En su lugar nació el viajero: el lector. Y gracias también a aquélla tarde en que vencí al miedo, cuando cumplí dieciocho años nació una determinación: ser escritor, y hoy me dedicó a inventar los libros que me gustaría leer, tratando de comprender el mundo dibujándolo, “soñando despierto”. Ahora debo despedirme, lo más importante me llama, un amigo me habló de un tesoro que ansío leer: Desgracia, un libro escrito por J M Coetzee, el último premio Nobel de literatura; corro a la librería a buscarlo.


 

JAZZ

(Forma parte del libro de Relatos VER PARA CREER, que pronto aparecerá en la Editorial del CONAC)

I

Piano, saxo, trompeta, contrabajo y batería. La mesa está puesta. La sala casi llena. Los comensales nos miramos los rostros habidos de música, de Jazz, pero no nos sirven el banquete. Hay problemas, un retraso de media hora, cuarenta y cinco minutos. Un pianista local nos dice que el del bajo no llegó, lo dejo el avión, el rumor corre y nos aumenta el hambre. Alfonso debe sustituirlo, pero Alfonso no ha llegado, está Miguel que también es muy bueno. Cuesta convencerlo. ¿Un grupo de Jazz sin bajo? Imposible. Finalmente Miguel pasa entre la gente, con el bajo eléctrico en una mano y la caja de resonancia en la otra.  Ya son las nueve, se abre el telón. Comienzan las explicaciones, no es culpa nuestra, la línea aérea se negó a traer a nuestro bajista, aunque el suplente partió desde Barquisimeto y aún no llega, gracias Miguel por acompañarnos esta noche… Comienzan, los músicos parecen inseguros, el pianista habla todo el tiempo con Miguel dándole indicaciones, sin embargo la cosa no funciona, se pronostica un desastre, el pobre Miguel trata de seguir la partitura pero la cosa no funciona, el pianista le pone la mano en el brazo del bajo para detenerlo y dejar así espacio a la batería en un solo. Al fin terminan entre algunos aplausos y el pesimismo general. La segunda pieza es para el teclado, la batería y la trompeta. Descansamos, mejoran notablemente, y Miguel continúa por ahí, en el escenario. Desde luego no es su culpa, el cada cual por su lado del Jazz no es tan literal. Alegría manifiesta en la cara de los músicos, llegó el bajista suplente. !!!Gracias mil Miguel¡  El suplente enchufa su instrumento, entona con el pianista. Un derrumbe en la carretera Panamericana interrumpió el tránsito automotor, ustedes sabrán comprender. Mejor tarde que nunca. Y arrancan de nuevo, el cambio es radical. A la segunda interpretación -con el bajista recién llegado desde luego-, los melómanos de las butacas logramos compenetrarnos con la música, olvidar los percances. Son realmente buenos, no hay duda, el tecladista es una maravilla, coño. Viene una pieza que llaman Cada Quien por su Cuenta. Aplausos a rabiar. Pero esto es increíble, no puede ser…, caramba, llegó el bajista principal, pedimos un gran aplauso. Abrazos en el escenario. Ahora sí… Pero mientras no preparamos los invitamos a un brindis cortesía de Ron Añejo Cacique y Pepsicola. Salimos al salón. ¿Un cigarro Anselmo? Ya son las diez, estén atentos al llamado, por los puestos claro. Esto se pone bueno, mejor después de dos cubalibres, excelente estando con Marta y su sonrisa de primera cita.

            Las luces del pasillo prenden y apagan. Pasen a la sala por favor. Ahora que estamos todos los que somos y somos todos los que estamos, quisiera decir el trompetista, pero decide callar, y luego del gracias Miguel, gracias Luis, comienzan otra vez. Como definir lo que tocan, un Jazz fuerte, de descarga… Piezas largas que permiten lucirse individualmente a los músicos, aplausos, aplausos, no podemos dejar de mover los pies al ritmo que nos marcan, no puedo dejar de sentirla cerca. Aplausos, estamos hechizados. En un pestañear son las doce. Muchas gracias, nos despedimos y hasta la próxima. Los gritos de, otra, otra, y los aplausos que no cesan. Está bien, El Quinteto de Jazz Caracas les obsequiará de postre un arreglo de El Diablo Suelto, que es tocado a un tiempo vertiginoso, haciendo que el público se pare de las butacas extasiado, y una de Chic Corea, y Marta…

 

II

…En medio de un solo de batería, Anselmo se desprende emocionado, deja de sentir a Marta, camina hasta el pie de la escalerilla del escenario y espera que terminen de tocar, distante del rugir del  los aplausos y los bravos terminales del público.  Pronto,  se sienta en la banca del piano. Junto a los músicos una pequeña multitud hace cola para abrazarlos y besarlos entre una soledad tranquila de voces y ecos. Pone las manos como levitando sobre el teclado, quietas un instante, y repentinamente comienza a tocar. Al principio no le prestan atención. La sala es evacuada lentamente. Marta, desde la butaca, lo mira sorprendida, no lo había visto nunca tocar, no sabía que tocara piano. Poco a poco fue atrapando la atención de los músicos, las conversaciones cesan. Son atraídos por un extraño virtuosismo. Se acercan se colocan alrededor de piano. Sus manos vuelan, arrítmicas escalerillas de lo grueso a lo claro se desprenden del tema principal armonizando perfectamente. Jazz del bueno, libre, improvisado… No para, se deja llevar, no piensa, sólo toca. Una hora después toca a cuatro manos con el tecladista del grupo. La gente los mira atónitos, fascinados, aunque nunca se habían visto se complementan como viejos compañeros de oficio. Hay ron en los vasos que sostiene las manos. Anselmo no cesa de tocar, el resto de la banda se ha sumando a la singular descarga.

Hay unas cincuenta personas cuando a las cinco de la mañana les ordenan que abandone el auditorio. Algunos protestan, pero el cansancio los convence de marcharse. Los músicos le piden el teléfono a Anselmo, lo invitan para el día siguiente en casa de no sé quien en El Valle…

 

III

…Y me mantuve distraído, distante en mi propio recital,  mientras manejaba para llevar a Marta a su casa. Al detenerme, un beso húmedo y ardiente me trajo maravillado a este mundo. Y desde ese momento no dejo de preguntarme, sí el ansiado beso de Marta hubiese sido igual de estremecedor sin mi “fantástica” intervención como pianista espontaneo en el concierto Jazz.

 


 DECALOGO DEL IMPERFECTO NOVELISTA

 

Para Rafael Cartay.

 "Ninguna obra de arte nace sin la      colaboración del demonio"

                                                                  André Gide

Ante la pregunta que me han hecho -y me hago-, sobre cuáles son las claves para escribir una novela, además de la pasión, decidí arriesgar una propuesta. Para poder reseñar éstas claves, fue necesario tomar prestado dichos de otros autores, así como ideas que están en el "aire" y son de utilidad. Había además una referencia obligada que consultar: el Decálogo del Perfecto Cuentista de Horacio Quiroga, quien en la regla número VIII afirma: "Un Cuento es una novela depurada de ripios". En consecuencia, una Novela es un cuento saturado de ripios. Siguiendo éste camino llegamos a la conclusión ineludible, como Borges, de que por su extensión no es posible escribir una novela perfecta. Esta es la razón del título Decálogo del Imperfecto Novelista, el cual, siguiendo la lógica de Los Tres Mosqueteros, que eran cuatro, de dios, que es rubio y de ojos azules, está conformado por trece reglas principales, que expondremos a continuación:

I

"La Literatura es una Aventura del Espíritu".  No ates antes de nacer el destino de la novela y recorrerás caminos inesperados, hallarás tesoros nunca imaginados.

II

Parte de una idea fija. Aliméntala, acaríciala, mírala crecer. Cuando esté madura y sientas que va a estallar en tu pecho exhortada por la danza de tus demonios, libérala,  comienza la novela.

III

No tengas temores, juega como un niño, experimenta, el placer de escribir será mayor. Después de todo no corres ningún riesgo, siempre podrás usar el borrador.

IV

Toda novela está compuesta por muchos cuentos, anótalos junto a noticias, canciones, tornillos, sueños, sensaciones, vericuetos, recetas de cocina, bicicletas rotas, vivencias, miradas, telegramas, expedientes, dibujos, declaraciones a amor o de odio.  Todo vale para saciar el hambre terrible de la novela. Pero recuerda que el animal sólo come ciertos alimentos, los necesarios para subsistir.

V

Conoce la historia de cada uno de los personajes, sus miedos, obsesiones, habilidades, fantasías. Conócelos tanto que cada vez que intervengan puedas(n) ver sus rostros, escuchar sus voces. De esta manera, aunque te traicionen, serán coherentes consigo mismos y con el relato, serán seres “de carne y hueso”,  inconfundibles para el lector.

VI

Aunque traces un camino a seguir, déjate “arrastrar por el río de la historia”, después de todo la escritura tiene sus riegos, como la vida. Descubrirás que los personajes tienen vida propia y viven en un mundo con sus leyes, que a veces el autor desconoce. Pon los acentos donde deban ponerse, pero no impongas tu voluntad contra esas leyes, o los personajes, la novela, la aventura, serán un ensayo fallido.

VII

Si sientes que te dictan el texto, toma nota, no te niegues a ser vocero de las musas, los dioses, la literatura, o como quieras llamar a quién –o que- te susurra al oído.

VIII

Trata de escribir un texto perfecto, aunque pienses que es imposible. Ten ojo crítico, elimina todo lo que esté de sobra, rescribe las veces que sea necesario. “Una frase al día, si es perfecta, es un gran logro”. La línea de la trama puede ser oblicua, en zigzag, elíptica, incluso puede no existir, pero sí tomaste alguna decisión incorrecta sobre la ruta, regresa y modifica el texto, o mejor, vuelve a empezar, es una de las ventajas que tenemos cuando somos dios.

IX

Un texto terminado se puede llamar Novela cuando, conjugados las innumerables telas y tejidos que la conforman, haz creado un mundo autónomo, coherente, creíble, inteligible (a diferencia de la vida), por muy  fantástico que sea. Cumpliste el propósito sí “el círculo cierra perfectamente”.

X

No te pongas un plazo para terminar la novela, porque corres el riesgo de cumplirlo. El tiempo que  emplees debe ser el necesario, ni un minuto más ni un minuto menos.

XI

La literatura es, también, “un medio de expresión, una forma de comunicación”. Utiliza el genero que se adecue a tus necesidades. Si el volcán que hace erupción en tu pecho necesita incendiar un bosque de páginas, la novela debe ser el recipiente adecuado. Si el tema es un crimen, podrías escribir una Novela Policial, entonces debes conocer las características de la modalidad, para ignorarlas incluso.

XII

Si eres un escritor ambicioso, y quieres extender los límites establecidos para la novela, entonces debes dinamitar el barco de la lógica, romper en mil pedazos la maquina del tiempo, a la que hemos sido condenados sin ser escuchados. Eso sí, el texto tiene que parecer real, conformar un mundo.

XIII

Y por último, la clave más importante, la regla de oro de la literatura: No creas en ninguno de los principios enarbolados antes que tú. Esto quiere decir que todo lo dicho en el decálogo es completamente falso, pues todo escritor debe descubrir finalmente sus propias reglas del juego, su propio juego, de lo contrario sería como andar con los zapatos de otro, o peor aún, como vivir una vida –novela- ajena, lo que sería la mayor de las imposturas.

 

 

 

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