Acerca de Alejandra Pizarnik –poeta–

(1936-1972)


 

De la entraña de inmigrantes judíos, del pueblo de Rovne, Europa oriental, que ya eran padres de otra niña, el 29 de abril de 1936 en Lambaré 149, Avellaneda, Provincia de Buenos Aires, Argentina, Flora Alejandra (Buma) Pizarnik, debió llegar así:

 

Vestida de negro, ella misma.

La que no supo morirse de amor y por eso nada aprendió.

Ella está triste porque no está[1]

***

Quiero ladrar, no alabar el silencio del espacio al que se nace[2]

 

Desde entonces, vertiginosamente, va transitando la Escuela Normal Mixta de Avellaneda, la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, la Escuela de Periodismo, las clases de pintura con Juan Batlle Planas. Su vida en Buenos Aires, su estancia de 1960 a 1964 en París. Su paso por la Sorbona, estudiando Historia de la Religión y Literatura Francesa. Sus trabajos, allí, en la revista Cuadernos y para otras editoriales. Publica poemas, artículos, críticas y hace importantísimas traducciones: Artaud, Michaux, Cesairé, etc.

 

En medio, sus libros, desde La tierra más ajena, de 1955, al Instinto musical de 1971 y cantidad de poemas inéditos, acabados y sin publicar, en los que se trabajaba para reunir, tal vez, bajo Textos de Sombra. Libros elogiadísimos como Árbol de Diana, Los trabajos y las noches, Extracción de la piedra de la locura, y otros. Sus becas: Guggenheim, de 1969; Fullbright, de 1971, y el Premio Municipal de Poesía de 1965.

 

Su lírica roza el surrealismo. Desarticula y rompe. Su poesía: palabra y silencio. Blanco y negro.

 

Alejandra Alejandra

debajo estoy yo

Alejandra[3]

 

        Esa Buma, que come y no puede dejar. Ofendida por su acné, incomodada por su tartamudez. Que se ve fea, se relaciona en contrapartida con la elite de las letras de nuestro país, de Francia, de Latinoamérica. Prolongan sus libros: Enrique Molina, Octavio Paz. Hablan de ella Bella, Cortázar, los Bioy, Enrique Pezzoni.

 

Extraviada. Extranjera y sin tradición. Huérfana de raíces. Desposeída y ausente. Inflexible y a la vez cautiva del lenguaje. Hurga en la palabra, la jerarquiza. Obsesiva, escribe, corrige, revisa. Lo hace de noche. Anota en pizarrones, observa de lejos, indaga en el verbo.

 

Fatigada de lecturas, apasionada lee y relee, los autores van y vienen, conversan entre ellos en sus propios poemas. Lectura es para ella igual a estudiar, escudriñar, “rasgar” en los vocablos.

 

Para decir la palabra inocente[4]

 

El mundo se agitaba en turbulencias sociales que marcarán el porvenir. Llega el Mayo Francés, los movimientos de los ’60 y ’70. Otras ideas, nuevas revoluciones sangrientas y profundas. Grietas abiertas del tercer mundo. Se enciende América Latina. Otro será el mañana. No hay referencia ni alusión alguna en la obra de Pizarnik. Sólo el propio universo parece estar convulsionado. Ella consigo misma y con sí misma como un caracol con su casa a cuestas, y el “sol negro”.

 

Su universo vive debajo de las palabras: canto, noche, poema, palabras, escribir, lenguaje, niña, agua, sol, muerte, colores, soledad, pájaro, silencio, recuerdo, olvido, desmemoria, espera, configuración, voces, miedo, tiempo.

 

Por eso cada palabra dice lo que dice y además otra cosa[5]

 

Perturbadora e irreverente, “el árbol de Diana es uno de los atributos masculinos de la deidad femenina”, señala Octavio Paz.

 

Es en nuestras letras la primera voz femenina que expresa lo que otras no pudieron. Lo vedado para una mujer: obscenidad, maltrato, violencia.

 

Yo era la fuente de la discordia, la dueña de la disonancia, la

niña del áspero contrapunto. Yo me abría y me cerraba en un ritmo

animal muy puro.[6]

 

Alejandra Pizarnik muere de una sobredosis de seconal el 25 de septiembre de 1972 en la ciudad de Buenos Aires, y yace en el cementerio de La Tablada.

 

Entrar entrando adentro de una música

al suicidio, al nacimiento[7]

***

Temo dejar de ser

la que nunca fui[8]

 

        Ya había vivido casi toda su meteórica y corta vida, y yo, con mis revoluciones, recién comenzaba a indagar. Desconocía, entonces, que compartiríamos 8 meses, a escasas dos cuadras, el mismo barrio de la “Capilla de la bola de oro”.

 

Y es siempre el jardín de lilas al otro lado del río[9]

***

-Sólo vine a ver el jardín-[10]

 

Dice, y ambas buscábamos en el cemento ese “jardín”, que no hallamos. Por todo eso hoy, selecciono estos poemas, con un orden personal, casi privado, en el que no caben los tiempos establecidos de la sucesión de los mismos, sino ese hálito interior, ese viento que dice y contradice con las horas reales. Lo intenté breve, conciso. A mi criterio, conduce sólo a comenzar a comprender, a ver, diría un amante de la pintura, ese mundo que está adentro de ella –nada improvisado– y el devastador afuera. Vivir para la palabra. Hacer carne a la poesía.

 

Toda la noche hago la noche. Toda la noche escribo. Palabra por

palabra yo escribo la noche[11]

 

Además, como oficio que da gozo, le puse voz, en este caso, a los entrañables versos de Buma, que no la tenían.

 

 

 

            Rocío Danussi

 

Para La radioteca de los sueños

Programa de Francisco Torija Zane

Radio Nacional Clásica FM 96.7 Mhz

Buenos Aires, abril de 2003

 



[1] De Textos de Sombra, inéditos y acabados que suponen la tarea de trabajar un libro único –cuyo personaje sería Sombra–

[2] Idem 1

[3] Del libro La última inocencia

[4] Del libro Los trabajos y las noches

[5] Del libro El infierno musical

[6] De Poemas no recogidos en libros

[7] Idem 1

[8] Idem 6

[9] Del libro Extracción de la piedra de la locura

[10] Idem 7

[11] Idem 9