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Memoria
de Alejandra
No la
mataron en ningún lugar histórico
de nuestro siglo despiadado:
no la mataron en Trblinka ni en My Lai
ni en Camiri ni en Texas,
pero igualmente la mataron
en el lugar inexorable
donde está cada uno,
donde a todos nos puede de pronto suceder
que se nos viene encima esa tiniebla
que odia y aplasta todo cuanto vive.
Sólo
fantasmas mudos, ah, en su cuarto.
Y allí, entre los fantasmas,
ella de pronto hablaba como los volcanes,
como los condenados, como los horizontes:
a fuego puro y hondo.
Y era una niña
triste que creía en la magia,
que conjuraba a los demonios,
que soñaba con pálidos vampiros
y barbazules quejumbrosos
y rubias baronesas más crueles de palabra
que en realidad de obra.
¡Oh la
palabra y todo lo que inventa!
¡Amores, glorias, universos!
Pero la pobre, la infinita
palabra no la pudo defender
de esa tiniebla que odia
y aplasta todo cuanto vive.
Alejandra
murió.
La pequeña, la triste, la que armaba ....
zapatos con cabellos y aureolas de ángel,
dalias en cuyo afecto fulguraba el amor.
La que estaba fundada en poesía
y no lo supo en el momento necesario:
los literatos no se lo dijeron,
yo no le dije, nadie se lo dijo,
y ella se descuidó, se alejo de su lámpara,
se perdió en la tiniebla
que odia y aplasta todo cuanto vive.
.. Dónde
estará con sus tristezas
con sus endriagos y sus larvas?
¿Se quedará con ellos para siempre?
¿O la espera Endimión tras el espejo?
Su amado tan amado.
Me dijo
amigo, me miró,
me dijo amigo hasta la vuelta,
pero no regresó
Se me quedó
su voz temblando en un poema.
Raúl
Gustavo Aguirre
Aquí
como en cautiverio
teme la
impiedad con que la amiga acosa
la eminencia de su voz su canción al alba
se ha
despojado del antiguo graznar de las aves
recoje labios secos inermes llamas sobre el miedo
posee el paso de las que andan en pos de su paso
demora su entrada a toda cuidad en el pie de llanto
alguna vez el destrozado labio de la noche
ha poseído su grito detrás del ámbito imposible
escamosa
herida precipicio del dolor aún no llegas
continuo devorar los muros roer la avidez de las manos
desollar el borde calcinado del último rostro
hasta encontrar la hermosa huella perdida
aquí como
en cautiverio mostrada a la noche inocente
crece el lamento
arrastra a sus labios
un altar de gestos ráfagas del cuerpo expectante
arrecia su
boca encadenada al silencio
La
ronda de noche
Poseo el
rostro de las que han de ir de casa en casa
mostrando sus manos.
Ahora sé hasta donde temor y temblor.
Ahora es ir entre columnas de arañas con el paso
increíble de quien ha extraviado su paso iniciado
el descanso a la cuna del canto.
Ahora es ir entre las alas del pájaro devorado por los
perros ocultosen la tierra.
Ahora es ir entre aullidos de perros para siempre
despiertos.
Sorprendida
en la trampa de la tiniebla
ya no cierro mis ojos.
Vigilo mi cuerpo a fin de que no huya desolado.
Y tengo que velar sin descanso junto al lugar musical de la
noche.
Y tengo que velar sin descanso.
Algo o alguien aguarda al fin de mis manos.
Ana
Becciu
Alejandra
tus ojos
un agua
donde la alquimia no se atreve a descifrar otra muerte
que la mirada
¿quién
hurga en la astrología para prevenir a tu ausencia
de la elección de tus manos?
¿quién
tira las cartas para arrojar un puñado de arena y
correr a tu costado para detener lo indetenible?
tus ojos se
daban demasiadas treguas
Alejandra;
este
absoluto jardín en el que recortas la figura de tu cuerpo y
la ciñes a la lucidez de la que extrajiste la piedra del suicidio
que arrojaste contra todos contra todos
No contra un
espejo en el que las tijeras velan la sonrisa de una
muñeca que llamabas Alejandra
Alicia
Bello
Árbol
de Fuego 8.82,
(enero de 1975): 3.
Alejandra
Puesto que
el Hades no existe, seguramente estás allí,
último hotel, último sueño,
pasajera obstinada de la ausencia.
Sin equipajes ni papeles,
dando por óbolo un cuaderno
o un lápiz de color.
—Acéptalos, barquero: nadie pagó más caro
el ingreso a los Grandes Transparentes,
al jardín donde Alicia la esperaba.
Julio
Cortázar
Octubre 1972
Desquicio 4 (otoño 1972) París
No es
un réquiem por Alejandra Pizarnik
Buscando
vida en la verdad
andabas porque mueres, y no eres,
para sonreír para nosotros
buscando espejos trotamundos
y no para mirarte toda en soledad
cuando éramos los demás
los que te veíamos
a través de los espejos de tu rostro.
Si eres
mendiga
estabas contemplativamente muda
estabas contemplativamente muda
y no eran deseos estallantes
ni delirios
la marca de las aromas
que media luz pedías para mayor vida.
Letargo de
emociones,
serás en verdad
mi bautizo de amor
sin la materia de tu efímera ausencia.
Vicencio
Durango
Elegia
por Alejandra
(A
Alejandra Pizarnik, en memoria)
Empujaste la
puerta que no había sido abierta todavía para tí.
¿Qué terrible golpe, que suma de muertes, Alejandra,
qué sórdido viento te alcanzó hacia ella
privándonos de tus futuros cantos?.
“No es muda la muerte”, Sacha, no.
Ahora ya puedes escuchar, abrazada por los náufragos,
“el canto de los enlutados sellar las hendiduras del silencio”.
Extranjera
en la Tierra
buscabas tu añorada patria en la palabra;
pero te pesaban tus amores muertos,
te llamaba tu infancia viva y muerta, muerta y rediviva,
muerta ya ahora tú “de vestido azul”.
Y te pesaba, si te pesaba,
tanto asfalto y lodo de este mundo.
“Niña
densa de música ancestral”,
tus ojos prendidos a tanto asombro, tanto fuego,
acostumbrados a mirar tan dentro, tan en luz, tan en claro,
no estaban hechos para las trampas ni el terror de la selva.
Era otra
mejor la música, no audible la que escuchabas,
fascinada viajera alucinada
que hiciste de tu campo ceremonía tan pura.
Era otro el reino al que te asías
a través de la palabra,
a través de los silencios,
de la poesía tu alimento.
Tampoco tú
quisiste “cerrar los ojos ante la terrible claridad”
y hablaríamos como querías “con los ojos muy abiertos”.
Pero no pudiste, Sacha, no pudiste con tanta vida adentro
y te escapaste a la cita más ansiada.
Persefone te llamaba y allá te fuiste
para “restituirle al silencio su prestigio hechizante”.
Tú, “predestinada a nonbrar las cosas con nombres esenciales.”
hecha tu mirada para una claridad más hermosa,
buscadora del silencio perfecto y el jardín más bello,
golpeaste, antes de tiempo, las aldabas de tu reino.
Amante del
fuego, de las lilas y el bosque,
devorada por los espejos y a la vez amándolos,
titilante como las estrellas,
asediándolos y asediándote.
Fina amante de la transparencia
¿cómo explicar con las palabras de este mundo tu sed primera,
tu claridad cegadora? tú que eras poesía concentrada,
Arbol de Diana, transparencia.
Ahora que te alejaste con tus mil cantos de primavera
desde el
silencio amado nos dirás el poema
que nuestros oídos mortales no podrán escuchar
mientras huérfanos por tu fuga tras el jardín más bello
hemos quedado más solos los poetas
desde este lado, sin tus lilas, escuchando
el prolongado eco de tu canción eterna,
honda, triste,
tristísima ya
desde tan lejos.
Rita
Geada
Nota:
Atención de Rita Geada
Proposiciones
¿adónde
fue la obrera enamorada?
¿fue al aire la obrera enamorada?
la obrera de la palabra murió
¿por qué caminito se fue?
¿se fue por
el camino que los días oscuros tejen
como hormigas desesperadas iguales?
¿como vaivén de pases ciegos en un cuarto?
¿tendría la obrera poca luz?
¿y quién
le quito la luz a la obrera la constante?
¿quién le fue apagando uno a uno los rostros
de la palabra enterrándolos muertos?
¿quién le cegó la luz de la palabra?
¿la obrera
se fue porque ya no podía trabajar?
¿el aire estaba sordo mudo roto y ella
apenas tenía su confianza en la palabra confianza?
yo digo: mejor no llorar
mejor hacer
otro mundo
yo digo: mejor hacer otro mundo
mejor hagamos un mundo para alejandra
mejor hagamos un mundo para que alejandra se quede
oh
eternidades débiles perdidas para siempre
y vacas tristes entre la duda y la verdad
y sedas y delicias de la sombra
mejor hagamos un mundo para que alejandra se quede
Juan
Gelman
Nota:
Este poema, que podría llegar a ser un velado homenaje a AP,
figura en “Relaciones”, 1973.
Pavana
para una infanta difunta
A Alejandra
Pizarnik
Pequeña
centinela
caes una vez más por la ranura de la noche
sin más armas que los ojos abiertos y el terror
contra los invasores insolubles en el papel en blanco.
Ellos eran legión.
Legión encarnizada era su nombre
y se multiplicaban mientras tu te destejías hasta el último hilván,
arrinconándote contra las telarañas voraces de la nada.
El que cierra los ojos se convierte en morada de todo el universo.
El que los abre traza la frontera y permanece a la intemperie.
El que pisa la raya no encuentra su lugar.
Insomnios como túneles para probar la inconsistencia de toda realidad;
noches y noches perforadas por una sola bala que te incrusta en lo
oscuro;
y el mismo ensayo de reconocerte al despertar en la memoria de la
muerte:
esa perversa tentación,
ese ángel adorable con hocico de cerdo.
¿Quién habló de conjuros para contrarrestar la hérida del propio
nacimiento?
¿Quién habló de sobornos para los emisarios del propio porvenir?
Sólo había un jardín: en el fondo de todo hay un jardín
donde se abre la flor azul del sueño de Novalis.
Flor cruel, flor vampira,
más alevosa que la trampa oculta en la felpa del muro
y que jamás se alcanza sin dejar la cabeza o el resto de la sangre en
el umbral.
Pero tú te inclinabas igual para cortarla donde no hacías pié,
abismos hacía adentro.
Intentabas trocarla por la criatura hambrienta que te deshabitaba.
Erigías pequeños castillos devoradores en su honor;
te vestías de plumas desprendidas de la hoguera de todo posible paraíso;
amaestrabas animalitos peligrosos para roer los puentes de la salvación;
te perdías igual que la mendiga en el delirio de los lobos;
te probabas lenguajes como ácidos, como tentáculos
como lazos en manos del estrangulador.
¡Ah los estrágos de la poesía cortándote las venas con el filo del
alba
y esos labios exangües sorbiendo los venenos en la inanidad de la
palabra?
Y de pronto no hay más.
Se rompieron los frascos.
Se astillaron las luces y los lápices.
Se desgarró el papel con la desgarradura que te desliza en otro
laberinto.
Todas las puertas son para salir.
Ya todo es al revés de los espejos.
Pequeña pasajera,
sola con tu alcancía de visiones
y el mismo insoportable desamparo debajo de los pies:
sin duda estás clamando para pasar con tus voces de ahogada,
sin duda te detiene tu propia inmensa sombra que aún te sobrevuela
en busca de otra,
o tiemblas frente a un ala de insecto que cubre con su membrana todo el
caos,
o te amedrenta el mar que cabe desde tu lado en esta lágrima.
Pero otra vez te digo,
ahora que el silencio te envuelve por dos veces como un manto:
en el fondo de todo hay un jardín.
Ahí está tu jardín,
Talita cumi.
Olga Orozco
Nota:
Atención de Olga Orozco.
Alejandra
Pizarnik
Y pidió que
la llevasen al desierto porque
no conocía
el silencio ni el fuego.
Y transformó
el silencio en fuego para no estar
tan sola.
Mario R.
Sampaolesi
“Cielo
primitivo”, Palabra Gráfica y Editora, 1984.
Mario R.
Sampaolesi, Cielo Primitivo, Palabra Gráfica y Editora Soc. Anónima,
1984.
Alejandra
P.
Es un
instante
apenas,
confluyen la imagen
la ternura
y aquel viejo dolor.
Uno se pregunta
¿cómo pudo ser?
¿En qué arcano
archivo
guardé la distancia
tan imposible
y ese tenue
sentido del absurdo?
Tan corpórea en el recuerdo
la fugacidad
ilumina el presente
(leve brillo)
galaxia remota /
/ los años
transmiten tu presencia
inexistente.
Pero entonces,
¿y esa añeja carga
que no deviene sonrisa?
Anclados en un puerto
destruido
la magia y el adiós
se esfuman.
Sólo persiste
en un ignoto y virtual lugar
la estalactita de una lágrima.
Manuel
Shneer
“SERES”,
Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1989.
La
inventora
Te espero.
Yo, que no te conozco, te espero. Imagino la escena y
en lugar de imaginarla parece que la recordara.
Tú llegas.
Eres pequeña, morena, apenas tienes gestos:
tu mirada abarca todo lo posible y te entretienes, antes de entrar,
en dejar que tu mirada invente cosas a todo lo que me rodea.
Inventas una
ventana grande, por ejemplo, y yo por ella te miro envuelto en tenues
hojas que tu inventas para ese momento.
Inventas
palabras también.
Y yo espero.
Caminas, apenas, y te acercas, pero ninguna palabra podrás decir hasta
que las mismas palabras se digan.
Pienso,
curiosamente, en que debo besarte. Que es el atardecer,
que el viento sopla suavemente, que una canción se escribió hace mucho
para este momento, que debo abrazarte, que debo decir antiguas palabras,
dejarme estar en esa quietud de perdidos instantes. Espero. Caminas
—en esta historia que imagino o recuerdo, no sé— y sonríes. A
penas sonríes. Y entonces inventas mi cara,
mi cuerpo, mis manos, mis gestos que se acercan y te abrazan,
te besan, se dejan estar bajo la tenue llovizna del atardecer.
Y yo me miro
y te miro. Abrazas mi memoria y tu invento,
té quedas en él, despacio dejas de inventar cosas y regresas.
Apenas si
puede alcanzarte alguna de mis voces. Parto junto a tu sombra.
Me miro ir.
Ningún invento queda en mis manos.
Vuelvo.
Te espero.
No recuerdo
si fue ayer o mañana.
espero.
Vagamente se
que me detendré en el tiempo, que olvidaré el tiempo, que escribiré
un poema.
Alberto
C. Vila Ortiz
La
tregua
En memoria
de Alejandra Pizarnik - 29/9/72
Ah tu
odiosamente bella poesía,
tu adorable crueldad para contigo.
Tu despiadado amor:
fiera del sol mordiendo el horizonte.
Ay de tu loca piedra jamás recuperada.
Ay de tus magosrojos,
arañando la angustia inútilmente.
Tel leerán damas gordas mientras toman el té;
te leerán convencidas que dolor
es apretarse los dedos con la puerta.
Ah maga roja,
ay de tu odiosamente bella poesía:
ánfora griega en medio de un baldío.
No sobreviviste a tu fósil como otros,
haz elegido la paz de los auténticos.
Queda tu odiosamente bella poesía,
cómo un navío egipcio,
incendiando la mugre del riachuelo.
Federico
Moreira
Nota:
Este poema sobre Alejandra Pizarnik apareció
en la plaqueta Nº 11, “Rastros”, de la Editorial Papeles
de Buenos Aires, en 1973.
No
hubieran sido mas que pájaros sin Alejandra
cuando el suicidio los impulsa al vuelo
Hay dos
cosas verdaderamente graves e infelices:
los sueños cuando no refieren más que al destino
de sus criaturas y dragones rojos a ciertas ho-
ras de la madrugada. Amén, de otros mayores y
menores./ Por ejemplo: el libro (Ediciones Ga-
llimard o N.F.R. de lujo) y las conclusiones sin aliento.
También hay
otra que desconcierta, cuando el seco-
nal sódico es una invitación en pequeñas cantidades
y deja que el viento sin el roce de la piel acumule
nostalgias, sin el fémur quieto entre las sábanas,
las páginas aun en blanco y las manos sin nada que decir.
Y es ahí,
que la piedra de la locura cambia de color,
que se transforma y no se detiene, que su peso es
entonces más del debido y tus sueños son más afila-
dos que tus senos y más cortantes que las caricias
y que ya no es posible su extracción de los estantes.
Pero
entonces ahí es, —dulce bretoniana incorregible—
que los ojos advierten que hay dos cosas verdade-
ramente graves e infelices, que dejan de lado el
Arte Poético, los labios proscritos
y el despertar de la mañana para siempre.
Manuel
Ruano
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