EL PRESAGIO DE LO BELLO EN “BOQUITAS PINTADAS” DE MANUEL PUIG

Clara Mengolini


A mi mamá y a mi papá

 Introducción

            

El nombre de Manuel Puig se sitúa hoy entre los novelistas latinoamericanos más destacados y originales de estas últimas décadas. Mucho se ha dicho respecto a las constantes que aparecen en su producción: técnicas narrativas innovadoras, comedia negra, preocupación ejercida por la cultura popular y un gran trabajo sobre el discurso citado.

Interesante arqueología de voces, más documentos y grabaciones reales conforman sus escritos, haciendo de cada libro un “show”, según palabras del propio autor[1]. En esta misma oportunidad también afirmó: “No me siento emparentado con ningún movimiento. Es como si estuviera muy aparte.”

Si de movimientos se trata no sería absurdo pensar a Manuel Puig en la “vanguardia”. La gran consigna de la vanguardia es terminar con la autonomía del arte, unir arte y vida. Su poética es la búsqueda de una estética a partir de la idea de negatividad. No se puede concebir a la vanguardia si no hay tradición, la vanguardia se establecerá a partir de la negación de esas tradiciones.

Manuel Puig trabaja con la tradición de Hollywood, del tango, del bolero, del folletín y del melodrama. Es el mismo autor quien confesó que “la necesidad de un modelo es auténtica”[2], hablando de Boquitas Pintadas, el gran éxito que en 1969 terminó de imponer su nombre no sólo en Argentina, sino también en Italia, Francia, Estados Unidos y Brasil.

Esta obra literaria nos sumerge justamente en la “desconcentración” de aquellos discursos condenados y descartados, pero sin dejar de descubrir poesía en formas primitivas y fascinantes. Vuelve su mirada hacia los años 40, rescata un terreno desprestigiado y nos posibilita retornar paradójicamente, a aquella estampa arcaica del buen libro.

Conversando con Rodríguez Monegal, Puig ha dicho que con Boquitas Pintadas  intentó una nueva forma de literatura popular y sin perder rigor creyó posible ir hacia un público más vasto. Luego, cuando Monegal le preguntó si el rescatar un género bastardo como el folletín tenía intenciones paródicas y modelos de obras falsas o cursis, Puig expresó que lejos de la burla, él no condenaba a la cursilería, por el contrario se conmovía y enternecía. También le recordó esa primera generación de argentinos, hijos de inmigrantes que llegaron al país a fines de siglo. No sabían cómo era ser argentino, no podían encontrar en sus casas los modelos de conducta adecuados, los encontraban entonces, donde podían, a veces en el cine, en la radio, en las revistas deportivas o femeninas. La influencia de estos medios de comunicación fue muy importante en este contexto.

Por otro lado Puig aclaró que lo que le gustaba hacer en sus novelas era mostrar la complejidad de la vida cotidiana, el subtexto de las tensiones sociales y las presiones que subyacen a cada uno de nuestros pequeños actos.

Se ha dicho que la primer parte de la novela Boquitas pintadas de rojo carmesí, es la felicidad  y que la segunda, Boquitas azules, violáceas, negras sigue la línea del tango.

Nuestra propuesta dará otra vuelta de tuerca al asunto: los discursos que expresan los sentimientos de estos personajes aparentemente ordinarios o banales en Boquitas pintadas de rojo carmesí terminarán siendo presagios y advertencias de los desenlaces en Boquitas azules, violáceas, negras.

Como si de un holograma literario se tratase, veremos en algunos de esos pequeños actos cuánta tristeza deparaba en realidad el tango de Nené, las revistas sentimentales de Mabel, las películas románticas de la Rabadilla o los oráculos de la gitana a Juan Carlos.

Nuestra pretensión es que el lector no sea indiferente a la ternura, a la sensibilidad y a la dolorosa melancolía que existe en un mundo que algunos han llamado cursilería. Tal vez la misma pretensión que llevó al autor a escribir este buen libro.

 

 

1.     Era...para mí la vida entera...  

 

Nené es quien en la primer entrega[3] comienza a enviar cartas de manera insistente y hasta desesperada a la madre de su viejo amor Juan Carlos. Luego de cerrar uno de estos tantos sobres, se cambia de ropa y enciende la radio. Se oyen alternados un tango y un bolero. El tango narra la desventura de un hombre que bajo la lluvia invernal recuerda la noche calurosa de luna que conoció a su amada y la subsiguiente noche de lluvia en que la perdió, expresando su miedo de que al día siguiente salga el sol y ni siquiera así vuelva ella a su lado, posible indicio de su muerte. Finalmente pide que si el regreso no se produce, tampoco vuelvan a florecer los malvones del patio. Sigue la escena con un bolero que describe la separación de una pareja a pesar de lo mucho que ambos se aman, separación determinada por razones secretas de él: no puede confesarle a ella el motivo y pide que le crea que volverá si las circunstancias se lo permiten, como el barco pesquero vuelve a su rada si las tormentas del mar Caribe no lo aniquilan.

Finalizada la audición, el lápiz labial y un cisne con polvo cierran esta escena que nos traslada a aquella época de consumo estético, en la cual las letras, los giros y las imágenes de tangos y boleros formaban parte del llamado “imaginario social” y le servían a Puig como vehículos del material inconsciente.

Hemos leído que en esta novela el artificio termina señalándose a sí mismo, “aparato inútil cuya única función es la ostentación de su engranaje, la expresión de su juego, gesto lúdico y también articulación de las piezas de un conjunto.”[4] Fue el mismo Puig quien aclaró que lo que más le interesaba eran las tensiones que se producían entre ellas (las piezas) durante sus desplazamientos por el tablero.

Notemos ahora el movimiento que juega el elemento musical en nuestro tablero: tenemos un tango que habla de la separación en una noche de lluvia, del miedo, de la salida del sol, de malvones que se marchitan y del temor a la muerte.

Esa noche invernal no es sino un anticipo de la enfermedad de Juan Carlos y su separación con Nené[5]. Es preciso relacionar la lluvia con la tuberculosis y a su vez recordar que Nené fue culpada por haberlo retenido en el umbral hasta altas horas.

Por otro lado, tampoco el sol y los malvones parecen casuales, pues las cartas de Juan Carlos cuentan que en la clínica donde está internado “es todo seco y no crece nada, ni llullos, ni plantas que ataje el sol.”[6] Juan Carlos ordena su correspondencia “bajo el sol” y en este pasatiempo literario se produce una especie de encuentro con su destinataria: “Es posible que yo llegue antes que estas líneas pero lo mismo necesito hablar un poco con vos.”

Nené ya cerca de su muerte, decide quemar las cartas en la ilusión de rescatar un contacto íntimo con Juan Carlos. La voluntad desoída de él era ser cremado, por lo tanto las cartas se vuelven metonímicas y hacen lo que los cuerpos no hacen. El encuentro epistolar que Juan Carlos inicia en Boquitas carmesí  finalmente se concreta en Boquitas azules.

En cuanto al bolero las “razones secretas” de él, nos llevaron una vez más a las cartas de Juan Carlos: “Te lo quiero decir pero es como si se me atrancara la mano ¿qué me pasa, rubia?” Con nostalgia señala qué lejos está todo, ¿tan lejos como el barco pesquero? Es fascinante la diablura y trucos que Puig construye en sus relatos: Nené enciende la radio y mientras se cambia de ropa, escucha en un bolero, la enfermedad de Juan Carlos disfrazada de “tormentas del mar Caribe”. Sarduy hubiese corregido el término por “lo carnavalesco”, “espectáculo simbólico en que se multiplican las confusiones y profanaciones, la excentricidad y la ambivalencia.”

Este excéntrico personaje – si se nos permite robar la expresión – que no usaba alpargatas, sino zapatos de taco alto, que hablaba como una artista de radio – teatros, amante de pieles y tules, fiel oyente de tangos y boleros, muere feliz, con la ilusión de volver a verlo en el más allá[7], pues Juan Carlos era para Nené, la vida entera.

 

 

2.     Deliciosas criaturas perfumadas, quiero el beso de sus boquitas pintadas...

 

Entre banderines estudiantiles, flores secas de alhucema, muñecas, fotografías y pañuelos, se encuentran escondidos en un cajón dos números de la revista Mundo Femenino, publicados con fechas de 30 de abril y 22 de junio de 1936. En la sección “Correo del corazón” figuran consultas de una lectora que firma “Espíritu Confuso”. Nos encontramos en el dormitorio de la señorita Mabel, año 1937.

       La primer carta dice así:

 

Querida amiga: hace más de un año que compro esta revista y siempre leo su sección, por lo

general apasionante. Pero no me imaginé que un día tendría que recurrir a su consejo. Tengo dieciocho años, soy maestra, recién recibida y mis padres tienen una posición desahogada. Me ama un muchacho bueno de incierto porvenir. (...) Ha pasado una época de resfríos continuos y a menudo se siente cansado (...) Pero lo que me ha tornado irritable es la duda: ¿lo quiero o no lo quiero? Ultimamente ha surgido un nuevo personaje en discordia: un joven estanciero de origen inglés, menos apuesto que él pero de trato más agradable (...) Amiga, aguardo su consejo valioso, suya, “Espíritu Confuso” (Provincia de Buenos Aires) (Subrayado personal)[8]

           

En esta ocasión no es un tango el que anticipa el destino de Mabel, sino María Luisa Pardo, la redactora de la sección amorosa, quien le responde: “No te envidio la confusión del espíritu sino lo mucho que tienes en la vida.”

En Boquitas azules, Mabel fracasa en la posibilidad matrimonial que la hubiera convertido en estanciera y en la decimosexta entrega, con el epígrafe “sentir que es un soplo la vida”, se la muestra mirando a su nieto de dos años con las extremidades izquierdas dentro de aparatos ortopédicos, sonriendo.

Las piezas en este tablero no dejan de moverse. Encontrar cada engranaje sería una tarea demasiado pretenciosa. Observemos el comienzo de la decimotercera entrega, pequeño acto en donde “las horas que pasan ya no vuelven más”. Mabel está llegando a la casa de Nené y se detiene a mirar los árboles inclinados y las ramas oblicuas – “tal vez un vago presagio asió su garganta con guante de seda, (...) ¿por qué de repente pensaba que el otoño había llegado a la ciudad para nunca más dejarla?”- Acaso sean esas ramas inclinadas, torcidas y oblicuas, pronóstico y augurio del nieto paralítico y el otoño un umbral hacia el dolor.

Dijimos que Boquitas azules es la tristeza, bien lo refleja Mabel, mientras estrecha un ramo de rosas y comienza a perder lentamente el delicioso carmesí de sus boquitas pintadas.

 

 

3. Fue el centinela de mi promesa de amor...

 

En un cuarto adornado por botellas de lavandina, damajuanas de vino, latas de aceituna

barrica de vino oporto, ristras de ajo colgando de la pared, bolsas de papas y latas de kerosene, despertó un jueves 23 de abril de 1937 Antonia Josefa Ramírez, también llamada por algunos Rabadilla y por otros Raba.

Raba o Rabadilla luego de escuchar el piar de los pájaros anidados en el algarrobo del patio, se lavó la cara, el cuello y las axilas. A continuación tomó una taza de café con leche, pan y manteca y lavó camisetas, calzoncillos y camisas del patrón. Despertó a la patrona y preparó el desayuno. El resto de sus horas las ocupó en quehaceres similares y cuando por fin encontró un momento de descanso optó por las distracciones del cerebro.

Pensó Raba en la película argentina que había visto el viernes anterior, con su actriz – cantante favorita. Era la historia de una sirvienta de pensión que se enamoraba de un pensionista estudiante de abogacía. Raba se preguntó cómo había logrado que él se enamorase de ella. La muchacha había sufrido mucho para conseguirlo, él había empezado a quererla porque la veía buena y sacrificada, al extremo de pasar por madre del bebé de otra chica soltera, hija de la dueña de la pensión. Más tarde el estudiante se recibía de abogado y la defendía ante la justicia, pues la muchacha quería quedarse con el bebé ajeno, ya encariñada como madre, al final todo se arreglaba.

En las historias robadas, ficticias, irreales y lejanas es normal que “al final todo se arregle”, pero para Raba su vida no se resolvería tan fácilmente.

Duodécima entrega, Policía de la provincia de Buenos Aires, acta inicial: “Antonia Josefa Ramírez confesó haber dado muerte al suboficial de policía Francisco Catalino Páez con una cuchilla de cocina. La acusada estaba llena de rencor por haber sido abandonada con un hijo natural después de haber sido seducida en base a vanas promesas.

Tragicómica diferencia entre la Rabadilla y aquella sirvienta de pensión. No se enamoró de un estudiante de abogacía, sino de un humilde albañil, no se encariño con un niño ajeno, sola y desamparada, dio luz a uno propio. Y no fue el galán quien la defendió ante la justicia, por el contrario fue ella misma quien se encargó de asesinar al galán.

Raba o Rabadilla no encontró un estudiante, ni un empleado de banco, ni un viajante, pero sí formó una gran familia[9], un gallinero y también un corral.

Vivió feliz, acurrucada y acobijada como los pájaros del algarrobo, lejos del centinela que le prometió amor.

 

 

4.     Una lágrima asomada yo no pude contener...

 

Juan Carlos, el errante mujeriego y jugador empedernido de Boquitas Pintadas, visita un

Sábado 25 de abril a una gitana en el campamento provisional de Coronel Vallejos. Le pide que le adivine el futuro, ella responde: “no te lo puedo decir yo, las barajas lo van a decir.”

La sota de espadas anticipa un velorio, el dos de espadas anuncia un viaje por tierra, el siete de copas, ¡casamiento!, el cuatro de bastos es enfermedad grave, el cuatro de oro son lágrimas y la urraca “ay, la muerte tuya no me la mostrés...”. El tres de copas será una alegría después de tantas penas y el dos de espadas, no es el viaje al otro mundo, es un viaje por tierra.

Interesante y acertado oráculo el de la gitana: empezó por el final de la historia, adivinando su velorio en la sota de espadas. El viaje por tierra probablemente es el traslado a la clínica de Cosquín, luego el casamiento con Elsa y el cuatro de bastos descifra la terrible tuberculosis. Las lágrimas, anuncio del dolor causado por sus excesos que lo llevaron a la Urraca, muerte violenta, la muerte suya. Y por último, la alegría y un nuevo viaje. La gitana lo corrige y dice: “no es el viaje al otro mundo, es un viaje por tierra.” Error o quizá consuelo para que se fuera contento, lo cierto es que el tres de copas y el dos de espadas, nos hacen recordar a aquellas cartas quemadas[10].

“Alma que te me vas del cuerpo”, fue el último vaticinio de la gitana y la razón por la cual más de una mujer[11], una lágrima asomada no habrá podido contener. 

 

Conclusión 

 

En la elegancia del tango, las “muchas verdades” que dicen los boleros, las comedias lujosas de Hollywood o las largas cartas de amor correspondido, Puig ha descubierto sensibilidad y ternura por medio de historias tan conmovedoras como universales.

El amor, el fracaso, el abandono, el dolor, la nostalgia, la pasión, la muerte y los excesos dentro de un escenario cubierto de raso, satén, plumas y cortinas de gasa blanca.

Nené muere con la ilusión de reencontrar a Juan Carlos en el más allá, Mabel pierde el carmesí de sus boquitas pintadas y la Rabadilla forma una gran familia. Los finales resultan felices, como en las películas. Sin embargo, la nostalgia y la melancolía del tango ha sido una constante en las dieciséis entregas.

Una pluralidad de discursos y voces conforman esta novela, construyendo un mundo tan enternecedor, melancólico y feliz, como “común”. Esta expresión – “lugar común” – se la ha atribuido a nuestro escritor en más de una oportunidad. El lugar común – aclara Giordano[12] - “es el reino de la generalidad, es decir, de la comunicación. Es el medio por el que encontramos a los otros encontrándonos a nosotros mismos, por el que identificándonos con todos, conseguimos nuestra identidad.”

Quien se encontró en Boquitas Pintadas, comprendió que aquello que alguna vez llamamos grotesco, burdo o cursi es en su esencia bello.

 


[1] Torres Fierro, Danubio, Revista Eco, Conversación con Manuel Puig: la redención de la cursilería, Bogotá, Buchholz, marzo 1975, n° 173, p. 514.

[2] Rodriguez Monegal, Emir, Revista de la Universidad de México, El folletín rescatado: entrevista a Manuel Puig, n° 2, 1972, p.31.

[3] Puig, Manuel, Boquitas Pintadas, Barcelona, editorial Seix Barral, 1972, p.15.

[4] Sarduy, Severo, Revista Sur, Boquitas pintadas: parodia e injerto, Buenos Aires, editorial Sudamericana, 1969, p.72.

[5] En el momento en que Nené escucha el tango, Juan Carlos ya había muerto, pero será recién en Boquitas azules... donde se relatarán los sucesos con más precisión. (Decimocuarta entrega, p.220)

[6] Además resulta llamativo que en la entrega con el epígrafe “todo, todo se ilumina”, cada vez que interrumpe su escritura lo hace “bajo el sol” (p.125). (Se ha señalado que los epígrafes con letras de tango y boleros son umbrales isotópicos de aquello que desarrollan las “entregas”. Es decir, hay una correspondencia – en la mayoría de los casos literal – con lo que enuncian los capítulos. Paez, Roxana, Manuel Puig, del pop a la extrañeza, Buenos Aires, p.28.)

[7] “Bueno, pedí primero que si en el otro mundo después del Juicio Final me perdona Dios, porque a Juan Carlos seguro que lo perdona, entonces que me pueda reunir con él en la otra vida.” (Puig, op.cit., p.237.)

[8] En la siguiente carta, desesperada le cuenta a su consejera sentimental que según revelan los análisis recientes, Juan Carlos padece de un principio de cierta enfermedad altamente contagiosa. En la quinta entrega Mabel observa los carteles de una película y la mimesis que realiza es verdaderamente graciosa: “Mabel pensó en la intimidad de la rica ex dactilógrafa con el chofer, en la posibilidad de que el chofer estuviera muy resfriado y decidieran amarse con pasión pero sin besos (...) la promesa de no besarse para impedir el contagio.” (p.73)

[9] Según Paez la imagen final del carro, llevando provisiones a sus hijos, es épica, al estilo Lo que el viento se llevó. (Paez, op.cit, p. 25)

[10] Recordemos que en “Era para mí la vida entera”, el feliz reencuentro de Nené y Juan Carlos se concreta luego de sus muertes, con las cartas quemadas.

[11] Tercera entrega, agenda 1935. Es la agenda de Juan Carlos repleta de citas con distintas mujeres: Clarita, Amalia, Mabel, etc.

[12] Giordano, Alberto, La experiencia narrativa, Saer – Hernández – Puig, Rosario, Beatriz Viterbo editora, 1992, p71.


DATOS DE LA AUTORA:                                                                       


NOMBRE: CLARA MENGOLINI

EDAD: 25 AÑOS

NACIONALIDAD: ARGENTINA

PROFESIÓN: LICENCIADA Y PROFESORA EN LETRAS, UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES.

MAIL: claramengo@arnet.com.ar