El Universal, Caracas, martes 02 de septiembre, 1997

En General Villegas los lugareños conviven con los personajes del autor de Boquitas Pintadas
Crónica de un viaje hacia Manuel Puig

DURANTE TRES días especialistas en la obra de Puig se reunieron en General Villegas, un encuentro donde se desdibujaron las fronteras entre la realidad y la ficción.

Francine Masiello

Especial para El Universal


Berkeley, California.- Pensar la Argentina desde el exterior obliga a montar un tejido de relatos sobre los cruces entre realidad y ficción; significa marcar los cortocircuitos entre la imagen y el simulacro, el desfase entre el tic globalizante y su paródica repetición. Urge poner el ojo en la transformación de la materia y prestar oído a la performance ejercitada con respecto a la modernización. Desde Sarmiento a Borges, por no hablar de los casos más recientes de Piglia, Saer o Aira, se subraya el frágil espejismo del relato en relación a un referente lejano. Un trompe l'oeil de cuerpos y voces.

El reciente encuentro internacional dedicado a la obra de Manuel Puig y organizado por la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina, nos llevó a reflexionar una vez más sobre los hilos que confunden lo real con las estrategias de representación.

Durante tres días (del 13 al 15 de agosto), más de 60 conferencistas dedicados al estudio de Puig enfocaron cuestiones tales como las políticas de los cuerpos, las irrupciones de hablas disidentes, los disfraces de vestimenta que ocultan nombre e identidad, la emergencia de un devenir minoritario a partir del gesto de la escritura. Por no hablar del efecto rupturista de las novelas de Puig para descolocar a los críticos, haciéndonos pensar (como observó sagazmente Alan Pauls) que siempre estamos pasados de moda.

Dejando el laberinto del discurso académico salimos hacia otra realidad, en excursión a General Villegas, pueblo natal de Puig. El gesto está saturado de kitch veinte extranjeros de Bélgica, Alemania y Estados Unidos, además de los mismos platenses responsables de la planificación del congreso viajan a un lugar de la Pampa a 400 kilómetros de la capital, todos juntos en colectivo para conocer el pueblo del autor.

El tema en sí es delirante en tanto hace eco de los temas del mismo congreso, recicla las obsesiones críticas, pero desde otra mirada. Responde quizás al viaje turístico citado en Cae la noche tropical (última novela de Puig) donde se cuenta del peregrinaje de las protagonistas a la casa de las hermanas Bronte. En busca de los lugares tan ricamente abordados en Cumbres borrascosas, los personajes de Puig confiesan su desilusión al descubrir en Inglaterra sólo un terreno baldío. Nuestro viaje a General Villegas fue el caso contrario, en tanto que el terreno baldío del pueblo inspiró un nuevo relato.

Se trata de un viaje en lechera, once horas en plena noche desde La Plata hacia el extremo occidental de la provincia de Buenos Aires. Sentado a mi lado, vendados los ojos, tapados los oídos con plugs de goma, está mi compañero de viaje, especialista norteamericano de las letras argentinas, quien se dedica en los últimos años a comprobar la hipótesis de que Borges fue escritor realista. A cada paso, se despierta de sus sueños para anunciar en la plena oscuridad de la pampa, '¡Aquí está el Junín de Borges!', '¡Por allá, los terrenos de Martín Fierro y Cruz!'. Mi amigo será el fotógrafo experto de entre la pandilla de turistas, anotando la realidad de la pampa húmeda sin miedo a la equivocación.

Llegamos a Villegas a las 9 de la mañana. Nos reciben Tita, directora del Centro Cultural Puig de Villegas, y Chiquita, una señora que había sido amiga de Manuel en la escuela primaria. Chiquita es la historiadora del pueblo, especialista en temas relacionados con la conquista del desierto: su pasión es la invasión inglesa, los malones, el auge de la hacienda. Ahora con tanta invasión forastera, su tema actual es la historia de Puig. 'Coco' para los amigos, Manuel Puig reordena los saberes del pueblo; altera el orden de la realidad conocida, suscita una nueva ficción. Transforma al pueblo de Villegas en simulacro de sus novelas; los habitantes evocan sus textos con orgullo en un pequeño gesto de autoafirmación. Así, llegamos a saber que Chiquita es la Pocha de La traición conocemos también al primo de Héctor; después al amigo de Juan Carlos (el de Boquitas pintadas). Se chismea sobre la historia de Nené, se recuerda con cariño a la maestra de piano Herminia. Todos viven, todos tienen voz, todos forman parte de las novelas. Mejor dicho, las novelas forman parte del imaginario del pueblo; los villeguinos por lo menos, durante el fin de semana de nuestra visita se definen por los escritos de Puig. Se cruzan, además, los textos, de manera que Traición y Boquitas pierden su autonomía; lo que las vincula ahora es el referente compartido, el eje de la composición nos remite al lugar de origen.

Pasamos al teatro donde Coco iba con la madre todas las tardes a ver películas. En el lobby aparece un tableau vivant de jóvenes actores, vestidos al estilo de los treinta y de los cuarenta: Juan Carlos con Nené y Mabel, Pancho abrazado con la Raba, Mita sentada con el niño Toto. Son figuras congeladas que copian a los personajes, pero necesitan de nuestra mirada sin la cual su show dejaría de existir y caerían en el abismo mudo. Se cruzan los códigos del pueblo con los nuestros, y los forasteros nos juntamos al tableau posando como estatuas yanquis y europeas al lado de las estatuas villeguianas. Frente a la estandarización de la imagen, cada cual ejerce su derecho a copiar al personaje que quiera.

Pero ya entramos al teatro. En la fila 16 se sentaba Manuel con su mamá, explica Chiquita por el micrófono, y agrega, deseosa aún, que Manuel se sentaba con ella en otra fila cuando faltaba la madre. Se ofrece una película sobre Puig armada por el pueblo de Villegas, seguramente más ficción que verdad, dado que el autor se fue a los 14 años para no volver nunca más. Pero las amigas de Coco cuentan (ya la cosa pasa a ser leyenda) de cómo el autor volvió clandestinamente al pueblo, sin atreverse a dar la cara. Batman de la pampa, Manuel entra ahora como personaje de este nuevo relato sobre los misterios del viaje y la fuerza de la nostalgia y el olvido.

Se anuncia una gira por Villegas (pueblo de 15.000 habitantes) para las 10 de la mañana del día siguiente. Frente al Bar Ventolo se juntan las señoras amigas al lado de los extranjeros para dar la vuelta por el pueblo. Abre paso un camión con dos altoparlantes enormes seguido de la señora Chiquita a pie (y micrófono en la mano) para dirigir a los cuarenta feligreses que harán el vía crucis en honor a Puig. 'Aquí está la Escuela Pública No 1', anuncia Chiquita como el primer paso en el tour por la ciudad, mientras por el altoparlante resuena un párrafo de la novela que corrobora la autenticidad del lugar. Se trata de la escuela nombrada por Toto en La traición todos miramos y sacamos fotos como recuerdos de la verdad de la historia. 'Y aquí vivió Mabel', nos indica Chiquita en la próxima cuadra, haciendo desaparecer la distancia entre referente y texto. 'Y lo que ahora es el Club Sportivo antes era el Club Deportivo Social'. Volvemos a sacar fotos de esta tenue realidad, siguiendo las directrices de las señoras sobre la manera de relacionarnos con el texto, vinculando la falsa imagen de hoy con lo que antes existía. Será el paso a la nostalgia fabricada: nuestra mirada que cruza con la del pueblo de Villegas, competencias por dominar los lugares comunes; anuncia nuestro derecho a conservar la memoria del texto original o de superarla por completo. Pero hasta los vientos nombrados en La traición han desparecido ahora debido a la fuerza del ozono, incluso el cuerpo del lector aprende a sentir de otra manera. El referente original se afloja. 'Aquí Coco conversaba con Nené', nos explica la anfitriona. Tita le corrige: 'Por Coco querías decir Toto, y por Nené querías decir Mita'. Chiquita pide perdón por lo que ella percibe como craso error; al mismo tiempo nos remite al mundo de fantasmas donde la ficción y la historia de Villegas se estrelazan sin bordes fijos.

Nos acercamos a la casa de la familia Puig donde vivió Manuel a partir de los tres años. La mujer que ahora reside ahí nos invita a conocer la casa y, de paso, a conocer el jardín. Desde lejos, entre los frutales, corre un niño vestido de pantalones cortos, corbata y suéter azul. Es el doble de Toto quien se nos acerca, saluda con la mirada y procede a sacar agua de un aljibe seco que fue nombrado en La traición. Su silencio desafía la estructura de los libros de Manuel donde todos conversaban y contaban locuazmente las historias de vidas ajenas. Aquí, sólo aparece el cuerpo; las voces, por contraste, pertenecen a las señoras, que ahora son las que suplantan las palabras de Manuel.

Volvemos a la calle. Si antes éramos 40 entre las señoras y los turistas, ahora somos muchos más, posiblemente cien personas, caminando por las calles de Manuel Puig, bloqueando todo tránsito de ruta. A veces intervienen personajes de las novelas; Juan Carlos conversa con Pancho a mitad de camino, Mita lleva al Toto a la escuela. Y nosotros flotamos en el medio. Por nuestra presencia masiva invadimos la coherencia de la escena, pero también la complementamos; llegamos a ser el suplemento de la novela, suplementamos el imaginario de Villegas. ¿Será que sin el turismo el show Puig no podría existir? ¿O será que el viaje a Villegas pone en duda el ejercicio de la crítica? Obliga a pensar la fuerza de la literatura que sobrevive a los fantasmas del pueblo, la fuerza del texto escrito compaginado con su referente.

Subimos en colectivo para ver la villa miseria, donde la Raba de Boquitas pintadas bailaba las noches del sábado. 'Aquí es donde Pancho llevaba a las chicas a hacer el amor', nos cuenta Chiquita, siempre con micrófono en la mano, señalando un pasto abandonado al lado del centro recreativo. Al costado, en el parque municipal, nos encontramos con la gitana que le lee las cartas a Juan Carlos, anticipando su triste fin. ¿Seremos un efecto del lenguaje tal como lo ha sido Juan Carlos al dejarse llevar por las cartas? No hay tiempo para reflexionar sobre el tema, pues salta de la carpa toda la gitanería: el señor tirafuegos, los malabaristas, el circo de los pobres, en fin. Al compás de la música árabe, los gitanos sacan a los espectadores a bailar en ronda; todos en estado de delirio a consecuencia del baile feroz. Lo extraño se entrecruza una vez más con la utopía local. Hay baile, vino y comida para sostener el poder del relato. Sigue a la cola de este parco paseo por el pueblo, una chica llamada Patricia, autora del desfile y de la ficción que acabamos de presenciar. Patricia, víctima de un accidente automovilístico hace 15 años en ruta a su boda, está en silla de ruedas; como los más destacados personajes de Puig, inventa a partir del espacio límite. De allí construye un escenario móvil, diseña la fiesta de la ficción. Y yo me quedé pensando que la pampa húmeda es una pampa de yerba rizoma.

 

Encontrado en: http://www.el-universal.com/1997/09/02/02310AA.shtml