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–¿Qué le parece si empezamos por su infancia, en esa lejana
provincia que para muchos es La Pampa?
–No, no. No quiero hablar de mi infancia. Ya hablé mucho.
–Resulta difícil hacer una entrevista a un escritor sin hablar un
poco de su infancia.
–Sí, yo entiendo. Pero es que no quiero, no quiero ir para atrás,
tan lejos. No quiero.
–Lo único que me puede convencer es que ir para atrás lo ponga
triste.
–No sé, no sé si es eso. No sé –dijo con una voz tan melancólica
que para mí fue evidente que era eso. Luego supe que ese tono que usa
muy a menudo nada tiene que ver con el dolor sino con una especie de
cansancio y desinterés en hablar sobre sí mismo.
–Está bien, dejemos su infancia. ¿Cuándo descubrió que quería
escribir?
–Después de que tenía empezada la primera novela.
–Eso es muy extraño. ¿Y cómo empezó?
–Yo quería hacer cine. Hacía guiones con temas muy escapistas en
general que además, copiaban películas de Hollywood, y que, además,
no gustaban a nadie.
–Salvo a usted.
–No, a mí tampoco. Menos que a nadie.
–¿Y por qué los hacía?
–No sé. Mientras los hacía me gustaban. Pero cuando los terminaba me
daba cuenta que había algo que no funcionaba.
–¿Eso le ocurría siempre? ¿Por qué insistía?
–Porque yo escribía rememorando películas que me habían dado mucho
placer.
–¿Cuáles eran las películas?
–Aquellos grandes dramas de fines de los treinta y principios de los
cuarenta. Rebeca, por ejemplo.
–¿Algunas francesas?
–No, esas no llegaban allá.
–La mujer pantera, claro.
–Esa es posterior. Con aquella actriz que tenía cara de gata, Simone
Simon. En esa época alguien me aconsejó que hiciera guiones sobre
experiencias más personales. Ahí pensé en una historia de mi
adolescencia y también de mi infancia, los amores de un primo mío.
–¿Qué edad tenía en ese momento?
–Ya era grande. Estaba por cumplir 30 años y tenía que resolver mi
situación económica. Vivía en Roma y estaba cansado de lo que hacía.
–Quiere decir que tomó el oficio de escribir para resolver su economía.
Eso es muy curioso. Es común a los escritores que pasen hambre, antes
de vivir de lo que hacen.
–Yo tenía un buen manejo del lenguaje porque mi trabajo consistía en
hacer traducciones de subtítulos para cine. Confiaba en que podría
escribir y vender. Traducir para cine no es fácil. Hay que acortar los
diálogos guardando la esencia, adaptar el humor de un país al otro y
otras cosas. Toda mi actividad estaba vinculada al cine, pero nada de lo
que hacía en cine era lo que yo realmente hubiera querido.
–¿Qué pasó cuando se enfrentó a un material real como los amores
de su primo?
–No me ubicaba. Decidí entonces hacer una especie de bosquejo previo
de cada personaje a fin de aclarármelos. Ese bosquejo tampoco sabía cómo
hacerlo. Lo que sí tenía claro en la memoria era la voz de los
personajes. No sabía tampoco si quería hablar de los personajes en
tercera persona.
–¿No sabía?
–No. Hablar en tercera persona significaba juzgarlos y esto me
resultaba antipático. Lo que sí me pareció posible fue comenzar a
registrar la voz de cada uno de ellos.
–Quiere decir el habla, las palabras.
–Sí, sí. Las palabras, y los pensamientos. Para empezar pensé
escribir una hojita con las cosas que decía una tía mía, pero esa voz
empezó a dictarme y ya no pude parar. Escribí de un tiro 30 páginas.
–¿Y qué cosas decía la voz de esa tía?
–Cosas de entrecasa, banalidades, cosas cotidianas. ¿Qué hacer con
esto?, pensé. Extractar algo, tal vez. Sin embargo, no. Lo que
resultaba expresivo era la suma de las banalidades. La acumulación. Y
eso no era un material cinematográfico. Eso era literatura. Así seguí
haciendo hablar a algunos personajes hasta que pasé a otras formas de
expresión.
–Siempre evitando la tercera persona.
–Sí, decididamente me chocaba la tercera persona.
–¿Por la razón que me dijo, únicamente?
–También era algo que tenía que ver con la pérdida del idioma español.
–¿La pérdida en qué sentido?
–En el sentido del español castizo. Se me planteaba el problema de cómo
pasaría el lenguaje argentino de los personajes al español castizo de
la tercera persona.
–¿Usted piensa que debía hacer ese pase, que debía abandonar su
lengua?
–No, no sé, creo que en el fondo eran pretextos. Creo que la
verdadera razón era una resistencia a juzgar a los personajes colocándome
en el lugar de la autoridad.
–Más que un dios creador quería ser un testigo.
–Sí, yo quería saber por qué habían sucedido ciertas cosas en mi
infancia.
–Y la manera de saber era relatarlas.
–Sí.
–Es decir que registraba la historia a fin de entenderla. Entonces lo
que llega primero es la historia.
–Más que la historia, los personajes. La anécdota se deriva del carácter
de los personajes. Si se colocan varios personajes juntos y se los
conoce bien, uno sabe qué hará cada uno de ellos.
–¿Cómo trabaja? ¿Con regularidad, con horarios, sólo cuando tiene
ganas?
–Con regularidad. Y no puede ser de otro modo. Cuando uno hace novelas
tiene que ser así. Yo trabajo todos los días. Y todos los días tengo
la misma resistencia a sentarme y seguir.
–Quiere decir que, para usted, escribir es un trabajo.
–Por lo menos me demanda un enorme esfuerzo. Creo que hay allí, en
esa resistencia a empezar, cada día, el terror a la página en blanco,
el terror de equivocarme. La cuestión es que hay, antes de sentarme,
una hora o dos, en que doy vueltas y vueltas y vueltas. Todos los días
es lo mismo, desde hace 20 años. Más, hace 21 años que escribo y esto
no cambia. Al contrario, cada vez se hace más difícil.
–Habló de “la página en blanco”, “el temor a equivocarme”.
–Se necesita un grado de concentración muy profundo para tocar la
zona que uno quiere. Entonces hay que hacer un gran esfuerzo para no
escuchar la primera voz que se oye. En general, la primera voz es la de
las influencias, la del conformismo. Hay que tratar de llegar a otros
sustratos.
–Debe ser muy difícil eso, saber cuándo la voz que se escucha es la
verdadera.
–No, no es difícil. Cuando la escucho la reconozco, sé que es ésa.
Con todo, hay veces en que caigo en la facilidad. Es tiempo perdido.
–Pero todo no puede ser esfuerzo. Tiene que haber también el momento
del placer.
–Cuando logro establecer un contacto con la zona que me interesa, ahí,
ahí...
–Está el placer.
–Sí, porque llegué a la verdad, llegué a las esencias. A lo que
para mí son la verdad y las esencias. Ese momento es muy remunerativo.
–García Márquez dice que él nunca deja de trabajar hasta que no
llega el momento en que sabe perfectamente cómo va a seguir. Allí
deja. Ese sistema me parece que le haría ganar tiempo.
–Yo tengo bastante poca resistencia. Me canso muy rápido. Si estoy
cansado tengo que dejar esté donde esté. A la mañana corrijo. A veces
corrijo traducciones. A la tarde, entre cuatro y ocho, escribo.
–La traducción al portugués de Sangre de amor correspondido me
pareció fantástica.
–Lo que ocurre es que largos párrafos fueron tomados directamente de
la cinta que yo grabé.
–Quiere decir que el protagonista está tomado de alguien que conoce
de aquí, de Brasil.
–Sí, se trata de un obrero brasileño. Alguien con quien tuve una
enorme empatía a pesar de ser tan diferente.
–Cuénteme.
–Se trata de un albañil. Lo primero que me llamó la atención de él
fue su forma de hablar. Despertó muchísimo mi curiosidad. Siempre había
en su lenguaje un desvío, un trabajo metafórico.
–Sí, yo recuerdo que en un momento le dice a la mujer a la que había
pasado un tiempo sin ver: “Las flores de mi jardín te están
precisando”, o algo parecido.
–Sí, eso me llamó la atención y quise registrar su habla, tratar de
captar su lenguaje, sin pensar que además había en ese hombre una
historia. Y menos aún que esa historia podía transformarse en una
novela.
–¿Qué dijo cuando leyó el libro?
–No lo leyó, no sabe leer. Lee sólo algunas palabras separándolas
en sílabas.
–¿Cómo imagina su vida sin la literatura? ¿La imagina como algo
posible, se ve haciendo otra cosa?
–No soy un lector ni un devorador de libros. Tengo un problema muy
serio con la ficción, con la novela.
–Usted está hablando de usted mismo como consumidor de literatura, no
como productor.
–Sí, tal vez, debido al hecho de que trabajo en ficción me cuesta
muchísimo leer. Llega la noche, estoy cansado, busco una novela y la
leo como si estuviera revisando un texto.
–Es decir que novela no lee jamás.
–Se me ha hipertrofiado el gusto por la ficción. No sé cómo
explicarle, pero mi conducta es siempre crítica. No puedo acercarme a
un texto con actitud inocente. Siempre me implico.
–Una lectura así es un martirio.
–Me agota. A las tres o cuatro páginas caigo muerto de cansado. En
cambio puedo leer biografías. Yo tomo una biografía y de pronto me doy
cuenta que son las tres de la mañana y me cuesta parar.
–Esto le ha cerrado toda un área de placer.
–Sí, yo recuerdo con nostalgia la época en que leía novelas y me
gustaba.
–¿Lo angustia que sus libros no sean bien recibidos?
–Me angustia cuando siento que en la crítica hay mala intención.
–Siempre se habla de ser uno mismo. Esta parece ser una búsqueda
constante de los seres humanos. Pienso que esta búsqueda debe ser másintensa
o desesperada en el caso de un escritor. Porque cuanto más adentro de sí
mismo llegue más rico será lo que haga. Usted hablaba hace un rato de
“llegar al centro”.
–Sí, a aquello que no está contaminado por las influencias y las
ideas fáciles.
–¿Cómo sería el proceso por el que llega a lo más auténtico de
usted mismo? Hay algo que dice Céline: “Tal vez la razón de vivir
sea sufrir lo más intensamente posible para llegar a ser uno mismo
antes de morir”.
–Sí. Creo que sí, porque el sufrimiento nos acerca a la muerte. Para
apartarnos de ese abismo buscamos lo que hace posible la vida. Nos
defendemos de la muerte recurriendo a las fuentes del deseo de vivir. En
cuanto a su pregunta sobre el proceso por el que se llega a uno mismo...
veamos. Cuando yo empiezo a trabajar en una novela es porque he
encontrado un personaje con el que siento una afinidad especial.
–Sería a través de ese personaje que usted intenta el análisis.
–Es a través de ese personaje que yo planto cosas que no podría
plantearme en mí mismo directamente. A través de él me planteo
problemas míos no resueltos.
–Deme un ejemplo.
–Pensemos en un caso extremo, el del albañil de Sangre de amor
correspondido. Aparentemente nadie más alejado de mi realidad. Se trata
de un muchacho mucho más joven, con una salud rebosante, muy físico,
sin la menor educación, muy imbuido de machismo, de otra clase social y
de otra raza.
–¿Qué raza?
–El tiene mucha sangre india. Yo soy europeo por todos lados. Parecería
que no habría nada que pudiera acercarme a él. Sin embargo yo sentí
esa necesidad que él tenía de transformar las cosas, de envolverlas en
poesía.
–Eso lo acercó.
–Me acercó y me provocó una inmensa curiosidad. Deseos de conocerlo
a fondo haciéndolo hablar.
–Lo atraía esa gran semejanza en medio de tantas diferencias. Vamos a
suponer que conoce a un ser muy perverso. ¿También sentiría
curiosidad?
–No, porque yo no he desarrollado mi perversidad para nada.
–Es decir que realmente no se interesa por los que son, en esencia,
totalmente diferentes a usted.
–No, no me interesa porque alrededor de un ser así no puedo construir
nada. ¿Sabe por qué? Porque no consigo entenderlo. Un torturador, por
ejemplo, nunca podría ser un personaje mío, porque lo rechazo de tal
manera que no consigo penetrar ni sus razones ni sus sinrazones.
–Yo recuerdo un diálogo de El beso de la mujer araña, una discusión
entre los dos personajes (me refiero al teatro, no a la novela). Yo sentí
allí, muy claramente, que usted era cada uno de ellos, y no porque
fueran muy parecidos ya que eran muy diferentes.
–Yo puedo ser los dos personajes, ambos son posibilidades mías.
–¿Cuál es, según usted la razón que mueve al revolucionario a
acostarse con el homosexual en esta pieza? Es evidente para mí que la
obra de teatro resulta más impactante que la novela. ¿Piensa que es el
deseo?
–No, en su comienzo no. Lo que lo mueve, para mí, es la necesidad de
dar algo, a cambio o en pago, de lo mucho recibido. Se siente muy pobre,
no tiene otra forma de responder a toda la bondad del otro. El factor
inicial es la piedad. Luego, claro, juegan otros factores. Pero es la
piedad la que hace superar los prejuicios.
–Me gustaría que recordara las experiencias que marcaron en su vida
un cambio, un viraje.
–Un momento muy importante lo marcó la entrada como interno a un
colegio de Buenos Aires, a los 12 años. Allí conocí a un chico de 13
años, del primero del Nacional, que ya leía y vivía en un mundo de
fantasías literarias, así como yo vivía en un mundo de fantasías
cinematográficas. El me reveló La sinfonía pastoral, que fue un hito
en mi vida. Antes y después de La sinfonía pastoral. Yo hasta ese
momento había creído que tenía que esperar mucho más para empezar a
leer, me parecía una cosa de grandes, casi de viejos, leer. Con este
chico se me abrieron las puertas de un mundo totalmente nuevo.
Justamente en un momento en que el cine me empezaba a decepcionar. Era
el año ‘46, ‘47, plena crisis de Hollywood, comienzos del
neorrealismo italiano y del cine francés, más intelectual, mientras
Hollywood intentaba repetir fórmulas, pero sin acertar. Lo que habían
hecho en los años 30 y en los años 40 ya no tenía cabida. Todo eso me
perturbaba, era un mundo que se venía abajo.
–La literatura era un buen sustituto.
–Sí... este chico, que me metió en ese mundo, se reía de las películas
de Hollywood, las encontraba tontas. Y yo, en algunos casos, quería
defenderlas, pero no tenía instrumentos para hacerlo. Luego, más
tarde, en Roma, un amigo al que aún veo, me llamó la atención sobre
la falta de realismo de las cosas que yo escribía.
–El quería que usted hiciera realismo partiendo de la realidad.
–No, él entendía que yo procuraba hacer una cosa de otro orden, algo
vinculado con lo poético. Pero para eso yo debía partir de mis propias
experiencias, no de experiencias prestadas.
–Y usted lo escuchó.
–Sí, lo escuché. Encontré razón en lo que decía. Y es allí que
empezó, también, una nueva etapa.
–Fíjese que las etapas en su vida están más vinculadas al trabajo
que al amor.
–¿Sí? No lo había pensado.
–Usted tuvo mucho éxito ya con su primer libro: La traición de Rita
Hayworth. ¿No habrá allí otra etapa? Debe haber sido importante para
usted el sentimiento de que podía vivir de escribir, ¿o ese
sentimiento lo tuvo recién más tarde, con Boquitas pintadas?
–Boquitas pintadas fue el libro que me hizo conocido. Pero esa primera
etapa no es tan satisfactoria. Hay cierta amargura. Cuando entré al
mundo de la literatura yo venía del mundo del cine, tan difícil. Donde
expresarse implicaba la movilización de medios fenomenales. El cine era
de pesadilla en oposición a la libertad que me daba la literatura.
Durante los años de escritura del primer libro yo me sentía en un
terreno muy especial.
–¿Que luego perdió?
–Sí, que luego perdí. Yo sentía que eso que yo escribía iba
dirigido a un lector especial. Que mi palabra llegaría directamente,
sin transferencias, a la gente. Pero luego, al intentar publicar, y al
publicar, descubrí todo ese mundo de interferencias que existe en la
literatura.
–No sé a qué se refiere, ¿tal vez a la crítica?
–Sí, a la crítica, a la prensa mal intencionada, al lector mal
predispuesto.
–Es decir que con esa primera publicación usted se sintió como
arrojado a un mundo enemigo.
–No sé si tanto, pero a la primera sensación de haber encontrado un
medio noble de expresión que me permitía corregir, revisar y que, a
diferencia del cine no tenía cortes ni censura, se sobrepuso la
realidad. Yo no podía como lo había creído, comunicarme directamente
con mi lector.
–¿Cómo ve ahora sus primeros libros?
–Me parecen escritos por otro. Hay cosas que no entiendo de dónde
pueden haberme salido.
–Para algo está el inconsciente. Tal vez sólo para sorprendernos.
–Y.... ése es el punto. Cuando digo que siento haber tocado una
verdad, es que logré contacto con algo mío muy profundo y en relación
con un inconsciente colectivo. Ahí, si consigo deslindar mi
inconsciente del plano del inconsciente colectivo, lograré una visión
de la realidad que será mía, única.
–¿Por qué piensa que es tanto mayor el número de homosexuales
hombres que el de mujeres?
–Por la mayor libertad sexual que tiene el hombre. Aun las sociedades
más represivas dan libertad sexual al hombre. El hombre va al prostíbulo
y tiene relaciones fuera del matrimonio como algo permitido. La mujer
no. Aunque yo creo que la homosexualidad no existe. Existen personas que
llevan a cabo actos homosexuales. Pero como considero las actividades
sexuales totalmente intrascendentes no admito que la identidad pase por
la sexualidad.
–¿Cómo habrá el hombre conseguido esa mayor disponibilidad de sexo
en comparación con la mujer?
–Lo que yo supongo es que en el patriarcado se pasó a dar peso a la
sexualidad.
–A la sexualidad femenina.
–Sí, a la femenina, claro. Se le dio un peso negativo para que el
hombre pudiera tener a su disposición a la santa en la casa y a la puta
en la calle. Si la sexualidad no hubiera tenido ese peso, la mujer también
se hubiera liberado. Así fue que la sexualidad fue perdiendo el carácter
inocente, inicial, con lo cual pasaron a crearse los roles del explotado
y del explotador. El orificio pasa a identificarse con el terreno a ser
explotado, y el falo con el instrumento de la explotación. Se crean
entonces los buenos explotados y los malos explotadores. Y no hay para
los seres humanos, o no había, otra posibilidad de elección.
–¿Qué opina sobre los movimiento de liberación de la mujer, de los
homosexuales?
–Admiro los movimientos de liberación que han conseguido igualdad en
terrenos laborales. Pero esos mismos movimientos han ayudado a crear ese
otro gueto: el gueto gay.
–Es decir que el movimiento gay habría errado el objetivo.
–El error está en no ver que la especie humana no es ni heterosexual
ni homosexual. La homosexualidad no es incuestionablemente diferenciable
de la heterosexualidad. Ambas actitudes no son irreconciliables como el
aceite y el vinagre. Creo que son actitudes que tienen más que ver con
lo cultural, por ejemplo. Tienen que ver con las presiones que las
sociedades represivas vienen ejerciendo desde hace siglos. Si la elección
del rol sexual no fuera coercitiva en nuestra sociedad, si la sexualidad
gozase de toda la libertad que su carácter de juego presupone, no habrían
existido los personajes caricaturescos que hasta hace pocos años,
resultaban ser el macho, la hembra y el homosexual o la homosexual, típicos
de nuestra sociedad.
Por que
Manuel Puig
Un
concepto reaccionario
Por María
Esther Gillio
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Cada vez que pasaba
por Río de Janeiro, por tres años, llamaba a Manuel Puig para
hacerle una entrevista. La respuesta era siempre la misma: “No
me siento bien, estoy muy resfriado”. O “Estoy con angina y
fiebre”. Hasta que encontré el argumento definitivo: “Yo me
quedo hasta que se le pase”. “Mire que a veces me dura 10 o
15 días.” “No importa, yo espero.” Tres días más tarde
estaba subiendo las escaleras de su departamento en Leblon, a
dos cuadras de la playa, en una calle ciega sombreada de viejas
mangueiras.
–Si le toca un periodista testarudo su argumento puede
resultar peligroso –le dije.
–¿Y si yo no me hubiera mejorado en un año? –dijo con aire
paciente.
–Le estoy mirando la cara y sé que no habría podido vivir de
la culpa. Fíjese que apenas aguantó tres días.
Después de hacer la nota, le pedí dejar el grabador en su casa
hasta el día siguiente por temor a que me lo arrancaran de las
manos, como suele ocurrir sobre todo de noche en las calles de Río.
Al día siguiente pasé a buscarlo. Por la ventana me gritó que
no subiera, que él me lo bajaba. Bajó los cuatro pisos
corriendo. Su expresión era más alegre que la del día
anterior. Vestía short y camisa blanca y no representaba más
de 40 años. “Venga, sentémonos un poco”, dijo sentándose
en el muro del jardín. “Quiero decirle algo más sobre la
sexualidad. Tome nota: la sexualidad, como le dije anoche, es
algo intrascendente. Algo opuesto a la afectividad que sí es
trascendente. Lo que ocurre es que se confunden esos dos planos
cuando no se deberían confundir. Por eso, para mí, el concepto
de hombre es un concepto reaccionario”, dijo, y enseguida
comenzó a prestar atención a algo que ocurría lejos de
nosotros en la esquina.
–¿Qué pasa?
–Nada. Que deben ser las 11 porque allí llega el cartero.
Este es uno de los mejores momentos de mi día: las cartas.
–Entonces usted dice que “el concepto de hombre es un
concepto reaccionario”.
–Sí –dijo, dirigiéndose al encuentro del cartero. |
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