El Mundo, Viernes, 31 de agosto de 2001

La sonrisa de Manuel Puig

MARCOS RICARDO BARNATAN


He contado muchas veces que tuve la suerte de conocer muy pronto a Manuel Puig. Mi primer encuentro fue en el lejano Buenos Aires de 1968, gracias a la presentación de la poetisa argentina Luisa Futoransky. El era entonces un escritor novel, que acababa de publicar su primera novela La traición de Rita Hayworth, un libro que ya comenzaba a sorprender por su frescura y originalidad, y yo un poeta que intentaba escapar del servicio militar. Manuel trabajaba entonces en la redacción de la que iba a ser su segunda novela, Boquitas pintadas, con la ayuda de otro poeta amigo, el boliviano René Palacios More. Manuel me contó que había sido compañero de clase de dos de mis tías maternas, en el colegio Ward de Ramos Mejía, y que Raquel y Judith Hodari, esas jovencitas parisinas que mi abuelo había traído a la Argentina oliéndose el nazismo, se habían enamorado de los mismos imposibles muchachos que él. Frecuentó en su adolescencia la casa de mis abuelos, y según le gustaba contar me conoció «cuando todavía estabas en la panza de tu mamá».

Estas verdades y otras medias verdades las cuenta con mucha pasión la profesora Suzanne Jill Levine en una minuciosa biografía que se editó el año pasado en Nueva York, y que confiamos acabe por publicarse en castellano bajo el sello de Seix Barral. El libro se ganó en su día una crítica bastante ambigua de Mario Vargas Llosa en el suplemento de libros del New York Times, que provocó la ira de muchos de los admiradores de Puig. El peruano elogiaba la concepción de la biografía pero se mostraba reticente con la obra del argentino, la que consideraba más cercana al cine que a la alta literatura. Una vez más se reiteraba ese equívoco acerca de la menguada biblioteca de Puig, llena de vídeos cinematográficos y de ediciones en diferentes lenguas de sus propios libros.

Desde aquel primer encuentro porteño Manuel y yo fuimos buenos amigos. El me leyó entonces el futuro en un viejo tarot en una chocolatería de la calle Corrientes, y acertó en mucho. Después publicó Boquitas pintadas, ese magnífico título que tanto enojaba al estricto puritanismo de Borges, y volvimos a encontrarnos muchas veces en su pequeño apartamento de Bedford Street en el Village de Nueva York, en la casa de Londres de los Cabrera Infante, y por supuesto en Madrid, ciudad a la que venía muy a menudo a presentar sus nuevos libros. A Mamá Puig, su inseparable compañera en el cine de la infancia en el pueblo del General Villegas, donde Manuel nació el año 1932, la conocí a la entrada de un teatro de Londres donde Rosa Pereda y yo coincidimos con ellos en un espectáculo de ballet norteamericano. Mamá era una fotocopia de Manuel, su hijo amado.

La publicación de La traición de Rita Hayworth en francés causó sensación entre los críticos europeos, hasta el punto de que fue seleccionada por una encuesta del diario Le Monde entre las cinco mejores novelas extranjeras de la temporada, todas latinoamericanas. Algo que tardó en llegar a España, donde incluso los escritores más avanzados de la época se mostraron poco permeables a una literatura que creyeron era poco seria.

El prejuicio se basaba quizá en que la idea de Puig de hacer una nueva forma de narrativa popular era aún demasiado atrevida para una crítica anquilosada en el modelo realista o aún deslumbrada por un experimentalismo entonces vigente. La fórmula de Manuel era recurrir al modelo del folletín aderezado con algunos de los componentes más modernos de la experimentación estilística, algo de difícil comprensión para quienes no estaban acostumbrados a los matices y preferían dividir el mundo en la menesterosa dualidad del negro o blanco.

La aparición en 1973 de su polémica novela The Buenos Aires affaire significó quizá su consagración. Para mí es su mejor novela, aunque la mayor popularidad la obtuvo de El beso de la mujer araña, llevada al teatro, al cine y más tarde al musical. Le siguieron Pubis angelical (1979), Maldición eterna al que lea estas páginas (1980), Sangre de amor correspondido (1982) y Cae la noche tropical (1988), entre otras novelas, piezas teatrales y guiones cinematográficos.

Su literatura, tan deudora de una especialísima oralidad y del cine que lo alimentaba tanto, me gustó desde un principio. Fui lector fiel de sus novelas y de sus pequeñas obras teatrales, e incluso espectador de las desiguales películas que se inspiraron en su obra narrativa pese al desinterés que producía en algunos escritores, editores o críticos puristas, o a la repulsa de quienes veían en él frivolidad, he sido de los que he creído que su obra era y es muy valiosa, aportando una sensibilidad verdaderamente posmoderna a las grises reincidencias del desgastado boom latinoamericano. Manuel Puig tuvo por fortuna el éxito en vida. Y no sólo el de las ediciones de bolsillo norteamericanas que tanto irritaron a otros de sus contemporáneos que se sentían Flaubert, sino también el del cine y el teatro, y póstumamente el de la versión musical del Beso de la mujer araña en las carteleras de Broadway. Hay que decir que entre sus más fervorosos defensores estuvo siempre Cabrera Infante, que admiró la obra de Manuel y no dudó en combatir con su verbo genial a los que lo subestimaban. Trashumante empedernido, Puig vivió primero en Italia, para residir después largas temporadas en Brasil, en Nueva York y en México, país donde le sorprendió la muerte. En mi casa de Madrid festejamos con champán el fin de la dictadura militar argentina, que detestaba, y el advenimiento del primer gobierno democrático de Raúl Alfonsín. Hoy nos quedan de él sus magníficos libros y su no menos magnífica sonrisa, que nada tiene que envidiar a la de Gardel.

Encontrado en: http://w3.elmundo.es/2001/08/31/cultura/1042058_imp.html