La Jornada, 4 de abril de 1999
Male y Manuel Puig en Aperana
Hugo Gutiérrez Vega
Male y Manuel Puig vivían, a mediados de los ochenta, en unos apartamentos de la carioca Rua Aperana, situada en el extremo sur del prepotente Leblón, ese barrio que inicia los caminos hacia la parte elegante de Tijuca y que ``pierde su honesto nombre'' en las inmediaciones de la gigantesca favela de Rosinha.
Manuel era un enamorado de Río aunque, como otros muchos hispanoamericanos, no había logrado establecer muchas amistades sólidas, pues los cariocas son encantadores pero generalmente tienen miedo de contraer las obligaciones del compromiso amistoso. Por esos días, en un teatro del centro de la ciudad se estrenó su obra sobre Gardel. La puesta en escena fue decorosa, pero apenas se aproximó al complejo mundo de ``polacas'', salones en penumbra y negocios turbios del Buenos Aires de las primeras décadas del pecaminoso siglo que, cargado de bubas, purulencias, errores, crímenes y unos pocos momentos dorados, prepara ya un mutis en el que recibirá más abucheos que aplausos.
Male y Manuel tenían organizado de manera impecable su ``Cinito'' de Leblón. Participamos en varios ciclos: posguerra Italiana: La larga noche del 43 de Florestano Vancini; Todos a casa de Comencini, así como las basadas en las novelas de Vasco Pratolini y Buzzati y otras películas de Monicelli, Zurlini y Bolognini; comedia musical alemana de los últimos años de la guerra (de este género brilla en la memoria la imagen de Zarah Leander cantando una habanera lánguida o una energética ``Kino star''); ``cinema novo'' brasileiro y las rituales jornadas en las que se homenajeaba a Irene, Charles, Cary y Deborah, actrices y actores de las dos películas amorosísimas de Leo McCarey. La primera, actuada por Irene Dunne, Charles Boyer y Madame Ouspenskaia, era muy superior al remake. Male y Lucinda se inclinaban por llorar sin tregua en el Puente de Waterloo para compadecer a sus desdichados personajes, interpretados por Robert Taylor, Vivien Leigh y la infatigable chaparrita Ouspenskaia.
Manuel Puig fue el iniciador de una narrativa originalísima, habitada por personajes de carne y hueso que van al cine, escuchan boleros, leen ``revistas del corazón'' y, para buscar compañía, envían cartas a las publicaciones intermediarias. Por otra parte, su análisis y utilización de los personajes del ``olimpismo'' (Edgar Morin dixit) latinoamericano ha proporcionado temas, títulos y atmósferas a muchos escritores del subcontinente y de la España peninsular. No es fácil (todos los que andamos en estos bretes lo sabemos) poner a los libros el título adecuado (al margen de que se relacione o no con el contenido del texto. Si no se relaciona es mucho mejor, decía el juguetón Felisberto Hernández). Carson McCullers fue la maestra del género. Pensemos en La balada del café triste, El corazón es un cazador solitario y Reflejos en un ojo dorado. Los títulos de Manuel mezclaban una imprecisión lírica con un guiño cómplice a los lectores-espectadores. Cae la noche tropical, Maldición eterna al que lea estas páginas, El beso de la mujer araña, Boquitas pintadas y esos homenajes inteligentísimos al cine y las matinés sabatinas, las canciones, la mujer, la soledad y la obsesión amorosa: La traición de Rita Hayworth y The Buenos Aires affair, son algunos de esos títulos perfectos que fueron pioneros de un estilo seguido más tarde por Luis Zapata y su genial Vampiro de la Colonia Roma, y por otros escritores capaces de mezclar armoniosamente los extremos de la cultura popular con la llamada cultura académica.
Manuel Puig estaba muy al tanto de los estudios y comentarios de Monsiváis sobre estos temas, ya que Carlos inició en Latinoamérica una metodología para el análisis de esos aspectos de la cultura entendida como el entorno histórico genético, siguiendo algunas pautas del Camp y del Kitsch. La moda académica da ahora a esas reflexiones el nombre de ``estudios culturales''.
Es tiempo de regresar a la lectura de la obra de Manuel Puig, pues, debido en parte a sus valores formales y a su inteligente construcción de situaciones y de personajes, es ya indispensable para el descubrimiento de ese todo cultural que distingue a los países de nuestra comunidad lingüística. Los trabajos de Manuel, Carlos Monsiváis y Luis Rafael Sánchez son imprescindibles y gozosas referencias que facilitan la inmersión en ese variopinto mundo de boleros y guarachas, música de Revueltas y Ginastera, fotonovelas (volvamos los ojos al Sheik blanco de Fellini), películas de charros o cabareteras, fotografía de Figueroa o çlvarez Bravo, tangos aguerridos, poemas de Lezama Lima o de Paz, ``revistas del corazón'', El llano en llamas, la Residencia en la tierra, El señor presidente, la horrenda retórica de políticos pillos y matarifes, la jerigonza de los tecnócratas formados por el imperio de los fundamentalismos atroces, de los fanáticos y de los hacedores de supercherías...
Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/1999/abr99/990404/sem-columnas213.html