Carta a Julio Miranda

Ednodio Quintero. Narrador y ensayista

El Universal.com/Verbigracia. N° 37 Año IV. Caracas, sábado 16 de junio de 2001 



Foto: Esso Alvarez
Julio Miranda se ocupaba de "revisar y airear y recrear sucesos del pasado"

Mérida, 15 de junio de 2001

Querido Julius:

En estos días le estuve dando vueltas a la idea de escribirte una carta, y al fin me decido. Me tomo la libertad de hacerla pública, pues quisiera compartirla con un grupo de personas muy cercanas a tu corazón, que hoy se han reunido para recordarte. Luego de tu partida, hace ya treinta y tres meses, han sucedido muchas cosas en Mérida y en el país, pero son pocas, muy pocas, las que pudieran tener algún interés para ti. No es para consolarte, pero, a decir verdad, no te has perdido de ningún hecho trascendente. Incluso el cambio de siglo y de milenio, que tantas expectativas había creado entre los débiles de espíritu, resultó un fraude colosal. Así que las buenas noticias me las reservaré para el final. Y, por supuesto, no te hablaré de las malas, ya tú sabes que la entropía es el sino -y el signo- de estos tiempos. Por suerte, a ti te tocó vivir una época en la cual todavía se podía soñar. Una época en la cual la esperanza aún no se había convertido en esa perra zalamera que te acompaña hasta las puertas del infierno y se devuelve justo en el umbral. Ahora entiendo algo que me confiaste en una de nuestras últimas conversaciones. Nos solíamos reunir los jueves a las doce en punto (siempre admiré e imité tu puntualidad) para comer en un restaurante del centro y charlar, y llamábamos a tales coloquios "almuerzos de trabajo", pues en ellos pasábamos revista a nuestros proyectos, hablábamos de libros y películas, de amigos y amigas, y no eludíamos lo íntimo y personal. Como escolares, cambiábamos nuestras barajitas, e incluso algunas baratijas. Me dijiste aquella vez, y tu voz se quedó resonando en el aire como el sonido de un diapasón, que había algo que te inquietaba, no hasta el punto de la preocupación, sino que más bien despertaba tu curiosidad. Y era el hecho de que tus pensamientos se ocuparan casi en su totalidad de revisar y airear y recrear sucesos del pasado, parecía como si el futuro hubiera dejado de interesarte. Debo haberte respondido con una banalidad, y no voy a decir ahora que tus palabras me parecieron premonitorias. Sólo registro el recuerdo, y estoy seguro sí de que al final, mientras aguardábamos la cuenta, te me quedaste mirando con esa sonrisa tuya de conejo feliz. Te reías de mí pues sabías que me estabas confiando un secreto. El secreto. No voy a elaborar una teoría al respecto, resulta muy fácil caer en el juego de las interpretaciones a posteriori. Lo que entiendo de aquella confesión tuya coincide con una idea que he estado desarrollando y repensando desde hace un tiempo. La coincidencia no me sorprende, ya que pocas veces he logrado establecer una comunicación tan pura y cristalina y eficiente como la que tuve -la que tengo- contigo. Vuelvo a la idea, que es la siguiente: vivimos sólo el presente absoluto, pero ese vivir en el instante de un parpadeo, en una franja tan estrecha del tiempo, podría ser insoportable si no estuviera sostenido por la memoria y el deseo. La simbiosis perfecta entre el cangrejo y el caracol. La memoria, que nos permite saber de qué estamos hechos y de lo que somos capaces, y que incluso nos impone la conciencia del límite. Y el deseo, que nos impulsa hacia adelante. Y así eso que llamamos futuro no es más que una pulsión del deseo. Pues sí, Julius, mi amigo y mi aliado: ahora lo entiendo perfectamente. Hasta el último momento estuve aprendiendo de ti. Sin embargo, me resisto a llamarte maestro. Pues si lo hiciera sería blanco de tus burlas.

Continúo con un flash back. El año de la peste del 82, cuando vivías en aquella preciosa y mínima cabaña del Mocotíes, nos habíamos aficionado a la música brasileña. Y habías adoptado como lema para tu escudo de armas la frase de una canción de María Bethânia (¿o era de Chico Buarque, acaso de Caetano Veloso?), que repetías una y otra vez como un conjuro, y que decía así: "Me estoy guardando para cuando llegue el carnaval". Y yo, que conocía la trama de tu historia de esos días nebulosos, más bien una historieta que culminó en tu libro más memorable: Anotaciones de otoño, para equilibrar aquel caudal de pesimismo que amenazaba tu salud mental, te respondía con la frase de otra canción (cubana, por cierto): "Dile a Catalina que se compre un guayo / que la yuca se me está pasando". Pues bien, si el carnaval no llegó, Catalina sí que tuvo que emplearse a fondo en los años que siguieron para colar unas cuantas toneladas de yuca. Quisiera creer que a partir del final de la historieta, la fortuna te sonrió. Y no es que te mudaras a vivir en Disney World, pero algunos elementos sueltos confirman mi intuición. Me basta con repasar las cartas que me enviaste desde Salerno, en particular una postal de Amalfi. O recordar las sesiones con vino y películas de Fassbinder en casa de Mario y Marina. O una sesión con un brujo brasileño que leía los caracoles en un apartamento de Caracas. O los nueve años de vida compartida con esas flores de la amistad: Sonia y José, viendo crecer a Ionina, y presintiendo la llegada de tu bella y fiel compañera, Josune, que te amó con calma y furia, y que te regaló la más grande de las alegrías: Ainara, tu única hija. Me detengo aquí, pues aún no me decido a escribir tu biografía. Quería enlazar el tema de este párrafo con la idea del primero, valiéndome de una elipsis al revés, para así explicarme las razones de tu viaje al País del Nunca Más. Creo, ¿qué digo?, estoy seguro de que decidiste partir porque comprendiste que la memoria estaba ocupando el lugar del deseo. Y tú no estabas hecho para vivir como un rumiante. En el horóscopo chino eras gallo, y cuando presentiste que tu canto enronquecía y que el sol, que convocabas con tu radiante quiquiriquí, podría no escuchar el llamado y quedarse varado sobre los mares del Japón, decidiste callar. Admiro tu coraje y tu sabiduría, y te agradezco esa postrera lección. Creo, amigo querido, Julius el gallo bailarín, que aún me falta mucho por aprender de ti. ¿Te confieso, que a pesar de mis esfuerzos, aún no sé bailar? Es grave, pero tiene remedio, dirás. ¿Y si te confesara que aún no he aprendido, a pesar de mis esfuerzos, el arte de morir? Es grave, pero tiene remedio, ya lo verás.

Sé que esta carta puede resultar un tanto críptica, pero no importa. Me basta con saber que tú sí la entenderás. Y desde el lugar en que te encuentres, dondequiera que sea, tu sonrisa de gato de Cheshire destellará. ¿Te fijaste que al imaginar el sitio donde te encuentras ahora, no dije "el cielo de los poetas"? ¿Ves cómo aprendo rápido? Soy un alumno muy aplicado. Pues si hubiera caído en semejante ridiculez, estoy seguro de que usarías cualquier recurso para corregirme. En eso sí que eras un experto, y nunca tendré cómo agradecértelo. Si permaneces, como un dulce tatuaje, en la memoria de tus amigos y en la piel de tus amantes, a quién le puede importar dónde te encuentres. Si tu voz está en los cuarenta libros que escribiste, a quién le importa que hubieras optado por el silencio. Esto no quiere decir, Julius del alma, que no te añoremos. Nos haces una falta horrible. Pero ante la presencia de esa dama distinguida, como la llamaba Henry James, ¿qué podemos hacer? Por favor, no me lo preguntes a mí.

Ah, me dirás, estás eludiendo la palabrita clave. Sí, amigo, te respondo, reconozco mi pudor, un tanto supersticioso, que por cierto apego a lo literario suelo confundir con el arte de la evasión. Y aunque no me gusta refugiarme en las citas, confieso mi debilidad por Heráclito. Que decía: "Todo lo que vemos cuando estamos dormidos es sueño, mas lo que vemos cuando estamos despiertos es muerte". ¿Te parece suficiente?

Al evocarte convocamos esa imagen tuya por la cual te hiciste tan querido. Y mientras alguien, aunque sea uno solo de nosotros, te recuerde, estarás vivo y despierto. Y si en el futuro -ese lugar que ya en septiembre del 98, cuando hablamos por penúltima vez, se te estaba haciendo brumoso- un lector anónimo lee ese poema tuyo que dice: "Más rápido que yo, sólo una bala", dime, Julius, si la emoción que experimentará aquel chico, que seguramente será una chica, pues supongo que alumbrará para él o ella este mismo sol, dime si no será una manifestación vital, es decir una pulsión del deseo.

Te prometí una buena noticia para el final de esta carta. Y estoy seguro de que no puede ser mejor. Ainara, tu hija tan querida que en enero cumplió once años, está feliz porque la semana pasada dio su primer concierto de violín. No me digas que no te sientes orgulloso. Y como entre tú y yo funcionó muchas veces eso que llaman transmisión de pensamiento, puedo ver lo que imaginas cuando recibas la noticia. Si Ainara se distrajo, sin perder el ritmo, en algunos momentos del concierto, fue porque estaba pensando muy intensamente en su papá. No creo que sea necesario preguntárselo. Ella lo sabe y tú también.
Bueno, señor. Hasta aquí me trajo el río, por hoy.
Un gran abrazo de
Ednodio

P.D.: No quiero ponerme necio con el tema del lugar donde te encuentras ahora. Te diré, sin embargo, que lo imagino como un sitio donde no está prohibido fumar.

Encontrado en: http://www.eluniversal.com/verbigracia/bienal1.htm