El rey de las ratas 

Ednodio Quintero


YO ERA EL REY DE LAS RATAS, y en mis dilatados dominios se me temía por mi carácter cruel y atrabiliario. Sin embargo, llegué a ser el primero de mi estirpe: el monarca más insigne. Así habrán de recordarme las generaciones del futuro, pues entre los innumerables logros de aquel reinado legendario destaca la hazaña casi inaudita que dio fin a una contienda desigual que nos había desangrado a lo largo de los siglos y que amenazaba con la extinción de nuestra especie: yo le puse el cascabel al gato.

La celebración del inesperado y contundente triunfo sobre nuestro Enemigo natural se prolongó durante semanas. Desde las comarcas más apartadas del reino acudieron en tropel miles de mis súbditos, ataviados con sus coloridas vestimentas, agitando banderas y haciendo resonar sus instrumentos de música, entre los cuales destacaban los pífanos y las carracas. Siempre hemos sido un pueblo musical. Uno de los rasgos más sobresalientes de los desfiles era la variedad de pancartas que señalaban los atributos del monarca. Recuerdo una, pintada en rojo de cochinilla, en la cual se me llamaba 'Héroe Epónimo'. Carrozas alegóricas recorrían las calles de la ciudadela bajo una lluvia de polen amarillo, confetti y pajaritas de papel. Y se vaciaban centenares de barricas del mejor vino de arroz. Las fiestas acababan en estruendosas borracheras, a veces en orgías. El desenfreno parecía ser la consigna común, que se voceaba en salones, estadios y templetes, y que se extendía hasta los barrios satélites como un reguero de pólvora. Incluso algunos ciudadanos que antaño se distinguieron por su conducta ejemplar, contagiados por el espíritu licencioso que flotaba en el ambiente se dedicaron al pillaje, la chismografía malévola y la lujuria. Mis espías reportaban a diario una cantidad alarmante de violaciones, delitos contra la propiedad, peleas callejeras, raterías menores y crímenes.

El ruido incesante de las celebraciones, que arreciaba en las noches de estío, ascendía como un vaho ensordecedor hasta mis aposentos del palacete real. Insomne me paseaba por las azoteas, imaginando alguna estratagema que pusiera fin a la barahúnda y el descontrol. Si no lograba imponer mi autoridad en el momento justo, pronto me vería amenazado por los conspiradores. Aquellos resentidos y envidiosos, agazapados en las sombras y confiados en lo que un eminente politólogo llamaba 'vacío de poder', aguardaban la oportunidad de levantarse en armas para derrocarme.

Yo sospechaba de mi tío Miguel, una rata rencorosa que se creía con derecho a sucederme. Estudioso de las Ciencias Políticas, obtuvo el grado de Magister con una enrevesada tesis acerca de la sucesión matrilineal. Él era hermano de mi madre, y ésta, que tenía de mí un concepto vil, al leer el alegato de su pariente me acusó de usurpador. Aunque el reclamo era por demás injusto, tal vez producto de la histeria, permanecí impávido como si mi madre estuviera leyendo una receta de cocina. Pero no iba a dejar pasar la ocasión de hacer sentir mi autoridad. Me mostré sereno e inflexible, y, para sorpresa de los testigos de la insolencia de mi madre, ofrecí una prueba de clemencia filial - pues no quería convertirme en matricida, no era ésa mi vocación. Señora, dispone usted de veinticuatro horas para abandonar el país - le dije sin que me temblara la voz. Al anochecer se embarcó en el tren bala, rumbo al exilio, chillando y maldiciendo al hijo cruel. Uno de los edecanes que la acompañó, me contó después una anécdota enternecedora: la reina madre, asomada a la ventanilla del tren, gritaba al viento una insistente letanía: "­Que le corten la cabeza! ­Que le corten la cabeza!" Creo que se refería a Su Majestad, agregó el edecán, mirándome de reojo y con un leve temblor en la voz. Tal vez quería que lo felicitara por su intuición - o que lo sacara de su error. ¿Esperaba un ascenso o cualquier otra recompensa? Pero nada dije, el silencio del rey es más eficaz - y terrible - que un discurso enfático y elocuente.

Con mi tío, el asunto era menos fácil de resolver. Su condición de leguleyo le aseguraba cierto grado de impunidad. Aunque yo era el soberano y mis decisiones no podían ser puestas en cuestión, me amparaba en el Estado de Derecho y por ningún motivo me habría enemistado con el gremio de los picapleitos - en el cual Miguel era algo así como el presidente de honor. El muy ladino, que no tenía un pelo de tonto, puso sus bigotes en remojo. No corrigió su tesis, no. Pero gestionó para su sobrino, el rey, un Doctorado Honoris Causa. Aquella muestra de servilismo e hipocresía me exacerbó: dejé a los muy ilustres consejeros de la universidad con las togas puestas. Sé que Miguel nunca me perdonó el desaire, y en los días más calientes de la celebración me llegaron rumores de un complot. Encabezado, claro está, por mi pariente consanguíneo. Los conjurados, cobardes como su jefe, habían ideado un plan retorcido y casi perfecto. Una asamblea popular me aclamaría como Pontífice Máximo, distinción que, además de halagar mi vanidad, yo no estaría en capacidad de rechazar. Pues en nuestro escudo de armas se leía que "el poder viene de Dios", y se tenía por ley que la voz del pueblo era la voz de Dios. Si me hacía el sordo ante las palabras del Murciélago Mayor, corría el riesgo de que me castigaran por mi herejía. Y yo era soberbio, pero no idiota. Sin embargo, tampoco estaba dispuesto a exponerme a los proyectos criminales de mi tío. Él, por su elevada condición, sería designado para colocarme la diadema de pontífice. Y en el momento justo de la coronación, cuando yo tuviera las garras ocupadas en ajustar a mi cráneo aquel incómodo chisme de aluminio con incrustaciones de una piedra llamada irónicamente ojo de gato, el tío del rey desenvainaría una daga oculta bajo su manto de terciopelo y de un solo tajo me abriría el vientre. Sin atender a mi breve agonía, el regicida, delante de los estupefactos asistentes y protegido por sus compinches, se ceñiría él mismo la diadema. Muerto el rey, viva el rey.

Un súbdito fiel y agradecido me salvó de aquel destino infausto, y por añadidura me ofreció la cabeza de mi burlado sucesor en bandeja de plata. Disfrazado de mendigo se presentó en las puertas de palacio y suplicó una audiencia que los guardianes le negaron con obstinación. Pero el fulano no dio su brazo a torcer, permaneció a la intemperie, llorando como un recién nacido. Y una mañana lo escuché, puse atención a su llanto y supe que lamentaba mi muerte. Di órdenes perentorias para que lo condujeran a mi presencia, y el susodicho con voz quebrada por la emoción me contó, como prólogo a su increíble y oportuna revelación, que vivía gracias a mi clemencia. Cinco años atrás había sido favorecido por un indulto real. Yo recordaba el caso, que alimentó durante varias semanas la maledicencia de la prensa amarillista.

En los postres de un tranquilo almuerzo campestre, con el cual la familia de la esposa de mi futuro salvador conmemoraba un aniversario de bodas, el individuo degolló a su consorte y a cinco de sus parientes. Las noticias destacaban las cualidades de aquel asesino múltiple como un experto orfebre, pues la daga que él mismo había elaborado con empeño y dedicación aún conservaba el filo luego de haber rebanado media docena de cuellos - correosos y duros de roer. El indulto cayó como un balde de agua fría entre los miembros más prominentes del clero y ocasionó la ruina de un editor. Pero, según el veredicto de una encuesta muy exigente, aumentó en diez puntos mi creciente popularidad.

Curiosamente, en aquella decisión, al igual que en muchas otras que señalaron con marcas imborrables la historia de mi reinado, no intervino para nada mi voluntad. Un artefacto mecánico - producto de una tecnología ultra sofisticada -, activado por energía solar y que funcionaba como un reloj, guardaba en su memoria los nombres de todos y cada uno de los habitantes del reino. A cada nombre correspondía un número. Los registros de población eran prácticamente infalibles, pues mi antecesor, obsesionado por las estadísticas, se había ocupado de llevarlos a un grado de perfección insuperable. Los obstetras y las comadronas estaban en la obligación, bajo amenaza de muerte, de participar ipso facto el nacimiento de un infante. Un reglamento similar pautaba la labor de los empleados de los crematorios. (Años después, cuando viví entre los salvajes de la Cordillera Occidental, pude comprobar que el sistema dejaba fuera las aldeas de la periferia y las poblaciones nómadas. Pero, encerrado tras las paredes del pala- cete, yo confiaba ciegamente en las bondades de aquel método memorioso interactivo. ¿Por qué habría de dudar?). La máquina central, conectada a una serie de terminales ubicados en las capitales de provincia, procesaba la información, registraba los nombres y conservaba en secreto los números correspondientes. Sólo al monarca se le permitía el acceso a los archivos, y aunque a mí me tenían sin cuidado las estadísticas, me fascinaban en cambio los designios del azar. Así que, en lugar de estar averiguando la tasa de crecimiento de la población rateril o el total de defunciones del último mes, utilizaba el aparato aquel para jugar.

Le adapté una tabla de números aleatorios, y a la hora de escoger, por ejemplo, al deportista del año, pulsaba una tecla y la elección podía recaer en un tullido del hospital de caridad. Si detectaba alguna incongruencia o equivocación, hacía las correcciones apropiadas, pero una vez que se anunciaba cualquier decisión, ésta se consideraba irrevocable. Fue así como el día de mi cumpleaños, que acostumbraba celebrar con la concesión de siete indultos azarosos, salvé la vida de un criminal. Y cuando éste se presentó para agradecérmelo - con cinco años de retraso, es verdad -, no iba yo a entretenerme contándole que su suerte era producto de un divertimento que el soberano había ideado para matar el tedio. Simulé un aire ausente, acorde con mi majestad, fija la mirada en la pared de enfrente, pero lo escuché con atención. Luego de las reiteradas muestras de agradecimiento, el delator habló del complot. La narración prolija y cruda de mi ejecución hizo que mis bigotes, que en los instantes de peligro funcionaban como antenas muy sensibles, se pusieron a vibrar. Aunque estaba seguro de que aquella rata decía la verdad, le exigí pruebas.

Vamos, le dije, desembuche de una vez. Vi un brillo maligno en sus ojos cuando extrajo de sus vestimentas de mendigo una daga con empuñadura de plata. Cinco centinelas se interpusieron entre el temerario parlanchín y Su Majestad, y tuve que contenerlos con un gesto severo. Aguarden, déjenlo hablar. Es una réplica, aclaró el aludido, al tiempo que entregaba el arma a un desconfiado centinela - que se acercó para mostrármela. La original está ya en poder del traidor. Cuando me la encargaron no sabía cuál sería el destino que le iban a dar. Y luego se echó a mis pies implorando perdón, asegurando que él no era más que un orfebre, que ni siquiera tenía licencia para ejercer su profesión y que no merecía vivir. Ordené que guardaran al falso mendigo en un calabozo de máxima seguridad y declaré el estado de sitio. Al atardecer, mis guardias pretorianos prendieron a Miguel.

NO SÉ POR QUÉ ME DEMORO en la relación de estos pormenores. Hace ya muchos años que me desentendí de las patrañas y miserias del poder, y en la celda que ahora habito no hay lugar para la intriga y la traición. Soy libre, al fin, y a nadie doy cuenta de mis actos. Tengo todo el tiempo para pensar. Y si he emprendido la redacción de estas notas, nada me obliga a continuarlas. La escritura nunca fue mi fuerte. Es verdad que en mi juventud escribí algunos sonetos, uno de los cuales obtuvo el primer premio en el Certamen Anual de la Fiesta el Arroz, pero siempre he creído que aquel concurso estaba amañado, pues hacía apenas un mes que mi padre me había declarado como su único heredero y era muy difícil que el jurado pasara por alto a un concursante con tales credenciales. Cuando me ceñí la corona contraté a un equipo de letrados, que se ocuparon de rastrear en todas las bibliotecas del reino, buscando el soneto de marras, hasta hacerlo desaparecer.

Luego, durante el ejercicio de mi reinado, un batallón de escribientes redactaba discursos, proclamas, decretos y considerandos, al pie de los cuales y sin tomarme la molestia de leerlos estampaba mi firma, es decir, marcaba con un golpe seco de mi anillo las iniciales de mi nombre. Aquella ceremonia, reservada para los jueves a la hora del crepúsculo, y que mis ministros revestían de una solemnidad ostentosa, constituía, por decirlo de alguna manera, mi único contacto real con la escritura. No deja de resultarme extraño, en consecuencia, el arrebato senil que me ha impulsado a procurarme tinta, pluma y papel para dar forma a este manuscrito, acerca del cual no abrigo ninguna esperanza, y cuyo destino, a falta de un ilusorio lector, tendré que confiar al fuego. ¿Expreso aquí mi espíritu de roedor? Quizá.

Me quedo un largo rato contemplando el hueco de la ventana y veo retazos de nubes, gordas como matronas sedentarias, que el viento empuja con dificultad. Desde ayer el aire se ha cargado de humedad, las lluvias del verano han dado paso a un otoño inclemente que pondrá a prueba mi resistencia. Mis huesos me lo advierten, creo que esta vez no sobreviviré. Mis menguadas fuerzas y la depresión aguda que suele acometerme en mitad de un aguacero, se combinarán para darme el golpe de gracia. El año pasado, por esta misma época, además de la bronquitis insidiosa que me mantuvo en cama durante varios meses, estuve a punto de suicidarme. Ya no recuerdo cómo salí del trance. Pero los achaques y dolencias no han cesado. A principios del verano contraje la fiebre del heno - o un mal parecido, no me exijan detalles, por favor -, y hace apenas un mes sufrí una recaída. Me salvó una visita inesperada.

Un pintor errante, que se había extraviado entre el laberinto de senderos de la cordillera, vino a refugiarse en el alero de mi choza. Lo invité a entrar, y al verme en estado casi comatoso se dedicó a pintar desiertos de arenas calientes y paisajes soleados, telas de colores cálidos que iba colgando en las paredes y en el techo. Pronto cambié de ánimo, me levanté y en compañía de aquel artista del pincel, aprovechando las escasas treguas que nos concedía la lluvia, disfruté de inolvidables paseos bajo los árboles - que mi acompañante, haciendo gala de su buen humor, calificaba de peripatéticos y terapéuticos. Mi amigo, que además de paisajista excepcional era un gran conversador, me contó algunas de sus experiencias más notables. Cuando relató, con esmerada precisión - en la cual la luz y los colores jugaban un papel protagónico -, el ajusticiamiento del traidor Miguel, tuve un repentino ataque de tos. En seguida me auxilió con una serie de golpecitos en el lomo. Gracias, gracias, me siento mejor. Aquel rey, dijo el pintor, era un perfecto simulador. Luego reanudó el relato, explicó que él, siendo apenas una rata adolescente, había presenciado el juicio sumario, el ahorcamiento y el desfile triunfal. El rey, hierático y majestuoso, sentado en su trono de cartón piedra protegido por un dosel de hojas de maíz, saludaba a la multitud. Con voz emocionada, mi antiguo súbdito remató su perorata: "Yo lo admiraba y creo que nunca dejaré de admirarlo, me habría convertido en su esclavo si me hubiera permitido hacer su retrato". Pienso que sería presuntuoso de mi parte afirmar que el gesto de mi amigo, al restregarse los ojos con el guante de armiño que cubría su garra, intentaba ocultar alguna lágrima. Pero, ¿acaso no me observó durante un interminable minuto con su mirada empañada? Exigía de mí un comentario y me apresuré a satisfacerlo.

Le dije que aun en estas montañas apartadas de la civilización se conocía la fama de aquel desventurado rey. ¿Desventurado?, preguntó. No supe qué responderle Regresamos a la choza, cabizbajos y melancólicos. Mi compañero, que se había adelantado un par de pasos, silbaba una melodía otoñal, y yo sentía que a mis espaldas mi larga cola, arrugada y cenicienta, iba dibujando un leve surco sobre el mantillo de hojas muertas.

LA TRAICION DE MIGUEL ME SIRVIÓ como pretexto para acabar la fiesta.

Y me permitió también deshacerme de un grupo, por lo demás heterogéneo, de sospechosos - que en fila india y chillando como suplicantes siguieron a mi pariente rumbo al cadalso. Quise que el escarmiento fuera total, pues la ocasión era propicia para sentar un precedente. El número de conjurados alcanzaba la insatisfactoria cifra de doscientos treinta y dos, y yo sabía, por mis estudios de historia y teología, que trescientos era el único número capaz de grabarse como un hierro candente en la memoria de mis congéneres. Pues trescientos eran los atributos de nuestro Dios, y en la legendaria batalla de San Simón - tantísimas veces representada en el teatro escolar y pintada profusamente en murales y cuadros patrióticos -, fueron trescientos los héroes de nuestro ejército que se cubrieron de gloria y acabaron con las pretensiones territoriales de la odiosa tribu de los ratones. Ah, y por si no bastara con aquel par de datos inolvidables, nadie ignoraba que cada trescientos años un cometa llamado Cola de Dragón surcaba el cielo dejando tras de sí una estela de muerte y desolación. Así que, a fin de asegurar un recuerdo perdurable en la mente de mis súbditos, recurrí a la máquina para completar la cifra cabalística. La premura del caso me impidió hacer las comprobaciones de rigor. El día siguiente a la ejecución supe que la lista fatal incluía al orfebre delator (Oh, designios del Altísimo o de la computadora). Y me enteré también (con horror, debo decirlo) que entre los ajusticiados figuraba una ratita de apenas tres días de nacida, que había sido sacada de una incubadora de la maternidad. Ante la previsible avalancha de comentarios malintencionados, convoqué a una rueda de prensa y me hice acompañar por una eminencia gris en genética, el doctor Suk.

Este, provisto de algunos videos y de una serie impresionante de historias médicas y cuadros estadísticos, demostró delante de los sorprendidos fablistanes el principio según el cual los cromosomas determinan, aun antes del nacimiento del delincuente, un comportamiento criminal. Terminada la conferencia de Suk, se sirvió un generoso cóctel en los jardines del palacete. Luego hubo un reparto de medallas y diplomas a granel, y se sortearon - entre reporteros, fotógrafos, comentaristas de radio y camarógrafos de la televisión - quince apartamentos amoblados. En su discurso de agradecimiento, el Presidente del Sindicato de la Prensa recordó a sus colegas que el palangre es un delito castigado con la pena capital.

Finiquitado el juicio, los campestres abandonaron la ciudad. Una brigada sanitaria se encargó de fumigar los refugios de la pobrería y las pensiones de artistas, pues una epidemia de pulgas, que había prosperado al calor de los ayuntamientos transitorios, amenazaba con extenderse a los barrios del centro. Algunos comerciantes que habían cerrado sus tiendas por temor a los saqueos, las reabrieron con ofertas de quemazón. Un nuevo impuesto sorprendió a los viciosos del tabaco. Se puso de moda una melodía más bien tonta, que se burlaba de un felino cojo y con antifaz, y cuyo estribillo repetían las modistillas, los vendedores de sorbetes y los soldados ociosos que recorrían las calles sin nada que hacer. Una cantante de rock, menuda y casi sin voz, vestida con un atuendo procaz, recorrió el país entero pregonando una novedosa y extraña filosofía: el ying y el yang. Multitudes histéricas la aguardaban en las estaciones de tren, y los conciertos - al aire libre - parecían representaciones del juicio final. Tuvo un ídem infeliz, la pobre, murió intoxicada con un yogurt.

Al atardecer de un día nublado, mientras disfrutaba de mi siesta habitual en el solarium, un heraldo entró sin hacerse anunciar y con voz acongojada me informó que los últimos de mis parientes se habían refugiado en la Embajada de un país del sur. El Ministro de Asuntos Extranjeros aguardaba instrucciones. Que los dejen ir, dije para sorpresa del heraldo y rubriqué mi orden con un bostezo.

Restablecida la normalidad, entramos en un período de calma chicha, calificado por nuestros cronistas oficiosos como la época de 'pax romana'. Distraídos e idiotas, aquellas ratas de biblioteca estaban muy lejos de advertir en la indolencia y el desapego los signos inequívocos de la decadencia. Con la puesta fuera de combate de nuestro Enemigo natural, fuimos perdiendo las cualidades que antaño nos distinguieron como seres aptos para sobrellevar las condiciones de una vida adversa. Al destruir al Enemigo destruimos dentro de nosotros mismos el objetivo primordial de nuestra existencia. Enceguecido por la soberbia, no caí en la cuenta de aquel efecto que distorsionaba mi conquista convirtiéndola en un bumerang. Algunos desaciertos y equivocaciones, que en otro tiempo hubieran merecido un castigo ejemplar, fueron pasados por alto. Se descuidaron los trabajos en la muralla de la frontera sur, y del monumento conmemorativo de mi hazaña, un obelisco de hormigón rematado en una roseta - divisa de la casa real -, apenas se construyó el pedestal. Nuestros diligentes astrónomos, por primera vez en varios siglos, fallaron una predicción. El ambiente de desidia era total, se extendía como la peste, y yo mismo, a pesar de mi fama de invulnerable, me contagié. No me dediqué al ocio ni adquirí ningún vicio asqueroso como el tabaco o el alcohol. Ni siquiera me entregué al juego de tres en raya, que causó la ruina de miles de honrados - e incautos - ciudadanos. No, nada de eso, ni de lo otro. Elegí mi propio destino: di rienda suelta a mi espíritu lujurioso. Convencido de que la práctica de aquella gimnasia rítmica y desesperada, que tenía un no sé qué de ridículo, era el mejor premio - la culminación, por decirlo así - a una vida de privaciones y sobresaltos. Yo aún recordaba con terror las interminables noches de insomnio en el sótano del palacete mientras me afanaba como un obseso en la elaboración de mi obra maestra: el cascabel. Teoremas y ecuaciones me mantenían en vilo hasta el alba. Y como la índole de mi tarea era secreta - nadie debería recelar de mis desvelos -, durante el día andaba como un zombie, a duras penas sostenido por las varias dosis de café mezclado con anfetaminas. Cuando al fin culminé mi investigación, tuve que simular un repentino ataque de misticismo, y me retiré a un monasterio para así poder dedicarme a templar mis nervios y fortalecer mis músculos en soledad.

En el monasterio, que más parecía un balneario de lujo, apenas permanecí una semana. Regresé lleno de energías y puse en práctica mi plan. El éxito no se hizo esperar, y aunque nunca quise atribuirme ningún mérito personal, pues yo había actuado como un instrumento del destino, el resultado final - que se traducía en abandono y dejadez - no me producía la más mínima satisfacción.

¿Cuál había sido mi recompensa? Quinientos ladrillos mal pegados, una fiesta de beodos y un intento de asesinato. Pero.. si todavía estoy vivo - me dije -, ahora tomaré mi desquite, yo mismo me recompensaré. ¿Acaso no soy el rey de las ratas? Entonces me consagré a los placeres de la carne.

PUDE HABERME DEDICADO A CUALQUIER otra actividad. La contemplación de una pared agrietada, por ejemplo. Sin embargo, la lujuria se adaptaba con exactitud sorprendente - calzaba como un guante - a mi naturaleza dada a la curiosidad. Soy roedor, y roer - pensaba yo - es una tarea propia de un investigador. Roer hasta hallar el tuétano del hueso o el corazón de la nuez. Además, quizá por un proceso de tedio acumulado, que los analistas llamaban saturación, yo había perdido casi por completo el interés por los asuntos de Estado. Yo ostentaba el poder, pero habiendo alcanzado un dominio absoluto en aquel juego ruin, conociendo sus oscilaciones y mezquindades, su esencia huera y banal, corría el riesgo de anquilosarme si no daba una sacudida violenta y oportuna a mi ya entumecida existencia. ¿Cuál era el corolario que se desprendía de esta observación? ¿Abdicar? No, no, de ninguna manera. Si mi destino derivaba, por el dictado unánime de mi voluntad, hacia la lujuria, las prerrogativas de mi condición de rey favorecían mi proyecto. Pero aún me quedaban ciertas dudas, pues desde mis tiempos de estudiante de filosofía había adquirido el hábito de analizar todas y cada una de las implicaciones de una determinación. ¿Obedecía esta vez a mi espíritu perverso? - pregunté. En absoluto, señor rey - me respondí. Aunque había respondido con certeza, sabía que esta se sustentaba en una opinión ajena, que no provenía de mi experiencia. Había leído en alguna parte que el cuerpo de la hembra es una vía, quizá la más placentera, hacia el conocimiento. Adopté tal aseveración como propia y procedí: tomé por aquel estrecho y a menudo urticante derrotero.

Al principio elegí a las más jóvenes y apetitosas, algunas aún adolescentes, que me procuraron placeres inéditos que ni siquiera en sueños hubiera imaginado. A decir verdad, mi experiencia en aquel campo era prácticamente nula. (Hasta el presente, mi vida había estado orientada hacia un único propósito, y cualquier distracción que me desviara del objetivo esencial era apartada de mi mente, sin concederle ninguna importancia, como alguien que espanta de un manotazo a un mosquito impertinente). Casi sin excepción, las elegidas aseguraban que ellas también eran inexpertas. Y ponderaban, con entusiasmo exagerado, mi empuje y virilidad. Se me hacía difícil creerles, pues, pensaba yo, semejante habilidad - la de ellas, quiero decir - sólo podía ser el resultado de una práctica continuada y tenaz. El asunto me intrigaba, y quise saber si de verdad me estaban engañando. No con intenciones de castigarlas, no. Lejos de mí cualquier idea de retaliación: el único móvil que me animaba era la curiosidad. Di instrucciones precisas a mi proveedor. Aleccionado, escogió una docena de novicias internas de un colegio de religiosas. Las niñas, según palabras de la madre superiora - una rata agria y avejentada -, no habían visto un macho en los años de su breve existencia, pues todas eran expósitas, abandonadas apenas al nacer a las puertas del convento. Las reglas de aquel internado constituían un ejemplo de intolerancia y severidad, el mismo obispo estaba impedido de entrar. ¿Dónde iba yo a encontrar otra muestra tan pura? Garantizadas, mi rey, dijo el proveedor, que había adoptado la irritante costumbre de tutearme. Y luego me informó que la rata madre exigía, además del secreto absoluto, una justa compensación. ­Que les dupliquen la ración de queso azul! - ordené. Las novicias fueron llegando por turno, solitarias o en pareja, pues yo quería que el asunto fuera manejado con tacto y discreción. Sin embargo, como se pudo comprobar poco después, era difícil evitar que el palacete se convirtiera en una casa de muñecas. Se paseaban por los jardines y los aposentos, observando con ojos asombrados los múltiples adornos y la gran variedad de muebles, lámparas y sonajeros. Habituadas a la sobriedad y la aridez, el lujo las deslumbraba. Incluso se mostraban asustadas.

Creo que no les faltaba razón, pues a los nuevos decoradores, unos maricones de lo más divertidos, les había dado por el barroco tardío. Yo mismo, al tropezar en mis insomnes paseos con tal profusión de miriñaques y objetos inútiles, creía estar atrapado en una pesadilla rococó y daba gritos para despertarme. Pero las ratas somos animales de costumbres, y aquellas novatas muy pronto se olvidaron de su antigua vida morigerada y frugal. Ya no se les veía caminar agachadas, mirando el piso, o envaradas y tiesas como si hubieran desayunado con yeso. Y en mi presencia no intentaban ocultar sus finas colitas: las exhibían con infantil impudicia, extremando su coquetería al envolverlas en lazos de seda. Se maquillaban y acicalaban y pasaban horas enteras contemplándose al espejo. Chapaleaban en la alberca, apenas cubiertas por un estrecho bañador. Ah, y la cena de las ninfas era todo un espectáculo. Aprendieron a comer pescado con tenedor. A pesar del hambre atrasada, consideraban la gula como un signo de mal gusto.

Pobre de aquella que se excediera en el postre. Algunas se sometían a penosas dietas para adelgazar. Recuerdo la frase que una de ellas pronunció en medio de un banquete: "El queso de cabra me sienta mal". Hice grabar la sofisticada máxima en letras de oro y la mandé colgar de la pared del comedor.

RELEO EL PARRAFO ANTERIOR Y ME DOY CUENTA de que he incurrido en una digresión. Pero no voy a ensuciar este manuscrito con borrones y tachaduras. Sería malgastar tinta, que no es mucha la que me queda para completar mi relación. Mi amigo, el pintor, olvidó, creo que deliberadamente, un par de frascos. Cuando se cansaba de pintar, dibujaba. A velocidad de vértigo, su garra trazaba sobre el papel figuras que parecían ideogramas de un alfabeto de dementes. Mi primera y distraída observación me hizo pensar que el dibujante estaba loco. A lo mejor acerté en mi diagnóstico; no obstante, cuerdo o insano el autor, aquellos garabatos vistos desde la distancia apropiada revelaban una coherencia total.

Mostraban, por ejemplo, la escena culminante de una batalla, en la cual se podían distinguir los más mínimos detalles: el gesto de asombro de un guerrero al ser atravesado por una lanza, el entramado con primorosas filigranas de hilo de plata sobre la cota de un arquero y el brillo como de miel en la punta de una flecha envenenada. Otros dibujos, no menos ingeniosos y exhaustivos, representaban temas bucólicos y pastoriles, desfiles de carnaval, trifulcas en el mercado. Y abundaban, por supuesto, los cuadros que exaltaban algún acontecimiento de la vida del monarca. Aquel de mi bautizo era un prodigio, una joya digna de figurar en una antología del ridículo. Vestido con una especie de pijama ornado con borlitas y encajes, guantes de lana y escarpines, y coronando mi cabeza de príncipe heredero un cucurucho de papel crepé.

Rodeado por la ralea de mi parentela. Nunca me sentí tan desamparado. Años después tuve noticias de que ese día, como consecuencia de la ceremonia de iniciación que me libraba de la culpa original, pesqué un resfriado real. Estoy convencido de que la debilidad pulmonar que sufro como una condena desde mi juventud - esta vez sí, ojalá, antes de que acaben las lluvias me llevará a la tumba -, proviene de aquella prematura e involuntaria inmersión en la pila bautismal. Una rata tuberculosa, en eso me he converti- do - murmuré con rencor. No obstante, al pintor no le revelaría el origen de mi dolencia. Elogié su equilibrada y armónica composición, la disposición en semicírculo de los parientes del futuro rey, el escorzo delicado que hacía resaltar la mandíbula del obispo. Y reservé una frase encantadora para expresar mi admiración ante el horrible murciélago que colgaba cabeza abajo en el techo abovedado de la catedral. "Es un ángel", aclaró con orgullo el pintor. "Nunca lo imaginé así", dije yo con humildad, pues aun cuando me torturaran, no le haría una exhibición de mis conocimientos de teología - los cuales, a pesar de mi declarado animismo, me valieron durante mi época de estudiante ejemplar un summa cum laude. El pintor se había propuesto relatar, mediante una serie de gráficas al parecer interminable, la vida de su admirado rey. Y a veces, ante una duda, me pedía mi opinión. ¿Por qué a mí? - le replicaba. ¿Qué sabía yo de aquel legendario monarca? Bueno, decía él, algo sabrá. El año del cometa, por ejemplo. Usted lo recordará. Es muy importante para el episodio de la huida. Aseguran que la proximidad del cometa lo entristecía, se paseaba hasta la madrugada por las terrazas del palacete, escudriñaba el cielo con su catalejo, suspiraba y sollozaba.

Luego, ya nadie lo volvió a ver. Falso de toda falsedad, pues cuando el cometa pasó, hacía más de un año que yo trabajaba como jornalero en una granja, a cincuenta leguas de la capital. Yo soportaba con paciencia los requerimientos de mi biógrafo; sin embargo, el día en que quiso mostrarme el cuadro de mi circuncisión, simulé una repentina e inclemente jaqueca, me tomé tres optalidones y me refugié en mi camastro. De verdad me sentía mal: la sola mención de aquella espantosa cirugía me produjo una punzada en le costado, me faltaba el aire, y mi atribulado miembro se retrajo entre los pliegues de mi arrugada piel, reduciéndose a su mínima expresión. En otras circunstancias le hubiera contado a mi amigo que aquella práctica salvaje de la circuncisión, reminiscencia ancestral de una olvidada tribu de ratas que habitaron el desierto, había sido abolida por un decreto real. Yo mismo lo firmé. Pero, ¿qué es lo que sucede? ¿Dónde estoy? La vejez me torna olvidadizo. El frío cala mis huesos. Creo que dejé la puerta abierta. Saldré a buscar algunos leños para avivar el fuego antes de que oscurezca. Ah, ya caigo, estaba escribiendo y me quedé dormido con la pluma apretada entre mi garra. La tinta se reseca. Hasta dónde llegué con la historieta de las doncellas? Veamos... queso de cabra...

 

SUMISAS SI ERAN. LA PRIMERA NOCHE se ofrecían a mis caprichos sin rechistar. Incluso temblaban de miedo al verse solas y desnudas delante de su rey. Se entregaban con los ojos cerrados, haciéndose las muertas, dejándome proceder a mi antojo. Y cuando las penetraba, apenas se estremecían, como si en lugar de la real virilidad sintieran en sus carnes la punzada de una inyección. Y cosa curiosa, no gemían, permanecían mudas. Aquella mudez me hacía rabiar, despertaba en mí fuerzas desconocidas: violencia y perversión. Me impulsaba a golpearlas y humillarlas, exigía de ellas besos y caricias que aumentaban hasta límites insospechados mi placer. Luego me dormía, orgulloso y satisfecho de mi faena, y los dioses me recompensaban con sueños placenteros. Sin embargo, ignoraba el destino que me aguardaba. De haberlo sabido, me hubiera dedicado a un juego menos peligroso, la ruleta rusa, por ejemplo. Una bala en el cerebro de una rata nada tiene de extraño, ¿verdad? Es un espectáculo efímero y hasta banal. Pero, ¿cómo iba a escapar yo, rey sin atributos, a la venganza de mi inocente víctima? La agraciada que dormía a mi lado, o que fingía dormir, ya había tramado las formas y maneras de mi perdición, Sólo aguardaba el momento oportuno para entrar en acción. No, jamás atentaron contra mi vida. No quiero que me entiendan mal. Se trataba de una revancha sutil, pues les bastaba atiborrarme con la misma medicina que les hacía tragar. En dosis apropiadas para un elefante y no para una rata como yo. El que a hierro mata, a hierro muere. Nunca esta expresión de la sabiduría popular estuvo mejor empleada como en los casos que tuve que enfrentar. 

Una mirada retrospectiva a la serie de noches en el harén real, ahora que estoy libre de cualquier tentación, me reconcilia con las hembras de mi especie. Soy capaz de entenderlas y, por qué no, de admirarlas. En ellas predomina el instinto, lo natural.
Impulsivas, taimadas o calculadoras, sólo las mueve un único e insobornable objetivo: la búsqueda del placer. Hacia aquel horizonte enrumban todas sus energías. Como decía una vieja costurera: no dan puntada sin sedal. Pues sí, ahí estaba yo, la noche siguiente al debut, a merced de la rendida doncella. Las primeras escaramuzas y tanteos me indicaban que esta vez el juego no carecería de animación. Mi rival se doblegaba sólo para hacerme caer en su trampa, y una vez cumplido su cometido tensaba los músculos a manera de torniquete y encomiéndese a Dios, señor rey, pues aunque la obligaran a beberse un litro de raticida, la condenada no me iba a soltar. Atrapado en aquel estrecho y urticante túnel de paredes ásperas como papel de lija, yo creía morir. Si intentaba desatarme, corría el riesgo de una segura mutilación. Y aunque me prestaba gustoso a la maniobra, que hacía de mí un instrumento destinado a estimular la voracidad nunca saciada de mi compañera, pues en aquella relación yo hallaba mi propio e intransferible placer, el asunto, planteado en frío en la soledad de mi solarium, me preocupaba de verdad. Prescindiendo de mi condición de soberano, desnudo e indefenso delante de mi dama, yo renunciaba también a mi vocación de dominador. Yo ya no era el domine, el señor, sino una rata del común. Y al igual que una víctima propiciatoria carente de voluntad, yo me ofrecía para ser vapuleado y vejado por una criatura de apariencia frágil y delicada, la cual, en el momento apropiado, expresaba todas las argucias y maldades, todo el arsenal de perversiones acumulado en la memoria de la especie. No le bastaba con el estrangulamiento ritual, que me dejaba extenuado, casi sin respiración. ¿Tregua?, esa palabra no figuraba en su diccionario. Al verme medio muerto, se dedicaba, con ahínco de enfermera del ejército de salvación, a resucitarme. Como si en ello le fuera la vida, me frotaba y arañaba, chillaba obscenidades en mi oreja. Y su lengua era un prodigio que me hacía pensar en un enjambre de abejas libidinosas acarreando miel en sus pequeñas trompas y susurrando una cantinela engañosa. Y claro está, mi miembro adormecido se despertaba, bailaba la música que le tocaban, y como si tuviera una existencia propia, ajena a mí, reanudaba empeñoso su tarea de explorador.

Obviaré una descripción minuciosa que no haría más que aumentar mi rencor. Aún hoy, al recordar ciertos detalles o alguna escena en particular, me pregunto, como me lo pregunté en su oportunidad, ¿dónde y cuando aquellas cándidas criaturas habían adquirido tal pericia?

(Creo que aquí cabría una breve acotación, relacionada con la posible paternidad del rey. No existía ningún peligro de que alguna de las doncellas se convirtiera en madre de un bastardo, pues desde que tuve uso de razón comprendí que echar hijos al mundo era el peor de los crímenes. Y cuando alcancé la edad reglamentaria, el mismo año de mi coronación, ordené al cirujano real que me practicara una sofisticada e indolora vasectomía. En cuanto a la sucesión, no era ése un asunto que me quitara el sueño. Ya se encargarían de resolverlo, a su debido tiempo, los ancianos del Consejo Supremo. Sobrarían los candidatos entre la extensa parentela de sangre azul...).

Fue el cocinero de palacio quien, tal vez de buena fe, advirtió los síntomas de mi ruina. Salía yo de la alberca, luego de mi inmersión matinal, cuando lo vi acercarse portando una bandeja con los frutos secos que acostumbraba servirme para el desayuno. Decía él que aquella dieta, rica en fibras, fortalecía mis músculos. Con una reverencia exagerada colocó la bandeja delante de mí y preguntó: ¿Satisfecho, su Majestad? La pregunta me sorprendió, en parte porque el individuo casi nunca se atrevía a hablar en mi presencia a menos que yo se lo autorizara, pero en realidad por el tono de alarma que adiviné en su voz. Consumí mi ración y pasé el resto del día en el cuarto de los espejos. Y ahí pude constatar el deterioro de mi rostro, mis profundas ojeras y el tinte cenizoso de mi piel. Mi cuerpo estaba cubierto de rasguños y moretones, y un principio de sarna amenazaba con extenderse desde mi cola hasta la cerviz. Yo era el espectro de un rey. Y de persistir en mi capricho, las perspectivas que me aguardaban no podían ser más turbias. Pálidas, más bien. Ya me veía convertido en Su Exangüe Majestad. Así que, sin pensarlo dos veces, decidí concederme una pausa. Llamé a mi proveedor y le ordené que devolviera, ya, en el término de la distancia, la docena de chupasangres a su redil.

¿Escarmenté? Pues no. Dicen que la rata es el único animal que tropieza dos veces en el mismo escalón, ¿y por qué iba a ser yo una excepción a la regla? Recuperé el peso perdido e incluso engordé tres cuartos de libra, y muy pronto volví a las andadas.

Si hubiera tenido que justificarme, me habría bastado con declarar que aún me faltaban datos para completar mi investigación. La muestra que acababa de catar era insuficiente, y el hecho de que hubiera sido seleccionada de forma opinática, a uña, por decirlo así, introducía un efecto de sesgo en el experimento que podía poner en duda su validez, falla ésta que sólo la intervención del azar sería capaz de corregir. Recurrí entonces a la ayuda de la máquina. Que me deparó más de una sorpresa.

Fueron varias las pruebas que tuve que soportar, pues la búsqueda del conocimiento exige paciencia y tenacidad. Pero no voy a convertir estas páginas en un catálogo de las concubinas del rey - algunas deben estar vivas, y serían capaces de reclamar una indemnización. Me referiré sólo a la última, no porque me haya olvidado de las demás, sino por el efecto de hartazgo y saturación que me produjo su compañía. Tenía por nombre Jacinta y la apodaban la Bellaca. Vivía en un puerto fluvial, aledaño a un bosque, en el centro de la tierra caliente. A pesar de la eficiencia de nuestros servicios de registro y ubicación de población, la susodicha tardó más de una semana en reportarse. Y aun sabiendo - pues todo el mundo estaba informado - el riesgo que corría si se la acusaba de desacato a la autoridad, ni siquiera se disculpó. Al contrario, se mostró altanera y presumida. Y exigió que se le pagara por adelantado. ¿Pagarle, por qué?, chilló el proveedor. ¿Acaso no soy puta?, ripostó la Bellaca. Luego agregó un argumento difícil de rebatir: si presto mis servicios gratis, aun al mismo monarca, estoy actuando fuera de la ley. Su Majestad será cómplice de la transgresión y mi oficio se desprestigiará. De acuerdo, señora. ¿Y cuánto es? Mandé llamar al Tesorero y comenzó el regateo. La dama propuso una suma bastante elevada. Pues, en tratándose de un cliente tan especial... - dijo con sonrisa de rata fenicia. Un momento, la atajó el Tesorero. Al fin, y luego de una discusión que parecía interminable, llegaron a un acuerdo y procedimos a cerrar el negocio. La Bellaca hizo honor a su sobrenombre. Se conocía todos los trucos de su profesión, y algunos más. Durante tres días me zarandeó de tal manera, que si el Enemigo me hubiera sorprendido en aquel trance, de nada habría servido un rosario de cascabeles colgando de su cuello. Ahora sí, renuncio - me dije casi sin aliento. Y desde ese instante me convertí en una rata casta. Sólo una vez caí en la tentación, me libré del mal, amén.

¿Cuál fue el resultado de mis investigaciones? ¿Malgasté mis energías en faenas de gimnasia, en acoplamientos forzosos? No sabría decirlo con certeza, pues sobre la marcha no tenía tiempo para pensar, menos aún para reflexionar. Sin embargo, algo debo haber aprendido, ¿no? Ah, sí, ¿qué? No mucho, de verdad.

Suficiente, tal vez. Que el cuerpo de la hembra es un callejón sin salida, eso aprendí.

La relación de este asunto me ha dejado un mal sabor, pues ha surgido de la niebla del pasado el ser abstruso que una vez fui.

Pero, ¿acaso podía actuar de otra manera? ¿Soy sabio ahora por haber acumulado un montón de años y algunas experiencias?

Preguntas necias que no hacen más que agregar leña al fuego de la memoria. Hablando de fuego, creo que el fogón se apagó. Sopla un viento helado. El frío, como el hambre, es mal consejero.

DESPUÉS DE UNA SEMANA HORRIBLE reanudo el manuscrito. El frío ha arreciado en los últimos días. Acabo de asomarme a la ventana y el espectáculo de las montañas sepultadas bajo la nieve acentuó mi sensación de soledad. Soy demasiado sensible a los cambios atmosféricos y el blanco puro es un color que me deprime. En estas circunstancias no es de extrañar que la idea del suicidio se me presente a cada rato con toda su carga de seducción. ¿Tengo derecho a disponer de mi vida? No es ésta la pregunta que me hago, sino otra, menos metafísica: ¿Tendré fuerzas par suicidarme? En sueños me he visto preparando el escenario de mi muerte, ajustando los últimos detalles de mi ejecución. Incluso he redactado una carta de despedida que, a decir verdad, no sé a quién remitir. ¿A mi amigo, el pintor? Sospecho que él descubrió mi identidad, y a estas horas debe haber ya urdido un plan para convertirse en mi albacea y enterrador. Sin embargo, creo que si decide aventurarse por estos caminos infernales, será él quien, antes que yo, estire la pata: un alud de nieve lo sepultará. Otra vez estoy divagando, debería adaptar a mi cerebro un mecanismo regulador, no soy un mono para andar de rama en rama.

Hablaba del sueño recurrente en el cual mis intentos de suicidio fracasan sin atenuantes. Pues antes del golpe irreversible y definitivo que me dispensará de los avatares de una existencia asaz desventurada, la cuerda se rompe o se traba la pistola o me despierto. Este sueño, que pudiera leerse como una metáfora del fracaso, ilustra más bien el temor ancestral a la caída. Y desde otra perspectiva, que a falta de un término apropiado llamaré 'onírica', expresa el deseo del espíritu por hacer del sueño un territorio alternativo, la morada en la cual ansía permanecer. Es sabido que en el sueño el cuerpo físico no tiene lugar, las figuras son meras apariencias, sin peso ni sustancia. El espíritu se reviste con aquellas formas, como el monje con su hábito, y flota a su antojo en el fluido cuya esencia es la levedad. Pero el espíritu - también esto se sabe - crece y adquiere nuevas astucias en cada encarnación. Y cuando ha habitado el cuerpo de una rata - que es, por encima de todos, el animal superior -, la proporción de ganancia es tal que pareciera que al fin el espíritu se satisface. Pues ha alcanzado lo que un experto en dinámica de poblaciones denominaría un punto de inflexión. Se entiende entonces por qué el espíritu desobedece las órdenes de su anfitrión y se las ingenia para librarse del plomo o de la soga.

Aun cuando su muerte no sea más que un simulacro, intuye que una vez excluido de aquel sueño ya no podrá volver a él.

Luego de una pausa, que aprovecho para devorar un bocadillo y avivar el fuego de la chimenea, releo el párrafo anterior y no entiendo lo que quiere decir. Pero, si tú mismo lo escribiste - me reprocho como si de verdad me dirigiera a un interlocutor distinto de mí. ¿Será esto lo que llaman esquizofrenia? ­Lo que me faltaba! De cualquier manera, la parrafada ésa del espíritu y su morada no me pertenece. ¿Me la dictó algún murciélago? Yo qué sé.

A pesar de que he llenado un montón de páginas con mi letra menuda y casi ilegible, no me considero escritor. Creo que me falta el don. ¿Y el estilo? En este escrito, que mezcla el delirio y las lamentaciones, el estilo está ausente, tal vez diluido. Ojalá que a mi albacea no se le ocurra publicarlo, pues los críticos lo volverían trizas. Para ser sincero, me tiene sin cuidado el juicio de esas ratas disfrazadas de detective de película, rastreadoras de gazapos, que se alimentan, como las hienas y los zamuros, de carroña. Y por qué habría de preocuparme la opinión, adversa o elogiosa, de esos señores, si para aquel entonces ya estaré muerto. Así que, proceda usted, amigo pintor.

Lo que de verdad me importa - en la escritura, quiero decir - es la capacidad de las palabras para alterar la percepción del mundo.

Esta observación, que no se me hubiera ocurrido cuando ejercía el oficio de rey, es válida sólo para ciertos lenguajes. El de la ciencia, por ejemplo, se ocupa de fijar la realidad - como un entomólogo que hace la disección de un insecto. El resultado es muerte. Recuerdo una frase leída en un informe técnico. Me la aprendí de memoria, pues encontré en ella, desvinculada del contexto, resonancias que se me antojaron propias de la poesía.

Dice así: "Los anillos de benceno y las cadenas alifáticas no sustituidas forman la parte hidrófoba". ¿No se plantea acaso en esta sentencia un problema que bordea la metafísica? ¿La alteridad? Pues, me pregunto, qué ocurre con las cadenas alifáticas sustituidas, qué elemento vendrá a tomar su lugar. ¿El Molibdeno, tal vez? La falta de respuesta me produce una sensación de vacío similar a la que experimento cuando me interrogo acerca del sentido de estar sobre la tierra - asunto este que los humanoides, en un rapto de soberbia, sólo justificable por su condición de animales inferiores, los últimos en la escala de los mamíferos, han creído resolver.

A propósito de humanoides, debo confesar que no soy experto en antropología. Lo poco que sé de aquella especie depredadora lo leí en una tesis, por demás fantasiosa, que un arriesgado explorador presentó en la Academia de Ciencias. El informante, un falso erudito, dio a su memoria un título pretencioso: 'Los humanoides: una especie en vías de extinción'. Parece que a los académicos el informe no les produjo ni frío ni calor. "También se extinguieron los dinosaurios, y nadie los echa en falta, ¿verdad?", comentó el Secretario, y ordenó que archivaran el escrito bajo el rótulo de 'Literatura menor'. Por aquellos días lo que preocupaba a los científicos, hasta el punto de declararse en emergencia, era la aparición de una extraña enfermedad que hacía estragos entre las ratas adolescentes. Las víctimas sufrían de ataques repentinos de melancolía, se negaban a probar bocado y pasaban horas enteras contemplando la pared. Las aulas de secundaria se estaban quedando desiertas, pues al parecer aquella peste se contagiaba con celeridad en los ambientes cerrados. Por fortuna, un investigador anónimo dio con el antídoto eficaz: una solución inyectable que contenía agua de cebada, cafeína pura y, cosa rara, un extracto de aceite de pez. La epidemia pudo ser controlada con prontitud, gracias a Dios, y así se evitaron males peores. No obstante, tuvimos dos bajas irreparables: un sonámbulo atropellado por un autobús y el hilo del director de un Liceo que se hizo el harakiri. Otra vez estoy a punto de perder el hilo. ¿Convertiré este vicio de la digresión en un estilo? ¿Dónde andaba? Leamos.

Ah... el informe del explorador.

Por pura casualidad, el legajo cayó en mis garras. Comencé a hojearlo con displicencia, pues casi nunca se encontraban en aquellos relatos de viajes temas de interés. Desde el punto de vista moral no había manera de extraer la más mínima lección, y en el caso particular de los humanoides el asunto era aún más confuso, pues éstos no sólo carecían de moral sino que la aparentaban. Pero en su torpeza y arrogancia no caían en la cuenta de sus contradicciones. Es bien sabido que cualquier norma de conducta debe ser consecuente con las premisas básicas que la sustentan. El libre albedrío, por ejemplo, del cual los humanoides hacen tamaña alharaca, es un fraude total pues sólo puede ser ejercido en condiciones de privacidad - puertas adentro, para decirlo con una expresión doméstica. Cuando traspone el umbral es considerado como una extravagancia, se le persigue y se le acosa, pierde sus cualidades de vehículo liberador de la energía de la conciencia. Y para neutralizarlo y sofocarlo se inventan cárceles y manicomios. Parece ser que los humanoides no distinguen colores, su registro óptico salta del blanco al negro y ni siquiera se detiene en los matices del gris. Son, en consecuencia, miopes y maniqueos. ¿Dónde reside la causa de tal desarreglo? Quizá en el cerebro hipertrofiado. Entre nosotros, ese órgano - al igual que la glándula, exclusiva de las hembras, que segrega el almizcle - no ocupa ningún lugar de privilegio, simplemente cumple su fun- ción. En cambio, los humanoides lo han convertido en su razón de ser. Lo elevan a la quintaesencia, serían capaces de tasar su precio en oro si pudieran comerciar con él. Andan erguidos a fin de exhibirlo, y no les importa que en aquella incómoda posición, que me atrevo a calificar de contra natura, lo mantengan apartado de la tierra nutricia. Y, ya se sabe, negar el sustrato es como pegarle a la madre. Aquí me asalta una duda, pues tal vez no sea yo el mejor ejemplo para ilustrar esa consabida máxima. ¿Exagero o acaso intento atribuirme - a posteriori - una culpa no merecida? Yo nunca le hice daño a mi madre, jamás levanté una garra para golpearla. Y si la desterré del país fue por una razón de Estado, y también por mi propia sobrevivencia. El instinto de conservación es anterior a cualquier sentimiento. Además, ya estaba harto de sus recriminaciones y mezquindades. Calma, calma, dejémoslo de ese tamaño. Volvamos al tema de los humanoides...

Bien, estaba yo hojeando el informe, cuando me llamó la atención el título de un apartado: "De la ópera y otras costumbres bárbaras". Lo leí de cabo a rabo y, a pesar del lenguaje calamitoso e impreciso del autor, encontré algunos pasajes divertidos. Nuestros cronistas consideran que la ópera es una manifestación decadente. La asocian con los estertores de un imperio encaminado irreversiblemente hacia la ruina. El vagido postrero de la civilización o algo peor. Para los humanoides representa el súmmum del refinamiento. El informante, que también era aficionado a la mitología, confiesa que al principio creía que el espectáculo estaba relacionado con alguna ceremonia propiciatoria de la fertilidad de la tierra: una súplica a la diosa de la agricultura, un canto estridente convocando la lluvia.

Pues, explica el escribano, en momentos que parecían culminantes, los asistentes a la magna asamblea lanzaban sobre el escenario todo un arsenal de vegetales: tomates, zanahorias, pepinos, papas, remolachas y unas frutas oblongas y amarillas llamadas mangos. Le extrañaba, sí, que algunos de los proyectiles fueran a dar al cuerpo regordete de la cantante, y que ésta, en una ocasión, esquivando las ofrendas, se hubiera refugiado tras un biombo de tela con dibujos de dragones. Sólo cuando pudo descifrar el vulgar idioma de los humanoides, el investigador entendió el sentido de la representación: una apología del adulterio. Lo que resulta ser una contradicción, ya que las leyes humanas condenan y castigan aquella desviación de la conducta - asunto que a nosotros, seres más evolucionados, nos tiene sin cuidado. Pero volvamos al escenario. El marido, que a menudo se distingue por un casco de aluminio adornado con un par de cuernos, sorprende a su mujer en compañía de un amante rubicundo y bigotudo. La mujer se aparta del amante y como un remolino de colores da vueltas alrededor del marido burlado. Mientras gira va cantando como si estuviera bajo una ducha reconfortante, de vez en cuando baja la voz y en un susurro encantador deja caer alguna frase lisonjera en el oído del cornudo, al tiempo que hace muecas conspicuas al amante indicándole que entre en escena y represente su papel. El aludido obedece, mediante gestos exagerados se exonera de cualquier culpa, y señala con sus ojos volteados hacia el techo como si allá arriba estuviera el testigo de su inocencia. Luego, con bramidos poderosos de buey, recita su parlamento. El marido también canta, se queja de su horrible destino, se golpea el pecho con sus manos peludas y perdona a su mujer. Y al final, bajo un foco de luz blanquecina que simula un claro de luna, el trío se aleja hacia un fondo de falsas palmeras seguido por los aplausos atronadores de la multitud. No, no lo puedo creer. A ese informante fantasioso deberían enjuiciarlo por falso testimonio. Ordené entonces que lo detuvieran y lo interrogaran, pero el individuo, contra todos los pronósticos, soportó la terrorífica tortura del almizcle y, lo que es difícil de imaginar, salió ileso de la prueba de la verdad. Considerando que el detector de mentiras es un instrumento por demás infalible, liberamos al acusado, y para resarcirlo de las molestias y lesiones causadas durante las sesiones de recaudación de pruebas, le ofrecimos unas vacaciones de lujo en un balneario tropical y un jugoso incentivo - de por vida - para la inves- tigación. Que no se me acuse de enemigo de la ciencia. No, señor.

MESES DESPUÉS, ROIDO MI CEREBRO por la mala conciencia, volví a leer los papeles del condenado explorador. No hallé ninguna información de interés, sólo patrañas y trucos. Aunque el libro rezumara la más pura verdad, de nada nos servía la relación exhaustiva de tales idioteces. La raza de aquellos bípedos implumes, ociosos y pedantes, que habían llegado al extremo de la soberbia narcisista inventándose un dios a su imagen y semejanza, muy bien podía desaparecer. Guardé el libraco en una caja fuerte de combinación azarosa a fin de evitar una recaída en la tentación, e intenté, para beneficio de mi salud mental, apartar de mi memoria cualquier imagen relativa a la vida y costumbres de los infelices homínidos. Tarea inútil, pues durante un tiempo, tal vez breve pero que se me hizo interminable, tuve que soportar en sueños escenas enteras - vivirlas hasta el vértigo - que antes había leído al desgaire, sin asignarles ninguna importancia particular. No sé por qué, entre tantas manifestaciones del absurdo, que los humanos parecen no haber agotado, aquella de los juegos con esféricas procuraba mi atención. Se trata de pasatiempos inofensivos, afirmaba uno de mis consejeros, que se había propuesto, con la mejor intención, librarme de la pesadilla.

Los humanoides son cortos de imaginación, creen que la esfera es la figura perfecta, cuando todos sabemos que ni siquiera el hipercubo contiene los elementos propios de la perfección - agregaba, convencido de la eficacia de sus argumentos. La geometría resulta insatisfactoria para representar un mundo de abstracciones o una realidad virtual - concluía, seguro de haber hablado en vano. El consejero tenía razón, pero mi interés por los juegos de los homínidos se incrementaba. En cada nuevo sueño, las esferas rodaban una y otra vez - como diminutos demonios reconcentrados - por las grietas de mi cerebro.

Las hay de diversos tamaños, desde ínfimas bolitas de falso cristal que los infantes cargan a montones en sus bolsillos, hasta enormes balones de cuero - inflados - que los adultos más salvajes patean en un campo rectangular de grama recortada. Una, compacta y más bien pequeña, es golpeada con un leño, aventada por los aires y luego atrapada con una especie de manopla. A otra, enorme, la hacen rebotar contra el piso de concreto y después de una serie de movimientos que mezclan lo cómico y lo obsceno la arrojan a una cesta desfondada. Este último juego, absurdo y sin sentido, bastaría para demostrar la estupidez de los homínidos. Pero, me pregunto yo, ¿qué se puede aguardar de aquella raza de monos erguidos y lampiños? Los monos de verdad se mueren de vergüenza cuando alguien les recuerda el parentesco que los une a semejantes mentecatos.

Parece ser que la afición de los humanos por las bolas es universal y no pierden ocasión para demostrarlo. Las hacen rodar sobre una mesa cubierta por un tapete verde o en patios de tierra apisonada, y se valen de ellas para despilfarrar sus dineros en un juego que llaman ruleta. Golpean las paredes, derriban muñecos de madera pintarrajeados, se las disputan en el agua, en canchas de hielo o montados a caballo. Corren tras ellas armados de raquetas o las golpean con los puños apretados haciéndolas pasar por encima de una red. Las utilizan, a granel, para asesinar patos y venados, o para ajustar cuentas con algún vecino escandaloso. E incluso, en ocasiones terminales, se tragan una docena - píldoras, las llaman - de las que producen sueño y más nunca vuelven a despertar. La verdad es que tal profusión de esféricas deslizándose por el laberinto de mi cerebro me tenía al borde de la locura. ¿Cómo librarme de aquella pesadilla? Llamé a mi psiquiatra predilecto, una rata pretenciosa que se había enriquecido a costa del privilegio, que aumentó su prestigio, de haber tenido como paciente al mismísimo rey. Le debía al loquero real cierta gratitud, pero mi majestad me impedía expresárselo abiertamente.

Me sometí a sus consejos en una ocasión memorable: durante los días aciagos de febrero, cuando mi propia madre, instigada por su hermano Miguel, reclamaba airada la corona real. Conjurada la crisis, caí en una depresión que atribuí a la conducta impulsiva que me había ordenado expulsar del país - y de mi vida - a mi progenitora. Ante el requerimiento de la corte, el psiquiatra, un emigrante venido del sur y que para aquel entonces era un desconocido, intentaba, de una forma por demás exagerada y torpe, disimular la emoción. Yo sabía que el tipejo se creía un elegido de los dioses: sin embargo, por nada del mundo le revelaría las razones de su presencia en el salón rojo del palacete: la computadora había seleccionado, entre varios centenares, el número que lo identificaba. Afortunado él. Confuso y aterrado, escuchó mi perorata. Durante tres horas hablé sin parar, y el individuo aprobaba en silencio majestuoso cada una de mis palabras. Al fin, y después de acumular suficiente aire en los pulmones y consultar subrepticiamente su reloj - se da aires de profesional, pensé -, se atrevió, sonrojándose como una quinceañera, a emitir una opinión. Si Su Majestad me lo permite, le diré un par de frases, habló con un hilillo de voz. Adelante, pues, le ordené desganado. Mi confesión sucinta y mentirosa me había dejado una sensación de vacío, y cualquier idiotez o genialidad que surgiera del hocico de aquella rata asustadiza, rebotaría en mi desmañada voluntad como una gota de agua en un cristal aceitado. Tal vez a causa de mi escepticismo, las palabras del loquero me sorprendieron. De entrada dijo un lugar común: madre, Señor Rey, hay una sola.
Vaciló y estuvo a punto de atragantarse, carraspeó y se me quedó mirando como si suplicara clemencia. Pronto se repuso, una lucecita de inteligencia brilló en sus ojitos húmedos y enrojecidos, y habló con voz de profesor: pero... Su Excelencia sabrá mejor que yo que la maternidad no es una entelequia. Di por terminada la sesión y despedí al atribulado sabihondo con un golpecito en el lomo: un auténtico espaldarazo real que lo lanzó a la fama y a la riqueza súbitas. Quizá sin proponérselo, el desconocido aquél había dado en el clavo. Lo cierto es que mi depresión desapareció como por arte de magia.

Pero esta vez, cuando lo hice comparecer por el asunto de las pesadillas, el eminente y famosísimo doctor me falló. Tuvo el infeliz atrevimiento - y la insolencia - de recomendarme como terapia de choque un juego llamado damas chinas. Y se ofreció como entrenador y contrincante. No sabía el medicucho que la más mínima alusión, por sesgada que fuera, al país de los homínidos amarillentos me producía una alergia incontrolable. Al menos debería saber que en aquel remoto - y ojalá que inexistente - territorio de mandarines, patria del arroz, nuestros congéneres son perseguidos y cazados con crueldad - y apetito - por los aborígenes. La carne fileteada de rata, ­qué horror!, sazonada con salsas agridulces, es el bocado más exquisito para el exigente paladar de los chinos. Aprecian de tal manera aquel raro manjar, que no sólo se valen de las más sutiles artimañas para engañar a nuestros incautos hermanos - como ofrecerles raciones suplementarias de arroz o el papel protagónico en algún film -, sino que han levantado una altísima muralla que rodea el inmenso país, a fin de evitar la fuga de los díscolos y desconfiados. ­Y tenía que venir aquel mequetrefe de psiquiatra a recordarme el trágico destino que aguarda a nuestros hermanos de ultramar! Que le corten la cabeza, estuve tentado de ordenar a mis centuriones.
Me contuve, pues la ira real, ya se sabe, es pasto para la chismografía de los cronistas e historiadores, que todo lo exageran y lo distorsionan. Y no iba yo a colaborar con mi propio desprestigio alimentando a aquellas aves carroñeras. Suficiente, doctor, puede retirarse, dije con cierta brusquedad. Y de no haber sido por respeto a mi majestad, me habría carcajeado del loquero de marras, pues vi que su cola se contrajo como si la hubiera rozado un cable de alta tensión. ¿Quién dijo que el poder absoluto permite el ejercicio de la libertad? La limita y la encierra en un traje de hierro que apenas permite respirar. En cambio aquí, en esta especie de ermita parecida al refugio provisorio de un mendigo, despojado de los atributos reales, aquí soy libre para hacer lo que me venga en gana, aquí puedo expresar mi euforia o descontento. A nadie tengo que rendir cuentas, ni siquiera a mí mismo, jo jo jo. Aunque tiemblo de fiebre, me carcajeo a mandíbula batiente del ignorante doctor, una carcajada retrospectiva, je je je, risa de rata tísica, ji ji. Adiós, amigos míos, los quiero mucho, adiós.

SOY SENSIBLE EN EXCESO A LOS CAMBIOS climáticos. Creo que ya lo dije. Bueno, pues lo repito. Mi cuerpo es una especie de radar que registra la más mínima variación en el comportamiento de los meteoros. Y mis huesos detectan como instrumentos de precisión las alteraciones microscópicas de la humedad. Anoche pensé que había llegado mi hora, la postrera. Escribí hasta bien entrada la madrugada y me detuvo un ataque de tos. ¿Alguna corriente insidiosa de aire otoñal? Creo que me reía solo, no recuerdo de qué. De cualquier manera, el frío se ha acentuado - y asentado -, el otoño gris se acerca a su fin. ¿También yo? Aunque mi pronóstico de morir en esta deprimente estación falló, del invierno no pasaré, lo puedo jurar.

Ahora atardece y estoy de nuevo aquí, sentado frente al escritorio, delante de la ventana. Escribo y de vez en cuando levanto la mirada para contemplar el paisaje - las últimas imágenes que guardaré de mi estancia en este planeta cruel. El sol de un rojo desteñido se demora en la colina de enfrente. Veo nieve resquebrajada y una grieta profunda y vertical que simula una herida. No estoy triste, no, tal vez un poco melancólico. No tengo quejas ni nada que reprocharme, tampoco aspiraciones que no pueda cumplir. Creo que hay suficiente queso, un poco enmohecido, lo reconozco, pero bastará para mantenerme en pie de aquí a la eternidad. Todavía quedan unas cuantas galletas de maíz, y dos latas de sardinas, creo. El bendito pintor se ocupó de dejarme una bonita provisión. Agua potable y leña seca nunca han faltado. Debería estar contento y satisfecho, ¿no es verdad? Ah, y por si fuera poco he encontrado en la redacción de estos escritos una diversión. Sin atribuirles ninguna trascendencia - que no la tienen, aunque me lo propusiera -, me sirven para librarme de algunos recuerdos ingratos. Que al registrarlos en el papel se convierten en polvo inerte, fósiles desenterrados del fondo de un lago, un cementerio de signos carentes de significación. Si alguien llegara a leerlos, no hallará en ellos el más leve rastro de verdad, ni un solo latido vital. Acaso, una reverberación.

Pues, ¿a quién le puede interesar la fábula de un rey, narrada por él mismo desde el borde de la tumba? Comienza a oscurecer y me siento cansado. Al cambiar de página he advertido que ésta es la última, el cuaderno se acaba. ¿Tengo algo más que decir? ¿Deberé colocar aquí el punto final? ­Qué importa! Aguardaré hasta mañana para tomar una decisión.

Editorial Planeta Venezolana