Ensayo

"CULTURA Y LIBERTAD" COMO CONSIGNA

Escribir a voluntad

Ednodio Quintero. Narrador y ensayista

El Universal.com - Verbigracia. Año III.  Caracas, sábado 15 de julio de 2000.


Quizá la pregunta ¿qué es libertad? tenga tantas respuestas como individuos hay en el mundo. Para Ednodio Quintero la libertad está en su escritura, ella le ha dado la posibilidad de crear un espacio alterno al real y sobrepasar los límites: sueño de todo hombre, insatisfecho con su condición, que "sólo verá realizado en un uso muy particular del lenguaje (…), es decir, en el arte". Así lo afirmó ante el público reunido en los espacios de Corp Group, durante la celebración del Festival Internacional Atempopautado entre el 10 y el 17 de este mes.



Miguel Angel Domenech / Barcarola, 1988

Para Leda, mi hija

1. Umatrucu
Hace ya unos cuantos millones de años, allá en la franja ecuatorial del continente africano, en el territorio hostil del pleistoceno, una especie frágil y ágil de homínidos en peligro de extinción pugnaba por sobrevivir. Las sucesivas glaciaciones habían arrasado con los reptiles gigantescos y los grandes mamíferos habían desaparecido también. Cierta obstinación, asentada en un cerebro que comenzaba a hipertrofiarse, favoreció la sobrevivencia de aquel pequeño grupo de hombres-mono. Poco a poco fueron adaptándose al ambiente, y sus habilidades manuales y digitales les permitieron elaborar rudimentarios instrumentos que los llevaron a defenderse mejor de los depredadores, refinar sus labores de caza y pesca y organizar las tareas de recolección. El andar erguidos amplió su visión hacia otros horizontes: ya la mirada no se quedó estacionada a ras del suelo, acechando peligros o buscando alguna raíz comestible, sino que se abrió alucinada en dirección a la bóveda celeste: entonces el cielo estrellado se les ofreció como un enorme mapa a descifrar. Quizá aquel espectacular choque con lo desconocido aumentó su terror, pero quizá también hizo nacer en ellos un anhelo, que en sus mentes a medio formar no sería más que una intuición, un balbuceo del espíritu: el deseo de aventurarse en aquellos espacios siderales, el deseo de abandonar, alguna vez, esta residencia en la tierra, un ansia infinita de libertad.

El hombre primitivo, al alejarse paulatinamente de su condición de bestia, se estaba separando y diferenciando también de la naturaleza. Adquiría cualidades y valores que irían conformando eso que sus herederos llamamos cultura. Y ya nadie pone en duda que el mayor bien cultural adquirido por aquellos singulares y un tanto ridículos homínidos en su lento ascenso hacia lo humano, ha sido el lenguaje.

El lenguaje, la palabra antes que el fuego destructor. No en vano una de las religiones más antiguas y perdurables comienza su explicación del mundo con esta conocida frase: "En el principio era el verbo".
El lenguaje, aun en su estadio larval y onomatopéyico, en esa etapa primigenia que imaginamos como una jerigonza de Trucutú, no fue un mero instrumento de comunicación. Cumplía esta función, claro que sí, respondía al llamado de lo práctico y urgente, pero estaba labrando en su propio andar a tientas un camino hacia lo trascendente. El lenguaje se asoció a la memoria y la experiencia, impulsó el pensamiento humano hacia una dimensión alejada del instinto, creó una especie de vivero mental que se retroalimentaba con su propia energía (vale decir con su banco de datos), ideó esa ilusión llamada pasado. Y en algún momento crucial y devastador despertó en el hombre la conciencia de existir, la conciencia lúcida de estar sobre la tierra, la conciencia de su propia e inevitable finitud. En algún momento el hombre se apartó definitivamente del animal, supo que había nacido para morir.

El lenguaje es conocimiento, y el conocimiento es una manifestación de lo sagrado.

El lenguaje es un espejo.

El hombre, al reconocerse como tal, al ver su rostro en el espejo del lenguaje y reconocerlo como suyo, se reconoce también en sus semejantes. Acepta la semejanza, pero también la diferencia. Se ve a sí mismo como un ser único e irrepetible, y reconoce en el otro cualidades que le son propias y ajenas a la vez. Intuye que aquel vecino suyo, su padre o su mujer, acaso un enemigo, comparte con él un destino común. Y de ese sentimiento de comunidad o de simpatía (que deriva del griego sim-pathos, que quiere decir "sufrimiento compartido con") nace otro, el más humano de todos: la compasión.
El reconocimiento del otro como semejante crea la conciencia del límite.

El hombre va nombrando las cosas, este es un árbol, esa una abeja y aquel que echa fuego por el hocico un dragón, y el nombre se apodera de la cosa, el signo crea la sensación de permanencia, pues el signo se mueve y el movimiento es el responsable de esa otra ilusión llamada tiempo.

2. El vicio de pensar
El hombre se mira en el espejo del lenguaje, y la imagen que este le devuelve está empañada por la incertidumbre. Entonces duda, pues ha adquirido el vicio de pensar, y como muy bien lo dijera Pascal: "El alma no ve nada que no la apene cuando reflexiona". Es posible que de la duda -y el desamparo- haya nacido el anhelo de libertad.

¿Qué es libertad?
Libertad: facultad de elegir. Ser libre es ser responsable. Dueño de sus actos. Se responde por aquello que se hace.

En este sentido, la libertad no atañe sólo al individuo (aunque se origine en él) sino a la sociedad. La libertad conoce sus límites. Pero el ansia de libertad, como el deseo, aspira a la totalidad. El hombre, que nunca estará satisfecho con su condición, sueña con sobrepasar los límites. Y este sueño sólo lo verá realizado en un uso muy particular del lenguaje, en su manipulación con fines estéticos, es decir, en el arte.

Expuesta así, de una manera por demás escueta, esta propuesta pareciera pecar de simplista. Tal vez lo sea, pero en ella me estoy valiendo de mi propia capacidad de elegir. Elijo un atajo en lugar de un largo rodeo.

El arte es una pulsión interior y muy profunda del espíritu que nace de una carencia, de una insatisfacción. El hombre (el artista), insatisfecho con su condición, reñido con eso que los taxistas, los taxidermistas, los tanatólogos y los filósofos llaman realidad, no conforme con un mundo que se le ofrece en fragmentos, discontinuo y como una concreción del caos original, decide, elige crear un mundo alterno, hecho a la medida de sus sueños, ciertamente parecido al mundo real, en el cual impera un orden muy particular, un mundo que aun cuando se mueva logra burlarse del tiempo porque alcanza a trascenderlo, un mundo que por ilusorio no deja de ser habitable porque su sustrato, su sostén esencial es la puesta en escena de una idea. Una idea, es decir una quimera con rostro humano.
Sólo se puede vivir en lo ilusorio.

El arte surge así como una necesidad del espíritu. El arte es una prueba de la existencia del espíritu. El arte nutre. El arte fija. El arte se vale del lenguaje, se manifiesta a través de él, lo usa a voluntad, deliberadamente, con un propósito manifiesto: fundar un mundo.

3. La libertad de escribir
Escribo, luego existo. Ya desarrollé esta idea, hace unos años, en un ensayo breve. Quisiera volver sobre ella, redimensionarla y darle un nuevo sentido con esta otra: la escritura me hace libre.

Dijimos antes que libertad es la capacidad de elegir. ¿Elegí yo acaso ser escritor? La respuesta debería ser "Sí", con mayúscula, pero me parece que ofrecerla a quemarropa, sin detenerse a reflexionar acerca del significado de un acto de elección, sería una manifestación de soberbia o al menos de ligereza.

Escribir: lograr en algún momento privilegiado deslizarse por lo que Cortázar llamaba "el corredor del lenguaje", es un don, un regalo de los dioses. Tener conciencia de que poseemos ese don maravilloso implica una enorme responsabilidad. Pero esa responsabilidad no tiene que ver con el tan manido "compromiso" del escritor, que remite a una categoría sociológica. Es algo mucho más sutil y en consecuencia más complejo.

La imagen -romántica- del escritor aislado de su tiempo y de su entorno, al igual que una bacteria aislada en un tubo de ensayo, pertenece a una etapa ya superada de la historia de la cultura, quizá sea un recuerdo inventado o una lectura equivocada de alguna extravagancia o genialidad. No existe el escritor químicamente puro, como tampoco hay espacio para el escritor naïf.

La imagen del escritor al servicio de una causa, la triste imagen de ese amanuense que a menudo obedece los reclamos del poder, es una figura que repugna a la inteligencia y la sensibilidad. Pescador en río revuelto o payaso de la corte, tonto útil, no aporta más que ruido y confusión.

¿De qué escritor estamos hablando? Pongámonos de acuerdo. Aunque el marco resulte estrecho, me limitaré, para efectos de esta exposición, a esa rara avis: el escritor de ficciones, el narrador. Como dice Gombrowicz en su Diario: "Nos ahorraríamos muchas desilusiones no llamando 'escritor' a cualquiera que sabe escribir". Así que dejemos a un lado a aquellos que escriben panfletos, discursos floridos y odas complacientes a un mundo signado por la entropía y que hace aguas por todas partes. Apartémonos de ese mundo real y entremos al territorio de lo posible.

El escritor es un testigo de su tiempo, y aun cuando su testimonio sea radicalmente personal (pienso en Samuel Beckett, pienso en Oswaldo Trejo) estará actuando como un vocero de la psiquis colectiva. Su material de trabajo, sin importar cuáles sean las historias que elija del amplio pero finito repertorio de los conflictos humanos, sin importar cuáles sean las estrategias de que se valga para su exposición, estará siempre destinado a un interlocutor, y la consecuencia de este vínculo (necesario e imprescindible si el objetivo es la comunicación) es un estado compartido de conciencia.

Es cierto que el escritor de ficciones ha perdido terreno en los espacios plurales de la contemporaneidad. Al lenguaje escrito, a eso que llamamos literatura, le han salido al paso a lo largo del siglo XX, cual Escila y Caribdis, dos enormes competidores, el cine y la televisión, y más recientemente otro monstruo cibernético: el Internet. Pero también es cierto que la tan anunciada y macluhiana muerte de la literatura no ha sucedido aún. El muerto, señores, goza de buena salud.
¿Dónde está la clave de la sobrevivencia de la literatura? Advierto que no se trata sólo de sobrevivencia sino de una revalorización e incluso de la conquista de nuevos espacios. La necesidad de la gente de consumir relatos no es una explicación satisfactoria, pues aun cuando la literatura siga cumpliendo dicha función, otras artes de narrar (el cine, por ejemplo, para no hablar de nuestras vernáculas telenovelas) lo saben hacer de manera por demás eficiente. Se podría alegar con razón que la literatura propicia ese acto íntimo y solitario y volitivo que sólo se da en la lectura. Pero insistir en este tema nos puede conducir al fanatismo, es decir a la religión. Y ya se sabe, la religión es una de las formas que adopta el pensamiento mágico. Y ya se sabe, desde que la alquimia se convirtió en química, la palabra perdió su carácter sagrado. Los chamanes del presente disertan desde sus cátedras de filosofía y escriben manuales de autoayuda. ¿Qué tal?

Entonces, ¿en qué quedamos, señor relator? Nos habló usted de unos monos que han devenido en reyes de la creación. Ensalzó usted el lenguaje, le atribuyó virtudes sacras y terapéuticas, y ahora se extravía en balbuceos, e incluso, si entiendo bien, se refiere a la palabra como un valor en franca devaluación. Incurre en una tautología, por no decir que se contradice a cada rato.

Sí, amigos y amigas, les concedo la razón. Pero antes de terminar permítanme formular una hipótesis, que es, a falta del rigor que exige una demostración, la puesta en escena de una intuición. Veamos.

4. La quinta similitud
Digamos -y aceptemos- que a lo largo de su historia la literatura se ha nutrido de sí misma. La literatura, como ciertas tribus de la montaña, es endogámica. Responde a un modelo fractal -que permite, por ejemplo, que la guerra de Troya pueda ser representada en un barrio de Catia. La literatura se solaza y medra en la autarquía. Es autosuficiente, se retroalimenta. Y de ese feed back, que es una operación en sentido vertical, que hurga en el pasado, deriva su fuerza y su prestigio, pues se funda en la tradición. Pero también la literatura, en cada época, ha dialogado con su entorno, ha extendido sus raíces en sentido lateral. Ha sabido, si no dar respuestas, por lo menos formular las preguntas adecuadas, las más urgentes de su tiempo. Y ha sabido escuchar, sus antenas han estado siempre atentas a la multitud de voces que pululan a su alrededor. Pues para hablar con propiedad hay que tener buen oído.
Muy bien, ¿y entonces?

En el siglo XX se ha producido un fenómeno sincrético que ha abarcado el arte y la cultura en todas sus manifestaciones. Si un Foucault -clonado- reescribiera Las palabras y las cosas, incluiría tal fenómeno (en el capítulo sobre "La prosa del mundo") como la quinta similitud. Nos referimos a la contaminación (contaminatio).

¿Quién se atrevería a negar que la contaminatio se ha convertido en una episteme?
Me arriesgo a afirmar que han sido los escritores de ficción, en especial los novelistas, quienes mejor han sabido comprender -y aprovechar- este espectacular fenómeno de la contaminación. Concedamos que este no es patrimonio de nadie, y observemos que algunos compositores e intérpretes de música pop (pienso en Björk, pienso en "Café Tacuba") y algunos cineastas (pienso en Peter Greenaway) están de lleno en el asunto.

Sin embargo, es en las novelas y relatos contemporáneos, es en aquellas historias de la locura cotidiana que asoman desde los noticieros y las esquinas procurando que alguien las fije para una imprecisa posteridad, es en el absurdo existencial que requiere de un cronista que nos recuerde que no vivimos en Disney World; en fin, es en los espacios contaminados de las páginas de nuestros escritores, es allí en esa visión cosmogónica, crítica y desconsolada -que lo abarca todo, como la mirada acuciosa de aquellos monos asustadizos del pleistoceno abarcaba los espacios estelares-, es allí donde la contaminatio despliega todo su poder.

5. ¿Y la libertad?
¿Soy libre porque escribo? ¿Es la escritura un acto de elección? ¿Son las palabras las que me eligen a mí? ¿Me procuran para que las escriba? No lo sé. De algo sí estoy convencido: la escritura que intenta dar testimonio de lo humano es la expresión más acabada y radical de la libertad.

Encontrado en: http://noticias.eluniversal.com/verbigracia/memoria/N111/ensayo.htm