Fragmento
El corazón ajeno

Ednodio Quintero


No soporto esas películas a treinta mil pies sobre el nivel del mar. Historietas de la idiotez cotidiana, políticamente correctas, apropiadas para turistas otoñales y ejecutivos desmoronados por el estrés.

Y no es que pretenda exigir una sesión con El Silencio de Bergman o Pulp Fiction de Tarantino; podrían sin un esfuerzo sobrehumano mejorar el menú -digo yo. Igual sucede con el pollo insípido, aunque rancio, inyectado con hormonas: creo que les resultaría imposible empeorarlo.

El bebé de los cuatro tamagotchis ha devorado como una fiera hambrienta su ración y en un arrebato edípico, de un solo zarpazo se ha apoderado de la porción de su mamá.

La dama protesta, con la boca llena, y de esa vocecita, tan parecida al chillido de una rata que se ahoga, deduzco un débil reproche: cálmate Hans. O algo así. íQué genio, señora! Ese hijo suyo promete, se lo digo yo.Será verdad que todas las madres aman a sus hijos? Quién sabe. A mí, en una época lejana, se me metió en la cabeza que la mía me detestaba.

Al menos me destetó muy temprano. Creo que eran ideas un tanto disparatadas, que luego tuve que rectificar. Algo debe haber sucedido, sin embargo, en mi infancia remota -y tal vez feliz-, o aun más atrás, allá en el limbo amniótico de lo prenatal, para que una sospecha semejante se incubara en mi cerebro de mozalbete.

A pesar de las múltiples manifestaciones de afecto que recibí de mi madre a lo largo de los años, cuando me adentro en mis recuerdos primigenios, aquellos con aroma de leche agria y llantos torrentosos por cualquier nimiedad, me invade un sobresalto, una inquietud. Me veo encerrado en el cuarto de la leña, abrazado a esa rata blanca e hirsuta que era mi mascota. Y también mi confidente. Yo la llamaba, a ver, el nombre me aparece titilando en algún compartimiento de la memoria, ahí viene, lo veo, lo oigo venir. Yo la llamaba Adela y a ella confiaba mis pesares y desconsuelos. Sin embargo, por más que me empeñe en saquear aquel recuerdo no alcanzo a detectar la raíz de mi miedo, de qué peligro mortal estoy huyendo, no lo sé.

Atribuir mi desdicha precoz a la presencia dominante de mi madre, quizá sea una injusticia y un error.Y tú, Hans, hablas con tus tamagotchis? Imagino que sí, les cuentas tus desvelos, compartes con ellos -o con ellas, no me digas que no has tenido la curiosidad de averiguar algo más fuera del programa- tus proyectos de bebé del primer mundo, rozagante y feliz. Tu viaje en canoa por el Orinoco, con una larga e increíble estancia entre los yanomamis. Tus tareas de buzo al servicio de la filial danesa de Green Peace, en alta mar. Cuidado con esos corales verde moco, ojo avizor, pueden estar contaminados con DDT. Que por qué me estoy metiendo en tu vida futura? Te equivocas, chamín.

Apenas si me asomo, y no quisiera verte convertido en un idiota redomado, tal vez en un serial killer, que suelen comenzar la seguidilla por su propia madre, pobrecita ella, con esa cara de yo no fui. No, muchacho, no lo tomes a mal. Sólo intento establecer contacto, como un marciano extraviado en el metro de Tokyo, seguro que viste la película E.T. No soy ningún terrorista suramericano ni un invasor de la intimidad ajena e infantil.

Pobre criatura, trabajo como técnico superior en un laboratorio que se dedica a los cultivos in vitro, y en mi país aún tengo cierto prestigio como botánico.

Siento decepcionarte, pero ya no viajo a la selva. Allá en Berlín, encerrados entre paredes de concreto y cristales de seguridad, un bunker, vaya, podemos reproducir, partiendo de una célula microscópica, toda la flora del Congo o de Brasil. Imagínate, chamo, un baobab del tamaño de una cabeza de alfiler.

Esto, a primera vista, te puede resultar confuso o aburrido; se parece, sabes, a un juego con millares de diminutos tamagotchis. Te interesa? No mucho, verdad? Bueno, en fin, que voy a cambiar de párrafo y de lema.El texto anterior es un fragmento de uno de los relatos del libro "La vida ajena", de Ednodio Quintero; libro con el que obtuvo el Premio de Narrativa Francisco Herrera Luque, promovido por la editorial Grijalbo-Mondadori, recientemente fallado.

 

Encontrado en: http://universal.eud.com/1999/04/04/04420BB.shtml