KAIKOUSÉ 

-Hacia un ars narrativa-

Ednodio Quintero. Mérida, 22 de septiembre de 1993  


1. El buey de Li Po

Yo nací en un lugar agreste de la alta montaña. Viví hasta una edad irremediable -los seis años- en aquella aldea de los Andes, un sitio olvidado de los cartógrafos y de Dios, y cuyo imaginario colectivo se correspondía más con el de alguna región de la España del siglo XIII que con el impreciso del país tropical de mediados del xx: Venezuela. Mis ancestros de origen español, campesinos de Andalucía y Extremadura, se habían asentado en esas tierras altas hacía ya trescientos años. Mis ancestros indígenas, provenientes de la rama norteña de los chibchas, vivían allí desde un tiempo remoto. De los primeros heredé mi vocación mediterránea y la lengua de Cervantes y Quevedo; de los segundos, el cabello rebelde, mis ojos de japonés alucinado y mi conciencia de guerrero.

  Muy temprano supe que mi destino -fatal e ineludible- sería el del guerrero. No obstante, las batallas y derrotas y huidas y deserciones  -y alguna herida ingrata- que me aguardaban en un futuro incierto, tendrían como escenario otros paisajes, distintos a los que se vislumbraban desde mi lar montañés; semejantes, más bien, a los campos de lava de las lunas jovianas: Ganímedes, Jo, Europa o Calisto.

  Crecí en una casa grande, con techos inclinados y heteróclitos: teja, paja y zinc, ubicada temerariamente al borde de un río torrentoso. Mis primeros recuerdos, nítidos y tal vez reveladores, flotan en aquel espacio: la franja de sol en el corredor una bandada de loros sobrevolando el maizal, mi padre leyendo a la luz de un candil, mi madre cantando una canción de despecho. En muchos de ellos aún me reconozco, otros han sido erosionados por la imaginación, algunos quisiera volverlos a vivir. Elijo uno para mi placer. Veo venir allá en el camino real, un buey cargado con dos tercios de leña y a horcajadas en su lomo un insólito jinete, un muchacho, que conduce al animal como si se tratara de un caballo. No sé por qué aquel espectáculo -a decir verdad, poco usual- me produjo tal arrebato de alegría y admiración. Corrí y salté, anunciando a viva voz la llegada del buey-caballo, una figurafantástica que acababa de ingresar en mi bestiario personal. Años después, por una de esas venturosas conjunciones en las cuales reconocemos el regalo de algún dios, reviví la memorable escena leyendo un poema de Li Fo.

 

2. Helena de Troya

En septiembre de 1953, ¡ni padre, que acababa de cumplir sesenta años, abrió un paréntesis en su vida de labriego. Abandonamos la aldea neblinosa y nos mudamos a un pueblo de calles anchas y empinadas, amenazado por una laguna y rodeado de cqfetales. Allí había luz eléctrica y una flota de tres Jeeps que viajaban hasta Boconó. Que yo supiera leer desde que tenía memoria no me sirvió de credencial para librarme de entrar a la Escuela Municipal. El cambio me desconcertaba, pero a esa edad temprana nos adaptamos bien pronto a las nuevas exigencias de nuestra condición. Ah, pero una sorpresa mayúscula me aguardaba a la vuelta del mes...

 El 24 de octubre, día del Arcángel San Rafael -patrono de mi provisorio domicilio-, tuve un primer e inolvidable encuentro con mi destino: conocí a Helena de Troya. Sobre la pared blanqueada de un solar surgieron, como salidas de un sueño, las escenas que narraban el sitio de Troya. Yo desconocía la magia del cine, y aquella espectacular introducción en el arte de las imágenes en movimiento dejó una huella en mi memoria que el tiempo no ha hecho más que acentuar. En vano he tratado de rescatar de alguna perdida cinemnateca aquella versión hollywoodemíse de La Ilíada, y sólo en Las troyanas de Cacoyannis he vuelto a experimentar una sensación parecida a la emoción pura y salvaje de mi primera película. Pero lo que aquí trato de expresar más allá de una anécdota común a la gente de mi generación, es la riqueza existencial -e incluso conceptual- de aquella experiencia primigenia. El cine -Helena de Troya en particular- me abrió las puertas de la percepción. En la noche de San Rafael, sobre la pantalla de cal, estaban prefiguradas algunas de las constantes que me habrían de acompañar a lo largo de mi existencia: la mitología -en la que nunca he dejado de abrevar-, el cine -del cual siempre me he alimentado-, la literatura -pues aunque yo no tenía noticias de Homero, éste había sido el guionista de la película-, lo femenino como vía hacia el conocimiento -representado en Helena, la mujer- y, en fin: la imaginación. «La imaginación», como escribió Cortázar «al servicio de nadie».

 

3. En la Biblioteca de Babel

No sé cuándo me hice escritor. Creo que fue apenas a los cuarenta años cuando supe -con alegría y horror- que ese era mi único destino. Ni siquiera se trataba de un destino de elección, como tampoco se elige, por ejemplo, el color de los ojos. De lo que sí estoy seguro -y orgulloso- es de haber sido siempre un fanático lector.

  Aunque no nací en una biblioteca, aprendí a leer antes que a hablar. Recuerdo que mi padre me regaló una moneda de oro cuando me encontró descifrando los jeroglíficos de su almanaque lunar. Años más tarde, y por un azar afortunado, tuve acceso a la enorme biblioteca de mi padrino Efraín Baptista. Al término de mi tercer año de bachillerato, en virtud de una caída en picada de mis notas escolares, mi familia -con la complicidad de un médico chapucero- decretó mi insania mental. Al diagnóstico precoz siguió una receta naturista: un año de descanso en el campo. A regañadientes acepté la medicina. Y me dediqué, como un solitario vengador a mi vicio predilecto: la lectura. Mi padrino vivía a tres kilómetros de la casa de mi padre, y su biblioteca era una mina inagotable. Abierta al ahijado insomne y aplicado, gracias a Dios. Sería ocioso y un tanto difícil hacer un catálogo de los tesoros guardados en aquellos estantes que llegaban hasta el techo. Dicen que para muestra basta un botón -o tres. Leí a Faulkner, sin comprenderlo. Leí Silja de Sillanpää, y estuve enamorado de la muchacha finesa que muere en la flor de la edad. Leí Crimen y castigo de Dostoievsky, y todavía algunos días me levanto convertido en Raskólnikov.

 

4. La noche boca arriba

A finales del 65 llegué a Mérida con el propósito de estudiar Ingeniería Forestal. En mi magro equipaje traía un par de cuadernos con apuntes para cuentos y un tímido -que yo creía ambicioso- proyecto de novela. El año siguiente, en un plazo breve, y como si se hubieran puesto de acuerdo para vapulearme, cayeron en mis manos -y de ahí pasaron a mis ojos y a mi cerebro enfebrecido- textos de Borges, Marcel Schwob, Ambrose Bierce, Kafka y Cortázar. Yo había sobrevivido a las pesadillas barrocas de E. A. Poe. pero este bombardeo con la artillería ligera y letal de la invención me sepultó. Mis borrosos manuscritos se extraviaron en un oportuno basurero, y el anhelo de transitar alguna vez los caminos dibujados en el aire por aquellos señores de la imaginación, se incubó  como una semilla maldita- en el fondo de mis huesos. No puedo dejar de mencionar el impacto que me produjo la lectura de «La noche boca arriba», del Cronopio Mayor: yo fui la víctima elegida por los implacables cazadores de la guerra florida, yo fui el motorizado que agonizaba de fiebre en un hospital. Y qué decir de la vida postrera de Gregorio Samsa -ese extraordinario relato de Franz Kafka, que ya pertenece al mito y a la memoria colectiva. ¿Cuántas veces me desperté aterrorizado en mitad de la noche, boca arriba, observando con alivio mis manos y mis pies que aún conservaban su forma original?

 

5. Kaïkousé

Creo que fue W. B. Yeats quien escribió que «Empezamos a vivir cuando concebimos la vida como tragedia». A los cuarenta años, y luego de una inmersión tragicómica en mi infierno personal, comencé a vivir. Al menos, se me ofreció una segunda oportunidad. Llevaba ya una larga década sin escribir y de pronto -en la convalecencia mi imaginaria enfermedad-, como un niño que hubiera descubierto el juego más divertido, me vi envuelto en e! torbellino de la novela. Sin darme cuenta había comenzado a escribir una novela: La danza del jaguar. En ella, también sin darme cuenta, me estaba jugando los huesos y la piel. Reclamaba, con las voces de la lírica o con sorda furia, mi derecho a bailar desnudo, embadurnado en arcilla, bajo el sol equinoccial, a orillas de un río de las llanuras. Como el jaguar -kakousé en lenguaje pemón-, que sólo se junta con su hembra dos noches al año, buscaba hacerme oír en la selva vacía de ideas y de sentido de este final de milenio. Quisiera creer que sobreviví al intento. De cualquier manera, el impulso de aquella enloquecida danza me mantiene con vida. ¿Debo confesarles que para mí vida es sinónimo de escritura? Ah, también debo decirles que los vientos que me sostienen en el aire, o enraizado a la montaña agreste donde nací, no son otros que la memoria y el deseo. Basta ya, pues como muy bien lo escribió William Blake: «El que desea y no actúa engendra la peste».

           

Ednodio Quintero. Mérida, 22 de septiembre de 1993