Ednodio Quintero: la cascada que no cesa

RAFAEL ARRAIZ LUCCA

El Universal, 27-10-1996


En El cielo de Ixtab, Ednodio Quintero sube a dos cielos: el de Ixtab y el de La bailarina de Kachgar. Cabría aquí el divertimento de discernir si se trata de dos relatos muy largos o de dos novelas cortas, también conocidas como noveletas. Pero mi afición por la taxonomía no me llevará a tan bizantina separación de las aguas.

En ambas historias el texto se va tejiendo bajo el arbitrio de un narrador todopoderoso que va llevando el hilo de los acontecimientos y, a veces, deja colar unos diálogos de frases cortas y precisas. En ambos relatos la escritura que nos recibe es civilizadísima. Es el lenguaje de un narrador lector que ya no puede ir por el mundo sin que le asalten un arsenal de referencias del universo literario, del habla coloquial familiar, de la canción popular, del cine y de tantos otros sistemas de la contemporaneidad. Quintero va dejando correr un hilo preciso, limpio y cautivante; va dejando que una suerte de voces interiores, como rectoras de cierta sensatez, surjan de pronto provocando la distensión de la ironía, de la gracia. En ambos textos se hace evidente lo que podríamos llamar un poder narrador notable. Una tras otra van solapándose sin estorbarse todo tipo de tramas laterales que apuntalan el curso de la historia central. Contribuyen a ir haciendo nítido el rostro de la pareja sobre la que gira el cuento: el narrador y una mujer. Aunque haya pasajes topográficos y de la memoria que dibujan lo rural, el clima y la atmósfera es urbana, metropolitana. También en ambas tramas un personaje es fotógrafo y avanza por la geografía del planeta de acuerdo a las pautas de un trabajo azaroso.

En La bailarina de Kachgar se confunden el plano onírico con el de la realidad, el del recuerdo familiar con el del presente. Lo cierto pasa a ponerse en duda frecuentemente. Lo que primero se tuvo como un suicidio, luego es fruto del juego de la ruleta rusa que es como un suicidio en manos del azar, pero un suicidio al fin. El narrador vive ya adulto lejos de la aldea natal y un abismo ha ido creciendo entre sus mayores y él, pero éste no es el interés central de Quintero, no lo desvela la idea de hacer chispas con un contrapunteo fácil entre el campo y la ciudad, la modernidad y la edad media. Respetuoso, el narrador se acerca al mundo que fue su mundo sabiendo que aún él lo lleva adentro. Al pasar revista a los sitios que sus ojos ven el narrador, como un fotógrafo, va dando cuenta de los detalles que sólo un observador con una inteligencia caliente puede precisar. No es gratuita la escogencia del fotógrafo como personaje central: éste es por definición un hombre que ve, un hombre que teje. De hecho, el argumento del relato, de pronto, como en un espejo que revela lo que de otra manera no vemos, se nos presenta como el guión de una película. El personaje central estudió cine en Europa y después se le hizo imposible materializar sus historias, sus guiones. En este texto ocurre como con la broma de la caja que envuelve otra caja que envuelve otra caja hasta que finalmente un regalo minúsculo, pero preciso, brilla al final de los papeles y las cajas deshechas. Una mujer baila en el imaginario amoroso del narrador. Un amor que arde con el viento del recuerdo.

El cielo de Ixtab al igual que La bailarina de Kachgar es una historia de amor. De mayor extensión y con mejores mieles para atrapar al lector. Un gordo llamado Federico avanza a lo largo de ochenta páginas procurando sin éxito el amor de Julia. Mientras tanto la seductora mujer que también baila va viendo cómo la desgracia progresa a su lado. Un suicidio por ahorcamiento de un jovencito llamado José Gregorio Hernández y apodado Judas, y otro suicidio en vuelo de Ícaro de un fotógrafo conocido como Andrés. Y, sin embargo, Julia va por el mundo amando a un boxeador sin atender la ansiedad del gordo Federico. Aquí en Ixtab como en Kachgar el vouyerismo del narrador no deja duda, sólo que esta vez se hace acompañar por el del fotógrafo. ¿Hay una profesión más voyeurista que la del que se asoma por el ojo de la cámara? Sí, parece decir Ednodio Quintero, los escritores podemos ser tanto o más fisgones que los fotógrafos. En cualquier caso la curiosidad es la misma. Cuando se está, como Quintero, enamorado de las posibilidades narrativas que ofrece el mundo, la curiosidad mueve las aspas para el vuelo. Más que en un avión, Quintero anda montado en un helicóptero. No es un pájaro carpintero, es un colibrí que puede detenerse en el aire sobre las cosas.

A medida que avanza el río de Ixtab se va perfilando el filo de una obsesión que se instaura sobre la paciencia. El gordo Federico siempre acudirá, aunque Julia no lo llame o ni siquiera lo tenga presente. El gordo es un hombre que vive y sufre la vida de otro. El es lo que ella hace, él mira, ella se desenvuelve. Ella baila, él la observa ardido en fiebre, paciente. así como El cielo de Ixtab termina por convertirse, además, en una suerte de esgrima del deseo. Como el cazador y la presa, el gordo y Julia desarrollan su propia danza de aproximaciones y distancias en un marco irónico y graciosísimo. Quintero hace una suerte de parodia de los recursos literarios que respiran en las novelas de aventuras. Y es que las dos historias de amor representan el homenaje que Quintero le rinde a la fotografía. Pero, no sólo por esto celebro este libro. Lo aplaudo porque me atrapó. Especialmente me hizo cautivo el relato El cielo de Ixtab. Fui presa de su ironía, del manual gracioso del cazador que aquí se estructura y, por supuesto, de la escritura. Pero, la afición de Quintero por los hechos de sangre, por el suicidio, por el asesinato no es nueva. En su primer libro de relatos La muerte viaja a caballo (1974) ya se cuecen estas habas. Las muertes de Quintero son desconcertantes, paradójicas, irónicas. No son las muertes de quien teje un cuento policial. Son, si se quiere, muertes maravillosas. Quintero, va disolviéndose a medida que avanza su obra. Ya en Volveré con mis perros (1975) la deuda es menor. Aunque el autor va profundizando en la indagación fantástica. Relatos como Un caballo amarillo o el notable Valdemar Lunes, el inmortal ahondan la herida onírica y absurda de la narrativa de Quintero. El cuentista se acerca cada vez con mayor insistencia a los territorios frágiles donde se confunden el sueño y la vigilia. Y cada vez más lo que ocurre de inusitado acaece en las nubes de lo onírico. Lo que pasa, pasa mientras duerme. Es el subconsciente el que mejor teje, quiere decirnos Quintero.

Como en su obra más reciente, en sus primeros cuentos también esplende una de sus características más caras: las referencias literarias. Es un autor cuyo mundo se cocina en el fuego de la literatura. Sus temas son literarios, es decir: todos los temas son suyos. No puede sorprendernos la especial destreza con que se mueve en la casa de los temas universales: la inmortalidad, la muerte, el amor, el paso del tiempo, el olvido, la memoria. Entre escopetas y rememoraciones de la aldea y la familia de la infancia transcurren sus dos primeros libros de relatos. En ellos, con una prosa elegante por lo precisa, Quintero nos anuncia un universo que ama la paradoja, el guiño irónico y el sesgo maravilloso de la realidad onírica.

En El agresor cotidiano (1978) el río fantástico se detiene en el puerto del humor. Esto ocurre en un cuento hilarante como Álbum familiar, donde todos los personajes terminan ladrando. (La obra de Quintero está invadida por perros y puentes: ¿símbolos de la amenaza y el entendimiento o de la protección y la huída?). También el mecanismo de lo absurdo nos ofrece la hilaridad en el texto Costumbres. Mecanismos que en su poesía Juan Calzadilla ha experimentado con insistencia. Este relato bien podría ser un saludo a la obra del poeta o bien podría ser expresión de la afinidad temática que acerca a ambos escritores.

También lo es el relato que da título al libro. Allí Quintero pone sobre la mesa la tesis que lo anima: el hombre es el agresor de sí mismo. Diez años descansan entre este libro del año 1978 y el siguiente: La Línea de la vida (1988). Este contiene uno de los mejores relatos de Quintero: 'Los dioses' se titula y en él se lidia con el cansancio de los dioses. El autor toma partido por la idea de que a los dioses los inventan las puertas de nuestra imaginación y de nuestras carencias. La divinidad la llevamos dentro, parece decir Quintero con el periplo de su relato: Un relato con fuerza metafórica, Cavafyano, Borgiano, urdido en las espesas aguas de la mitología y de los arquetipos del subconsciente colectivo.

Cabeza de cabra es un texto del año 1993, o, al menos, en esa fecha fue publicado dándole título a la antología de sus relatos que publicó Monte Ávila Editores. Como para cerrar el conjunto de sus relatos, éste culmina con un hecho de sangre: un cuchillo afilado tasajea un cuerpo. Este texto se instaura a base de poder narrativo. Está lleno de historias que abren paréntesis a la historia central. Aquí, Quintero cuenta, es generoso al punto de encabalgar una anécdota con otra y así se va alejando del peligro de cometer un relato anecdótico; emparentado con ciertas técnicas del cine. Aquí, ya se anunciaba. El cielo de Ixtab con que comenzamos estas notas. Hemos dado la vuelta.

Publicado en: Trece lecturas venezolanas. Fondo Editorial Fundarte, Alcaldía de Caracas, 1997. 

Encontrado en: http://www.el-universal.com/1996/10/27/M27EU.shtml